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Escala obligada: Estados Unidos Socialistas de América  

Mario Guillermo Huacuja | 01.03.2016
Escala obligada: Estados Unidos Socialistas de América  
El programa de Bernie Sanders, precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, es fundamentalmente igualitario y representa, por ello, una amenaza para quienes detentan el poder económico del país. ¿Permitirán los más ricos y poderosos que un progresista llegue a la Casa Blanca o harán lo posible por destruirlo?

En un auditorio atestado de jóvenes, entre el rasgueo de las guitarras y el júbilo desatado por los grupos de rock Vampire Weekend y Foster the People, el candidato demócrata Bernie Sanders cantaba desde el escenario la canción de Woody Guthrie “Esta tierra es tu tierra” (“This Land Is Your Land”). Era el cierre del primer caucus de las votaciones primarias, en Iowa, y sus simpatizantes lo arropaban con la certeza de que su arrastre vencería la histórica popularidad de Hillary Clinton y lo pondría al frente de la contienda para ser elegido como candidato del Partido Demócrata a la Casa Blanca. No lo logró, pero estuvo muy cerca: en el primer round de la pelea, el senador de Vermont logró un empate técnico con la exsecretaria de Estado (49.8 vs. 49.6 por ciento).1

El fenómeno sorprendió tanto como el ascenso y la caída de Donald Trump al arrancar la carrera hacia la presidencia del país más poderoso del mundo. Con 74 años de edad, Bernie Sanders es el candidato más longevo de todos, y a la vez el que más atrae a la juventud. En las encuestas previas al episodio de Iowa, Sanders era dueño del voto de los demócratas que tenían entre 17 y 35 años de edad, mientras que Hillary acaparaba la vetusta legión de los mayores de 65 años. En uno de sus últimos actos de campaña, en una cafetería del pequeño pueblo de Washington (en el mismo estado de Iowa), el senador estaba rodeado por una multitud apretujada de jóvenes veinteañeros, todos con el entusiasmo en la piel, coreando al grito ensordecedor de “¡Bernie, Bernie!”, mientras él se abría la garganta para proclamar: “Este Washington me gusta más que el otro. Aquí tiene que nacer el cambio para el país. Todos me critican todo el tiempo. Dicen que mis ideas son demasiado ambiciosas. Que no debo pensar en grande. ¡Pero tenemos que pensar en una revolución de nuestra vida económica y política!”.2

El atractivo juvenil de Bernie Sanders consiste en seguir teniendo los ideales de sus primeros años de vida política. Los estudiantes lo siguen como si fuera un joven de 74 años. En 1962, a los 21 años, se dio a conocer por organizar un movimiento para terminar con la separación racial en los dormitorios de la Universidad de Chicago. Y de ahí en adelante, su militancia en distintas organizaciones lo llevó a defender el igualitarismo socialista, la igualdad de derechos para todos, el fin de la segregación y de la injusticia. En 1963 asistió a la marcha en Washington en la que Martin Luther King declaró que tenía un sueño, y en los turbulentos años siguientes militó activamente contra la Guerra de Vietnam. En 1971 inició su carrera política como candidato independiente, aspiró a la gubernatura y una senaduría por el estado de Vermont y, aunque perdió ambas contiendas por un amplio margen, en 1980 desarrolló una fuerte campaña para la alcaldía de Burlington, en el estado de Vermont, que ganó finalmente por la minúscula diferencia de 10 votos.

En la idílica pequeña ciudad de Burlington, Sanders demostró pronto que quería gobernar en favor de la gente. Durante su primer periodo de gestión, demandó a la televisión por cable para que redujera sus tarifas en beneficio de los usuarios, e inició una larga batalla para detener un desarrollo hotelero y urbano que pretendía asentarse a lo largo del Lago Champlain, que es el símbolo natural de la comunidad. El alcalde ganó la pelea, y en la actualidad el área natural alberga amplios jardines, playas públicas, paseos por la ribera, un tejido de rutas ciclistas, varias cabañas y viviendas para la clase media, y un centro de investigación científica. Sanders ganó una popularidad desconocida por sus predecesores, se reeligió tres veces y fue nombrado uno de los mejores alcaldes de Estados Unidos en 1987 por la firma U.S. News.

Después de un breve respiro como profesor en la Universidad de Harvard, Bernie Sanders retomó su carrera política y se convirtió en un legislador que hizo causa común con los pobres, las personas con discapacidad, los ancianos, las mujeres y los veteranos de guerra. Aunque siempre se manifestó en contra de la Guerra de Irak y la invasión a Afganistán, también se mantuvo al lado de los que combatieron en dichos frentes y que fueron abandonados a su suerte por el Estado. Y en el frente interno, jamás dejó pasar la oportunidad de denunciar los abusos de los millonarios, de las grandes empresas y de los tiburones de las finanzas en Wall Street.

Como diputado federal, Sanders fue el primer candidato independiente en alcanzar un escaño en el Capitolio en casi medio siglo de procesos electorales, y su periodo legislativo se extendió a lo largo de 16 años. Su popularidad lo era todo. Cuando se discutían iniciativas para beneficiar a los poderosos, su oposición se dirigía de igual forma contra republicanos y demócratas. Y esa intransigencia lo impulsó hacia el Senado. En 2006 se convirtió en senador por el estado de Vermont y siguió siendo un luchador incansable desde su postura independiente. En 2012, se reeligió con el 71% de la votación popular. Era uno de los tres senadores más queridos de la Unión Americana. Sin embargo, su animadversión hacia Wall Street lo convirtió en el blanco de las críticas del dinero.

 

El más desigual de los poderosos

 

A pesar de las asechanzas del impresionante crecimiento económico de China, Estados Unidos se mantiene como el país más poderoso del mundo. Su producto interno bruto, si bien seguido muy de cerca por los caracoleos del dragón oriental, es aún el principal motor del crecimiento capitalista a nivel internacional. Lo mismo sucede en las finanzas. Wall Street continúa siendo, después del descalabro telúrico de la crisis financiera de 2008, la brújula que lidera las bolsas de valores de los cinco continentes. Y otro tanto ocurre con las nuevas tecnologías. La masa neuronal reunida en Silicon Valley, donde se encuentran los colosos de internet y las redes sociales, no tiene rival en los países europeos ni aun entre los nuevos mercaderes orientales de las páginas web. Y por si fuera poco, en la lista de los hombres más ricos del mundo —encabezada por el multimillonario creador de Windows— figuran las familias más poderosas ligadas a Walmart y las demás empresas arquetípicas del poderío económico del Tío Sam.

Sí, Estados Unidos sigue siendo el país número uno en términos económicos, políticos y militares. Pero en el ámbito social, el territorio es un inmenso pantano.

Si concebimos la civilización como un espacio en el que prevalecen los derechos humanos, la libertad individual y colectiva, la seguridad social y la igualdad de oportunidades y de acceso a mejores niveles de vida para todos los ciudadanos, entonces Estados Unidos no es ningún modelo a seguir. Las disparidades económicas y sociales al interior del país son enormes. Y no se trata de poner ejemplos individuales, como el contraste entre la fortuna de Bill Gates, que supera los 80 mil millones de dólares, y el raquítico ingreso de un empleado que gana el salario mínimo y que tiene que multiplicar esfuerzos para mantener a su familia con mil 700 dólares mensuales.

Si comparamos a vuelo de pájaro los ingresos más elevados y los más bajos de la Unión Americana con los de otros países, resulta que Estados Unidos tiene una desigualdad social similar… ¡a la de México! Ambas naciones ocupan el lugar 123 en el universo de la desigualdad.3 La injusticia social en Estados Unidos es abismal. En ese terreno, el país más poderoso del mundo se encuentra debajo de las naciones más justas del orbe, como Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón, Finlandia, Suiza y Holanda, y asombrosamente por debajo de Ghana, India, Vietnam, Cuba y Madagascar. Pero no solo eso. Si consideramos ciertos factores aislados pero que resultan muy sensibles, como los indicadores de pobreza infantil, veremos que en Estados Unidos esa pobreza representa un bochornoso 32% de la población infantil, lo cual sitúa a la nación de los hombres más ricos del mundo en un lugar no solo inferior a países desarrollados, sino también de Australia, República Checa, Polonia, Corea del Sur y Nueva Zelanda.

La extraordinaria riqueza del país más acaudalado del mundo se reparte de una manera extraordinariamente desigual. En la actualidad, las familias más pudientes de la nación, que representan apenas el 0.1% de la población, tienen una ganancia anual acumulada equivalente a la del 90% de los habitantes del país. Puesto en números enteros, resulta que las 3 mil familias más ricas de Estados Unidos perciben lo mismo que ganan 270 millones de ciudadanos de ese mismo país. Es una distancia colosal. En esas condiciones, el tejido social carece de uniformidad, y la existencia misma de la comunidad se percibe con un enfoque distorsionado por la estratificación social. El país asiste a una función de gala en un teatro gigantesco, pero en el interior hay unas cuantas butacas preferentes junto al escenario, mientras que en la parte de atrás —muy atrás— se levanta una galería muy amplia de espectadores distantes.

 

El profeta y los demonios

 

Después de escalar diversos peldaños en el Capitolio, Bernie Sanders se lanzó como candidato al Despacho Oval de la Casa Blanca. Tiene por delante una cuesta muy empinada. Se enfrenta al acorazado político de Hillary Clinton, una dama que ha sobrevivido a ocho años de forcejeos desgastantes en la Casa Blanca, una contienda presidencial cerradísima con Barack Obama, una serie de tensiones internacionales explosivas como secretaria de Estado, y una carrera tenaz contra la edad y sus erosiones. Pero sobre todo se enfrenta al poder aplastante de Wall Street y a las posibilidades ilimitadas del dinero, que lo mismo pueden organizar un ataque frontal para desprestigiarlo que una guerra de guerrillas para dinamitarle el camino a la Casa Blanca o bien, y en última instancia, fortalecer la candidatura de la señora Clinton.

El programa de Bernie Sanders es profundamente perturbador para las 3 mil familias que tienen el poder económico en Estados Unidos. A los ojos de ellas, parece un prontuario detallado para minar su dominio sobre el resto de la nación y la economía mundial. Para empezar, busca alterar radicalmente el sistema de recaudación fiscal, subiendo los impuestos a los de mayores ingresos y aliviando las cargas de los que menos tienen. En efecto, piensa elevar los impuestos hasta el 36% a los que ganan más de un millón de dólares anuales, y a los que tienen ingresos de más de 10 millones de dólares anuales hasta el 52%.4 Y eso es solo el inicio. Su programa contempla también un incremento salarial hasta alcanzar los 15 dólares por hora en el año 2020 y acabar de un solo golpe con las desigualdades salariales entre hombres y mujeres, que perciben solo un 75% de lo que reciben ellos.

Su programa se ha ganado el apoyo sin restricciones de los jóvenes porque proclama que toda la educación superior en los community colleges debe ser gratuita. Eso significaría el fin de las odiosas deudas que arrastran los propios jóvenes que deben pagar su formación cuando apenas ingresan al mercado laboral. Y así como se ha ganado la simpatía de los menores de 30 años, también se ha convertido en un imán que atrae el interés de los menos favorecidos por una economía desigual y poderosa. Su clave es la justicia. Por eso llama la atención de las mujeres, los afroamericanos, las personas con discapacidades, los veteranos de guerra, los migrantes, los rechazados y los pobres en general. Es decir, la inmensa mayoría de la población.

Al pretender un reparto más equitativo de la riqueza, Bernie Sanders ha elegido estratégicamente a sus enemigos. Y viceversa. Las grandes corporaciones y los barones de Park Avenue en Nueva York y Beverly Hills en California ya lo tienen en la mira. Incluso los patrocinadores de los candidatos republicanos, decepcionados por sus caídas en las encuestas, han preferido sabotear la campaña del candidato demócrata que apoyar a los suyos. Ese es el caso del magnate Joe Ricketts, que puso sobre la mesa la cantidad de 600 mil dólares para elaborar una serie de spots televisivos que presentan al senador de Vermont como un lunático de ideas disparatadas y amenazantes.5

Y en realidad, sus detractores no se equivocan, porque la plataforma ideológica de Sanders puede subvertir la esencia de la desigualdad en Estados Unidos. Lo que busca es atomizar el inmenso poder de los monopolios. Por eso plantea la segmentación de los seis mayores bancos e instituciones financieras del país. Por eso señala que iría desde la Casa Blanca contra el poder económico y político de las grandes firmas como General Electric, Verizon y Boeing, que se beneficiaron con la exención de impuestos en los años que siguieron a la crisis financiera de 2008. También apunta a una notable alza impositiva para los monstruos de diferentes campos, como Bank of America, Citigroup, Pfizer, FedEx, Honeywell, Merck y Corning. Y mientras pone la mira en las grandes corporaciones, explica de manera paralela cómo beneficiar a la población.

Las ideas de Sanders son veneno puro para la especulación y el abuso de los poderosos. Un solo ejemplo es su programa de medicamentos: permitir la negociación de los precios con los laboratorios y las farmacéuticas, así como la importación de las mismas medicinas mucho más baratas desde Canadá. Esta política es un dardo contra las firmas que producen fármacos y lucran con los precios en Estados Unidos, los más elevados del mundo. En ese país cada ciudadano gasta en promedio mil dólares anuales en medicinas, y ese dinero es oro molido para los laboratorios.

Si Bernie Sanders llega al Despacho Oval de la Casa Blanca, los poderosos le seguirán haciendo la guerra. Pero Estados Unidos será un país más igualitario, como las socialdemocracias de Europa. Y si pierde, junto con sus enemigos republicanos, Hillary puede contar con un secretario socialista. 

 

 

 

1 http://www.realclearpolitics.com/epolls/2016/president/ia/ iowa_democratic_presidential_caucus-3195.html

2 http://www.nytimes.com/politics/first-draft/2016/01/29/bernie-sanders-rallies-volunteers-in-iowa-with-a-call-for-turnout/

3 https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_ igualdad_de_ingreso

4 http://www.nytimes.com/2016/01/22/upshot/sanders-makes-a-rare-pitch-more-taxes-for-more-government.html

5 http://www.nytimes.com/politics/first-draft/2016/01/25/bernie-sanders-a-target-of-ads-by-republican-donor/

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Mario Guillermo Huacuja es autor de El viaje más largo y En el nombre del hijo, entre otras novelas. Ha sido profesor universitario, comentarista de radio, guionista de televisión y funcionario público.

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