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Manual para zurdos: (miscelánea) noviembre de 2015

Claudio Isaac | 01.11.2015
Manual para zurdos: (miscelánea) noviembre de 2015

MM

Las siglas MM pueden identificarse con Manuel Machado, Mario Moreno “Cantinflas”, Marilyn Monroe o con María Moliner. Sin distinguirme de tantos otros le tengo estimación a la figura trágica de la tercera en la lista, pero esta vez escojo a la cuarta como punto de partida. En su justamente célebre diccionario de uso del español, la señora Moliner consigna la segunda acepción de la voz virtuoso: “Se aplica al artista, particularmente al músico ejecutante, que posee gran habilidad en la técnica, aunque puede carecer de inspiración”. Es curioso que ya desde la definición quede plasmada la idea de que la ejecución del virtuoso no necesariamente viene acompañada de inspiración, sugiriendo por tanto el carácter mecánico que puede entrañar.

Como sea, me gustaría plantear la noción general de que existen —siempre dentro del terreno de la interpretación musical— dos tipos de virtuosismo: uno que representa el nivel óptimo de calidad que el ejecutante debe alcanzar para cumplir con lo que ciertas obras le demandan pero cuya dificultad no siempre le resulta evidente al público general y otra que es fundamentalmente un despliegue de dotes musicales que subyugan a la mayoría del público con eficacia. La primera, como se implica, tiende a ser inconsútil, suele dar la impresión de ser algo desempeñado sin esfuerzo mientras que la segunda se distingue precisamente por notoria, al grado que se emparenta con el acto circense. Al renunciar por convicción estética a los artilugios más vistosos deja de llamar la atención masiva y así el virtuoso del primer tipo pasa más bien desapercibido; puesto que su trabajo, de tan puro, se orienta a la transparencia, irónicamente él se torna invisible. Pero le queda el relativo consuelo de poder convertirse, para su gremio, en un “músico de músicos”. Algo idéntico ocurre en otras artes cuando la ejecución no apela a los fuegos de artificio, y así hay el “poeta de poetas” o el “actor de los actores”.

 

Sopranos y gorilas

El virtuosismo musical, cuando en efecto se trata de aquellos despliegues que vemos en conciertos y recitales, donde un ejecutante se sale de lo básicamente requerido por la partitura para hacer alarde de la condición suprema de su técnica, a menudo es acatado por nosotros como la manifestación de algo sofisticado y magno pero si lo analizamos minuciosamente nos puede remitir, para nuestra sorpresa, a algo tan básico como el comportamiento animal: observándolos con la perspectiva adecuada encontraremos que los aspavientos del virtuosismo se asemejan sospechosamente a los revuelos que en el reino animal arman los reptiles, los simios y las aves a la hora del cortejo, son subterfugios para opacar al rival e impresionar a la pareja potencial, para asegurar el apareamiento. Si al lector le quedan dudas, que revise algún documental de vida salvaje (el gorila golpeándose el pecho, un pato haciendo gala de su plumaje, un sapo hinchándose al triple de su dimensión) y compárelo con imágenes del guitarrista Eddie Van Halen en un trance a medio concierto de rock, o, si quiere un referente de “alta expresión”, repase el material donde la soprano Joan Sutherland realiza un tour de force vocal al interpretar algún aria de Lakmé. Menos sofisticación cultural que animalidad en bruto.

 

El refrigerador de mi abuela

En un pasaje de su vastísimo tratado La ética de la autenticidad, el filósofo canadiense Charles Taylor habla de esos objetos “sólidos, duraderos, expresivos” que en tiempos pretéritos nos servían y acompañaban cuando menos varias décadas y que se han ido desechando para favorecer las mercancías sustituibles y de calidad pobre que se producen ahora. Lo que me resalta más es lo “expresivos”, designar así a un objeto revela una mentalidad distinta a la de hoy. Todo esto me hace pensar en el refrigerador de mi abuela, un monumental Frigidaire, mostrenco que ocupó un mismo lugar en la cocina de su casa desde antes de que yo naciera y que nunca dejó de funcionar, lo mismo que la estufa de Mabe. Objetos utilitarios que en alguna medida son presencias con carácter dentro de un ámbito bienamado.

Hay quien encuentra que los automóviles vetustos y objetos de otra época que en Cuba se hallan —hasta ahora— por doquier solo significan atraso y pintoresquismo. A mí me gustaría verlos como la prueba de que todo lo útil puede gozar de longevidad y que ese es un ejemplo que conviene no olvidar. En algún momento no tan lejano ese orden industrial que causa desequilibrio ecológico habrá de ceder paso a una vía más sabia, cercana a ese modo de antaño. El Chevrolet modelo 1952 que circula cotidianamente por el malecón de La Habana es más que un armatoste anticuado: nos da la lección de la durabilidad a la que mucho nos convendría reajustarnos.

 

Posdata

El paso de la reconciliación entre los regímenes de Cuba y Estados Unidos puede provocar que la vigencia de estas reflexiones se desvanezca pronto, en cuyo caso comenzarán a correr peligro tanto las cosas preservadas a un ritmo diverso al del deterioro del mundo como las reservas naturales como los arrecifes de coral, preservados no gracias al esfuerzo consciente de una política verde si no tan solo por la crasa falta de presupuesto para invertir en las prácticas que dañan al medio ambiente.

 

Integridad

A principios de este año, tras la ruptura de un matrimonio de trece años, la impar compositora y cantante islandesa Björk sacó a la luz su disco Vulnicura, una producción que refleja su proceso de rasgadura y subsecuente duelo. Por supuesto, la separación amorosa es, para la música, un tema de temas y está claro que un episodio vivencial como el recién experimentado por Björk es lo que usualmente genera una auténtica necesidad de expresión, lo cual nutriría un ciclo de canciones de peso emocional consistente, es decir, en teoría el transe actual de la artista validaría el contenido del álbum de un modo que por lo general ya no se encuentra en la industria musical, precisamente por tratarse de una industria que demanda un nuevo disco del cantante Z cada X tiempo, sin importar si está creativamente motivado o no, de tal suerte que la composición musical se convierte en algo rutinario y relativo a la inercia del mero oficio, ya no a la que habitualmente se llamaría inspiración. De ahí que nuestro mundo sonoro esté saturado de trivialidad, temas trillados, letras superfluas, música poco propositiva, poco significante, totalmente prescindible. En esta producción discográfica, desde el título Vulnicura, que en latín sugiere la cura de la herida, se está anunciado abiertamente de dónde viene el impulso creativo. Es de lamentarse que, con todas las credenciales de autenticidad que dan el dolor y la angustia, el disco de Björk sea fallido, un intento de exorcismo personal que en tanto música se hunde en las negruras —como el caso lo requiere— pero no alcanza del todo a salir a la luz, a la claridad que surge cuando se logra una armonía estética como resultado del conflicto que se va purgando. Así, si bien dentro de la integridad de una ética creativa se convierte en un caso ejemplar, el conjunto de piezas no puede considerarse un éxito artístico.

Tras varios meses de gira por el mundo con Vulnicura, Björk anuncia que suspenderá las fechas que le quedaban ya que por su misma naturaleza el ejercicio de cantar su proceso de ruptura la está drenando y se encuentra emocionalmente exhausta. Resulta completamente comprensible. Y es de celebrarse que ella, como una creadora musical que se cuece aparte, seguida por un público minoritario pero devoto, que representa un nicho comercial considerable, pueda darse el lujo de abandonar el escenario en un gesto de sinceridad. Casi cualquier otro grupo o cantante se vería amenazado con demandas y obligado a cumplir con las fechas estipuladas en su contrato. Más allá del prestigio que a toda ley se ha ganado en el medio cultural, se puede decir que a Björk la ha salvado su propia excentricidad, misma que con los años se ha convertido en buena parte del producto que representa. Lo curioso es constatar esta tergiversación de los valores en nuestra era que propicia interpretemos como una postura excepcional de rotunda pureza lo que en realidad, desde el punto de vista de la coherencia de un creador, es un gesto de integridad elemental.

 

Coda

Del genio musical de Björk no me cabe duda y de su integridad tampoco, por eso es que siempre me ha perturbado el dato de que desde el principio de su carrera solista internacional haya optado por cantar en inglés, lo que podría implicar una concesión cardinal con miras a penetrar en un mercado más amplio y hacerlo con el pie derecho. Dado el tipo de audiencia que venera a la cantante esta decisión se antoja innecesaria. Tenemos a la mano el ejemplo del grupo Sigur Rós, también islandés, que en una postura comparativamente radical ha determinado cantar la mayor parte de su música en su propia lengua (aunque también lo hacen en danés, alemán y muy esporádicamente en inglés). He llegado a escuchar a un seguidor del grupo que asegura que las interpretaciones son en un idioma inventado por ellos pero que eso “posibilita al espectador a imaginar lo que dice la letra y así trama palabras que son más cercanas a su propio corazón”.

 

Promesa

Hay títulos que, a nuestros ojos anhelantes, esconden una promesa. Así me sucedió con La ética de la autenticidad y un poco antes con Sinceridad y autenticidad de Lionel Trilling. Se sospechará que andaba en busca de pruebas fehacientes de lo auténtico y, en efecto, en pos de ello encontré que los libros no ofrecían respuestas llanas. Con todo, es una circunstancia feliz que el reduccionismo no pueda aplicarse a las materias más delicadas.

A los quince años me hice del libro de Lenin titulado ¿Qué hacer? Me acerqué al texto con las simpatías marxistas de la edad, sí, pero —adolescente al fin— más con el ansia loca de encontrar solución a todo problema, según ofrecía Lenin. Sobra decir qué tanto me decepcionó.

 

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda, Otro enero, Luis Buñuel: A mediodía, Cenizas de mi padre y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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