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CUADERNO DE NOTAS: Miedos

Gregorio Ortega Molina | 01.05.2015

BC-CANTO-V

Para Malena Mijares,

con afecto.

Disto mucho de parecerme a ese personaje interpretado por Daniel Craig. Mi temeridad es distinta, tiene que ver con las ideas y las creencias. Gusto de caminar en los linderos de la fe y la apostasía, porque al mismo tiempo que me producen desconcierto las conclusiones que encuentro, me llenan de algo parecido a la adrenalina y me obligan a continuar adelante.

Por ejemplo, elijo la palabra miedo, le doy vueltas, me esfuerzo por determinar si en los 66 años vividos me he encontrado lo suficientemente atemorizado como para sentirlo. Deduzco que hasta los 56 la fe —porque creo y practico mi catolicismo— me preservó de sufrirlo, aunque nunca de la duda, porque estoy convencido de que el equilibrio entre una y otra es lo que da sentido a la confianza absoluta que, en cuestiones de religión y teología, puede considerarse sinónimo de fe.

El que yo padezco, sufro, me angustia y desvela hasta el insomnio, está directamente ligado a mi agenda y tiene su origen en las películas de vaqueros, en esos personajes que, tras dar muerte a sus adversarios, señalan con una muesca en sus pistolas el número de asesinatos que han cometido. Suman, en sentido estricto, las ausencias por ellos causadas, el dolor generado para los que han de gestionar el sepelio, las honras fúnebres y la manera en que, desde ese momento en adelante, han de administrar su soledad.

No tengo revólver y tampoco camino por las calles buscando enemigos para matarlos, pero soy dueño de una agenda en la que se suman las cruces al lado izquierdo del nombre del muerto o la fallecida. Cuando la consulto para buscar el teléfono de mis amigos a los que necesito contactar para una pregunta, para constatar que están vivos, para decirles que los amo, es cuando me doy cuenta de que el miedo existe y, para mí al menos, está directamente ligado a la ausencia y la soledad que produce la muerte en los que permanecemos rezagados.

No es que empezara a poner cruces apenas hace diez años. Las muertes anteriores al año 2004 me sorprendieron sin la preparación suficiente para comprender su significado en mi vida y en la de mis seres queridos.

Muy pequeño supe —sin comprender— que debía esperar fallecimientos por razones de edad, biológicas. Intuía que mis abuelos desaparecerían, pero de ninguna manera me atrevía a pensar en la ausencia de mis padres. Contaba con ellos para siempre.

La primera ausencia que me dejó boquiabierto fue la de mi primo Fernando, porque testimonié el dolor de mis tíos; la de mi hermano Antonio, que desapareció cuando yo tenía tres años y él 21, simplemente dejé de verlo. Me causó extrañeza, pero no estupor.

Cuando acabalé los 33 años mi padre se fue. Creyó engañarnos porque nunca habló de su cáncer, mucho menos se dejó agobiar por el dolor. Poco antes de morir readquirió el hábito de estar acompañado, de manera permanente, por una imagen de la virgen de Guadalupe, adquirida en la joyería Villahumé.

Me hizo y me hace falta, pero todavía no apareció esa sensación de ausencia, anunciada hasta el momento de la muerte de mi suegra, que vivió durante veinte años con nosotros.

La desesperación inicia con la muerte de mi madre. Si cuando mi padre murió no experimenté ninguna sensación de orfandad, con la ausencia de su esposa sentí una profunda e irreparable soledad, me supe huérfano y deduje, en un instante de lucidez, que me adentraba yo por el irrepetible e irrenunciable camino de las ausencias, y comprendí que ya nunca me abandonaría esa sensación de frío, de miedo a quedarme solo.

Mi suegra y mi madre se fueron con un año de distancia, pero es a partir de entonces que las cruces de la agenda crecen, se multiplican. Sé, porque así debe ser, que por razones de edad mueren mis contemporáneos y mis amigos ligeramente mayores que mi esposa y yo. Perder los referentes de alteridad es tan grave como romper amistades, aunque suceda por razones distintas, porque mientras los que dejan de serlo permanecen vivos y los sentimientos se perciben traicionados, la ausencia de los muertos lo deja a uno sin aliento ni explicaciones, porque dejan de estar, y ya.

Esas repetidas y definitivas ausencias nos acercan a mi esposa y a mí, nos hacen más dependientes el uno del otro, más necesarios para acompañarnos y comprendernos, para explicarnos a nosotros mismos las razones de nuestro amor, los éxitos y los fracasos, los motivos de que la familia creciera y de que ahora el espacio lo llenen los nietos.

Pero también se hace presente la otra consecuencia de permanecer vivos. Pareciera que el asunto nos trasciende, pero lo hemos comentado y tratamos de asumirlo, tal como lo conceptúa Simone Weil:

La desdicha es un desarraigo de la vida, un equivalente más o menos atenuado de la muerte, que se hace presente al alma de manera ineludible por el impacto del dolor físico ante su inmediatez […].

El gran enigma en la vida no es el sufrimiento sino la desdicha […]. No es sorprendente tampoco que la enfermedad imponga largos sufrimientos que paralizan la vida y hacen de ella una imagen de la muerte, puesto que la naturaleza está sometida a un juego ciego de necesidades mecánicas. Pero es sorprendente que Dios haya dado a la desdicha el poder de introducirse en el alma de los inocentes y apoderarse de ella como dueña y señora. En el mejor de los casos, aquel a quien marca la desdicha no conservará más que la mitad de su alma.

Además, la desdicha hace del alma, poco a poco, su cómplice, inyectando en ella un veneno de inercia. En cualquiera que haya estado en la desdicha un tiempo prolongado hay complicidad con su propia desdicha, y esa complicidad puede impulsarle a evitar los medios de liberación, a huir de ellos, ocultándose bajo pretextos en ocasiones ridículos.

El riesgo para los que permanecen en el mundo y dejan que los muertos entierren a sus muertos, tiene palabra y definición: desdicha, que puede eludirse si el amor existe y la solidaridad crece y fortalece, para ceder su espacio a ese miedo racional y lógico que aparece ante el inevitable temor a la soledad, a quedarse solo, sin importar que los hijos y los nietos participen del duelo y fomenten el consuelo, porque el verdadero dolor, la única ausencia que al final cuenta, es la muerte de la pareja con la que has vivido por casi cincuenta años.

Es la tragedia que llama a la puerta, se anuncia y te advierte que es la única manera de combatir la desdicha, de desterrarla de tu corazón y tu mente y sustituirla por la cobardía, porque se necesita ser cobarde para recurrir al libro de Job y, en idénticos términos bíblicos, suplicar, gemir a la divinidad para que te libere antes de liberar a tu esposa o esposo, y te permita no sucumbir a la temible soledad causada por el vacío de esa única muerte a la que temes, con verdadero pavor, que ocurra antes que la tuya.

Ahí reside la tragedia, en ese miedo absolutamente racional, en ese pavor a la soledad, al perderse en la muerte el único amor que sustituye al de los padres y no puede ser igualado por el de los hijos: el de la pareja, siempre presente, constante, invariable, atento, con pasión durante los años en que fue necesario alimentarlo con ella; con inteligencia y sabiduría cuando se hace necesario sustituir el fuego que ya no produce el cuerpo, sino el espíritu, la razón, el alma.

Sí, claro que tengo un profundo y racional miedo de que mi esposa fallezca antes que yo. Sería incapaz de proceder como lo hicieron Arthur Koestler y su mujer.

Junto a Arthur estaba la nota, redactada casi un año antes, el 3 de junio de 1982:

A quien pueda interesar.

El propósito de esta nota es dejar totalmente claro que intento suicidarme tomando una sobredosis de fármacos sin el conocimiento ni la ayuda de ninguna otra persona. Los fármacos han sido conseguidos legalmente y acumulados durante un largo periodo de tiempo.

Intentar suicidarse es un juego arriesgado cuyo resultado es únicamente conocido por el jugador si el intento falla, pero no si tiene éxito. Si este intento fallase y yo sobreviviera en un estado físico o mental deficiente en el que no pudiera controlarme a mí mismo o comunicar mis deseos, solicito que se me permita morir en mi propia casa y no ser resucitado o mantenido artificialmente con vida. Solicito también que mi mujer, o el médico o cualquier otro amigo presente, haga valer el “habeas corpus” contra cualquier intento de trasladarme de mi casa a un hospital.

Mis razones para decidir poner un fin a mi vida son sencillas y convincentes: la enfermedad de Parkinson y una variedad de leucemia que mata lentamente. He mantenido esta última enfermedad en secreto incluso a mis amigos íntimos para evitarles aflicciones. Después de un declive bastante rápido durante el último año, el proceso ha alcanzado actualmente un estado agudo con complicaciones añadidas que me aconsejan buscar mi autoliberación ahora, antes de que sea incapaz de preparar las cosas adecuadamente.

Quiero que mis amigos sepan que abandono su compañía con plenas facultades mentales, con alguna tímida esperanza en una vida posterior despersonalizada más allá de los límites del espacio y del tiempo y de los límites de nuestra comprensión. Este sentimiento oceánico me ha sostenido frecuentemente en momentos difíciles, y ahora también, mientras estoy escribiendo esto.

Lo que hace, a pesar de todo, difícil dar este último paso es el dolor que pueda infligir a mis pocos amigos supervivientes, especialmente a mi esposa Cynthia. A ella le debo la relativa paz y felicidad de la que he disfrutado en este último periodo de mi vida —y nunca antes.

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas Estado de gracia, Los círculos de poder, La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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