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Lo que sí podemos hacer: Sobre el tercer territorio y el desplazamiento de las fronteras 

Eduardo Garza Cuéllar | 01.05.2015
Para que los esfuerzos de la sociedad civil cobren fuerza, es necesario que haya comunicación entre los distintos actores y exista un espacio público de encuentro. Bajo esa premisa, el autor hace un balance de esta sección de la revista, a un año de su creación. 

©iStockphoto.com/cienpies

Dame serenidad para aceptar las cosas

que no puedo cambiar; valor para

cambiar las cosas que puedo y

sabiduría para conocer la diferencia.

No hace falta ser Freud para distinguir a quienes se despiertan pensando en servir a México de aquellos cuyo afán es servirse de él. Corriendo el riesgo de esta simplificación, celebro que Este País abriera sus páginas al primer grupo de mexicanos, visibilizando así actores, narrativas y territorios urgentes e importantes. La sección “Lo que sí podemos hacer” parte de una ubicación clara en el mapa trazado por Covey, mismo que distingue, como la oración de los alcohólicos anónimos, el modesto territorio de las cosas que controlamos de aquel —enorme— que habitan las cosas que nos preocupan.

Construidos de sucesos terribles frente a los cuales, según sus narrativas, no podemos hacer nada, los noticieros enfocan y amplifican el territorio de la angustia. Este País, en cambio, nos abre al horizonte creativo de lo que los ciudadanos podemos hacer para empoderarnos y enriquecer lo público, que es el espacio de la democracia.

En una primera lectura, los artículos incluidos en esta sección de la revista nos dan noticia de lo mucho de bueno y fresco que —ya lo sospechábamos— hacen los ciudadanos por lo social en México, cotidianamente. A la provocación inicial de Edmundo Vallejo responden la lucidez reconfortante de Ariana Gómez, enfocada a la movilidad social y su esfuerzo por promoverla; la visión de Arturo Zapata sobre el compromiso social empresarial, y el genial programa expuesto por Alejandro Cuervo para promover desde la empresa la educación y la rehabilitación de personas con discapacidad. Emociona especialmente la visión —no solo inteligente sino también basada en el testimonio— del infatigable Lorenzo Servitje, quien a sus 96 años se levanta diariamente pensando en México.

A las aportaciones de María Luisa Aspe y Susan Pick, que muestran el valor agregado que la academia puede dar a lo social, se suman la creatividad de Armando Regil, quien comprende los nuevos dinamismos del poder (hoy “más fácil de obtener, más difícil de ejercer y más fácil de perder), la visión de Raúl Franchi sobre los observatorios ciudadanos, la lúcida reflexión sobre la naturaleza de la educación de Dina Buchbinder y la noticia de los abogados ciudadanos referida por Daniel del Río.

Cada lectura es, en lo individual, interesante, pero el conjunto de todas pone frente a nuestros ojos un tercer territorio. Constituye una cartografía más detallada en la que es posible distinguir un tercer ámbito, ni tan grande como el de lo angustiante ni tan pequeño como el de nuestro poder individual, el dilecto de los líderes sociales, el de nuestra influencia. Más aún: sugiere la expansión del territorio del poder y la influencia ciudadana.

La condición de esta necesaria expansión, propuesta por María Juana Vera en su artículo, “El poder del voluntariado”, es precisamente la de la comunicación entre los diversos actores y esfuerzos que en una sociedad urgida de vasos comunicantes —víctima del individualismo posesivo y la excesiva compartimentación— no se coordinan, ni siquiera se conocen. Me explico: los esfuerzos que la ciudadanía realiza para la mejora de lo público desde la academia, las organizaciones sociales, los organismos intermedios y la empresa, que es también sociedad civil, muchas veces quedan inconexos y, por lo tanto, ignorantes de sus posibles sinergias.

No son pocas las ocasiones en que sospechamos que lo que se dice en una reunión, un aula o en la casa de los no pocos mexicanos tipo uno se enriquecería significativamente si —egos disueltos— se coordinara con lo que preocupa en la casa del vecino. Sospecho que, como prueba cada caso de adopción, uno tiene lo que el otro necesita, que hay una madre que no puede hacerse cargo de su bebé y, en la siguiente casa, una pareja que desearía adoptarlo. Pero estos no siempre se encuentran. En medio, la burocracia, el miedo, la urgencia, el cansancio y los prejuicios impiden que se comuniquen. Sospecho también que hay alguien que se beneficia de esta incomunicación, como hay alguien que lucra con la narrativa de la angustia y la desesperanza.

La ciudadanía está llamada a hacer más y mejor, a hacer sinergia de creatividad y fuerza, a conectar a los unos con los otros, a trabajar con, sin o a pesar del Gobierno, en ese orden. Por eso celebro de manera especial que nuestra revista sea ámbito para el encuentro. También, espacio en el que se generan narrativas nuevas, se alimenta el nosotros, se crea tejido social y se nutre la esperanza.

Quedan —de eso estoy seguro— muchas historias por contar. Hay miles. Pero quedan, sobre todo, muchas más que construir sobre los cimientos de las primeras. En ello radica la esperanza de México.

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EDUARDO GARZA CUÉLLAR es maestro en Desarrollo Humano por la UIA y posgraduado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Autor de Comunicación en los valores, entre otros libros, es director general del despacho Síntesis.

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