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Cuaderno de notas: Salvador Allende, lápida de la Revolución mexicana

Gregorio Ortega Molina | 01.12.2015
Cuaderno de notas: Salvador Allende, lápida de la Revolución mexicana

La comprensión y las consecuencias de ciertos sucesos históricos llegan con el tiempo, muchos años después, por su magnitud y porque todos los elementos para su análisis fueron develados con la desclasificación de documentos y la muerte de los actores principales.

Richard M. Nixon, por su formación religiosa más que por su ideología, acertó en algunas acciones como gobernante, mientras que en otras —cuyas consecuencias todavía padecemos y pagamos— metió la pata hasta la cadera.

Inmerso en un misticismo cristiano que él construyó a la medida de su entendimiento, rebasado por los efectos del alcohol y del poder, conceptuó e impulsó el modelo de guerra al consumo de estupefacientes como hoy todavía se practica (la mariguana y su uso recreativo son la piedra de toque para modificarla), cuyo costo en vidas humanas ha corrido a cargo de colombianos, cubanos, panameños, nicaragüenses y mexicanos. Oliver North, Arnaldo Ochoa y Manuel Antonio Noriega son ejemplos señeros de la hipocresía cuáquera de los estadounidenses.

El otro suceso, que modificó de manera definitiva y cruenta la historia de Chile, es el golpe de Estado y la traición de Augusto Pinochet a Salvador Allende. Las similitudes del esquema están a la vista. Tanto Victoriano Huerta como Pinochet tuvieron mando importante y gozaban de la cercanía y confianza de sus presidentes.

La muerte de Salvador Allende en La Moneda replicó —como terremoto ininterrumpido— en el quehacer político de México, en el destino del proyecto ideológico de la Revolución, porque funcionó como pesada lápida de una tumba que en el Departamento de Estado y en la Casa Blanca decidieron cerrar a piedra y lodo, en la idea bíblica de que solo los muertos deben honrar a sus muertos.

¿Por qué una afirmación tajante?

La manera en que llegaba la información el 11 de septiembre de 1973, sin internet ni la posibilidad de vivir el drama en tiempo real, dejaba lugar al pasmo, espacio suficiente para dedicar minutos u horas al empeño en comprender, a la maduración de las ideas. Sin embargo, las consecuencias de lo que estaba sucediendo pudieron evaluarse y comprenderse por etapas, hasta completar el escenario más de cuatro décadas después.

Obviamente, el primero en enterarse en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social —donde en ese entonces me esforzaba en aprender a ser el burócrata perfecto— fue Porfirio Muñoz Ledo, seguramente avisado por el Estado Mayor Presidencial, por Emilio Rabasa, o por el propio Luis Echeverría Álvarez.

Fue él quien convocó a sus allegados a su oficina. Paredes forradas de tela color beige, alfombras en idéntico tono, sillones de piel color parecido al de la miel sin refinar, casi oscura. La bandera de México a espaldas y del lado derecho del secretario, si está sentado en su escritorio. En ese despacho había la posibilidad de permanecer callado y en un rincón durante horas, con la condición de ser discreto, no moverse, estar atento.

Durante 1973 —aunque no diera yo el peso, según la terminología usada por el propio Muñoz Ledo, expracticante de boxeo en sus años de estudiante— se me toleraba todo, o casi todo. Así fue como decidí permanecer en silencio, casi inexistente, para escuchar y ver el desfile de funcionarios y amigos que llegaron a verlo para, en términos reales, darle el pésame por el suceso, no como si fuese un deudo más, sino porque era el deudo, cuando menos el deudo mexicano de mayor relevancia.

Por allí desfilaron Arturo Llorente, Agustín Alanís, Fernando Zertuche, Leopoldo Mendívil, Juan Saldaña, Jorge Durán Chávez, Víctor Flores Olea, Santiago Sánchez Herrero, Javier Wimer, Salvador y Beatriz Reyes Nevares, Jorge Efrén Domínguez, Ricardo Valero, José Ignacio Campillo, Blanca Esponda, Manuel Rodríguez Arriaga, Jorge Chen, Miguel Barona, Emilio Uranga; periodistas y columnistas que buscaban su opinión, y que el propio Mendívil se encargó de ir acercando, uno por uno. Naturalmente, sin Severo López Mestre todo se hubiera obstruido.

Las llamadas telefónicas fueron abundantes. Castalia y Patricia, que manejaban el conmutador, se vieron hábiles porque todos querían conversar con el secretario del Trabajo, y todos hablaron con él.

Dado que Muñoz Ledo es obsesivo con el orden administrativo y tiene un concepto particular de la construcción de la historia, con toda certeza puede quedar establecida la lista de asistentes y el nombre de quienes llamaron por teléfono si se consultan en el archivo particular que personalmente entregó al Archivo General de la Nación, cuando era dirigido por Jorge Ruiz Dueñas.

Después, la noche de ese mismo día, la casa de Porfirio Muñoz Ledo se llenó a reventar. Acudimos, y es verificable, con el sentimiento de duelo y la necesidad de compartirlo con quien representaba una jefatura política y una oportunidad diferente para México.

Juan Saldaña Rosell dispuso del whiskey y organizó el surtimiento a los allí presentes; aparecieron sándwiches y tortas, y el mismo Saldaña se encargó de que el equipo de sonido de la casa de Muñoz Ledo repitiera, como un mantra, el Adagio, de Albinoni.

Todavía era la casa vieja de Muñoz Ledo, pequeña. La sensación de multitud era mayor, y en ese espacio Juan Saldaña, quien en ese entonces ya había roto la barrera de los cien kilos, se movía con agilidad pasmosa y sin hacer ruido.

Un poco más de cuatro años después de ese velatorio, Muñoz Ledo, recién defenestrado de la Secretaría de Educación Pública, me convocó a su casa con un solo propósito: colocarme de nuevo como empleado federal, lo que hizo después de entregarme a la generosidad y afecto del maestro José Campillo Sainz, quien me nombró asesor y para quien trabajé siete años.

Muñoz Ledo ensanchó el espacio de la conversación, le obsequié Epístola: In Carcere et Vinculis (“De profundis”), de Oscar Wilde.

–¿Quiere decirme que voy a ir a la cárcel? —bromeó.

–No, se lo traigo porque su lectura, por extraño que le parezca, me abrió los ojos sobre un hecho. La muerte de Salvador Allende también fue la muerte de usted como proyecto político de Luis Echeverría.

Y no es sino hasta hoy cuando me doy cuenta de que con septiembre se fue otro aniversario del golpe de Estado en Chile y han transcurrido cuarenta y dos años desde que Richard M. Nixon decidiera cancelar, de manera cruenta, un proyecto ideológico, político y social que, además de urticaria, le provocaba repulsión. También me percato de que la historia de México es muestrario de que aquí se fue más allá de lo que jamás soñó ir Salvador Allende, pero en el Departamento de Estado, después del fracaso del golpe de Estado que llevó al poder a Victoriano Huerta, y a la fase sangrienta de la Revolución —que se saldó con un millón de muertes—, mucho se cuidaron de proceder de esa manera, aunque alentaron intentonas y asonadas como la del cedillismo, el almazanismo, el henriquismo; se esfuerzan en desestabilizar la economía y la actividad política y electoral, encima del empeño puesto por los mexicanos para desestabilizarse ellos mismos.

Desde el punto de vista ideológico y político resultaba más alarmante la estatización bancaria decidida por López Portillo, que cualquiera de las expropiaciones o estatizaciones realizadas por Salvador Allende, pero aquí ya nos tenían agarrados de donde les conté con la deuda externa y la petrolización de la economía, que únicamente se resolverán cuando se comprenda lo que dura la eternidad.

A pesar de haber trabajado varios años con él, y de ligarnos una supuesta amistad, solo en tres ocasiones he sido distinguido con una conversación larga y franca con Porfirio Muñoz Ledo.

Subrayo: todavía no se le pasaba la desazón de haber perdido la Secretaría de Educación Pública cuando le dije que debimos habernos dado cuenta de que su proyecto político se canceló el mismo día en que Allende perdió la vida. Pero me quedé corto, pues ese mismo día se firmó la sentencia de muerte de lo que sobrevivía del proyecto de la Revolución mexicana.

Sabedores de que no podían repetir la experiencia del levantamiento de Victoriano Huerta, determinaron proceder con México en los términos definidos por Robert Lansing, secretario de Estado de Woodrow Wilson, en un texto del 5 de febrero de 1920.

Recapitulo. Hubo intuición de que ello sucedería, pues ese 11 de septiembre de 1973 ocurrieron dos hechos inexplicables que lo confirman; uno en la oficina del secretario del Trabajo y Previsión Social, donde la consternación se convirtió en duelo a medida que llegaba la información. El otro, esa noche en casa de Porfirio Muñoz Ledo, donde los allí reunidos escuchamos incansablemente el Adagio, de Albinoni, y celebramos velatorio, porque no podíamos expresarlo, pero supimos, que desde la comisión de ese crimen también en México todo sería diferente, llevados al cambio por pasos contados y no de golpe y porrazo con el asesinato del presidente de la República de por medio.

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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