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Comunicación en la sociedad del espectáculo

Horst Kurnitzky | 11.05.2014
Comunicación en la sociedad del espectáculo
Todos los seres se comunican de una u otra manera. De no hacerlo solo existiría la nada. Esta reflexión acerca de qué es la comunicación y sus muchos medios fue una conferencia dictada el 20 de febrero de 2015 en el Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco.

Cuando hoy hablamos de comunicación hablamos de los medios de comunicación: el teléfono, los celulares que se encuentran en los bolsillos de cada vez más gente, la radio, la televisión y los periódicos que ofrecen las noticias del día. Pero también hablamos del internet que usan cientos de millones de personas en el mundo para enviar y recibir mensajes electrónicos de amigos y familiares, así como de las empresas que lo utilizan para transmitir propaganda y vender sus mercancías, o de los científicos, para saber cómo andan las cosas en el mundo de sus especialidades. La palabra comunicación se ha vuelto un lugar común, un término en boga ahora que los medios masivos sirven a la expansión del mercado mundial.

¿Pero qué significa comunicación? En rigor, todo el universo es un sistema de comunicación, de atracción y repulsión —como explica la ley de la gravitación de los cuerpos celestes o la ley de la difracción de la luz por ellos—, un sistema de reacciones físicas y químicas producido por el encuentro de dos sustancias que lo transforman en una tercera sustancia. De la misma manera, el mundo biológico está determinado por las innumerables reacciones físicas y químicas: las plantas atacadas por insectos o amenazadas por plagas comunican a las plantas vecinas el peligro por medio de sustancias mensajeras, por aire o por tierra, para que movilicen sus defensas. Y en la fauna, los animales se comunican para acceder a los alimentos y al agua o para advertir la cercanía de algún enemigo. Sabemos que los animales marinos y terrestres se comunican mediante sonidos: los elefantes trompetean fuertemente o emiten gruñidos para contactarse con manadas que se encuentran lejos; los changos chasquean la lengua; los pájaros chiflan al percibir adversarios, y hay peces que se comunican mediante señales eléctricas. En suma, donde hay algo, hay comunicación, y donde no hay comunicación, no hay nada. En términos filosóficos se puede decir que tanto la naturaleza orgánica como la inorgánica consisten en múltiples formas de comunicación; en cambio, la nada se distingue por la ausencia de cualquier forma de comunicación. Por eso, como seres humanos, no tenemos experiencia alguna de la nada. La nada es algo imaginado y contrapuesto al mundo en que vivimos.

Como ente físico, el ser humano también vive de la comunicación. La existencia de organismos cuyas múltiples células individuales deben cumplir sus tareas conforme a los requerimientos del organismo como un todo, exige que las células posean un sistema de generación, transmisión, recepción y respuesta compuesto por gran cantidad de señales que las comuniquen e interrelacionen funcionalmente entre sí. Estas señales son eminentemente químicas y permiten que unas células influyan en el comportamiento de otras. El cuerpo humano posee alrededor de 10 billones de células. Dentro de ellas y entre ellas ocurre la comunicación de muy distinta manera. Constantemente una célula recibe y envía mensajes. En el cuerpo humano las señales enviadas a células distantes son los neurotransmisores que viajan por los circuitos sanguíneos a las diversas regiones para dejar ahí sus mensajes. Sin la comunicación celular de estos 10 billones de células se acabarían la cooperación y la coordinación que posibilitan los movimientos musculares, el apetito, la respiración, etcétera. Sabemos que la ausencia de ciertos neurotransmisores causa huecos en la comunicación y con ello enfermedades como el Parkinson, pues la neurotransmisión es un tipo especial de comunicación celular electroquímica entre las células nerviosas. En el cerebro, el flujo de información eléctrica recorre la dendrita y el axón de las neuronas en una sola dirección hasta alcanzar la sinapsis, y, en la hendidura que separa ambas neuronas, la neurona presináptica secreta unas sustancias químicas llamadas neurotransmisores que son captadas por la neurona postsináptica, la cual transmite y responde la información. Cuando nuestras sinapsis se encadenan y las células se conectan, podemos reflexionar y nos podemos comunicar. De otro modo, caemos en el imperio mudo de la nada.

Como podemos advertir, todo da vueltas en torno a la comunicación: todo debe ser comunicado. Lo que no es comunicado no existe. Parece que en el fondo, la comunicación mantiene al mundo reunido y en ello encuentra su raíz. Comunicar no significa solamente un comunicado, una información o el intercambio de una idea, sino la constitución de una comunidad y la formación de nuevas comunidades, de nuevas ecclesias. Por eso, la excomunión (en latín excommunicatio) significa la exclusión de la comunidad católica. En cambio, la comunión (del latín communio) es la participación en la conservación de las creencias, los ritos y los valores de esta comunidad. Claro que el concepto comunicar responde al desarrollo histórico de la lengua, pues el sentido de las palabras, al igual que su construcción gramatical en ella, se modifica con las transformaciones de la sociedad donde esta misma lengua se usa.

El psicólogo René Spitz investigó cómo desde el nacimiento de cada ser humano se desarrolla el sistema de comunicación entre la madre y el hijo.1 Mientras el feto está conectado a los sistemas de comunicación de su madre por vía sanguínea y células comunicantes, alimentándose de sustancias nutritivas y suministradas de oxígeno, su estado es plenamente satisfactorio. Por esta razón, a partir del desmembramiento del cordón umbilical, el recién nacido buscará el restablecimiento de tal estado. A él se remitirá la memoria inconsciente que propicia el deseo personal y colectivo que da lugar a imaginar paraísos perdidos. Como toda comunicación, la memoria tiene su origen en la búsqueda de la satisfacción de los deseos. El deseo alcanza su fin en la restitución de un estado satisfactorio imaginado o real. Incluso el odio pertenece al mismo ámbito, al igual que el celibato y la promiscuidad. Ahí se encuentra el punto de origen de toda economía social y personal.

Cuando un bebé entra en diálogo con su madre, primero de manera táctil y más tarde verbal, este ser egoísta solamente quiere satisfacer sus deseos, y, viceversa, a través de ese diálogo, la madre satisface deseos propios, físicos y mentales. El diálogo comienza cuando el lactante busca con sus labios el pezón de su madre, para lo que también apoya sus manos, las cuales, desde entonces, se desarrollan como un instrumento prominente respecto de cualquier comunicación física entre los seres humanos, desde las caricias hasta los golpes mortales. Spitz descubrió, además, que la expresión física del no (antes del desarrollo de la capacidad verbal de decir “no”) —que en las sociedades occidentales consiste en un movimiento de la cabeza de derecha a izquierda y viceversa— tiene su origen en la búsqueda del lactante del pezón de su madre. El no es la expresión más fuerte: quiere decir “esto no lo quiero”, “esto no me satisface”, “estoy buscando un estado de satisfacción”. Por eso, la negación domina cualquier sistema, tanto matemático como lingüístico, al igual que la dialéctica filosófica.2

Las caras pálidas de los usuarios iluminados por las pantallas ilustran la fascinación infantil por la reunión de esta nueva comunidad de zombis, la cual renuncia a la reflexión y a la creación para dar el clic que los introduce en el espectáculo

Toda comunicación significa la satisfacción de deseos inmediatos mediante rodeos. Los seres humanos desarrollaron la lengua para la comunicación verbal y el pensamiento para la coordinación de sus actos con el fin de lograr un estado de satisfacción plena, como el bebé en el diálogo con su madre. La ausencia de diálogo entre madre e hijo, ya en las hordas de los simios, causa el empobrecimiento de la personalidad e inhibe la actividad sexual, produciendo la extinción de la especie. El ser humano que en su etapa lactante ha sido privado del diálogo con su madre, o con otra persona en su lugar, se convierte en una envoltura vacía, está mentalmente muerto y es un posible aspirante a un hospital psiquiátrico. La exclusión de las formas rudimentarias de comunicación conducen a los individuos si no a su muerte, sí a una deformación grave. La raíz de la palabra comunicación nos remite a la oscuridad de la prehistoria, cuando los seres humanos se asociaron y formaron comunidades. A diferencia de animales como los simios, los lobos o los leones, que se organizan en hordas, manadas o familias, los seres humanos “ponen en común”, es decir, afirman su comunión con la ayuda de fiestas y ritos sacrificiales. Este tipo de prácticas conscientes distingue a los seres humanos de los animales y en ellas se ubican no solamente las raíces de las formas de la convivencia sino también de la comunicación social. Para reconocer dichos rituales, las personas emplean un catálogo de actos y objetos simbólicos que determinan la fiesta de la colectividad que asegura su comunión y cohesión sociales.

La palabra símbolo procede del griego symbállein (‘juntar, reunir, comparar, contribuir’). El símbolo (en griego symbolon) es un signo, un emblema, y denota el vínculo con un significado o con su propietario. Su origen se halla en la Antigüedad grecorromana, cuando, al despedirse, un huésped le entregaba a su anfitrión un pedazo de una tabla de barro rota (tésera) o un pedazo de un anillo de barro. Este pedazo servía como signo de reconocimiento cuando el anfitrión o un miembro de su familia devolvían la visita a la casa del huésped. Al juntar los pedazos, el anterior anfitrión y el huésped podían reconocerse. Esta fue una antigua forma de comunicarse y reunirse. El anillo abrió la puerta a algo más: significó ‘amistad’, unión.3

Aparte del reconocimiento por el acto de juntar dos pedazos de una tabla rota, del símbolo se deriva el contrato, el acuerdo o el convenio. Los símbolos deben entenderse como documentos obligados de la fe (por ejemplo, el credo apostólico y la confesión agustiniana). Pero también se debe recordar que el simbolismo de las cifras pasa por el pensamiento teológico, cuyo fundamento es el 3 como número de la Trinidad y las virtudes teologales, y el 4 como número del mundo: 4 horas del día, 4 estaciones, 4 puntos cardinales, elementos, edades y virtudes cardinales (fe, esperanza, caridad y misericordia), 4 ríos del paraíso (Éufrates, Tigris, Pisón, Guijón). Asimismo, 4 son los profetas y los evangelistas. 3 más 4 son 7, y 3 por 4 son 12. 7 son las virtudes, los pecados mortales y las artes liberales, y 12 los meses del año, las tribus de Israel, los pequeños profetas y los discípulos de Jesucristo. Cualquier cultura con sus partes —como planteó Claude Lévi-Strauss4— se presenta como un conjunto de sistemas simbólicos (la lengua, las relaciones de parentesco, la economía, el arte, la ciencia, la religión) y constituye un conjunto de formas de comunicación.

Además de los símbolos materiales —como las tablas de barro—, todas las comunidades emplean en su comunicación una variedad de símbolos abstractos para asegurar su comunión y celebrarla. Las comunidades religiosas poseen este tipo de símbolos para que sus miembros identifiquen su pertenencia al grupo. En el fondo, son símbolos de sumisión, como la cruz, el pañuelo en la cabeza o la kipá. Más importantes aún son los instrumentos y los objetos que usan para sus rituales de sacrificio: las hachas para la matanza del animal, las brochetas o asadores con las cuales cocinan la carne y distribuyen las partes entre la comunidad. A partir de estos asadores (obeloi, en griego) se desarrollaron los óbolos que todavía debemos pagar y las monedas con las que todas las comunidades y sociedades organizan hasta hoy en día sus relaciones económicas. Cualquier intercambio significa una forma de comunicación con el fin de cumplir la mutua satisfacción en el consumo. Este es el fondo de la sociedad de consumo que actualmente atraviesa una transformación radical.5

En el presente, los celulares, el internet, la prensa, etcétera, son medios de comunicación que muchas veces no sirven para ponerse de acuerdo con otra persona sobre algún problema o asunto, sino solo para conectarse y quedarse conectado, de modo que el medio es el contenido y el fin de la comunicación. Estar conectado es la consigna del día. La fascinación por las pantallas de celulares, computadoras y televisión no deja lugar a dudas. Son el medio de regresión a un servicio pararreligioso de sumisión ante un espectáculo: el retorno a la reunión de la tribu en una ceremonia sacrificial donde lo que se sacrifica es el interés particular y la satisfacción de los cinco sentidos a favor del calor de la comunidad de sacrificio sentada alrededor de una fogata, en este caso la pantalla. Las caras pálidas de los usuarios iluminadas por estas pantallas ilustran la fascinación infantil por la reunión de esta nueva comunidad de zombis, la cual renuncia a la reflexión y a la creación para dar el clic que los introduce en el espectáculo.

En la economía llamada neoliberal, la cual domina actualmente al mundo, la concreción de los intercambios, con los cinco sentidos, por medio de una mercancía concreta consumible desaparece progresivamente, mientras que el dinero se mueve a sí mismo, se produce y se reproduce por medio del dinero. Lo que permanece es la propaganda del consumo virtual. La reducción del uso de los objetos al consumo de su propaganda comercial conduce a la desobjetivación de su goce físico: finalmente, solo se realiza en la alucinación. El conflicto pulsional que ocurre tanto en el individuo como en la sociedad permanece irresuelto, pues en cierto modo es prorrogado o reprimido hasta que el aumento de tensión desencadena un próximo intento de evasión. La ausencia de una verdadera vivencia placentera requiere que un sustituto ocupe su lugar; esto obliga a la propaganda a cargar de nuevo el proceso y a ser incluida en una ilusión de carácter inmediato que, como la aventura de ir de shopping o de viaje, o sea, con las estrategias de la propaganda, deja a la pura propaganda atrás. Frente a la ilusión, los objetos concretos del consumo se vuelven insignificantes. Así, el evento del consumo en el mercado se convierte en la vivencia de un acontecimiento, en un espectáculo, pues en el hecho absoluto de la vivencia resultan innecesarias las siempre frustrantes relaciones con la realidad. La evidencia de la vivencia conecta origen y destino de tal manera que cancela también su tensión en la vivencia del momento. Esta es la esencia de la fascinación por la catástrofe y el mundo del espectáculo.6

Pero la pérdida de lo concreto ya se había manifestado en el mundo de la posguerra hace 50 años, como observó Guy Debord en su libro La sociedad del espectáculo, donde analiza los mundos capitalista y comunista de ese tiempo. Él escribió: “Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación.”7 Y más adelante comenta que:

El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha disipado las nubes religiosas en las que los hombres habían depositado sus propios poderes desligándolos de sí mismos: los ha ligado solamente a una base terrestre. De tal manera que es la vida más terrestre la que se torna opaca e irrespirable. Ya no confina en el cielo sino que alberga en sí misma su recusación absoluta, su falaz paraíso.

 

El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; es la escisión consumada al interior del hombre;8 es el discurso ininterrumpido que el orden presente hace sobre sí mismo, su monólogo elogioso; es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia. La apariencia fetichista de pura objetividad en las relaciones espectaculares esconde su carácter de relación entre hombres y entre clases: una segunda naturaleza parece dominar nuestro entorno con sus leyes fatales. Sin embargo, el espectáculo no es ese producto necesario del desarrollo técnico mirado como un desarrollo natural. La sociedad del espectáculo es, por el contrario, la forma que elige su propio contenido técnico.

Si el espectáculo, tomado en el sentido restringido de “medios de comunicación de masas” —su manifestación superficial más arrolladora—, puede parecer invadir la sociedad en tanto que simple instrumentación, no es en realidad nada neutro sino la instrumentación exacta que conviene a su automovimiento total. Si las necesidades sociales de la época en la que se desarrollan tales técnicas no pueden encontrar satisfacción más que a través de su mediación, y si la administración de esta sociedad y todo contacto entre los hombres no pueden ejercerse más que por intermedio de esta potencia de comunicación instantánea, es porque esta “comunicación” es esencialmente unilateral, de tal suerte que su concentración consiste en acumular en las manos de la administración del sistema existente los medios que le permiten proseguir esta administración determinada.9

Esta es la hora de la televisión y el video con los que el hombre y la mujer contemporáneos empiezan la huida de su propia historia de percepción a lo no-olfativo, no-sensible, no-audible y, finalmente, a lo no-visible, a la Nada, porque los signos no son imágenes. Este es el salto atrás a aquel pasado vital donde ontogénica y filogenéticamente no existía todavía una diferenciación entre los sentidos y la sensualidad, donde todavía no había una conciencia del tiempo. Este parece ser el ingrediente determinante del progreso a la regresión. En la embriaguez de las imágenes parpadeantes de los monitores (Flimmerbilder), de las sombras electrónicas pasando rápidamente y de los supuestos sonidos esféricos extraterrestres pegados al oído, la vivencia del video se coloca en el lugar de la experiencia real. Separadas por la pantalla del mundo real que se encuentra allá afuera, aparentemente otra vez en la cueva de Platón, las sombras del mundo real no traen consigo algo físico, sino que los signos electrónicos transmiten el mundo. Pero, aunque son parte del mundo real, ¿transmiten los signos de este verdaderamente dado que ya no requieren más de los sentidos parciales que sirven como puentes? En efecto, la huida al mundo proyectado en las pantallas anula la sensibilidad, reduce las percepciones, corta las relaciones con el mundo real.

Equipado con eyephone y dataglove, el último resto del mundo percibido por los ojos que hasta entonces separó al computer freak de su máquina de huida y adicción desaparece. El individuo puede simularse directamente en el mundo digital moviéndose sin trabas en la corriente de los datos. Puede también simularse como comunicación en un mundo virtual, o como una unión asexual. Para los propagandistas del ciberespacio esto no significa una pérdida puesto que desean liberarse o ya se han liberado milagrosamente de los conflictos y las tensiones que impone la vida en sociedad. Con alabanzas y elogios anuncian el tecno-zen, celebrando el juguete digital como el nuevo medio para la “expansión de la conciencia”. La posibilidad de salir finalmente del angustiado túnel de la realidad donde el individuo se frustró o atropelló permanentemente y la posibilidad de moverse locamente con la velocidad de la luz por el mundo digital parecen la traducción de la verdaderamente enorme velocidad de la circulación del dinero en un espectáculo electrónico. Lo que parece expansión de la conciencia en realidad funciona como cualquier droga: quien usa el simulador se libera de los viejos sentidos del olfato y del tacto en la embriaguez digital. Esto le permite —con la ayuda de los más abstractos sentidos— simularse regresivamente para alcanzar el estado de su objeto, es decir, ser dependiente así como lo fue en su infancia.10

No es únicamente la huida de una realidad que ya no es accesible; la adicción a la pantalla incita a dar un salto mortale al mundo de los signos, donde la pantalla se ofrece como una “boca de origen” (Ursprungsmaul), es decir, como el retorno al paraíso perdido del útero materno. Convertido en inofensivo, este monstruo invita a jugar. Sin diferencia de la realidad, lo imaginario en la pantalla aparece donde la realidad y la irrealidad se confunden. Y como la pantalla es para el usuario el otro o la otra —cualquier otro u otra— el conflicto entre los sexos también se puede, aparentemente, neutralizar. Estilizada en la “boca de origen” que succiona y devora, la pantalla se transforma —como dice Jean Baudrillard— en una máquina de soltería (machine célibataire) que convierte el amor en un mecanismo de muerte. La pantalla representa el sexo imaginado de la madre, al que el pequeño o tal vez el gran Edipo, salta y se introduce para disolverse, para desaparecer. Lo que busca el adicto a la pantalla es, finalmente, una regresión, una liberación de la coacción de la realidad para volver al estado fetal y sentirse de nuevo nadando en el líquido amniótico, conectado a los sistemas que le proveen todo sin esfuerzo, sin trabajo. Klaus Heinrich señala que:

La fascinación por la catástrofe se presenta igualmente en la filosofía del acontecimiento [Heidegger] de nuestros días como en la transformación de todas las posibles exhibiciones de acontecimientos y cadenas de acontecimientos, desde el efecto alucinógeno de la arquitectura posmoderna expuesto en las fachadas de las calles, hasta el evento de compras en un almacén, la boutique psicodélica y la permanente fiesta escandalosa de nuestras ciudades. Aquí se fija una disposición psíquica. El acontecimiento neumático, la estilización de cadenas de acontecimientos del consumo cotidiano y el afán de participar en los horrendos y más novedosos acontecimientos en este mundo son todas formas del ejercicio de la catástrofe […]. Así es hoy en día: fuera de la dialéctica del desengaño y el no-desengaño de nuestro mundo real, el neumático acontecimiento —una palabra encubridora de catástrofe— se reinterpreta en una promesa de salvación, y la resistencia contra la catástrofe se evapora en las preparaciones adventistas para la recepción de la catástrofe.11

 

La mezcla de un miedo a la catástrofe vivido conscientemente y una inconsciente fascinación por esta genera una necesidad cuya tendencia autodestructiva se muestra en la virtualidad de los excesos en el cine, la televisión y los juegos de video. Pero la popularidad de las películas de guerra y catástrofe, al igual que los fines letales a donde llegan los juegos de video, señalan un deseo que con toda probabilidad no se detiene en formas virtuales de satisfacción. Las bestialidades cometidas por bandas de militares, policías y guerreros religiosos o fundamentalistas que a veces cuelgan sus atrocidades en internet confirman esta tendencia. El temor y la fascinación por las catástrofes favorecen a los grupos redencionistas autoritarios y terroristas, los cuales, al igual que en la Edad Media, se rebelan en contra de la miseria y prometen una salida a la crisis general. El retorno de mitos intemporales y la tendencia a la mistificación del mundo parecen ser una característica esencial de estos movimientos. En este contexto, el neoliberalismo, es decir, la creencia en que una mano invisible dirige los destinos de la economía, la sociedad y los individuos para conducirlos al bienestar, funge como una variante adicional en el conjunto de las nuevas doctrinas de salvación fundamentalistas, las cuales se unen en el consenso básico de liquidar la Ilustración. En vez de ilustrar a las personas acerca de sí mismas y de sus propias metas, de darles las armas para participar realmente en la sociedad, todas estas posturas tratan de convencerlas de que una fuerza mística y oscura, al igual que un espectáculo de efectos estroboscópicos, de luces intermitentes y sonido ensordecedor, traen la salvación del mundo.

Como formación reactiva frente a la indudable crisis vivida como catástrofe social y económica, actualmente se produce (en el sentido psicoanalítico de este síntoma) una alegría casi histérica que caracteriza por igual a todos los nuevos movimientos de salvación representados en los fundamentalismos —incluido el neoliberalismo y su cultura posmoderna—, así como la histeria loca de la drogadicción, que encuentra sus raíces en la misma formación reactiva: la angustia frente a una temida catástrofe. En este estado, no importa que el individuo tema una catástrofe o se encuentre ya sumido en ella.

Sabemos que los seres humanos, al igual que los simios, poseen un mecanismo de autodefensa consistente en la liberación de beta-endorfina para disolver la angustia. Del mismo modo, las sociedades producen su propia droga. La droga ha sido, a lo largo de la historia, una conditio humana para manejar tanto la angustia social como la individual. El estado de drogadicción, al evaporar la autoconciencia del individuo, diluye también todo concepto de proceso histórico, borra toda experiencia traumática y favorece la aparición de fantasías infantiles todopoderosas como formas de regresión al estado de plena satisfacción. El estado de drogadicción vincula actualmente la política con el éxtasis del drogadicto, representado no solamente en el mundo de la droga real, sino también en los productos posmodernos que inundan los medios de comunicación donde desde hace mucho tiempo el espectáculo ha sustituido las formas de información, comunicación e ilustración. A pocos les preocupa hoy acceder a la inteligibilidad de la complejidad mundial. Los sujetos desean percibir el mundo y la historia solo como un simultané que los disuelva, como en el éxtasis de la droga. El espectáculo posmoderno presenta el mundo y su historia en formas simplificadas, como si estuvieran a la completa disposición de cualquiera, alterando las antiguas nociones de tiempo y espacio, prescindiendo de toda mediación y sirviendo como ingredientes alucinógenos capaces de producir y reproducirse al infinito sin que exista utilidad empírica alguna. Freud sintetizó todo esto muy bien: irritado por la pérdida de su meta pulsional, el individuo busca, con sus semejantes, el calor que irradia una fogata. Frente a ella se abandona sin conciencia y emprende el camino hacia un supuesto paraíso, al retorno de lo reprimido. Así escribe:

Esta plasticidad extraordinaria de los desarrollos del alma no es irrestricta en cuanto a su dirección; puede designársela como una capacidad particular para la involución —para la regresión—, pues suele ocurrir que si se abandona un estadio de desarrollo más tardío y elevado no pueda alcanzárselo de nuevo. Ahora bien, los estados primitivos pueden restablecerse siempre; lo anímico primitivo es imperecedero en el sentido más pleno.12

 

Esta regresión psíquica permite explicar la existencia y el consumo de la variedad de productos posmodernos que inundan el mercado actual, mostrando su fascinación por la posibilidad de la catástrofe, cuyo sabor ya conoce el individuo deprimido, frustrado o desencantado. En el mercado, que hoy en día se presenta como espectáculo, los consumidores pueden imaginarse en un estado libre de conflictos después de la catástrofe; en este estado la historia se representa fragmentada como episodios inconexos de un espectáculo posmoderno, ordenados estos de manera casual, uno junto al otro. El hecho de que los participantes en estos espectáculos o eventos de diversión y consumo se encuentren, en términos psíquicos, en un estado de regresión o infantil es confirmado por las formas de diversión de masas, así como por la inclinación general al juego, al entretenimiento y a la diversión que matan el calamitoso tiempo. De forma más radical, esta tendencia la encontramos en los productos de la industria del tiempo libre. Una semana de televisión con sus videoclips, sus programas de música y diversión no dejan dudas al respecto. Los consumidores van como zombis que temen, lloran o ríen de un evento a otro, sin haber tenido una experiencia real que suponga elaborar sus propias vivencias. El movimiento (la vivencia) es todo, mientras que el fin (la experiencia) es nada. El carácter alucinógeno de los espectáculos, de los eventos de consumo, impide a los consumidores que participan en el carrusel de atracciones tomar conciencia de que ellos reclaman y los medios de comunicación les proporcionan la huida de su propia vida e historia para eso, para “matar el tiempo”, es decir, para cancelar la posibilidad de comunicarse y proyectar su propio futuro y el de su sociedad. 

 

 

1 René Spitz, No and Yes: On the Genesis of Human Communication, International Universities Press, New York, 1957.

2 El hecho de que existan culturas donde el levantamiento de la cabeza significa no, como en Bulgaria, Albania, Turquía y partes de la India, puede tener otro origen, pero no le quita el peso al no como la expresión más fuerte. El no quiere potencialmente todo, aparte de lo negado.

3Symbolum est indictum, nota, tessera [...] quæ in omni actu legitimo, profano vel sacro, humano vel divino, civil vel canonico interveniunt aspectabilica; ut testamentis aes et libra” (Rodolphus Goclenius, “Symbolum”, en Lexicon Philosophicum, Hildesheim, 1964).

4 Claude Lévi-Strauss, “Introduction à l’oeuvre de Marcel Mauss”, en Marcel Mauss, Sociologie et Anthropologie, Les Presses Universitaires de France, Paris, 1968.

5 Horst Kurnitzky, La estructura libidinal del dinero, Siglo XXI, México, 1978/1992.

6 ____, “Un supermercado de baratijas”, en Vertiginosa inmovilidad: Los cambios globales de la vida social, Blanco y Negro, México, 1998; “Vivir en el paraíso”, en Una civilización incivilizada: El imperio de la violencia en el mundo globalizado, Océano, México, 2005.

7 Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Ediciones Naufragio, Santiago de Chile, 1995, p. 8.

8 Debord, óp. cit., p. 14.

9 Ib., p. 15.

10 Horst Kurnitzky, “Vertiginosa inmovilidad: La sociedad de información”, en Vertiginosa inmovilidad: Los cambios globales de la vida social, óp.cit.; “Vertiginosa inmovilidad”, en Una civilización incivilizada: El imperio de la violencia en el mundo globalizado, óp.cit.

11 Klaus Heinrich, “Zur Geistlosigkeit der Universität heute”, en Friedrich W. Busch y Hermann Havekost (editores), Oldenburger Universitätsreden, núm. 8, Oldenburg, 1987.

12 Sigmund Freud, “De guerra y muerte: Temas de actualidad (1915)”, en Sigmund Freud, Obras completas, vol. XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1992, p. 287.

 

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Horst Kurnitzky es doctor en Ciencias de las Religiones por la Universidad Libre de Berlín. Ha trabajado como arquitecto y ha enseñado en universidades de Europa y el continente americano, entre ellas la UNAM y la UAM. Es autor de numerosos libros, ensayos y artículos sobre arte, cultura, política y sociedad, entre otros temas.

 

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