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El elevador descompuesto  

Desigualdad de género y liderazgo político  

Pedro Gerson | 01.10.2015
El elevador descompuesto  
Por largo tiempo las mujeres han intentado abrirse camino en la esfera política nacional. Poco a poco han ganado espacios, pero la disparidad continúa. Esto no solo las perjudica a ellas, perjudica a la sociedad en general.

Graciela es madre de un bebé de cuatro meses que la espera en casa. Sale tarde de trabajar porque tiene una reunión importante al día siguiente para la que ha debido prepararse. El metro está a reventar por las lluvias: no le queda más remedio que dejar pasar tres trenes antes de poderse subir a un vagón. Treinta minutos después sale del subsuelo y se sube a un colectivo que la lleva los últimos cinco kilómetros. Cuando llega a casa su hijo tiene hambre, pero debido al estrés y el cansancio Graciela tiene un poco de fiebre y cree que es mejor no amamantarlo por el momento. Sin embargo, gracias a una nueva norma oficial impulsada por la Secretaría de Salud del Distrito Federal (SSDF), ni Graciela ni su pareja pueden ir por fórmula para darle de comer al bebé. Una de dos: o lo amamanta a pesar de estar enferma o va a la farmacia a comprar una fórmula pagando los 20 pesos extra de la “consulta médica” que valida la necesidad de comprarla.

Esta suposición, que suena como una pesadilla, es algo que bien podría convertirse en realidad si el Gobierno del Distrito Federal sigue adelante con una norma que pretende prohibir la venta de fórmula para bebés sin receta médica. Estas decisiones de política pública son las que nacen de buenas intenciones pero carecen de una perspectiva de género real, de una visión de lo que implica una restricción así en la vida de una madre o de cómo una decisión puede afectar los derechos de miles de mujeres. Es probable que mujeres de la SSDF hayan participado en el diseño de esta política. La desigualdad de género en el liderazgo y la estructura del sector público impide que la perspectiva de género sea un eje rector del diseño de políticas públicas.

Lo más preocupante no es la exclusión de la visión de las mujeres en temas en los que sus intereses son primordiales, como el de la lactancia materna; el hecho de que se trate de un tema de justicia es aún más grave. Las mujeres representan la mitad del género humano y sus opiniones merecen la misma atención que las de los hombres. El empoderamiento político de las mujeres es una de las armas que tenemos para lograrlo.

Por si esto fuera poco, al obstaculizar el acceso político de un 50% de la población, automáticamente se pierde un valioso capital humano que podría enriquecer las políticas públicas. Según un estudio del Foro Económico Mundial, hay evidencia empírica de que “cuando las mujeres están más involucradas en la toma de decisiones, toman decisiones distintas […] que reflejan las necesidades de más miembros de la sociedad.”1 Es decir, el que no haya igualdad de género a nivel político no es un problema que afecte exclusivamente a las mujeres, sino que nos afecta a todos pues las decisiones que se toman son más excluyentes y, por ende, peores.

A nivel empresarial se ha observado que las compañías que incluyen a más mujeres en puestos de liderazgo tienden a tener mejores resultados que aquellas que no lo hacen.2 De acuerdo con una investigación del Banco Mundial, los países con más liderazgo político de mujeres tienden a ser menos corruptos.3 Y, como ya muchos lo han documentado, la corrupción tiene efectos negativos en la calidad y el valor de las inversiones gubernamentales.

 

¿Cómo está México?

Los datos señalan que en México hay una brecha de género bastante pronunciada. De acuerdo con el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), ocupamos el lugar 80 entre 142 países en cuanto a paridad de género. Sin embargo, uno podría decir que nuestras fallas no se dan a nivel político dado que, según el WEF, estamos en el lugar 39 de 142 en empoderamiento político. Esto tiene que ver más con los fracasos en el mundo para lograr paridad política que con las proezas de nuestro país en el tema. El WEF califica la igualdad de 0 (inexistente) a 1 (absoluta). En empoderamiento político, México obtuvo 0.24, o sea, hay mucha desigualdad.

Ocurre así no porque no haya mujeres en el sector público, sino porque su participación en puestos de liderazgo es minúscula. El hecho más notable es que ningún gobernador del país es mujer. En el gabinete del presidente, solo 3 de los 21 puestos son ocupados por mujeres. Y en la administración pública a nivel estatal, de acuerdo con datos del inegi, solo 17.3% de los titulares son mujeres,4 y eso que, según la misma fuente, las mujeres representan 49% de dicha administración. Es decir, el rezago de las mujeres a nivel político en nuestro país no es de participación, sino de liderazgo.

gráfica gerson

La Gráfica muestra la diferencia a nivel estatal entre el porcentaje de mujeres que trabaja en la administración pública y el porcentaje de las que ejercen como titulares. Como se puede apreciar, en todos los estados hay bastante participación pero poco liderazgo.

El rezago en el liderazgo también se observa en el Poder Legislativo. A nivel federal, 40% de los diputados son mujeres, mientras que en el Senado ellas representan el 37%. Por otro lado, de las 56 comisiones ordinarias de la Cámara de Diputados, 13 tienen a una mujer al frente (solo el 23%) y únicamente 21 de 64 comisiones ordinarias del Senado son lideradas por mujeres, es decir el 32%. A nivel estatal vemos más o menos la misma historia: antes de las elecciones de este año, las cámaras de diputados estatales contaban con apenas 35% de mujeres legisladoras,5 y las de senadores, con 37%. Peor aún, en ambos cuerpos legislativos solo entre 23 y 29% de las presidencias de las comisiones eran ocupadas por mujeres.

En cuanto al Poder Judicial, ninguna corte estatal tiene más mujeres que hombres.6 En promedio, las mujeres representan solo 25% del total de ministros en las supremas cortes de las entidades federativas. Campeche e Hidalgo tienen justo el mismo número de mujeres que de hombres en sus respectivos tribunales superiores. El estado con la brecha de género más pronunciada es Tlaxcala, donde todos los ministros son hombres. Jalisco le sigue de cerca, pues apenas 2 de 34 ministros son mujeres. Finalmente, resulta revelador que en la Suprema Corte de Justicia, de 11 ministros solo dos son mujeres.

Desde un punto de vista cualitativo, las dependencias o comisiones lideradas por mujeres están rezagadas a temas que, estereotípicamente, caen en la cancha de las mujeres: protección y desarrollo social. Esto se observa con más claridad en las presidencias de mujeres en las comisiones parlamentarias que en el gabinete del presidente (donde la muestra es quizá muy pequeña). No es que el desarrollo social no importe, pero las mujeres no deben estar marginadas a ese tema. Que lo estén refleja un tipo de discriminación —quizá no abierta pero sí estructural— que impide el liderazgo de mujeres en todas las áreas de la política pública y no deja que veamos a más mujeres en temas como seguridad, energía, gobernanza o economía. Obviamente hay notables excepciones, como Arely Gómez o Alejandra Palacios; no obstante, estos casos son pocos, y mientras sea así no podremos hablar de una igualdad en el sector público.

 

¿Cómo responder a la desigualdad en el liderazgo público?

Actualmente en México la respuesta a la desigualdad de género política ha sido el sistema de cuotas. Ahora bien, los partidos políticos están obligados a que la mitad de los candidatos que postulan a puestos públicos sean mujeres. Sin embargo, es dudoso que estas cuotas sirvan para impulsar una igualdad real. Para empezar, desprestigian a las mujeres candidatas porque crean la percepción de que llegaron ahí por la cuota y no por sus méritos. Segundo, la regla ha sido manipulada hasta el absurdo. Los partidos han postulado a mujeres que se dan de baja automáticamente una vez que tienen sus puestos para cedérselos a hombres. Finalmente, dentro de los liderazgos de los partidos es una rareza encontrar mujeres. Esto revela que la igualdad que impulsan las cuotas es de forma pero nunca de fondo.

Un cambio verdadero requiere que se hagan esfuerzos para que el trabajo legislativo o administrativo sea atractivo para las mujeres. Dado que borrar la desigualdad de género es una tarea monumental, no pretendemos hacer una lista completa del tipo de políticas que se pueden impulsar para lograrlo. Pero es posible empezar con políticas orientadas a otorgar licencias de maternidad generosas, horarios flexibles y guarderías subsidiadas. También es necesario garantizar los mismos derechos para los padres. Diversos estudios han demostrado que cuando estos beneficios se extienden a los padres, las parejas los aprovechan de modo que las mujeres pueden dedicarle más tiempo al trabajo.7 Sin embargo, no es suficiente con aprobar leyes que garanticen estas prestaciones; es necesario impulsar a la gente para que las aproveche, ya que hay evidencia de que en muchos casos esto no ocurre por miedo a interrumpir o cancelar el desarrollo profesional.

Por otro lado, las agrupaciones de mujeres en la política se deben robustecer y trabajar para atraer a jóvenes del sector público y de universidades. Se deben impulsar programas de capacitación y tutela a cargo de mujeres que han triunfado en el sector público, para ayudar a que otras también lo logren. Finalmente, se requiere que el liderazgo de los partidos abra las puertas a la pluralidad más allá del discurso. Ninguno de los candidatos a dirigir los partidos, ni ninguno de los presidenciables, es mujer. Mientras que las puertas del elevador partidista sean resguardadas celosamente para los hombres, no habrá forma de lograr una igualdad de género real.

Quizá lo más importante sea que el tema de la desigualdad de género tome el lugar central que se merece. Para muchos ya hay igualdad dado que no hay nada que prohíba la participación de las mujeres en la política. Sin embargo, la discriminación no es solo exclusión y prohibición; estas son, sin duda, las manifestaciones más extremas, pero no por eso las únicas.

También, como hemos visto, la discriminación hacia las mujeres se ve reflejada en el hecho de que sigan siendo minoría en los tres niveles de Gobierno, en la dificultad de llegar a puestos importantes y en la nula participación en ciertos temas de política pública.

Los siglos de exclusión y marginación no se borran con solo 62 años de sufragio de las mujeres en México. La perniciosa condición de desigualdad política que existe en nuestro país es una mancha que, mientras siga desatendida, impedirá nuestro verdadero desarrollo y progreso como país y como sociedad. 

 

1 The Global Gender Gap Report, 2014 http://www3.weforum.org/docs/GGGR14/GGGR_CompleteReport_2014.pdf.

2 Ib.

3 Lena Wängnerud, “Women in Parliaments: Descriptive and Substantive Representation”, Annual Review of Political Science, vol. 12:51-69, junio de 2009.

4 INEGI, Censo Nacional de Gobierno, Seguridad Pública y Sistema Penitenciario Estatales 2014 http://www3.inegi.org.mx/sistemas/sisept/default.aspx?t=mgob32&s=est&c=34101.

5 Datos obtenidos de las páginas de cada uno de los congresos estatales.

6 Dirección General de Estadística Judicial http://www.dgepj.cjf.gob.mx/anexos/anex_ini.asp.

7 Ankita Patnaik, “Reserving Time for Daddy: The Short and Long-Run Consequences of Fathers’ Quotas”, enero de 2015 http://ssrn.com/abstract=2475970.

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PEDRO GERSON es investigador en el IMCO.

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