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Cuaderno de notas: Emilio Uranga: apuntes para una novela  

Gregorio Ortega Molina | 01.01.2016
Cuaderno de notas: Emilio Uranga: apuntes para una novela  

Los temas y personajes de las novelas lo eligen a uno. El tono y el desarrollo son opciones que se estudian en cuanto empieza a reunirse el material para sentarse durante horas y horas a escribir y concertar una cita con la incertidumbre, porque solo hasta concluir intuyes un posible acierto, o un seguro fracaso.

La guerra de Galio es una buena novela con un tratamiento equívoco de la imagen y la importancia de Emilio Uranga en el quehacer político de México, que es el que viví de cerca y del que puedo acercarme a pergeñar un testimonio. Hay otras vertientes, la aportada por Oswaldo Díaz Ruanova en Los existencialistas mexicanos, editado en 1983 por Rafael Giménez Siles; después, con motivo de su fallecimiento, “La muerte de un filósofo”, homenaje de Javier Wimer a su amigo, publicado en la Revista de la Universidad de México.

La comezón por permitir que Uranga se imponga como testigo y narrador, y además inmiscuir en esa trama a mi familia, inició cuando se habían dado tres o cuatro conversaciones con Jacinto Rodríguez Munguía, excelente reportero e investigador.

La primera noticia que tuve de él me llegó por boca de Viridiana —Viris—, quien de manera ejecutiva y sin mediar consulta solo me informó que estaba citado para quince días después, un miércoles, a las 11:30, en la oficina que momentáneamente tuve —nada más tres meses— en Reforma 222.

“¿A qué viene?”, pregunté a Viris: “Dijo que de parte de Porfirio Muñoz Ledo, para conversar con usted sobre los intelectuales y el poder”. Ahí quedó el comentario.

Por esos días Angelina del Valle, viuda de Javier Wimer, me entregó, para su lectura, unas treinta o cuarenta cartas que Emilio Uranga envió a Luis Villoro entre 1952 y 1956 (los años de Alemania). El mensaje del paquete que las contiene es escueto:

Para Javier Wimer, de Luis Villoro. (1952-1956).

27 de septiembre de 1974.

Javier: Son más de cuarenta cartas de Uranga, entre septiembre de 1952 y septiembre de 1956. Algunas son un ensayo prolongado, una especie de diálogo de Uranga consigo mismo. (Las he engrapado juntas.)

Hay también una carta para Gaos, de la que falta el final, que no recuerdo cómo llegó a mi poder.

Un abrazo,

Luis Villoro.

 

¿Cuál era el proyecto literario o biográfico de Wimer para que llegaran esas cartas a su poder? ¿Fue concebido con Villoro? ¿Por qué quedó trunco? ¿A qué se debió que esas cartas quedaran en manos de Javier, primero, y de su viuda, después?

Desde su primera visita Jacinto me dejó claro que su tema no eran los intelectuales (en general) y su relación con los políticos, sino Emilio Uranga y su vivencia del poder, su aproximación a la toma de decisiones que definieron el futuro de México y distorsionaron ese presente vivido y ya pasado, hasta convertirlo en rémora para construir el futuro.

Jacinto, como reportero, es amable e incluso seductor, convence y vence la contención para decidirse a conversar, a recordar lo que parecía olvidado. Te hace partícipe de su trabajo y sus descubrimientos, te entusiasma e incluso te ofrece establecer una complicidad para compartir información, secretos, silencios de esos que los periodistas de verdad deben respetar y asumir como propios.

“Te busqué porque en El llanto del lobo (Océano, 1994) refieres a Emilio Uranga y la manera en que definía los temas que trataría en su columna de La Prensa”.

Y sí, conversamos de la relación entre Uranga y Gustavo Díaz Ordaz y la manera o las razones por las cuales su cercanía con el poder empezó a convertirse en distancia con Luis Echeverría.

¿Cómo conocí a Uranga? Puedo decir que mi padre me puso en sus manos, y Emilio se asumió como maestro, tutor, guía, y mostró paciencia más allá de la merecida.

Daba órdenes, no hacía ni permitía sugerencias. Empezamos a conversar sobre las mesas de la terraza bar del Sanborns de La Bombilla, cuando el tránsito de Insurgentes Sur permitía escuchar la voz y la contaminación era soportable, y antes de que lo cerraran por razones de seguridad, y reabrieran por cuestiones económicas y porque necesitaron un espacio abierto donde se pudiera fumar. Allí invariablemente bebía cerveza mientras yo, atento, escuchaba, además de oír.

En otras ocasiones —no muchas, pero las hubo—, él y mi padre decidieron llevarme a las mesas de los grandes restaurantes de la época, para aprender, en silencio, de esos políticos que tuvieron otra percepción y otro compromiso con el poder y con México, que tenían acendrado en el orgullo y la identidad la idea de patria como concepto y realidad.

Recuerdo con exactitud las largas comidas en las que escuché a Rafael Corrales Ayala argumentar y exponer a mi padre y a Uranga las razones de la derrota de Emilio Martínez Manatou, y la bifurcación del destino del proyecto de la Revolución, iniciada al momento en que Augusto Gómez Villanueva llevó a los acarreados de la cnc a destapar a Luis Echeverría Álvarez.

Uranga como personaje adquirió peso en cuanto Porfirio Muñoz Ledo me dijo, durante un desayuno en casa de Angelina del Valle, que el filósofo había optado por el lado oscuro. De inmediato pensé en Muñoz Ledo como George Lucas, en La guerra de las galaxias, en los aspectos oscuros del ejercicio del poder, y en la necesidad de que uno o muchos hagan lo que debe hacerse para preservar al Estado y la convivencia.

¿Y cómo implicar en esta narración a mi familia? Bueno, mi padre allí está, fue el anfitrión, en Revista de América, del Inventario de Emilio Uranga mucho antes de que José Emilio Pacheco concibiera el título para Proceso.

Así como Luis Villoro puso en manos de Wimer las cartas de Emilio Uranga, mi tía María de Jesús me entregó, unas semanas antes de su muerte, la correspondencia entre mis bisabuelos y mis choznos con el poder, en la búsqueda del cumplimiento de los ordenamientos legales que las Fuerzas Armadas de la época debieron asumir con los muertos en las guerras que Juárez debió encabezar para consolidar la República.

Tengo a la vista el despacho —fechado el 18 de febrero de 1876— que Aureliano Rivera, general de brigada y jefe de las fuerzas que operaron en el Valle de México, dirige a quien corresponda:

En atención al valor, patriotismo y servicios que tiene prestados a la causa de la libertad y de la Independencia, y haciendo uso de las facultades que me ha conferido el C. General Porfirio Díaz, he dispuesto darle el despacho de Coronel de Caballería al C. Febronio Ortega.

En tal virtud, la autoridad militar a quien tocare dispondrá que sea reconocido y se ponga en posesión de ese empleo, haciendo que se le guarden las consideraciones que corresponden con arreglo a las leyes, y que sus subalternos obedezcan lo que en asuntos del servicio les diere por escrito o de palabra. El Jefe de Hacienda respectivo dará así mismo las suyas para que tomada razón de este despacho, se le forme el asiento del sueldo asignado a dicho empleo que gozará desde el día en que tome posesión de él y previo el cúmplase del General en Jefe.

 

Luego de leídos documentos como el anterior, pienso en la proclividad de mi padre y la mía propia para relacionarnos con militares.

Como corolario y fondo permanente de la narración —pienso, medito, evalúo— debe estar la necesidad de satisfacer la exigencia de un reclamo moral y/o ético por las lesiones a la identidad dejadas por las políticas públicas, por las equívocas o acertadas relaciones entre los intelectuales y el poder, y por el esfuerzo realizado para demeritar la trayectoria del pensamiento crítico para sujetarlo a las necesidades de las políticas públicas.

Por ejemplo, el saldo dejado por el desenlace del Coloquio de Invierno, la defenestración de Víctor Flores Olea y el cobijo de la Fundación Televisa a Octavio Paz.

O quizá no, solo limitarme a Uranga y mi familia, a la búsqueda de una reconciliación que conduzca a los actores de la novela a convertirse en retrato narrado de lo que los mexicanos hemos hecho con nuestro país, sin distribuir culpas, sino asumiéndolas, puesto que la vida social antes que nada es un asunto personal, y es de esa manera como han de aceptarse los éxitos y los fracasos colectivos. A fin de cuentas la selección nacional, el tri, es un espejo de nuestra condición de mexicanos.

Emilio Uranga, Gregorio Ortega Hernández, Revista de América, el vértigo, la vorágine de hacer transitar un proyecto político a la antítesis significada en la globalización.

La última inquietud. Asumir el reto desde la tercera persona, o contarlo todo desde la primera persona, hacerme participar o, de plano, dejar de existir, pero nunca dejar de contar.  ~

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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