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Hacia un juramento docente  

Pablo Boullosa | 01.11.2015
Médicos y maestros tienen a su cargo algunos de los más preciados bienes ajenos: la salud física y mental, el desarrollo intelectual y espiritual. Si en virtud del valor de su asignatura, los médicos asumen públicamente una serie de compromisos éticos, ¿no deberían hacerlo también los maestros?

1. Juramentos. En el evangelio de Mateo se cuenta que Jesús subió al monte seguido por una multitud que le escuchaba con devoción. Allí pronunció el influyente y revolucionario Sermón de la Montaña, en el que desafiaba la manera en que muchos interpretaban la tradición y las enseñanzas de la Torá.

Habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.

 

Jesús prohibió a los cristianos todo tipo de juramento, o al menos sus palabras parecen darlo a entender. Sin embargo, hasta los pueblos más católicos de todos los tiempos y lugares han recurrido a los juramentos, y no parece que existan naciones modernas que no hagan uso de ellos con fines legales.

La 22a edición del diccionario de la Real Academia define al juramento como “afirmación o negación de algo, poniendo por testigo a Dios, o en sí mismo o en sus criaturas”. La 3a del Moliner dice que jurar es “asegurar o prometer algo poniendo a Dios por testigo o garante de lo que se dice o promete”.

Los egipcios juraban por sus dioses pero también por algunos animales e incluso por yerbas y legumbres, como el ajo. Los persas ponían como testigo de sus juramentos al Sol y a sus deidades, y los escitas al aire.

Los griegos por lo general juraban por Zeus y por otros de sus dioses, semidioses y héroes. Los pitagóricos juraban por la tetraktys, un símbolo místico triangular que representaba al número 10 como la suma del 1, del 2, del 3 y del 4. Y Sócrates, por si le faltaran rarezas, muchas veces juraba “por el perro”, quizás aludiendo a Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, perteneciente a la constelación del Can Mayor. En la República lo hizo “por el perro egipcio”, aludiendo posiblemente a Anubis, patrono de los embalsamadores, encargado de pesar el corazón de los difuntos para decidir su último destino.

Los varones de Roma solían jurar por Júpiter, las señoras por Juno, los militares por Marte, las doncellas por Diana y los agricultores por Ceres, la diosa de los cereales y de la creatividad más primordial.

Al momento de ascender al trono, incluso si lo habían tomado por la fuerza, los monarcas cristianos prestaban un juramento. Muchas veces apoyaban la mano en un ejemplar de la Biblia, mientras pronunciaban solemnes palabras.

La fórmula empleada para jurar por los reyes de Aragón, desde la Baja Edad Media hasta finales del siglo xvii, nos habla de la fuerza que en su momento tuvieron los señores feudales. Dice lo siguiente: “Nos, que cada uno valemos tanto como vos, y que juntos podemos más que vos, os ofrecemos obediencia si mantenéis nuestros fueros y libertades, y si no, no”. En España también se acostumbraron los juraderos, que eran iglesias especialmente designadas para llevar a cabo juramentos de todo tipo. En las iglesias juraderas se solía jurar colocando la mano sobre los sepulcros, las reliquias o los altares de los santos, pero los reyes católicos Isabel y Fernando prohibieron esta práctica.

El artículo 121 de la Constitución mexicana de 1857, “que tantas fieras almas de guerreros dio al Hades” a pesar de su eminente corte liberal, establecía que “Todo funcionario público, sin excepción, antes de tomar posesión de su encargo prestará juramento de guardar esta Constitución”.

En la actualidad, en México los altos cargos públicos ya no juran sino que protestan o rinden protesta; es decir, ya no aluden ni a Dios, ni a los antepasados, ni a aquello que nos parece más sagrado, sino tan solo a valores civiles. En Argentina, Panamá, Colombia y Costa Rica, el presidente realiza un juramento; en Chile, un juramento o una promesa; en Brasil, un compromiso. En nuestro continente, al parecer solo en El Salvador y México los presidentes y funcionarios protestan en lugar de jurar, prometer o comprometerse.

En cualquier caso, ha existido un acuerdo casi unánime para que aquellos que ocupan puestos de gran responsabilidad presenten algún tipo de promesa solemne. ¿Acaso los maestros no ocupamos puestos de gran responsabilidad?

 

2. Hipócrates y los hipocráticos. “La vida es breve, el arte es largo.” Poca gente sabe que este dicho, ya incorporado a nuestra lengua como un lugar común, pertenece al Corpus Hippocraticum, la colección de escritos de Hipócrates de Cos y de sus discípulos. Menos gente sabe que el aforismo completo dice esto: “La vida es breve; el arte, largo; la ocasión, efímera; la experimentación, peligrosa; el juicio, difícil”.

Es curioso que una frase tan hecha como “la vida es breve, el arte es largo”, se ofrezca a interpretaciones tan variadas. Por un lado, puede querer decir que la vida es demasiado corta y que nos cuesta demasiado tiempo aprender a fondo un arte; Chaucer tradujo poéticamente la frase al inglés resaltando esta interpretación: “The life so short, the craft so long to learn” (“la vida tan breve, el arte tan largo de aprender”). Por otro, también puede significar que nuestra vida es perecedera, mortal, pero que nuestro arte es mucho más duradero. Octavio Paz, en el prólogo a sus obras completas, dice que cuando era un muchacho sintió envidia de Calímaco, Meleagro, Filodemo, Safo, Paulo el silenciario y otros poetas de la Antología palatina, que habían derrotado al tiempo gracias “a un puñado de sílabas”.

No olvidemos que el dicho proviene de un médico de la Antigüedad, al primero que consideramos propiamente como tal. Quizá solo intentaba que sus pacientes se resignaran a morir y comprendieran la ignorancia y las limitaciones de la medicina de aquel entonces: la vida es breve (se nos mueren los pacientes), el arte es largo (antes de que sepamos cómo ayudarlos).

Entre los autores que han derrotado al tiempo con unas cuantas sílabas está Nicarco, que en uno de sus epigramas de la Antología griega dice lo siguiente, en la versión de José Emilio Pacheco:

Ayer fue el doctor Marcus a dar consulta

a la estatua de Zeus.

Aunque era Zeus y de puro mármol

hoy enterramos a la pobre estatua.

Podemos acusar de ineficaces a todos los médicos de la Antigüedad. Pero a Hipócrates no podemos acusarlo de deshonestidad o de falta de ética. En sus tratados se encuentran decenas de “casos clínicos”, por usar una expresión moderna, donde se describen síntomas, tratamientos y resultados; en la gran mayoría de estos casos, Hipócrates reconoce que los pacientes fallecieron. Nicarco no exageraba sin fundamento.

Como sea, después de los hipocráticos hubo que esperar siglos y siglos antes de que los médicos volvieran a redactar con detalle sus casos clínicos. La idea misma de que una historia clínica tiene algún valor solo puede surgir a partir de una idea más elemental todavía, que debemos también al mismo Hipócrates: las enfermedades tienen causas naturales, no divinas. En todas las culturas tradicionales de las que tengo noticia, la epilepsia es considerada como una posesión por espíritus o demonios. Hipócrates luchó contra esta superstición, aunque estuvo muy lejos de encontrar las verdaderas causas de este trastorno neurológico, ya no digamos un tratamiento eficaz. Pero su impotencia, me parece, no hace más que resaltar su valentía: era mucho más fácil seguirle la corriente a la opinión de todos los demás. Esa valentía era necesaria para arrancar la medicina al dominio de la religión y del pensamiento mágico.

Entre todos los escritos del Corpus Hippocraticum, hay sobre todo uno que sobresale por encima de los demás, cuya influencia ha sido tal que puede compararse tan solo a la que han tenido los escritos de Homero, Platón, Aristóteles y Plutarco. Me refiero desde luego al llamado Juramento hipocrático. En la traducción de María Dolores Lara Nava, publicada por Gredos, dice lo siguiente:

Juro por Apolo médico, por Asclepio, Higiea y Panacea, así como por todos los dioses y diosas, poniéndolos por testigos, dar cumplimiento en la medida de mis fuerzas y de acuerdo con mi criterio a este juramento y compromiso:

Tener al que me enseñó este arte en igual estima que a mis progenitores, compartir con él mi hacienda y tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciere falta; considerar a sus hijos como hermanos míos y enseñarles este arte, si es que tuvieran necesidad de aprenderlo, de forma gratuita y sin contrato; hacerme cargo de la preceptiva, la instrucción oral y todas las demás enseñanzas de mis hijos, de las de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito el compromiso y estén sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más.

Haré uso del régimen dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender: del daño y la injusticia le preservaré.

No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún fármaco letal, ni haré semejante sugerencia. Igualmente tampoco proporcionaré a mujer alguna un pesario abortivo. En pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte.

No haré uso del bisturí ni aun con los que sufren del mal de piedra: dejaré esa práctica a los que la realizan.

A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia del enfermo, fuera de todo agravio intencionado o corrupción, en especial de prácticas sexuales con las personas, ya sean hombres o mujeres, esclavos o libres.

Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo callaré teniéndolo por secreto.

En consecuencia séame dado, si a este juramento fuere fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y de mi arte, siempre celebrado entre todos los hombres. Mas si lo trasgredo y cometo perjurio, sea de esto lo contrario.

 

En la mayoría de las facultades de medicina de Estados Unidos y de Europa los estudiantes realizan una versión moderna del Juramento hipocrático, llamada Declaración de Ginebra. Fue adoptada por la Asociación Médica Mundial en dicha ciudad, tres años después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, con el objeto de servir como fundamento moral a todos los médicos, algunos de los cuales habían hecho cosas horripilantes en los años previos. Ha sido enmendada y revisada tres o cuatro veces desde entonces, pero la influencia hipocrática sigue siendo notable.

En el momento de ser admitido como miembro de la profesión médica:

Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad;

Otorgar a mis maestros el respeto y la gratitud que merecen;

Ejercer mi profesión a conciencia y dignamente;

Velar ante todo por la salud de mi paciente;

Guardar y respetar los secretos confiados a mí, incluso después del fallecimiento del paciente;

Mantener, por todos los medios a mi alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;

Considerar como hermanos y hermanas a mis colegas;

No permitiré que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente;

Velar con el máximo respeto por la vida humana;

No emplear mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, incluso bajo amenaza;

Hago estas promesas solemne y libremente, bajo mi palabra de honor.

 

Si volvemos un momento a los tratados de los hipocráticos, encontraremos también otras disposiciones relevantes. En un artículo sobre las epidemias, se apunta lo siguiente: “Pon en práctica dos cosas: ayuda al paciente, o bien, no le hagas daño”. Una frase que pasó al latín como Primum non nocere: lo primero es no hacer daño. Y en cuanto al decoro, podemos leer que:

El médico debe ser capaz de observarse a sí mismo. Cuando entres a la habitación del enfermo, contempla tu manera de sentarte, el arreglo de tu atuendo, tu expresión decidida, la brevedad de tu discurso, tu compostura, tus modales. Reprime las perturbaciones, mantén el control sobre ti mismo, y ejecuta aquello que tengas que hacer.

Cobrarás bien cuando puedas hacerlo, pero habrá ocasiones en que no cobres por tus servicios, y si debes ayudar a completos extraños con dificultades económicas, bríndales toda tu asistencia.

Donde hay amor por la vida humana, también hay amor por el arte. El médico que ama la sabiduría, se asemeja a los dioses.

 

3. Los alumnos primero. En 1614, un joven protestante checo de origen judío, Jan Amos Komenský, acababa de terminar sus estudios en la Universidad de Heidelberg, en Alemania, y debía volver a su patria y a su casa. Apenas tenía dinero para su boleto de regreso en diligencia tirada por caballos, pero le ofrecían en venta un polémico libro de Copérnico: De revolutionibus orbium coelestium: Sobre el movimiento de las esferas celestiales. Komenský optó por comprar el libro y regresar a pie, durante varios días, a lo largo de cientos de kilómetros.

Durante el trayecto, Komenský (a quien conocemos mejor por su nombre latino, Comenius, o por su nombre español, Comenio) tuvo una revelación. Copérnico proponía que, en realidad, la Tierra no era el centro del Universo, sino que giraba en torno al Sol; de la misma manera, pensó Komenský, la educación no debía girar en torno al maestro, sino al alumno. El heliocentrismo planetario tuvo desde entonces un equivalente pedagógico: el paidocentrismo.

Los maestros deberíamos colocar en el centro de nuestro universo no a nuestras propias realizaciones profesionales, no a enriquecernos, ni a alcanzar la fama, ni a hacer investigaciones de punta, ni a probar las mieles del poder, sino al desarrollo de las potencias de nuestros estudiantes. Esto deberíamos tenerlo tan claro como el hecho de que no es el Sol el que gira en torno a la Tierra.

De eso se trata nuestra profesión: somos quienes hemos decidido consagrar parte de nuestro tiempo no a la persecución de intereses propios, sino al beneficio de los hijos de personas que no conocemos o que conocemos muy poco. De ahí la nobleza inherente a nuestra tarea.

Desde luego, para que la Tierra gire en torno al Sol no necesitamos hacer nada: la fuerza de gravedad se encarga de todo. Pero para que la educación gire en torno a los alumnos, necesitamos poner mucho de nuestra parte. Porque, para comenzar, los maestros somos más fuertes, más grandes y más conocedores. Los niños y jóvenes no tienen algo como la fuerza de la gravedad a su favor; todo lo contrario: las instituciones, las costumbres, las escuelas, los maestros, los presupuestos, las inercias, etcétera, son mucho más poderosos que ellos.

Aun si los intereses de los gobiernos, de las autoridades escolares, de los dueños de las escuelas, de las organizaciones sindicales, de las empresas privadas, etcétera, suelen imponerse a los mejores intereses educativos de los alumnos, nos toca a nosotros, como maestros, hacer todo lo posible por devolver a estos últimos su primacía.

Recuerdo a algunos maestros de la preparatoria que nos decían que iban a abordar temas que no les parecían relevantes, pero que estaban obligados a hacerlo para cumplir con los programas de estudio o para que no les llamaran la atención los directivos. Nos dejaban muy claro que para ellos era más importante no tener problemas ni con las autoridades educativas ni con sus jefes, antes que enseñarnos lo que realmente valía la pena. Como contraste, recuerdo el caso de una maestra que, dándose cuenta de que las autoridades escolares de Francia y las de su escuela le ordenaban someterse a métodos absurdos de enseñanza, decidió hacer lo que era mejor para sus alumnos. Se acostumbró a borrar el pizarrón al terminar su clase para que nadie pudiera ver lo que hacía (una buena costumbre, en cualquier caso); forró con papel Kraft los libros que ella creía que eran mejores para sus alumnos; guardó silencio frente a sus colegas, simuló ante sus jefes, etcétera, pero siempre colocó el interés de sus alumnos por encima de cualquier otra consideración. Su nombre es Rachel Boutonnet, y cuenta su experiencia en un libro que, de manera elocuente, lleva por título Diario de una maestra clandestina (Journal d’une institutrice clandestine).

4. Los maestros como líderes. Solemos pensar que los líderes son directivos de empresas, o altos funcionarios de Gobierno, o políticos llenos de vanidad, o entrenadores de futbol. Pero también los maestros somos líderes, por lo menos para nuestros alumnos, de la misma manera que los padres lo son para sus hijos.

Los mejores líderes, en cualquier ámbito, tienen altas expectativas. Los mejores maestros esperan mucho de sus alumnos y de sí mismos. Ven mejor y más lejos. El Diccionario de sinónimos de Fernando Corripio ofrece los siguientes para la palabra expectativa: esperanza, ilusión, confianza, expectación, perspectiva, posibilidad, interés, curiosidad, atención, cuidado, observación, vigilancia. Todos ellos aplican bien al desempeño de los buenos maestros. El diccionario de etimologías de Guido Gómez de Silva dice que expectación viene de la partícula ex-, ‘afuera’, y de spectare, ‘mirar’. José Antonio Marina, corrigiendo un poco la plana a Ortega y Gasset, dice que “una persona es lo que es, más el conjunto de sus posibilidades”. Para un maestro no es suficiente mirar a la persona; debe ser capaz también de contemplar sus posibilidades.

Los maestros debemos ser capaces de reflexionar sobre nuestro propio desempeño, porque este es el terreno en el que podemos ayudar más a nuestros chicos y librar nuestras mejores batallas

Esperanza, por supuesto, viene de esperar y del latín sperare; más lejos, del indoeuropeo sp?-s, ‘esperanza de prosperar’, y de la raíz sp?: ‘aumentar, ampliarse, prosperar’. Para eso precisamente nos educamos: para hacer más amplio nuestro mundo y para mejorar las probabilidades de que nos vaya bien en el futuro, tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Esperanza no es certeza. Como maestros, debemos entender que hay muchas cosas que escapan a nuestro control. Ni siquiera podemos escoger a nuestros alumnos. Por lo tanto, debemos concentrarnos en aquello que sí podemos controlar, y que después de todo un estudio tras otro nos dicen que es el factor clave en las escuelas y universidades: nuestro propio desempeño.

¿En qué podemos mejorar? ¿Cómo podemos contagiar el entusiasmo por aprender? ¿Cuáles de nuestros comportamientos contribuyen más al desarrollo de nuestros chicos? Siempre será mejor concentrarnos en lo que sí podemos lograr que quejarnos amargamente de lo que no podemos controlar. (Si las cosas se arreglaran solo quejándonos, México sería ya una superpotencia mundial.)

Los hipocráticos, como acabamos de decir, decían que el médico debía ser capaz de observarse a sí mismo. Los maestros debemos ser capaces de reflexionar sobre nuestro propio desempeño, porque este es el terreno en el que podemos ayudar más a nuestros chicos y librar nuestras mejores batallas.

 

5. Los maestros como ejemplo de virtud. Todos los líderes tienen una misión explícita y otra implícita. La misión explícita suele estar bastante clara: por ejemplo, crecer las utilidades de una empresa, o administrar con eficiencia una institución, o, en el caso de los maestros, enseñar materias como álgebra, física o historia. La misión implícita, en cambio, puede que ni siquiera necesite verbalizarse, y consiste en transmitir valores y cualidades como el respeto, la honestidad, la responsabilidad y la valentía.

Estas enseñanzas implícitas son el discurso tácito, pero elocuente, que ofrecemos día tras día mediante nuestro comportamiento, es decir, mediante nuestro ejemplo. Con independencia de nuestra voluntad y de nuestro grado de conciencia, los maestros somos ejemplo para nuestros estudiantes. Encarnamos la figura adulta, madura, resuelta, que domina muchas horas de su existencia, a veces más horas que las que pasan junto a sus propios padres.

Como maestros, nos toca hablar a nuestros alumnos de las grandes conquistas del conocimiento que ocurrieron en el pasado. Pero a la vez, y sin que exista ninguna contradicción, muchos de nuestros estudiantes pueden ver en nosotros, voceros del pasado, su propio futuro. Nuestra responsabilidad es del tamaño tanto del pasado que seleccionamos para transmitirles (nuestra misión explícita), como de ese futuro posible que ellos pueden vislumbrar en nosotros, por lo menos como representantes del mundo adulto (nuestra misión implícita).

Es fácil imaginarnos a algunos de nuestros alumnos diciéndose a sí mismos, con variaciones, lo siguiente: “Quiero llegar a ser semejante a mi maestro”. Este es un pensamiento en cierto sentido halagador, pero si lo asumimos plenamente, debería ponernos bastante nerviosos, pues se trata de un reto enorme. Y no podemos evitarlo: hagamos lo que hagamos, los maestros no podemos rechazar el papel que interpretamos en la imaginación de nuestros estudiantes.

En las primeras líneas que dedicó a la vida de Pericles, Plutarco afirma que:

[…] la virtud es tal en sus obras, que con el admirarlas va unido al punto el deseo de imitar a los que las ejecutan; porque en las cosas de la fortuna lo que nos complace es la posesión y el disfrute; pero en las de la virtud, la ejecución; y aquellas queremos más que nos vengan de los otros, y estas, por el contrario, que las reciban los otros de nuestras manos; y es que lo honesto mueve prácticamente y produce al punto un conato práctico y moral, infundiendo un propósito saludable en el espectador, no precisamente por la imitación, sino por sola la relación de los hechos.

 

Sé que estas líneas fueron escritas hace 19 siglos y que no se trata de psicología de punta. Pero me consta que la virtud es contagiosa. Todos los que hemos tenido la suerte, como yo, de contar con modelos de virtud, deberíamos saberlo. También deberían saberlo quienes puedan recordar cómo nos comportamos los habitantes de la Ciudad de México en las horas y días que siguieron al terremoto de 1985. No puedes ver que todos a tu alrededor hacen algo bueno sin que tú también sientas el deseo de hacer el bien.

Pese a la inmensidad de estos retos, y pese a la grandeza de su tarea, el papel del maestro suele ser, además, discreto. Séneca decía que la virtud no necesita adornos ni ser cacareada; ella tiene en sí misma su mejor ornato, elogio y recompensa.

Dar ejemplo puede parecer una tarea modesta y es, sin embargo, titánica. Si queremos formar individuos honestos, fértiles, esforzados, dialogantes, prudentes, dignos, amantes del conocimiento, debemos ser y dar ejemplo de honestidad, de creatividad, de esfuerzo, de apertura al diálogo, de prudencia, de dignidad, de amor al conocimiento.

Platón decía que el fin de la educación es el de enseñar a desear lo deseable: los primeros que debemos “desear lo deseable” somos, naturalmente, los propios maestros. De otro modo no podemos esperar que nuestros estudiantes lo hagan. Nuestro ejemplo de vida debe parecerles deseable.

 

6. Por lo tanto, me gustaría. Que los maestros hagan suya la idea de prestar un Juramento que les sirva como símbolo, materia de reflexión, base moral y rito de paso.

Que los futuros maestros puedan presentar un Juramento docente parecido al de Hipócrates y al que voy a proponer dentro de unos momentos.

Que lo analicen y lo discutan durante sus años de formación, y que lo tengan presente durante el desempeño de su trabajo.

Que antes de tomar su primer empleo, todos los maestros participen en una ceremonia en la que hagan su juramento.

Que dicha ceremonia sea pública y solemne. Solemne no en un sentido acartonado, costoso y falso, sino en el sentido profundo e íntimo.

Que en esta ceremonia funjan como testigos maestros en funciones y maestros retirados.

Que en esta ceremonia estén presentes autoridades escolares y no escolares, alumnos, padres de familia, líderes sociales, empresarios, intelectuales y familiares de los maestros.

Que este Juramento no sea pretexto para crear más trámites, que sea de libre elección, que forme conciencia privada y deje constancia en medios impresos y electrónicos, no en papeles burocráticos.

Que sirva no solo a los maestros, sino a toda la sociedad, creando mayor conciencia sobre la importancia y trascendencia de su muy alta y noble misión.

 

7. Juramento docente

Juro por aquello que me parece más sagrado, y por todos los maestros vivos y muertos, tomándolos como testigos, cumplir las siguientes promesas:

En el ejercicio de mi profesión consideraré, antes que nada, la educación de mis alumnos. No le antepondré ni los intereses de mis jefes, ni los de las autoridades educativas, ni los de mi sindicato, ni los de mi iglesia, ni ningún otro.

Usaré todos mis conocimientos en beneficio de mis alumnos. Ampliaré mis conocimientos constantemente, sin conformarme jamás con lo que ya conozca, y sin asumir jamás haber llegado al pináculo de lo que puedo saber. El arte es largo: nunca dejaré de leer y prepararme.

Tendré grandes expectativas respecto al desempeño de mis estudiantes. Los ayudaré a hacer más amplio su mundo y a expandir sus posibilidades. Los haré esforzarse, para que logren más de lo que ellos mismos suponían posible.

Cuando entre a un salón de clases, lo haré siempre para bien de los estudiantes; jamás les haré daño, y procuraré no cometer injusticias con ellos. Les trataré con respeto y elogiaré sus esfuerzos.

Me apartaré de toda corrupción y de todo abuso de poder. Seré digno de la confianza de los estudiantes y de sus padres. Me comportaré de forma ecuánime y procuraré mantener el control sobre mí mismo, para proceder como sea mejor para mis alumnos.

Procuraré dar siempre un buen ejemplo a todos los niños y jóvenes, incluso si no son mis alumnos. Me abstendré de elogiar todo vicio y toda violencia.

Reconozco que la principal variable en mi salón de clases, y la que más fácilmente puedo controlar, soy yo mismo. Debo ser capaz de planear mis clases y de reflexionar críticamente sobre mi desempeño como maestro, y debo estar siempre dispuesto a mejorar en beneficio de mis estudiantes.

No transmitiré rencor, desesperanza, ni rabia inútil a mis alumnos. Si llegase el día en que esté convencido de que lo que hago no tiene sentido, o de que ya no puedo hacer bien mi trabajo, me apartaré de la enseñanza y dejaré que otros ocupen mi lugar.

Si este juramento lo cumplo, viva yo feliz, recoja los frutos de mi arte y sea respetado por todos y recordado por muchos en el futuro. Pero si lo transgredo y cometo perjurio, que me suceda lo contrario.

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Pablo Boullosa es escritor, conductor de televisión y promotor de la educación. Desde hace 12 años escribe y conduce para Canal 22 La dichosa palabra. Entre sus libros está el tomo izquierdo de Dilemas clásicos para mexicanos y otros supervivientes .

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