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Entrevista con Diana Hernández: Si un libro es bueno, no debe aburrir

Ana Maurer Tolson y Diego Rodríguez Landeros | 01.11.2015
Entrevista con Diana Hernández: Si un libro es bueno, no debe aburrir
Diana Hernández es venezolana pero la mayor parte del tiempo ha laborado en otros países, principalmente en España, a donde llegó un día con la intención de dedicarse a la academia y la teoría literaria sin sospechar que terminaría consagrada a la edición de libros. Trabajó en HBO, Blackie Books y RBA antes de llegar a Turner, donde ahora dirige, desde la Ciudad de México, la singular colección El Cuarto de las Maravillas. Con una sonrisa nos recibió en su departamento para platicar acerca de lo que significa para ella la vida editorial. El resultado fue una entrañable conversación en la que discutimos tanto aspectos personales de su vocación como puntos técnicos y aun controversiales de su oficio: de dónde saca los títulos que publica, qué tipo de traducciones prefiere, cómo se realizan las portadas... Sentados alrededor de una mesa pletórica de papeles, diccionarios y dos computadoras, escuchamos cómo sus palabras, siempre enérgicas, vibran en ocasiones con mayor intensidad demostrando que nada le resulta indiferente (ni siquiera el menor signo de puntuación fuera de lugar) y que todo lo que hace se sostiene con un profesionalismo apasionado. Tal firmeza de sus argumentos así como la facilidad con que pasa de un tono serio a la más franca risa, nos hacen dudar de ella cuando dice que la relación que mantiene con los textos es propia de las personas con temperamento melancólico. Por el contrario, al oírla nos convencemos de que su trabajo tiene un innegable carácter festivo y alegre, lo cual se comprueba cada vez que repite la idea de que los libros, cuando son buenos, no pueden aburrir. Y Diana —sobra decirlo— vive consagrada a la elaboración de libros excelentes. AMT y DRL

¿Cuál fue el proceso formativo que te llevó a querer dedicarte a la elaboración de libros?

Es verdad que estudié Letras, pero yo lo que quería era ser arquitecto. Como no tengo sentido del espacio, al cabo de unos pocos semestres acabé en Letras, que fue la mejor escuela del mundo, y supongo que eso me ha ayudado a hacer libros, pero las ganas de leer (y editar es eso) vienen de antes, de cuando era niña, de cuando ni siquiera me acuerdo. Dicen mis padres que aprendí a leer sola, aunque los padres dicen de uno cualquier cosa. Pero yo no me acuerdo de haber aprendido, eso es cierto, aunque tampoco tengo recuerdos de antes de los cinco o seis años. De las ganas de construir casas, edificios, o diseñarlos, supongo que me queda el gusto por el libro como objeto físico, por la dirección de arte de los libros, pero no sé, creo que también tengo esa relación con los textos y con la escritura que tienen, dicen, las personas con un temperamento melancólico —perdón por el lugar común. Es casi algo que viene dado. Eso y que, para usar otro lugar común, los buenos libros son mejores que los malos amigos, y un gran lugar para escapar.

 

¿Por qué decidiste hacer libros en lugar de dedicarte a la Academia?

Porque la Academia es dura y la competencia es mucha (¡aunque no más que en la edición!). Es verdad que cuando me fui a España, como cualquier estudiante latinoamericano, quería hacer una tesis doctoral (sobre Aristóteles y la tragedia hoy, como si no hubiera milenios de por medio, menos mal que la edad le quita a uno las pretensiones) y dedicarme a la teoría literaria, pero antes de eso empecé a trabajar en una editorial, me gustó, nunca acabé la tesis y aquí estoy.

 

A menudo se piensa que si alguien es un apasionado de la literatura y quiere dedicar parte de su vida a los libros, lo más natural es que se incline por la escritura y no por la edición, como si la primera fuera una labor activa y la segunda pasiva, subalterna. Sin embargo, Roberto Calasso afirma que la edición es un género literario, un tipo de escritura que requiere la misma atención en la forma que, por ejemplo, un novelista pone en la composición de una obra. ¿Estás de acuerdo con esa idea, consideras que tu trabajo puede considerarse un género literario?

Sí, no solo con eso (Calasso no solo es un grande en todo sino un genio como teórico de la edición) sino que nos ahorra muchos horrores que haya gente que prefiera editar lo que escriben los demás y no su propia obra. También me interesa mucho la idea de Calasso de los “libros únicos”.

 

Hablando con una metáfora literaria, ¿cómo definirías el estilo de edición que practicas?

Ecléctico, aunque eso suena casi mal. Amateur en el buen sentido: el de quien ama lo que hace, que puede ser una novela, un cómic, un ensayo o un libro infantil. Edición del siglo xxi, me decía una compañera, porque pareciera que a veces los libros que hago quieren competir con otros “productos culturales” más bien masivos. Pero miren, otra vez volviendo a Calasso, él lamentaba que nadie hubiera entendido a un gran editor, ya fallecido, que cuando decía que los libros que publicaba no eran aburridos, no significaba que publicara entretenimiento. Si un libro es bueno, no debe aburrir. Esa última oración, esas últimas dos, me parecen una mejor definición de estilo. Calasso ya lo ha escrito todo sobre el asunto, ojalá seamos dignos de citarlo.

 

No se trata, por supuesto, de hablar solo de contenidos y calidad literaria, sino de publicidad, diseño y difusión. Cuéntanos un poco de este aspecto extraliterario.

Pues es intrínseco a la edición. A veces es tanto trabajo que a uno no le queda tiempo de leer. Hoy me he pasado toda la mañana buscando una foto gratis que podamos usar para la prensa y que la autora apruebe. No la he encontrado… El diseño, pues qué quieres que te diga, es la primera impresión. No me gusta la idea de una belleza ajena al libro y, al mismo tiempo, no sé definir qué pueda ser exactamente la belleza propia de un libro. ¿Una cubierta tipográfica? Para volver a Calasso, el hombre dice que la imagen de cubierta es como hacer una écfrasis al revés, y eso es así. Encargo ilustraciones, trabajo con los ilustradores y las edito, a veces hacemos dos o tres versiones hasta que llegamos a lo que creo que da cuenta del interior del libro, sin tratar de ilustrar solo el título. Por supuesto, esto es muy subjetivo. Los ilustradores proponen ideas, no solo ilustran lo que les pides. En las cubiertas trabajo con Miquel Puig. Hablamos, pensamos qué nos gusta, qué no, quién, a qué se nos parece qué. Aunque a mí me cuesta más que me gusten las cosas, los libros, las cubiertas, las ilustraciones (los títulos, las traducciones…).

 

¿Encuentras alguna singularidad en editar desde México? Desde el punto de vista del mercado editorial, ¿hay una diferencia entre editar en Caracas, Barcelona y el Distrito Federal?

Sinceramente no, pero eso tiene que ver con mi propia dinámica. Paso el día sola con la computadora. Pero es verdad que, por ejemplo, el libro de François Olislaeger sobre Marcel Duchamp, que había visto y pedido en una feria de Frankfurt, no lo publicaríamos de no ser porque me encontré al autor, que es francobelga, ¡en el D.F.! Por otra parte, al primer autor mexicano de nacimiento que publico en la colección lo conocí en París y vive ahora en Barcelona; fue allí donde nos sentamos a hablar en serio de sus tres títulos. El libro de Francisco Goldman sobre el D.F. lo contraté estando yo en Barcelona, sin conocer personalmente al autor. Me lo mandaron de la agencia y me encantó, luego resulta que somos vecinos aquí.

Además, y este tema toca tangencialmente el de la traducción, casi todos los colaboradores con los que trabajo están en España, al menos en la edición y producción de los libros. La promoción y la distribución son otra cosa, hay que trabajar con la gente de cada país ¡por correo electrónico!

 

¿Con El Cuarto de las Maravillas, es la primera vez que diriges completamente una colección?

Sí y no. En Blackie Books editábamos la colección Jan Martí y yo. En Turner dirijo sola la colección, pero hay un comité formado por varias personas. Cada uno cuenta lo que está leyendo, intercambiamos ideas y opiniones, y hablamos de todos los títulos y colecciones. Al final publico lo que quiero, pero siempre pensando en que no puedo arruinar a la empresa, y tampoco entegrándome al mercado. Y creo que eso es lo que hace un editor: publicar lo que le gusta, lo que de verdad le parece bueno entre tanto libro que hay, pero lo que le conviene a la casa.

En esta colección en Turner me parece que el catálogo es más parecido a lo que imaginaba, pero me pasa como a un arquitecto famoso, volviendo a la vocación frustrada: empiezas a dibujar y ya aquello se convierte en otra cosa, cobra vida propia. Desde luego, la verdadera vida de los libros surge cuando los leen. El libro es de cada lector, y todo eso que ya se ha dicho tantísimo.

 

Los lectores saben más o menos la línea de cada editorial y saben a cuál dirigirse dependiendo del tema, el autor o, incluso, la región geográfica. ¿Cómo haces para abrirte lugar en un mundo de editoriales que parece tener los títulos repartidos desde antes de ser adquiridos?

Pues poco a poco, muy lentamente, aún estamos en ello. Turner no solía conocerse por la ficción, aunque algo había. Mucho menos por los infantiles. ¡Imagínense! En realidad, apenas estamos dando a conocer esta colección, que tiene de todo, pero hasta ahora más bien ficción, siempre y cuando a su servidora le parezca extraordinaria por un motivo u otro.

 

¿Cuál es el público que tienes en mente para tu colección?

El más amplio posible. Pero hay libros que gustarán más a unos que a otros. Allí sí, se supone que esta colección le llega a lectores que tal vez no leerían otros libros que publica Turner.

 

La dicotomía “libros comerciales versus libros clásicos”, o excéntricos, siempre está presente. Dicen por ahí que la idea de El Cuarto de las Maravillas era incluir a autores raros y pocos conocidos, solo para un público reducido pero, al contrario, los títulos son, sin caer en la ligereza, accesibles, fáciles de leer y notablemente cercanos al público. ¿Cómo planeaste esta interesante característica?

También hay autores más reconocidos, pero sencillamente me gusta investigar. Creo que me mueve la curiosidad. Y más que “fáciles de leer” (creo que todos los libros que publico son un reto, no son fáciles en el sentido de ser entretenimiento), se trata de lo de antes: un buen libro no es aburrido, aunque sea muy literario, incluso aunque te exija mucho en la lectura. Aquí estoy parafraseando a Calasso.

 

¿De dónde salen los libros y cómo los escoges? ¿Tienes algún método de lectura?

De la calle, de mirar por todas partes, de hablar con la gente. De la memoria. ¡De internet! De las agencias, que mandan muchas cosas, pero suele ocurrir que mandan más cosas, o las que les parecen mejores, a editoriales más grandes o importantes o con las que trabajan más a menudo. También mandan sobre todo anglosajones, el mercado es así, hay más oferta de eso, con perdón por las palabras tan feas: mercado, oferta. Así que, nada, los saco de donde puedo.

Incluso he encargado libros. Varias veces. Algunos de ellos aún no están listos después de un par de años… Por suerte tengo amigos en muchos lugares que leen y ven y tienen ideas y me van hablando de cosas, y yo a ellos. Conozco a algunos autores tan brillantes que hay que pedirles algo que les quedará estupendo (es el caso de uno de esos libros que digo que no están listos, y a saber si algún día lo estarán). Algo que hacemos con editores en otras lenguas, cuando nos vemos, es que intercambiamos opiniones, datos, lecturas. Discutimos: ¿cómo puede gustarte ese libro? o ¿cómo no lo has leído? El único método es leer cuanto puedo, desordenadamente, con culpa si no es por trabajo, y decir que no, sobre todo. Acabo publicando muy poco de lo que leo. En realidad es un sufrimiento.

 

Dentro de esta colección un tanto miscelánea, ¿cómo podrías sostener la idea de que cada libro que saca a la luz un editor puede llegar a leerse como un capítulo de una obra unitaria compuesta por la totalidad de sus títulos publicados?

Eso se dice por allí, se habla de constelaciones, del catálogo como la obra del editor, pero creo que el editor debería ser más invisible y lo digo en serio. No es vanidad a la inversa. El catálogo también es un accidente retrospectivo, a veces feliz. Además creo que tengo varias personalidades. Pero sí creo que a los libros los une la calidad literaria y el riesgo, aunque algunos sean engañosamente divertidos, aparentemente más fáciles.

 

¿Cómo escoges el dialecto cuando harás una traducción? ¿Cuál prefieres: el español de España o alguno latinoamericano? Este es un problema que siempre sale cuando el original está en otro idioma y causa muchos problemas.

En general prefiero a los escritores latinoamericanos, tengo un prejuicio favorable, y por supuesto que también hay buenos traductores pero a veces me parece que demasiado contagiados, por así decir, del inglés. Cuando llegué a España me di cuenta de que usaba una gran cantidad de calcos inadvertidos (y sigo hablando como si nunca hubiera salido de Venezuela, excepto, espero, por esos calcos). Por ejemplo, estoy revisando un texto en que la traductora emplea varias veces “sugerir” donde en el original dice “suggest” y, en realidad, en este lugar lo que quiere decir el autor es “recomendar”. Así una cosa en cada párrafo, y los españoles no se salvan, pero calcan menos.

Siempre hay que elegir una variante, sobre todo cuando se trata de un libro coloquial. Yo, por lo general, prefiero la española (aunque a Goldman lo tradujo un mexicano, un traductor excelente, Juan Antonio Montiel. No íbamos a poner a un español a traducir a Francisco Goldman…) por lo que acabo de decir y porque el mercado español todavía es más grande y los americanos estamos acostumbrados a leer traducciones que vienen de España, lo cual no ocurre a la inversa. En cualquier caso, me parece mucho más genuino elegir un dialecto —y todos lo son— que utilizar el llamado “español internacional”, lo que se estilaba durante la dictadura franquista cuando tantas traducciones venían de América. Yo no sé lo que es el español internacional ni quiero saberlo. No creo que sea colonialismo o imperialismo lingüístico exportar “gilipollas” (y empieza a cansarme esa acusación implícita), en cambio me parecen inaceptables las traducciones que abusan de las formas sintácticas, no solo de los calcos semánticos, del inglés. Yo soy venezolana, no he perdido el acento ni la conjugación y no tengo ningún complejo por eso. Conozco las variantes y simplemente me decanto por una.

 

De los libros que has editado, ¿cuál es   el más entrañable para ti?

Supongo que los que más me han costado, ya sea por la edición o por la traducción. Curiosamente, son los difíciles los que han dado mejores ventas, los que me han costado trabajo desde el momento de convencer a los jefes para conseguir publicarlos. Hay un placer enorme en decir “te lo dije”, pero desde luego no es solo eso, sino darse cuenta también de que libros tan complejos como los de Percival Everett pueden tener un público mucho más amplio de lo que uno esperaba.

 

¿Te has inspirado en otros proyectos editoriales?, ¿cuáles son tus influencias o tu canon personal de la edición de libros?

Hay editoriales que respeto muchísimo, que son las que todos respetamos, en eso no soy original. Turner desde luego. Su colección de ensayo me parece estupenda. Estoy muy orgullosa de trabajar en una editorial que hasta hace poco parecía clandestina, de libros irreprochables. Las editoriales son tantas y tan buenas que a uno le da vergüenza ponerse a hacer libros, aunque también es vanidad y coquetería pensar así.

 

En esta época de colapsos y cambios, ¿cuál crees que sea el papel de los editores de literatura en la conservación de la cultura humanista? ¿Existe una responsabilidad social o política detrás de tu trabajo?

Sí, la del filtro. Esta respuesta es corta. Hay tantas cosas que uno se pregunta, por ejemplo, si está bien filtrar lo que se publica.

 

Recordando un poco a Italo Calvino, ¿cuáles serían tus propuestas para el futuro de la edición?

Creo que eso surge del propio planteamiento de la colección. Hay que seguir publicando porque la gente va a seguir leyendo y hay que intentar que quieran leer lo que uno publica, no dándoles lo que esperan sino algo más que los sorprenda.

 

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ANA MAURER TOLSON (Ciudad de México, 1986) creció en Huatulco, estudió Letras Hispánicas en la UNAM y es editora. Actualmente cursa la maestría en literatura infantil en la Universidad de Roehampton.

DIEGO RODRÍGUEZ LANDEROS (Mazatlán, 1988) es autor de El investigador perverso y otros ensayos (Instituto Sinaloense de Cultura, 2014). Mantiene el blog traslaciondecabotaje.blogspot.com y colabora semanalmente en el sito web de esta revista con “La vocación del polvo”. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.