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Manual para zurdos: (miscelánea)  

Claudio Isaac | 01.10.2015
Manual para zurdos: (miscelánea)  

¿Arqueología?

El movimiento surrealista utilizó el medio cinematográfico desde sus inicios (sobreviven pietajes de Fernand Léger, René Clair y Francis Picabia, así como de Man Ray y Robert Desnos) pero es en 1928, cuando se produce Un perro andaluz de Salvador Dalí y Luis Buñuel, que se alcanza una cúspide expresiva. En ese mismo año Joseph Roth publica la novela Zipper y su padre, en la que al hacer notar que entre el padre y el tío del personaje protagónico no existe parecido físico alguno el autor califica la situación de “surrealista”. Sin duda será esta una de las primeras veces en la historia de la literatura que se usa el término surrealista como adjetivo. En su momento debe haber sonado vital y fresco; aún así inaugura la trayectoria de un uso impreciso y fácil del vocablo. Con todo y lo que venero a Roth hay que admitir que de vez en cuando, abusando de su pródigo talento, disparaba hacia la oscuridad con la esperanza de atinar en un blanco extraordinario —acaso en ese riesgo esté parte de su seducción. Pero en nuestros días cada vez que una mente se nubla con pereza verbal aparece al socorro la palabra surrealista, tan vaga que es aplicable a cualquier cosa.

 

Religiosos al día

Este año las autoridades religiosas de Nepal tuvieron el admirable gesto revolucionario de prohibir el sacrificio masivo de animales en la celebración anual de Gadhimai. En una determinación sin duda valerosa, se abocaron a erradicar de cuajo una tradición de siglos.

Eso me hace pensar que, por más fanáticos que reúna, la tauromaquia no es una religión, y sin embargo existen las más diversas resistencias ante los intentos de prohibir en nuestro país el sangriento espectáculo taurino. Mientras se resuelve esa batalla, al menos podríamos empezar por gestionar que el Canal 11 de televisión —esa meritoria emisora de corte cultural— deje de transmitir los lunes por la noche su programa especializado en toros y toreros: la persistencia de esta serie es ignominiosa aunque explicable simplemente porque los subterfugios a favor de las corridas de toros son culteranos, ingeniosos, pensados a detalle y fácilmente intimidan a las autoridades, por más que estas llevaran la razón de su parte. En efecto, algunos de los grupos a favor de la llamada fiesta brava argumentan aspectos de tradición y cultura y se remontan con conocimiento de causa a los ritos de la Grecia clásica, pues se trata en muchos casos de académicos y eruditos (lo cual no los exime de ser necios mayúsculos).

De nuevo felicito a la conductora Laura Barrera por dar vida, desde un contiguo canal cultural, el 22, a un programa cuyos criterios respecto al reino animal están al día, sosteniendo una lucha por concientizar al auditorio de la pertinencia de terminar con la explotación y martirio de las criaturas que se suelen considerar bestias y a las que por perversa costumbre no se les concede alma.

 

A modo de reparación

Una ocurrencia. Ya que el mundo taurino está lleno de veladoras, altares, vírgenes y santos, arrodillamientos y bendiciones, y hombres que se santiguan para luego empuñar la espada, sería conveniente —y se antoja por una vez posible— que el Vaticano, con el franciscano Francisco a la cabeza, se pronunciara en una condena respecto a las funciones taurinas. De paso —puesto que la doctrina católica refuerza el atropello de los animales al concederle a los humanos un lugar superior en la Creación— podrían disculparse por las aberraciones que directa e indirectamente han propiciado.

 

Diez años fructíferos

Vecino de página en esta publicación, el poeta y dramaturgo José Ramón Enríquez publica Decenio, con poemas que ha escrito entre 2004 y 2014. Se trata de un libro consistente que posee la cadencia dúctil del coloquio sin padecer de localismo y está plagado de evidentes claves personales sin acercarse mínimamente a la indulgencia que suele acompañar la modalidad confesional y las autorreferencias. Así, gracias al contrapeso del rigor en la forma y a una particular pulcritud espiritual, los poemas nos envuelven con una música íntima de verdadero poderío.

 

Más Nepal

Alguna vez me tocó, en una antesala prolongada, escuchar fortuitamente una conversación de la madre de un montañista de medianas ambiciones que había logrado llegar hasta las faldas del Everest. Se refirió a cómo habían recibido bien a su hijo en Nepal y de lo indispensable que resultaba en el ascenso montañoso la asistencia de los sherpas, solo que ella los nombraba shepherds (pronunciado “shepards”) en una confusión que mostraba su conocimiento básico del inglés y que de un modo enredado poseía cierta lógica: en castellano shepherd quiere decir ‘pastor’, y sin duda los sherpas pastorean a los hombres blancos de afán heroico hacia la cima del Everest, tal como sucedió en el caso de sir Edmund Hillary, quien sin su pastor sherpa Tenzig Norgay no hubiera alcanzado pico alguno, y tal como sigue sucediendo en la actualidad: los sherpas, habitantes naturales del Everest, facilitan o, mejor dicho, posibilitan que los alpinistas extranjeros asciendan a la cumbre y se lleven el crédito de exploradores sobrehumanos.

 

Borrón y cuenta nueva

Por supuesto, la visión crítica postcolonial ofrece la tentación de establecer figuras equivalentes a Norgay para todos los casos y borrar de la historia las proezas del hombre occidental. Ningún héroe blanco queda en pie, incluyendo aquellos que pertenecen a la leyenda, como Tarzán. Desde la nueva perspectiva nos vemos forzados a admitir: ¿por qué habría de ser un hombre blanco (para colmo un noble británico) el que pusiera en orden la selva africana? Así, la visión del buen Edgar Rice Burroughs resulta inevitablemente grosera, rebosante de altanería supremacista, por más que el autor nunca hubiera reparado en ello, soñando con esa figura romantizada que habría de alimentar la educación sentimental de generaciones enteras.

A favor de los subtítulos

En su reciente texto “Películas con subtítulos”, Gabriel Zaid nos habla de las virtudes educacionales que brinda la tecnología moderna al posibilitarnos ver una película subtitulada en el mismo idioma en que está hablada. Más allá de las centrales observaciones que hace Zaid sobre el aprendizaje que se lleva a cabo cuando simultáneamente se lee lo que se escucha, yo anotaría más fatuamente que el recurso también le permitiría al público, en ocasiones, la intelección de algunas voces que se le escapan por problemas de dicción de los actores o por características de algún acento local demasiado espeso. Tristemente, también quedarían resaltados aquí los diálogos pobremente construidos o dejados al poder de improvisación del intérprete, sobre todo en esta era en que suele incurrir en lo inconexo e inconsistente con tal de seguir exaltando la laxitud. (Por tanto, a algunos les traerá la nostalgia de aquellos diálogos de antaño, melodramáticos, si se quiere, pero del todo inteligibles.) Para finalizar, aplicado al cine mexicano entre los años sesenta y noventa, el recurso tecnológico permitirá franquear las deficiencias de los sonidistas chapuceros de la industria nacional y por fin penetrar el sentido de algunas de las frases proferidas por la curiosa fauna que habitaba la pantalla entonces.

 

Perplejo

Un escultor contemporáneo declara en una entrevista que el “arte público” demanda al artista una consideración de lo que será la interacción de su trabajo con el espectador. Quedo perplejo. Yo pensaba que esa interacción, la consideración de ese diálogo con el receptor de la obra, tenía que ver con todo arte, con cualquier obra.

 

Lejano, ajeno

Se argumenta —y con razón— que nuestro himno nacional es belicista. Por fortuna los niños se lo aprenden de modo mecánico e irreflexivo, de tal suerte que ni el verso “...al grito de guerra” ni “un soldado en cada hijo te dio” remiten a emociones violentas. Y el resto, “el acero aprestad y el bridón” o “Ciñe, oh Patria, tus sienes de oliva...” es tan abstracto que a la sensibilidad de un niño resulta tan lejano y ajeno como la poesía hermética.

 

Contracorriente

Hay quien escucha los Nocturnos de Chopin y cree detectar —acaso alentado por la leyenda del compositor tuberculoso— una cadencia desfalleciente. Conviene considerar que los acordes avanzan morosamente porque han encontrado la resistencia formidable de una contracorriente subterránea: el pulso quisiera desbordarse pero es frenado contra su propia naturaleza exaltada, la cadencia que escuchamos nace de esa fricción.

 

¿Tendrá que ver el porvenir?

Pareciera que una verdadera canción alegre tiene siempre un dejo de melancolía, una pizca discreta pero esencial de tristeza para que la composición musical tenga cuerpo, quede completa y satisfaga al escucha. Pero, ¿por qué ese ingrediente adicional, escondido debajo de la impresión primera, habría de ser necesariamente melancólico? ¿No será que simplemente lo muy alegre nos produce en el fondo la contrición retrospectiva de lo perdido o bien el anhelo un tanto acongojado del porvenir ideal que no hallamos?

 

Regreso a Roth

Cerca de las conmemoraciones por el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial dediqué algunas líneas a Joseph Roth, a quien descubría tarde. Confieso que sigo inmerso en su obra. De haber recién mencionado su modo suelto de adjetivar pasaría a una reflexión sobre esa misma línea pero más de fondo: parte del encanto en toda su narrativa reside en la imperfección. Careciendo de un temperamento ecuánime su estilo no podría ser cuidado: posee los vaivenes del dipsómano y los del neurótico. Siempre es inspirado, es fluido y a veces empantanado; coexistencia sorprendente, es sentimental e irónico; intuitivo y cerebral, su visión a veces pertenece a la poética, de cuando en cuando a la ingeniería, es reiterativo y con alguna frecuencia terco, entrañable siempre. Es eficaz por cercano. ¿Qué la meta no es alcanzar lo humano? Su imperfección lo hace supremo porque nos lo entrega del todo, robustamente humano.  ~

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda, Otro enero, Luis Buñuel: A mediodía, Cenizas de mi padre y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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