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Manual para zurdos: (miscelánea) diciembre de 2015

Claudio Isaac | 01.12.2015
Manual para zurdos: (miscelánea) diciembre de 2015

La presea opresora

Es sabido que el viril actor norirlandés afincado en Hollywood, Liam Neeson, tiene advertidos a los medios que jamás lo aludan como “el nominado al Oscar”. Hay quien de inmediato quiso concluir que el motivo detrás de ello era que Neeson calculaba: “Si se me menciona como nominado se implica que no gané la estatuilla... y así me coloco yo mismo como un perdedor”. A mí me parece que puede haber más de por medio, acaso un razonamiento en torno a la dignidad propia al margen de todo premio o presea.

En su película biográfica Chaplin, el insípido director Richard Attenborough estructura la trama de tal modo que el clímax ocurre cuando un anciano Charlie Chaplin recibe un tardío Oscar en reconocimiento a su trayectoria fílmica. No solo resulta un recurso dramático pobre sino que otorgarle tal importancia al premio de la Academia Cinematográfica hollywoodense entraña un insulto a Chaplin, un gran autor y una figura cuyo valor y estatura están muy por encima del Oscar honorario o de cualquier otro premio en el planeta. Lo extraño es que ese idéntico mecanismo de concederle peso universal al Oscar cunde por doquier, en cualquier país y entre grupos que uno creería si no contestatarios al menos sí de pensamiento más independiente del statu quo y el centralismo norteamericano. Es doloroso constatar que este proceder —además de reafirmar la omnipotencia opresiva de la presea otorgada bajo criterios de conveniencia comercial cuando no de sensibilidad blandengue o de gustos poco afilados— contribuye a la devaluación de carreras brillantes cuya única falta es no embonar con el generalmente basto y chato criterio sentimentaloide de la Academia. Valiosos actores, directores, guionistas o fotógrafos se ponen ellos mismos la soga al cuello.

 

Celebridad vs. anonimato

Como entidades sociales, las celebridades son prueba de la cara más igualitaria de la existencia: no se requiere ni talento, ni hermosura, ni dinero, ni gracia para llegar a ser parte de esa constelación insólita que se multiplica en nuestra era. Nunca dejan de admirarme aquellas luminarias que sí tienen talento, guapura o inteligencia y, sin embargo, al llegar a la cumbre del éxito admiten que la suerte es un factor primordial en ello, por encima del potencial, la vocación, incluso el ahínco. Triunfador total en su quehacer, el coreógrafo Maurice Béjart declaró: “El éxito es alboroto o mero bullicio, un equívoco de la moda”.

Para llegar a una conclusión semejante un individuo debe haberse despojado de toda soberbia para llegar a lo que Salomón sentencia en sus Proverbios: “Donde hay humildad habrá sabiduría”. Los sabios escasean. Hay una mayoría de soberbios y una minoría formada por quienes no alcanzan la sabiduría pero al menos se inconforman y desconfían del oropel que los envuelve. Cada vez hay más de esos desavenidos que han quedado atrapados entre los dientes de la maquinaria que produce fama y estrellas. Su angustia nos acongoja pero es al menos un signo de que su mente no se ha dormido del todo y su corazón trata de latir a un ritmo propio. Los trastornos se les acentúan por haber perdido la privacidad. ¿Y cómo resolver la paradoja de querer conquistar espacios privados cuando se ha apostado a la fama universal? Un caso representativo del conflicto es el del joven actor Shia Labeouf, otro chico prófugo de la Casa Disney, quien durante un festival de cine optó por colocarse en la cabeza una bolsa de papel estraza que llevaba inscrita la leyenda: “Yo ya no soy famoso”. Su desesperación hace pensar que la única solución viable al predicamento es poner de moda las películas de luchadores enmascarados como una ramificación más recatada de las producciones de superhéroes, como la prima pobre de estas, de tal suerte que los actores y actrices más boyantes solo sean reconocidos por la máscara, quedando a salvo su identidad, como era el caso de Blue Demon o el Santo, quienes con unas pocas medidas de precaución a la hora de salir de la Arena o de los estudios de cine podían gozar de una vida de anonimato.

 

Poder presidencial

A mediados de los años setenta el cine mexicano recibió un impulso renovador a través de Rodolfo Echeverría, quien fungía como director del Banco Cinematográfico mientras su hermano Luis ocupaba la presidencia de la República. Siguiendo el afán de reconquistarle un lugar digno a la industria fílmica doméstica la ceremonia de premiación de los Arieles se llevaba a cabo durante un desayuno en la casa presidencial de Los Pinos. Al final del evento el presidente se situaba frente a un portón enorme de hierro colado por el cual se salía de los jardines de la residencia hacia la calle y desde ahí se despedía de cada uno de los invitados. A pesar de la larguísima cola que se formaba el lugar quedaba desalojado con relativa rapidez. Echeverría aplicaba en la despedida un movimiento doble: al mismo tiempo que aplicaba el apretón de manos daba un jalón enérgico hacia fuera, de modo que uno salía disparado hacia la acera de una callejuela trasversal a Parque Lira. En cierta ocasión, la actriz Carmen Salinas detuvo el ritmo de la procesión porque se quedó susurrándole algo al presidente. Le hablaba al oído y luego señalaba hacia un lugar anterior de la fila. Los aspavientos provocaron desconcierto entre los asistentes. Circularon instantáneos rumores. Pronto se descubrió que la Salinas estaba señalando al luchador y héroe fílmico Santo, el enmascarado de plata, que en efecto venía de traje pero con máscara, y que lo que ella le decía a Echeverría era: “Usted, señor presidente, usted que tiene el poder, exíjale al Santo que se quite la máscara y nos revele su identidad...”.

(Acaso hoy día, en tanto diputada plurinominal del pri, la popular Carmen hubiera podido exigirle lo mismo al luchador sin necesidad del apoyo presidencial.)

 

Otra del Santo

Unos cuantos años después de la anécdota anterior, ya en los ochenta, se sabe que el Santo acudió a las oficinas de la Asociación Nacional de Intérpretes (andi) para hacer una denuncia: había firmado un contrato para realizar una fotonovela y los productores de la misma, aprovechando la total neutralidad expresiva de las fotografías del ídolo bajo la máscara, habían utilizado las mismas imágenes para tres historias distintas, solo tenían que cambiarle los diálogos que aparecen superpuestos en globos al lado de la cabeza del personaje. Deseando defender sus derechos y tomar acción legal, Santo se apersonó en la casona de la era alemanista situada en la esquina de Leibniz y Gutenberg, en la colonia Anzures, donde se encontraba entonces la asociación, presidida por el actor Enrique Lizalde. Lizalde fue cordial con el luchador y le explicó: “Lo único que ocurre es que para poder entablar una demanda vamos a tener que acreditarte de manera oficial...”. Ante una pausa de silencio renuente de su interlocutor, Lizalde se vio compelido a agregar: “Mira, yo te creo, sé que eres el Santo, pero la ley es otra cosa... tú tienes que demostrar tu identidad...”.

Entonces el Santo decidió retirar su denuncia y abandonó las oficinas, murmurando entre labios: “La ley es la ley, la ley es la ley...”.

 

Vender el alma

A través del tiempo regreso con frecuencia a la entrevista que Jean Stein vanden Heuvel le hiciera en 1956 a William Faulkner para la revista Paris Review: es una fuente de sapiencia irreverente y siempre fresca. Cuando al novelista de El sonido y la furia se le pregunta si trabajar para Hollywood puede resultarle perjudicial a un escritor, este contesta que nada puede perjudicar la obra de un hombre si es verdaderamente un escritor de primera. Y añade: “El problema no existe si el escritor no es de primera, porque ya habrá vendido su alma por tener una casa con piscina”. Ante ese caso se me ocurre una variante: ¿qué será de aquel que pone el alma a la venta pero no se la compran, no obtiene la piscina? Quizá no haya un eslabón más vil en la cadena del descrédito que el representado por quienes estuvieron dispuestos a prostituirse pero al final no fueron requeridos. Si no por una ética personal proactiva, aunque fuera por esquivar esa posibilidad ruin habría que procurar la lealtad a uno mismo, esa condición en desuso antes denominada integridad.

 

Más de piscinas

Aunque escasa, sí existe en Hollywood la autocrítica. Siempre ha existido. Es en ese sentido que me extraña que nunca se haya realizado un proyecto cinematográfico basado en el ciclo de cuentos cortos de F. Scott Fitzgerald en torno a la figura de Pat Hobby, un mofletudo guionista que todavía no cumple los cincuenta pero que ya no funciona sin benzedrina, un hombre que pudo haber rozado la grandeza, que conocía tanto a Greta Garbo como a los guardias de la entrada de los grandes estudios y que alguna vez tuvo “esposa, mozos filipinos y casa con piscina”. Evidentemente lo de la piscina pesa ahí, es un símbolo inevitable. En más de un sentido, el decadente Hobby es un álter ego de Fitzgerald, pero más allá de eso es un gran vehículo para desenmascarar la truculencia de los mecanismos internos de la industria del cine. No entiendo cómo han renunciado al personaje del “trémulo hombre quebrado” para que sirva como guía por el aquelarre californiano.

 

Uno de los más golpeados

Fitzgerald no solo fue uno de los escritores más aparatosamente golpeados por el sistema fílmico en vida, sino que sigue siendo objeto de vejación, sobre todo con las adaptaciones de El gran Gatsby. La versión muda de 1926 no sobrevive pero sí existen las subsecuentes cuatro, todas ellas maltratando el original, reduciéndolo a la superficie de glamur o distorsionando su fondo. Qué decir de la infame traslación a película del cuento El curioso caso de Benjamin Button en la que todo el sarcasmo ha sido extirpado. Es posible que —aun siendo un tanto fallido— El último magnate de Elia Kazan sea uno de los únicos filmes rescatables en torno a la obra de Fitzgerald, dado que en él se respira la honda melancolía que subyace en toda su narrativa.

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Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda, Otro enero, Luis Buñuel: A mediodía, Cenizas de mi padre y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

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