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Los días se tocaban con la punta de los dedos

Geney Beltrán Félix | 01.12.2015
Los días se tocaban con la punta de los dedos
Se dice que la literatura equivale a viajar sin levantarse del sillón. Elena Garro, una de las escritoras mexicanas más fascinantes del siglo XX, da pruebas irrefutables de la verdad de esa sentencia. Pero no se trata de relatar las travesías a ciudades glamurosas o de redactar cuadernos de viaje; es, sobre todo, una literatura donde los personajes viajan a su interior.

La ficción de Elena Garro, en especial la publicada a partir de 1980, es una de las más viajeras de la literatura hispanoamericana. Cierto que en su primera novela, Los recuerdos del porvenir (1963), la autora erige en lo profundo de México el pueblo imaginario de Ixtepec, y algunos de los cuentos comprendidos en La semana de colores (1964) tienen como escenario una comarca rural de nombre Tiztla, con el modelo de la Iguala guerrerense de la infancia. Pero ya en este último libro encontramos un texto, “¿Qué hora es…?”, en el que una mujer mexicana se halla varada en un hotel de París. Como en este ejemplo, mucha de la escritura posterior de Garro hace un despliegue de tramas en movimiento que paran en lugares tan variopintos como la Ciudad de México, Veracruz, Aguascalientes, Guanajuato, Puerto Vallarta, hasta sitios icónicos de Estados Unidos y Europa: Nueva York, París, Madrid, Lausana, etcétera.

Hay que precisar, con todo, que no es esta una escenografía gozada por sus bellezas turísticas o su glamurosa tradición cultural. Como ocurre con los personajes de Joseph Conrad, los de Elena Garro viajan a sitios remotos sin dejar de gravitar en su propio interior; los parajes ajenos en nada les ahorran vivir en un estado de querella entre sus deseos de libertad y las barreras y dificultades que les asignan los familiares, las parejas o los no siempre visibles adversarios. Incluso, esa geografía dilatada podría ser vista como las variaciones imperfectas, a menudo esquivas si no es que hasta infernales, de un escenario arquetípico, ya imposible pero siempre añorado: el de esa cocina de la niñez, un reino tan nutricio cuanto carcelario.

En La semana de colores se dibujan las pautas originarias de este proceso. Varios de los cuentos son protagonizados por dos niñas, las hermanas Evita y Lelinca (la misma que reaparece, ya adulta, en Andamos huyendo, Lola, libro publicado en 1980). Hijas de padres librepensadores y cultos, aunque también negligentes y secos en el rubro de las emociones, crecen con libertad en una casa, un jardín y un pueblo propicios al juego y la imaginación. Los personajes —resume en Protagonistas de la literatura mexicana el crítico Emmanuel Carballo— “desprecian la razón y la lógica, aceptan como único rumbo posible la fantasía y viven presos en un mundo fascinante y peligroso hecho de supersticiones, consejas y mitos”. La percepción de las niñas tiene alas suficientes para advertir o crear una esencialidad más plena y abierta, en la que los elementos del universo natural hacen unidad con los seres humanos y donde el raciocinio es una herramienta inferior que se ve prevalecida por la fusión plural de los sentidos, como liberalmente lo demuestra la prosa, de un poderoso aliento metafórico y gran don para la sinestesia: “Sus palabras se bebieron el agua de la tarde y se produjo un silencio reseco”, se lee en una descripción.

Si un día las niñas leen La Ilíada de Homero, viven la Guerra de Troya; si amanecen con ánimo de convertirse en perros, nada se los impide. Aunque, para ser precisos, no se trata de un auge de la voluntad: no hay una decisión premeditada de lanzarse a un orbe fantástico, sino que esa realidad tan extravagante es la misma norma de vida, el ambiente primario en que las pequeñas respiran y crecen. Por eso, no hay un rechazo de la racionalidad en sí, cuanto de los intentos de la racionalidad —representada por los adultos, sean padres o sirvientes— por domeñar las prerrogativas francas del vuelo quimérico. El vínculo esencial de Evita y Leli es con la palabra. “Las palabras son mágicas, poseen un poder de encantamiento como en los cuentos de hadas donde lo que se dice se vuelve realidad de inmediato, aunque una sola palabra sea suficiente también para deshacer el conjuro”, señala Margo Glantz en una página de su libro Ensayos sobre literatura mexicana del siglo XX.

Ya en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, Garro coloca en la médula de su ficción una idea no racionalista del tiempo (similar a la desplegada en Los recuerdos del porvenir): la posibilidad de llegar a un punto en que todas las eras se concentran, un sitio en el que conviven el pasado, el presente y el futuro, concede a su protagonista la ocasión de liberarse de las ataduras que restringen la experiencia vital a una sola época y un solo sitio —esa colonia rica de la Ciudad de México a mediados del siglo XX— para expandir los rangos de su vida y su sensibilidad hacia otros cotos históricos del suceder humano. Laura descubre en un punto que “todo lo increíble es verdadero”.

En la saga de su infancia, Evita y Leli viven inmersas en una concepción del tiempo que se rehúsa a la estreñida lógica racional. Acá, la conciliación del tiempo y el espacio trastoca las formas de ambos, y enriquece y profundiza la percepción que de su entorno tienen las niñas: “Antes de la Guerra de Troya, los días se tocaban con la punta de los dedos y yo los caminaba con facilidad. El cielo era tangible. Nada escapaba de mi mano y yo formaba parte de este mundo. Eva y yo éramos una”, narra Lelinca. Los días tienen una existencia física y colorida, pueden urdir un orden diferente al creído por los adultos pero muy visible para las hermanas:

—Ya van cinco viernes seguidos —dijo Leli haciendo un gesto de desagrado.

Su padre la miró.

—Es una vergüenza que todavía no sepas los días de la semana.

—Sí los sabemos —protestó Evita.

 

Habría que insistir en esto: no se trata de un juego banal. Para las niñas, es todo lo vivo y trascendente que sería el pacto de seriedad y método que rige el estamento de los mayores. Por eso mismo, la provincia infantil no está libre del pesar y la muerte. En “El día que fuimos perros”, las niñas, trasmutadas en dóciles cachorros, son testigos de un asesinato. Sin embargo, la voz narrativa se tiñe del discernimiento animista de un perro, un ser que ve los hechos en estado puro y no los comprende en su suceder pues no relaciona las causas con los efectos que pueden derivar en una muerte: “El hombre de la pistola la aguantaba firme, de pie en la tarde esplendorosa. Su camisa y sus pantalones blancos se llenaban de sangre. Con un movimiento liberó su mano presa y puso la pistola en la mitad de la frente de su enemigo arrodillado. Un ruido seco partió en dos a la otra tarde, y abrió un agujerito en la frente del hombre arrodillado”.

Las niñas avizoran también la soledad primitiva que gobierna la evolución de todo individuo, el miedo, la enfermedad y la traición. En “El Duende”, una de ellas se descubre capaz de un acto cruel —aunque sus motivos no lo sean— y es víctima de amargas consecuencias, producto de la incomprensión de los adultos, veloces para condenar. Como apunta Esther Seligson en un ensayo de su libro A campo traviesa, el paraíso infantil de La semana de colores es un jardín “boscoso, poblado de delicias y de horrores, intenso, prolífico, excesivo. Porque lo paradisiaco no es solo lo bello y lo bueno, lo puro, la paz y el sosiego; están también lo monstruoso, la crueldad, lo amorfo, el desconsuelo y el Ángel de la Muerte. Y sin ser opuestos, sin contraposiciones ni luchas: el claroscuro, la coexistencia”. La niñez no es así el preludio limpio de la carencia; es, ya, el tenue pero irreversible arranque de una ordalía que con los años mutará de escenarios y rostros enemigos sin escatimar nunca la dura lección del desamparo.

Al ser una estación bella y cruel, serena y violenta, la infancia inspira por lo tanto un deseo de pertenencia y la necesidad de huir a partes iguales. Tal es el origen de la condición exiliada que experimentan otros personajes de la ficción de Garro. Es una escisión interior que los coloca entre dos polos —entre el campo y la ciudad, entre la cocina y la calle, entre lo real y lo deseado— y que les impide aceptar las normas astringentes del mundo en que viven, aunque al sublevarse descubran que su voluntad no es lo suficientemente enérgica para vencerlas. Acompañado de su nieto, un campesino llega a la Ciudad de México a vender zapatos; conoce a una joven a quien querría proteger de un peligro cierto, pero se sabe no solo indefenso sino impotente para servirle de escudo (“El zapaterito de Guanajuato”). Un hombre joven no sabe cómo romper su compromiso matrimonial con una muchacha adinerada que nada más le hace conocer el tedio; la aparición de una mujer bellísima y fantasmal le permitiría vivir la vida con la pasión que no halla en otro lado, pero los hechos lo llevan a la inercia de las convenciones (“Era Mercurio”). En otros casos, ya se trate de cuentos inspirados en historias rurales con elementos de terror (“El anillo”, “Perfecto Luna”) o en auténticas tragedias que trasminan racismo o violencia política (“El árbol”, “Nuestras vidas son los ríos”), Garro presenta a personajes para quienes la realidad nunca deja de ser un entorno insuficiente, sitiado por amenazas y sinsentidos, un mundo en que —como dice la narradora de “El anillo”— “lo único que la gente regala es el mal”, y ante el cual las apetencias propias por el gozo o la esperanza se van de a poco desvaneciendo hasta dirigirse hacia el desánimo, la frustración o la muerte.

Estamos, así, ante un contundente debut en la ficción breve, el de Garro con La semana de colores: un itinerario de la imaginación por las andanzas humanas en que el juego convive con la amargura, el asombro con el desaliento: una visión plural, tan incómoda cuanto fabulosa, de la existencia.

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GENEY BELTRÁN FÉLIX (Culiacán, Sinaloa, 1976) es autor de las novelas Cualquier cadáver (Premio Bellas Artes de Narrativa Colima 2015) y Cartas ajenas (2011) y del libro de cuentos Habla de lo que sabes (2009). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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