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Recomendaciones y reseñas

Gregorio Ortega Molina, Antonio Santiago Juárez | 01.02.2016

Recomendaciones

Algo sangra: Aproximaciones críticas

a Eduardo Lizalde, compilación de Marco Antonio Campos

y prólogo de José María Espinasa, Ediciones Sin Nombre /

Seminario de Cultura Mexicana, México, 2015.

 

Perteneciente a la fructífera generación del medio siglo, Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929) descuella con la publicación de su primer libro: Cada cosa es Babel (1960), pero es en 1970, con El tigre en la casa, que alcanza la consagración como poeta. A raíz de dicho título se le empezó a conocer como “El Tigre”, y dice Espinasa —en el prólogo de Algo sangra— que este epíteto “en su síntesis de belleza y poesía simbolizaba muy bien el sentido de su obra, el acento amargo y la intensidad de la vida que recorre sus versos”. Conocedor sobresaliente de la obra de Lizalde, Marco Antonio Campos reúne textos de diversos autores y épocas que nos acercan al autor y a su obra. A través de la mirada de Octavio Paz, Salvador Elizondo, Ramón Xirau, Adolfo Castañón y Juan Gelman, entre otros renombrados autores, entramos al mundo de un imprescindible poeta que ha influido ya en varias generaciones.

 

Redacción Este País

 

Tony Judt,

Cuando los hechos cambian,

Taurus, Madrid, 2015.

Podemos afirmar que a sangre y fuego, sin parar mientes en el dolor y la tragedia, sin medir el costo en vidas humanas, hemos convertido el mal en un espectáculo redituable, porque el saldo para los gobiernos se traduce en cancelación de libertades, un Estado de excepción impuesto por el temor. Para los poderes fácticos de la comunicación el festín es el incremento de la audiencia, la venta de publicidad y el reforzamiento de las complicidades con los gobiernos. Lo anterior se desprende de Cuando los hechos cambian, recopilación de los ensayos de Tony Judt publicados entre 1995 y 2010 en The New York Review of Books. Recorre todos los temas trascendentes del actual comportamiento humano y remite a una revisión de nuestra percepción de la maldad. Destacan “Sobre La peste”, relectura de Camus, y “El ‘problema del mal’ en la Europa de la postguerra”, sobre la obra de Hannah Arendt.

 

Gregorio Ortega Molina

 

Reseña

 

Rafael Enrique Aguilera Portales,

Ciudadanía y participación política

en el Estado democrático y social,

Porrúa, México, 2010.

La democracia electoral está llamada a ser superada. Debe ocurrir así si queremos resolver los graves retos que enfrenta: crisis del Estado-nación, inmigración, multiculturalidad, deterioro de la vida pública. Ante tales problemas, el autor de este libro apunta a la “revitalización del concepto de ciudadanía” como llave fundamental no únicamente para entender la magnitud de los retos, sino también para enfrentarlos. Pues si bien la democracia solo puede funcionar con ciudadanos democráticos, nuestra época asiste a un debilitamiento del civismo: las y los ciudadanos han dejado de participar porque no creen en la política ni en los gobiernos.

El autor se propone aclarar los fundamentos filosóficos, jurídicos y sociológicos de una “concepción abierta, plural y compleja de ciudadanía” en el marco de la teoría política y jurídica contemporánea. Como parte de este estudio interdisciplinario, se cuestiona: ¿qué ciudadanía requerimos para desarrollar una democracia participativa, tolerante, plural?, ¿qué tipo de educación democrática necesitamos?

Estas preguntas, que ya antes fueron planteadas por Almond y Verba en su clásico The Civic Culture, sirven de guía para un análisis minucioso del concepto de ciudadanía: si bien tiene su origen en el marco del Estado de derecho, el autor señala que debe robustecerse al relacionarse con procesos de integración socioeconómica, es decir, no basta con articular un Estado de derecho para garantizar su pleno ejercicio; por el contrario, debe reconocerse que dicho Estado ha de abrevar tanto en los derechos abstractos como en una realidad socioeconómica concreta: es en el terreno de la realidad en que los derechos se ejercen o dejan de hacerlo.

Desde esta idea rectora, Aguilera da inicio a uno de los capítulos más destacables de su libro, recapitulación del pensamiento de autores indispensables en el tema de ciudadanía. Su recorrido inicia con los más representativos de la llamada corriente comunitarista, aquellos que argumentan que, en las sociedades liberales, la gente se siente desarraigada, perpleja y descontenta: el liberalismo es responsable de la atomización social (Alasdair MacIntyre); además, implica sociedades en las que la movilidad geográfica impide la formación de comunidades, la movilidad matrimonial incrementa las separaciones y la movilidad política el cambio de ideologías (Michael Walzer). En estas sociedades el peligro no lo constituye el despotismo tan temido por los liberales, sino la fragmentación: un pueblo incapaz de fijarse objetivos comunes (Charles Taylor).

Frente al pensamiento de estos autores volcados a la comunidad, críticos como Jürgen Habermas, Karl-Otto Appel y John Rawls cuestionan desde el liberalismo los postulados metafísicos de los comunitaristas: no se trata de volver a un “estado de justicia primigenio”, sino de crear lo que debe ser el bien para todos a partir de un diálogo y de una deliberación pública. Una norma es legítima si, y solo si, la hubieran podido aprobar todos los posibles afectados como participantes en discursos racionales. La visión de lo justo debe nacer de un procedimiento consensual. Por lo tanto, “la justicia se aleja de las concepciones morales particulares, se aleja del contextualismo extremo de la moral comunitaria”.

Lejos de decantarse, sin más, por los liberales y atacar irreflexivamente al comunitarismo, el autor busca una síntesis de ambas corrientes, y es esa, en mi opinión, la más subrayable de las bondades del texto: observar los riesgos y aciertos de cada uno de estos grandes sistemas y, sobre todo, comprometerse con lo social.

La democracia procedimental “inventada por Kelsen, Dahl y Schumpeter” se observa como un conjunto de reglas que reducen a la ciudadanía a elegir a su representante en turno (democracia electoral). Frente a esta democracia “mercantilista”, el autor suscribe el pensamiento político de John Dewey, defensor a ultranza de los ideales de la democracia social, la educación pública y la libertad política, a partir de las cuales la democracia política puede convertirse en una democracia moral.

Apostar por los valores del liberalismo es insuficiente para regenerarnos, dice Aguilera, y señala como forma de activar la participación democrática la necesidad de repensar la ciudadanía a partir de una concepción republicana de la misma, es decir, del reconocimiento de que no puede haber democracia en sociedades desiguales y fragmentarias. En resumen, concluye, debe conciliarse la aplicación sin distingos de los derechos fundamentales con la preservación de los derechos diferenciales de mayorías y minorías discriminadas. “Hay que quitar poder al Estado, despolitizarlo, para politizar a la ciudadanía. La politización de la sociedad no significa volver a los totalitarismos”.

Es una buena noticia que, como afirma el autor, hoy comiencen a surgir liberales ligados con las causas sociales, un liberalismo flexible a partir de las críticas comunitarias y más comprometido con los derechos sociales, la participación ciudadana y la responsabilidad compartida.

 

Antonio Santiago Juárez

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