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En defensa del error  

Pablo Boullosa | 01.12.2015
En la era de la eficiencia y la productividad, equivocarse está mal visto. El término error  tiene una connotación negativa, sin embargo, el hecho al que se refiere es, en principio, positivo. Siempre que conduzca al aprendizaje, errar es necesario e incluso deseable.

©iStockphoto.com/nuvolanevicata

El alumno que pasaba lista con el nombre de Thomas Alva Edison era muy inquieto y no oía bien. A los tres meses de haber comenzado clases, su maestro le dijo a sus padres que el pequeño Thomas no se estaba en paz y era demasiado lento para aprender. Así que su mamá lo sacó de la escuela para educarlo en casa, con la ayuda de unos cuantos, pero doctos, libros.

Años más tarde, cuando ya era reconocido como el gran inventor de su tiempo, Edison iba a declarar: “Lo que soy se lo debo a mi madre. Ella siempre tuvo una gran confianza en mí; y siempre sentí que tenía alguien para quién vivir, alguien a quien yo no debía decepcionar”.

Se ha calculado que más de la mitad de las personas más creativas del mundo en las más diversas disciplinas han fracasado en la escuela o en la universidad. Juan Rulfo no fue admitido en la Facultad de Filosofía y Letras; Juan José Arreola estudió solo hasta los 11 años y en una escuela de monjas. Borges tampoco llegó a la universidad. Alejandro Aura solamente llegó a la secundaria, y Emmanuel Lubezki y Alfonso Cuarón fueron expulsados de la escuela de cine de la unam. El número de empresarios (es decir, personas con creatividad económica) que tampoco han tenido suerte escolar es quizá todavía más impactante: Henry Ford, Ralph Lauren, Larry Ellison (fundador de Oracle), Brian Dunn (de Best Buy), Anna Wintour (de Vogue), John Mackey (de Whole Foods), Ted Turner (de CNN).

Una de las razones por las que las escuelas y universidades tienen problemas para retener y para alentar a las personas creativas está en la manera en la que tratan los errores. Por lo general, los estudiantes que menos se equivocan son recompensados con las mejores calificaciones y estímulos. Los estudiantes comprenden muy bien cómo funciona el sistema: saben que hay que evitar a toda costa el error, la equivocación, el intento fallido.

Cometer errores es esencial para crecer, para avanzar, para ampliar nuestras posibilidades. Desde luego, no todo tipo de errores ni en cualquier circunstancia. No queremos que los conductores de autobuses, de pipas, de trenes o de aviones cometan errores; tampoco los ministros de finanzas, ni los cirujanos, ni los operadores de las plantas de energía nuclear. Hay de errores a errores. Pero no podemos dejar de reconocer que hay ocasiones en las que cometerlos es nuestra única oportunidad de progresar.

Un ejemplo inocente serían las divisiones de cifras grandes. Para resolverlas, por lo general tenemos que recurrir a corazonadas. Muchas veces nuestra intuición estará equivocada, pero al multiplicar nos daremos cuenta de qué tanto nos quedamos por arriba o por abajo de la cantidad que buscamos, y así vamos progresando mediante aproximaciones cada vez más certeras. Lo que ocurre es que solemos ocultar esos errores previos, lo que no significa que no nos hayan sido de utilidad.

Pero el problema es todavía más profundo. En la escuela, la inmensa mayoría de los problemas que se nos presentan tienen una solución correcta, que es la que buscan nuestros profesores que respondamos en un examen. Desde luego, en los casos en que los problemas tienen una única solución correcta, hemos de aprender a encontrarla.

Pero la vida es muy diferente. La inmensa mayoría de los problemas a los que nos enfrentamos son muy distintos. No tienen una única solución correcta; son ambiguos. En los exámenes escolares, por lo menos la pregunta suele estar clara; en la vida real, no conocemos bien ni siquiera cuál es la pregunta que deberíamos estarnos haciendo, y mucho menos la respuesta. La búsqueda de la felicidad, el logro artístico, la invención de algo bueno y sorprendente, la educación misma, son problemas que jamás nos llegan en un formato de preguntas, como los exámenes.

En ciertas y numerosas ocasiones, cometer errores puede ayudarnos porque solo así podemos aprender de ellos. Un error del que no aprendemos nada es una oportunidad desperdiciada

La mayoría de los problemas que tienen una única solución correcta pueden resolverse siguiendo una serie de pasos bien definidos. En este caso los llamamos algorítmicos. Cuando los problemas no tienen una única solución correcta, o cuando no pueden solucionarse mediante una serie de pasos bien definidos, los llamamos heurísticos, palabra derivada de eureka, que significaba en griego ‘lo encontré’.

La distinción es importante porque, cada vez más, los problemas algorítmicos están siendo resueltos por computadoras. Otro ejemplo inocente: hasta hace unos años, para comprar un boleto de avión había que acudir a una agencia de viajes o de boletos, desde donde revisaban catálogos impresos, marcaban por teléfono y conversaban para podernos vender un boleto, que finalmente era llenado a mano. Era un proceso engorroso que requería de la intervención personal de varios empleados. Ahora nos sentamos frente a la computadora y lo hacemos por nosotros mismos.

Esto quiere decir que deberíamos entrenarnos cada vez más y mejor para el planteamiento y la resolución de problemas heurísticos, creativos, que exigen de nosotros no solo intuición, aproximación, fijar prioridades, amplia perspectiva, comprensión de las circunstancias particulares, sino también la que es quizá la capacidad más sorprendente e importante de nuestra mente: aprender de nuestros errores.

Al defender el error no estamos hablando de que esté muy bien equivocarnos una y otra vez sin mayores consecuencias. De hecho esta sería una estupenda definición de estupidez. Más bien de lo que hablamos es de que, en ciertas y numerosas ocasiones, cometer errores puede ayudarnos porque solo así podemos aprender de ellos. Un error del que no aprendemos nada es una oportunidad desperdiciada.

Ahora bien, los seres humanos tenemos otra gran ventaja: podemos aprender no solo de nuestros propios errores, sino de los de los demás. Compartir esa experiencia nos hace únicos y nos ayuda a mejorar constantemente.

Cuando ocurre un accidente fatal de aviación, desde luego nuestro sentimiento inmediato es de compasión por las víctimas y sus familiares. En el largo plazo, también deberíamos sentir agradecimiento hacia ellas: nuestros vuelos son cada vez más seguros debido a que acumulamos la experiencia de accidentes y errores trágicos.

Pero volviendo a los errores que vale la pena cometer, me gustaría recordar algo que decían dos grandes sabios. El primero de ellos, Wolfgang Pauli, recibió el Premio Nobel de Física en 1945, después de haber sido nominado ni más ni menos que por Albert Einstein. En cierta ocasión mostró su disgusto por el trabajo de un colega diciendo que era tan irrelevante que “ni siquiera estaba equivocado”. Pauli sabía que, por lo menos, de los errores podemos aprender. Pero a veces obramos con tal timidez que ni siquiera nos atrevemos a equivocarnos. Y la verdad es que, si pretendemos lograr algo verdaderamente nuevo y valioso (es decir, creativo), tenemos que arriesgarnos a cometer errores.

Esto también lo sabía muy bien William James, el gran psicólogo y pensador norteamericano, hermano del novelista Henry James. Escribió lo siguiente:

Aquel que dice: “Es mejor no creer en nada que exponerse al error de creer en una mentira”, lo único que demuestra es su horror privado de convertirse en un incauto. Es como un general informando a sus soldados que es mejor mantenerse al margen de la batalla durante una eternidad, antes que arriesgarse a sufrir una sola herida. Así no se obtienen las victorias ni sobre los enemigos militares ni sobre la naturaleza.

Nuestros errores no pueden ser cosas tan tremendamente solemnes. En un mundo en el que estamos seguros de que los vamos a cometer, por muchas precauciones que alcancemos a tomar, es más saludable tomarlos con corazón ligero que con excesivo nerviosismo.

 

Ahora volvamos a Edison. La leyenda dice que cuando estaba inventando el foco, la bombilla eléctrica, había probado hacer el filamento con cientos de materiales distintos, con resultados pésimos o mediocres. Uno de sus asistentes se quejó diciendo que todo lo que habían hecho hasta entonces era en vano, puro trabajo desperdiciado. Edison no pensaba lo mismo: le dijo que habían avanzado muchísimo, que habían aprendido ya que cientos de materiales no servían para fabricar una bombilla eléctrica.

Lo que no es leyenda, sino verdad pura y dura, es que una y otra vez los inventos de Edison solo fueron posibles después de una larga serie de intentos fallidos. Uno de los más fieles socios de Edison se llamaba Charles Batchelor. Cuando por fin encontraban la manera de solucionar algo, cuando por fin el éxito coronaba sus esfuerzos, a Batchelor le gustaba decir en voz alta los primeros versos de Ricardo III, de Shakespeare:

Now is the winter of our discontent

made glorious summer by this sun of York.

 

(Ahora el invierno de nuestros disgustos

el sol de York lo ha transformado

en glorioso verano.)

 

Edison no pertenecía a la Casa de York ni mucho menos, pero la metáfora encajaba a la perfección. 

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PABLO BOULLOSA es escritor, conductor de televisión y promotor de la educación. Desde hace 12 años escribe y conduce para Canal 22 La dichosa palabra. Entre sus libros está el tomo izquierdo de Dilemas clásicos para mexicanos y otros supervivientes.

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