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Ocios y letras: 1915 y un par imperdible: Los de abajo y Cuentos vividos y crónicas soñadas

Miguel Ángel Castro | 01.12.2015

Dos piezas clave de la literatura mexicana aparecieron en momentos críticos de la Revolución mexicana y la Primera Guerra Mundial: Los de abajo y Cuentos vividos y crónicas soñadas, de Mariano Azuela (1873-1952) y Luis G. Urbina (1864-1934), respectivamente.

La novela del primero, que revela su origen y formación: médico cirujano jalisciense de Lagos de Moreno, es un testimonio literario de los enfrentamientos de tropas revolucionarias con el ejército federal y de la derrota de las fuerzas de Villa ante las de Carranza, publicado con el subtítulo de Cuadros de la Revolución mexicana como folletín de El Paso del Norte, entre octubre y diciembre de 1915, mientras su autor se refugiaba en aquella población estadounidense. Diez años más tarde y, en buena medida, gracias a la famosa discusión sobre la virilidad de la literatura mexicana (provocada por el artículo de Julio Jiménez Rueda, “El afeminamiento en la literatura mexicana”, publicado en El Universal en diciembre de 1924), Los de abajo se convirtió en la fundadora del ciclo o de la producción conocida como “Novela de la Revolución mexicana”.

Interesa recordar el centenario de la importante y triste épica de Demetrio Macías y su tropa para comentar lo que alguna vez nos sugirió César Rodríguez Chicharro, querido profesor nuestro de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras que nos advertía que si bien el título de la épica azuelense podía hacer referencia a los pobres campesinos que eran arrastrados por la bola revolucionaria, en realidad correspondía a los gritos que daba Demetrio a sus soldados para disparar al enemigo, que se encontraba en el fondo de una barranca:

Los federales comenzaron a gritar su triunfo y hacían cesar el fuego, cuando una nueva granizada de balas los desconcertó.

—¡Ya llegaron más! —decían los soldados. Y presa de pánico, muchos volvieron grupas resueltamente, otros abandonaron las caballerías y se encaramaron, buscando refugio, entre las peñas. Fue preciso que los jefes hicieran fuego sobre los fugitivos para restablecer el orden. —A los de abajo… A los de abajo —exclamó Demetrio, tendiendo su treinta-treinta hacia el hilo cristalino del río.

Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a cada nuevo disparo. Pero solo él tiraba hacia el río, y por cada uno de los que mataba, ascendían intactos diez o veinte a la otra vertiente.

A los de abajo… A los de abajo    —siguió gritando encolerizado.

 

Atrapa el arranque de la novela con la llegada de violentos y amenazantes soldados al hogar de Demetrio, con la aparición de sus veinticinco hombres, que responden al sonido de su cuerno y que, al día siguiente, con determinación y temeridad combaten al enemigo. De este modo tiene lugar la intensa y complicada balacera, de la que el héroe sale herido. Estos tres capítulos iniciales permiten observar la economía narrativa en el manejo de la acción, así como el valor de los diálogos tomados al vuelo con precisión, ya que corresponden al carácter y procedencia de unos personajes que resultaban familiares a los lectores contemporáneos del novelista. La crítica ha coincidido en el valor simbólico de las escenas y los actos que cuestionan el sentido de la lucha y el sacrificio de la gente del pueblo. Los de abajo es uno de los libros que más ha circulado en el país, no tengo las cifras, pero me parece que cientos de miles de ejemplares han sido vendidos por el Fondo de Cultura Económica, casa que distribuye también dos ediciones preparadas por Jorge Ruffinelli y Víctor Díaz Arciniega. La novela ha sido traducida a múltiples idiomas (recuerdo haber visto la colección que atesoraba uno de sus descendientes junto con otros objetos personales de don Mariano), y fue llevada a la pantalla grande por Chano Urueta en 1940 y por Servando González, con guion de Vicente Leñero, en 1970.

Azuela escribió más de veinte novelas (unas antes y otras después de Los de abajo), algunas las adaptó al teatro, numerosos relatos y cuentos, más algunos ensayos, entre los que destaca el publicado en 1947 con el título de Cien años de novela mexicana, ya que fue resultado de las conferencias que impartió por aquellos años como miembro fundador de El Colegio Nacional.

 

 

Hace un año recordamos en Este País a Luis G. Urbina, con motivo de los ciento cincuenta años de su nacimiento y ochenta de muerte. Nos referimos a las vicisitudes que padeció por haber fungido como director de la Biblioteca Nacional y por ello no destacamos, como era necesario hacerlo, la aparición en septiembre de 1914 de su cuarto libro de poemas: Lámparas en agonía, editado por la Librería de la viuda de Ch. Bouret. En la acostumbrada dedicatoria a la memoria de Justo Sierra, el poeta califica su libro de “crepuscular” y, en efecto, como sugiere su colega Enrique González Martínez, autor del prólogo del poemario: “Váyase él solo [el lector] por el melancólico jardín de los versos de Urbina, e impregne de tristeza otoñal y de meditación solemne su alma abierta a la contemplación de la belleza que vive aquí como en su propio recinto”. Urbina seleccionó algunos poemas que ya había publicado en la prensa y los sumó a otras composiciones que dan cuenta de su estado de ánimo; resaltan dos de los más conocidos “Vieja lágrima” y “La elegía de mis manos”.

La publicación de los Cuentos vividos y las crónicas soñadas representa un esfuerzo heroico del editor Eusebio Gómez de la Puente, por los conflictos que tuvieron lugar entre Venustiano Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata. Las diferencias que dividieron a los tres caudillos, desde la salida de Victoriano Huerta en agosto de 1914, dieron lugar a una severa crisis económica y social, graves penurias atravesó la población de la Ciudad de México a lo largo del año siguiente, escaseaban los alimentos, la inseguridad en las calles y caminos impedía el comercio, la falta de servicios de salud y limpia favorecieron las epidemias y en general se vivía con zozobra. Urbina salió de la ciudad en marzo de 1915 y ya no fue testigo de aquellos problemas.

La cubierta ilustrada del libro con un retrato hecho por Saturnino Herrán parece captar el espíritu melancólico y atormentado del poeta, a lo cual contribuye el papel del forro, una cartulina de tonos sepias; así como la tipografía del nombre del autor y del título, trazadas con el estilo del artista, que separa las palabras con puntos a media altura de las letras.

El libro correspondía a un plan editorial de otros tiempos, el editor y el autor confiaban en que podría llevarse a cabo y, una de dos, o eran muy optimistas o no estaban bien informados. En la contraportada está la lista de las obras de Urbina, las publicadas, las que se encontraban en prensa y en preparación. Curiosamente no se menciona Cuentos vividos y crónicas soñadas.

El cronista seleccionó y editó sesenta y un textos que antes había publicado en periódicos y revistas, los agrupó como el título lo advierte en “cuentos vividos” y “crónicas soñadas”; los primeros son solamente cuatro y las segundas cincuenta y siete, a su vez divididas en tres grupos: “Subjetivismos”, “En la rueda del tiempo” y “Manchas y bocetos”. Entre los escritos más reproducidos están “Hijos de cómica”, “Anteojos y palomas” y “La guerra de San Juan y la guerra civil”. En 1946 Antonio Castro Leal editó la obra dentro de la Colección de Escritores Mexicanos de la casa Porrúa, y hasta la fecha se han hecho diversas reimpresiones de dos mil ejemplares en promedio.

Este libro, que no hace ninguna alusión a la situación histórica en que apareció, es, como quiso su autor, una recuperación de papeles viejos que el escritor “juzgó de vida más amplia que la efímera que les dio… una página de periódico”.

La obra establece el fin de una de las formas modernistas de hacer literatura con una espléndida muestra de la escritura de la ciudad y sus habitantes, de aquellas calles que aspiraban a París, que tenían sus miserias pero que respetaban las tradiciones y se conmovían con los versos románticos, se excedían los días de fiesta nacional y se divertían con funciones de zarzuela, ópera y las tandas del cinematógrafo. Los Cuentos vividos y las crónicas soñadas, saldaban, además, aquella feliz relación hebdomadaria que había cultivado la prensa con la literatura.

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, forma parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, publicó Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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