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MANUAL PARA ZURDOS: (miscelánea)

Claudio Isaac | 01.05.2015

BC-CANTO-II

Islam

De reciente aparición, el docto estudio El Islam, de Karen Armstrong, analiza para beneficio nuestro —en tanto occidentales prejuiciosos e ignorantes— las creencias derivadas del Corán, y nos sorprende particularmente al detenerse en una cláusula sobre la “especulación teológica” denominada zama. Los casos de zama, explica la profesora, se consideran condenables cuando se trata de una “fantasía inmoderada sobre materias inefables que nadie puede averiguar de ningún modo”. Por su definición, el zama sería equivalente a lo que se le promete a los terroristas tras los atentados suicidas: las once mil vírgenes esperándolos en el paraíso y toda aquella escenografía de pacotilla. Reconforta considerar que en el seno del libro sagrado puede irrumpir el humor.

 

Ojos grandes, película no tanto

En su reciente cinta Big Eyes, el excéntrico cineasta Tim Burton se adentra en la vida de Peggy Doris Hawkins, más tarde Margaret Keane, una pintora cursi de cuya vasta producción asume la autoría el controlador marido, Walter Keane, con el pretexto de apuntalar una estrategia de mercado. Esta situación permite a Burton emprender un discurso que tiene mucho de feminismo soterrado (lo mejor del filme), al tiempo que explora la psicología detrás del kitsch, reto en principio atractivo pero a la larga fallido. Desde el comienzo sabemos que se trata de una historia basada en hechos reales pero en su desarrollo la verosimilitud se va a pique. Esto no ocurre por fallas del guion, más bien parecería que la responsabilidad del naufragio se debe a los desplantes de teatralidad del histrión austriaco Christoph Waltz. Mientras la actriz Amy Adams se confirma como modelo de contención y economía para expresar esencialmente al personaje de la pintora, Waltz se engolosina con el rol o engolosina tanto a su director que lo ablanda hasta que la permisividad carcome los cimientos del género, arrastrando la película hacia una farsa grotesca. Como sea, el de Burton es un intento valioso: nunca dejan de inquietar sus interrogantes.

 

Falta el prefijo

Intempestivamente proliferan, en distintos canales, diversas series de televisión dedicadas al arte contemporáneo. Más que invadirnos con una multitud de imágenes memorables, como sería de esperarse, lo que nos atosiga es la petulancia del discurso verbal que en la gran mayoría de los casos sustenta la obra. Y el término sustenta se usa aquí en toda la extensión: queda claro que el fenómeno típico de hoy es que sin la verborrea teórica el trabajo se desfonda, lo contrario a lo que sucede con, por ejemplo, cualquier pieza decimonónica que al azar escojamos: un retrato de Ilya Repin, un paisaje nocturno de Claude Monet o un interior sombrío de Vilhelm Hammershøi: en estos casos la explicación no solo sobra sino que muchas veces estorba, inhibe ese vuelo imaginativo al que invitan los cuadros de manera espontánea. No me internaré en la discusión de si el mercado artístico está repleto o no de estafas y camelos, como las llamaría el incisivo Vicente Verdú. Tan solo hago hincapié en que los curadores, galeristas y críticos, así como los artistas mismos en una pulsión de autoanulamiento creativo o de oportunismo rampante, han promovido el mecanismo por medio del que la vida de una pieza suele depender de la retahíla conceptual, a la que se privilegia por encima de la obra en sí y que acaba pesando más que esta. Y, por ende, los espectadores, al final de la cadena, rompen a su vez el proceso natural de diálogo con el arte, empobreciéndolo al exaltar lo racional mientras desatienden otras vías sensibles, desde lo visceral hasta lo emotivo, obstruyéndose la catarsis verídica y truncando su experiencia estética.

Esto me lleva a la reflexión de que el arte conceptual debiera más bien denominarse arte preconceptual, ya que lo que postula el autor en el ahora inevitable discurso teórico responde a lo que él preconcibió en el proyecto de obra más que lo que existe como producto terminado, cuyo significado y lecturas posibles variarán según los lugares y épocas en que sean vistos por el público, tanto como por la variedad subjetiva de este. Ya Paul Valéry decía con justicia: “El autor ve en la obra lo que debió ser y lo que habría podido ser más que lo que es”. E insiste: “Si sabe bien lo que quiso hacer, ese conocimiento le enturbiará siempre la percepción de lo que ha hecho”. Es decir, la idea que tiene el creador sobre el trabajo propio tiene que ver más con su preconcepción del mismo. Y en el caso sobrehumano de que pudiera ser suya la visión preclara y del todo objetiva, también Valéry tiene una respuesta en su noción de que no existe el verdadero sentido de una obra, “ni autoridad del autor” al respecto. Cualquier interpretación es igual de válida, la del autor es una más. Si fuera de consuelo, podríamos recordar las palabras de T.W. Adorno: “El artista no tiene obligación de entender su propia obra”. Y una consideración más: gran parte de la vanguardia a la que nos referimos bien podría coincidir, sin desearlo ni sospecharlo, con una flaqueza evidente de la estética detrás de nuestro movimiento muralista, el tender a propiciar una lectura unívoca: este es el padre de la patria, este es el pueblo oprimido, estas las cadenas que lo sujetan. El hieratismo de nuestros “tres grandes” ya no está presente pero algo muy parecido a ese conductismo deleznable puebla las cédulas de museos y galerías, los folletos y libros de teoría en torno al arte de hoy. Dejémoslo en que al arte conceptual le falta el prefijo pre-.

 

Frase del mes

“Entre la concepción

Y la creación

Entre la emoción

Y la respuesta

Cae la sombra.”

T.S. Eliot

Juan Ramón en inglés

 

Concebida con imaginación y escrupulosidad académica por el editor y ensayista erudito Christopher Maurer a partir de trozos dispersos del legado de Juan Ramón Jiménez, el libro The Complete Perfectionist: A Poetics of Work nos despliega un ideario organizado por temas y extraído de fuentes tan diversas como cartas, conferencias, poemas, aforismos y hasta lecturas discográficas. Maurer, quien ha traducido antes a Gracián, Quevedo, Unamuno, Guillén y Lorca, se concentra en Jiménez entendiéndolo con gran flexibilidad y brindándonos, por lo tanto, un perfil intelectual de excepción. Entre una introducción prolija e iluminadora y un epílogo contundente, a los que se suma una exhaustiva sección de notas, Maurer enmarca las más heterogéneas nociones de Jiménez respecto al narcisismo, la vejez, el aburrimiento, la verdad o la naturaleza, y sobre todo en torno a los elementos del trabajo poético: el ritmo, el silencio, el instinto, la palabra ordinaria, el capricho o el ensueño. Fragmento tras fragmento son innumerables las entradas fascinantes: “Sordo, no; necesito escuchar el silencio”. O bien: “A veces creo que estoy acariciando una idea, y estoy acariciando un ritmo”.

Lo que resulta lamentable para el público de habla hispana es que, aun tratándose de un gran poeta de nuestra lengua, este libro ejemplar solo exista en inglés, en la edición publicada por Swan Isle Press de Chicago. Como sea, vale la pena el malabar de leer a Juan Ramón en otro idioma para capturar lo esencial de su impar voluntad de perfeccionista.

 

El sueño de la gran unidad

Una sorpresa afín a la anterior es la de hallar el breve ensayo de J.M. Coetzee que se presenta como prólogo a una edición de Lectorum del célebre Platero y yo, donde Juan Ramón Jiménez recupera pasajes de la infancia manteniendo como centro la figura del pequeño y peludo burro Platero. La perspectiva de Coetzee nos redefine este título tan maltratado por el prejuicio y las etiquetas erróneas como el burro mismo en las páginas del libro. Lo que hace particularmente valioso este prólogo, más allá de la sensibilidad del análisis literario, es la generosa empatía de un amante de la tierra española y, ante todo, defensor de los animales. “Estamos al borde mismo —escribe Coetzee— de ese momento tan urgentemente añorado en la fantasía de la vida infantil, cuando la barrera entre las especies se viene abajo y nosotros y los animales, a los que durante tanto tiempo hemos exiliado, formáramos parte de una gran unidad.”

 

La historia detrás de la historia

El caso de un actor cuyo virtuosismo encanta al director hasta poner en riesgo el curso de la película que está rodando puede constatarse también en Lolita, de Stanley Kubrick, donde los exabruptos cómicos de Peter Sellers amenazan con descarrilar la trama de Vladimir Nabokov. Curiosamente, a Nabokov le hubiera fascinado para otra novela la historia del dictatorial Kubrick convertido en un pelele indulgente debido a la seducción ejercida por un actor megalómano.

 

Tras la corteza

Salido de la dispareja corriente del Arte povera, el italiano Giuseppe Penone deja pronto la escultura figurativa para intimar con los materiales que mejor conocía desde su niñez en los bosques piamonteses: los árboles, sus cortezas y el interior concéntrico de los troncos. Debo a dos amigos queridos el reciente descubrimiento de Penone y su escultura me ha proporcionado una de las experiencias más vívidas que ofrece el arte, la que ocurre cuando una obra nos modifica para siempre el modo de ver ciertas cosas. A partir de las piezas donde Penone escarba un tronco para descubrirnos su corazón, al árbol mismo en su ramaje más tierno, resulta imposible no ver distinto a los árboles adultos, adivinándoles tras la corteza el interior menudo y frágil. Un cuerpo de trabajo insólito, abonanzado y susurrante, fincado en la hondura y congruencia de su creador.

 

Colofón

Cuando el papa Francisco declaró, hace tan poco, que las teorías de la evolución y el Big Bang no contradicen la existencia de Dios, pudimos suponer que en las escuelas del sur de Estados Unidos por fin abandonarían la enseñanza del creacionismo y se rendirían ante las evidencias científicas. Pero no, lo que se comprueba es que estos tíos son más papistas que el papa.

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: A mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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