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El espejo de las ideas: Ética y espiritualidad: la vía humorística  

Eduardo Garza Cuéllar | 01.10.2015

Jack Dykinga

Jack Dykinga

Se agradece la actitud de aquellos científicos que realizan una aportación significativa a su disciplina y aún son capaces de reconocer los límites de la misma y de apuntar, como quien señala con el dedo, allende sus fronteras.

Es el caso de Viktor Frankl, quien reconocía los linderos de la psicología y avizoraba, más allá de ellos, la dimensión espiritual de la experiencia humana. Es el caso también de Albert Einstein, quien solía plantear preguntas cuidadosamente formuladas a especialistas de áreas diferentes a la física.

En sus antípodas se encuentra la actitud intelectual de otros, incluso verdaderos genios, como Freud, que habiendo desarrollado su teoría explican desde ella casi cualquier realidad, incluso aquellas que rebasan sus límites. Para el padre de la psicología moderna el fenómeno social y político, incluso el espiritual y el artístico, pueden explicarse desde las categorías psicoanalíticas, incluso reducirse a ellas. No es infrecuente que estos colonizadores protagonicen rupturas con sus seguidores como las que se dieron entre Freud y Adler, Jung y, de manera indirecta, Fromm, Rogers y el citado Viktor Frankl. Pareciera que el suyo, como cualquier otro dogmatismo, estuviera condenado al cisma.

Existió entre Einstein y Freud un intercambio epistolar que retrata estas dos actitudes intelectuales. En 1931 un Einstein consciente del potencial destructivo que podía tener su aportación a la física, crecientemente preocupado por el mismo, planteó a la reconocida autoridad de Sigmund Freud preguntas críticas, bien formuladas, sobre la agresividad y la violencia humanas. La respuesta de Freud no parece tocada por la pregunta del físico; repite, más bien, casi calca, la exposición de sus propios postulados.1

Es justo adjetivar de filosófica la actitud de los primeros, la de aquellos que reconocen sus fronteras y dialogan con otros desde las mismas, la de quienes honran sus límites, esos que entre muchos obsesionaron a Eugenio Trías y, antes, a Unamuno. Son pensadores que nos ayudan a descubrir y cuestionar nuestras propias fronteras. Además, alientan sin pretenderlo la construcción de una visión más completa y profunda de la realidad. Y la filosofía es justamente eso: un saber arquitectónico, hondo, articulador de saberes.

Pero, ¿cómo descubrir las fronteras de la filosofía misma y las de sus disciplinas inevitables, como la ética?

Al final de su Invitación a la ética,2 Savater sugiere una poderosa pista en este sentido: propone al humor, al amor, a lo sagrado y a la muerte como ámbitos que van “más allá de la ética”. De Finance, por su parte, en su refinada escala axiológica reconoce valores humanos infra y supramorales.3

Esta reflexión provocada por su visión busca ser ese dedo índice que señala allende la ética.

Siendo el de la ética el territorio (por demás privilegiado) en que los seres humanos podemos construirnos, destruirnos o abandonarnos como personas (algo tan serio), corre especialmente, junto con sus autores y actores, el riesgo de tomarse a sí misma demasiado en serio.

Afortunadamente el humor, pariente etimológico de lo humilde y de lo humano, goza su irrefrenable vocación de denunciar contradicciones, debilidades y excesos. No siempre lo sabe, pero debe su perspectiva a una categoría axiológica distinta y superior a la que su mirada denuncia, que es la que sostiene sus pies. En este caso, a un valor de orden espiritual, a una fe trascendente.

“Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”, rezaba Antonio Machado ante el cadáver de un amigo. Quien —desde otro sitio, como lo hace la cultura tradicional mexicana— ríe de la muerte, muy especialmente quien tiene la libertad de sonreír libremente frente a la propia, lo hace en virtud de los valores espirituales —¿la fe, la radical confianza, la esperanza?— en los que confía su existencia. Tal es en esencia la interpretación kierkegaardiana del humor.4

Vienen bien aquí tres cotas que nos permiten aclarar lo que entendemos por humor: a) no se trata de la banalización ni del relajo que, como nos mostró lúcidamente Jorge Portilla,5 es nihilista; b) más que reírse de algo externo a uno mismo, consiste en reírse de uno mismo, al menos de un rasgo humano del que uno se sabe partícipe, c) más aún: no se trata de reírse sino, tal vez, de sonreírse. La risa es del orden de la física; el humor, de la química.

Ahora bien, una transgresión o un fracaso de orden moral nos propone un nuevo dilema. Quienes lo viven pueden mortificarse o sonreírse. Pueden leerlo trágica y hasta patéticamente, como una definitiva lápida, o pueden también sonreírse desde la sospecha tácita de que la humanidad aún tiene motivos para esperar.

El humorista vota por lo humano más allá de lo humano, reconoce que lo que no está en su poder descansa en mejores manos, y celebra secretamente esa dimensión experimentable, más allá de sus fuerzas. Es, en ese sentido, un hombre de fe. Sabe, acaso secretamente, que reducir la espiritualidad —ese torrente que es el Evangelio, por ejemplo— a un código de ética equivale —además de despreciarlo sin comprenderlo— a ignorar la naturaleza de ambos campos. Quien mira y vive humorísticamente sabe que el ámbito de lo misterioso, lo que no es susceptible de control ni es gobernable, lo que escapa a nuestros mecanismos de administración y a nuestra racionalidad, nos invita a algo más importante que legislar o controlar: a agradecer, a celebrar, a honrar y a compartir, al gozo.  ~

 

1 Albert Einstein, The Einstein-Freud Correspondence (1931-1932), Humboldt State University, tomado el 17 de agosto de 2015 de .

2 Cfr. Fernando Savater, “Más allá de la ética” en Invitación a la ética, Anagrama, Barcelona, 1995.

3 Joseph de Finance, Éthique générale, Pontificia Universitá Gregoriana, Roma, 1988.

4 Søren Kierkegaard; Concluding Unscientific Postscript, Princeton University Press, Princeton, 1941, p. 448.

5 Jorge Portilla, La fenomenología del relajo, Fondo de Cultura Económica, México, 1966.

 

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EDUARDO GARZA CUÉLLAR es licenciado en Comunicación y maestro en Desarrollo Humano por la Universidad Iberoamericana, y posgraduado en Filosofía por la Universidad de Valencia. Ha escrito los libros Comunicación en los valores y Serpientes y escaleras, entre otros. Se desempeña como director general y consultor del despacho Síntesis.

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