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Factofilia. Movilizaciones contra la corrupción: lecciones brasileñas  

Eduardo Bohórquez y Germán Petersen | 01.12.2015

A diferencia de lo que sucede en numerosos países latinoamericanos —México incluido—, en Brasil la indignación contra la corrupción sacó a la sociedad a las calles. ¿Qué explica estas movilizaciones? El análisis y la comparación de algunos datos del más reciente Latinobarómetro ayudan a responder la pregunta.

Primero, algunos datos de este instrumento sobre América Latina (al) en general. Solo 7 de cada 100 latinoamericanos consideran que la corrupción es el principal problema de su país, lo que ubica a este problema como el cuarto más mencionado, después de la delincuencia (23%), el desempleo (16%) y la economía (8%).

Aunque 7% es, desde luego, un número bajo, el porcentaje ha crecido significativamente a lo largo de los últimos años. De acuerdo con el Latinobarómetro, en 2009 apenas 3% de los latinoamericanos consideraba la corrupción como el principal problema de su país, lo que implica que el porcentaje ha aumentado a más del doble en apenas seis años. Dicho en otros términos, la conciencia sobre la gravedad de la corrupción crece a pasos agigantados en la región.

Brasil se diferencia del resto de al en cuando menos tres aspectos clave: frecuencia de los actos de corrupción, exigencias ciudadanas hacia las instituciones en combate de corrupción y, sobre todo, conciencia sobre la gravedad del problema. En términos del número de actos corruptos, Brasil tiene un problema mucho mayor que el resto de al. Mientras el promedio regional de quienes dicen haber sabido de un acto de corrupción en los últimos 12 meses es dos de cada diez encuestados, en Brasil es siete de cada diez.

Los brasileños son exigentes con sus instituciones en materia de combate a la corrupción: son los latinoamericanos que menos frecuentemente señalan que su país ha avanzado en combatir la corrupción: 19%, 13 puntos porcentuales menos que la media regional. Otra comparación interesante: mientras 26% de los mexicanos señala que su Gobierno es transparente y 36% de los latinoamericanos dice lo mismo, solo 16% de los brasileños lo afirma, el promedio más bajo de la región.

Lo más llamativo, empero, es que Brasil es el único país de la región donde la corrupción es percibida como el principal problema nacional, con 22% de los ciudadanos que lo señalan así.

Como se muestra en la Gráfica, a lo largo de la administración de Luiz Inácio “Lula” da Silva (2003-2010), el lugar de la corrupción como prioridad nacional osciló significativamente, incrementándose sobre todo a raíz de los escándalos de corrupción que involucraron al gabinete federal. Sin embargo, en 2010, último año de Lula en la presidencia, el porcentaje llegó a uno de sus mínimos históricos: 3%. A partir de la toma de posesión de la actual presidenta Dilma Rousseff, el porcentaje ha subido sistemáticamente, hasta instalarse en 22% en 2015, cifra sin precedentes.

¿Qué falta para que en México y otros países de la región los ciudadanos se movilicen contra la corrupción como lo han hecho en Brasil? De la experiencia carioca se desprende que hay dos elementos clave: incrementar el contexto de exigencia, sobre todo a partir de estándares ciudadanos cada vez más severos al juzgar las acciones contra la corrupción, y elevar la corrupción a prioridad nacional. Hay, empero, otra opción mucho más deseable: que haya una lucha contra la corrupción efectiva y que los ciudadanos no tengan que salir a la calle para que esa lucha ocurra. 

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Eduardo Bohórquez es director de Transparencia Mexicana.  Germán Petersen es coordinador del programa de investigación en métricas de corrupción de Transparencia Mexicana.

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