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Voces de la migración: Ante lo imposible  

Fernando Sepúlveda Amor | 01.03.2016
Voces de la migración: Ante lo imposible  
Tal vez más que en ninguna campaña presidencial reciente de Estados Unidos, vemos desfilar hoy a precandidatos que se aprovechan de los miedos y preocupaciones del electorado. Esto no augura nada bueno para México.

Estamos viviendo tiempos complicados; tiempos difíciles; tiempos inéditos. Nada lo ilustra mejor que el proceso de la contienda electoral en Estados Unidos. La virulencia del discurso de la mayoría de los precandidatos republicanos responde a la insatisfacción del electorado con el curso que sigue el país en materia de economía, creación de empleos, conducción de la política internacional, seguridad interna, lucha contra el terrorismo, la clase política en Washington, la regulación de Wall Street, la influencia de los grandes intereses corporativos, la percepción de la declinación del poder de la nación en el escenario internacional, la disparidad en el ingreso, la caída del poder adquisitivo de las mayorías y el descenso de la clase media, el sentimiento de pérdida de la identidad nacional y de los puestos de trabajo por el flujo de inmigrantes del exterior, insatisfacción que tiene como resultado un clima político enrarecido, alimentado por el temor y el enojo de una población en estado de ansiedad e incertidumbre y que no vislumbra una salida inmediata a sus problemas.

Es así que surge un terreno propicio para la demagogia de las frases huecas, las promesas fáciles y las soluciones mágicas que los aspirantes a las candidaturas republicana y demócrata ofrecen a un público ávido de reafirmación y esperanza de cambio. Este panorama tan negativo explica el surgimiento de personajes como Donald Trump y Ted Cruz en el campo republicano —quienes apelan a las inseguridades y enojos de una población que tiene una gran desconfianza en la conducción del Gobierno de Washington— o la aparición de un autodenominado socialista como Bernie Sanders en las filas del Partido Demócrata, quien de la nada confronta a la poderosa maquinaria electoral de Hillary Clinton.

Donald Trump inició su campaña con un agresivo mensaje en contra de la inmigración, insultando a los mexicanos, calificándolos de criminales, asesinos y violadores, prometiendo construir un muro en la frontera pagado por México y deportar a los 11 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Más adelante, Trump ha planteado la prohibición de la entrada de inmigrantes musulmanes; ha insultado y ridiculizado a sus oponentes republicanos diciendo de Jeb Bush que tiene “baja energía”; de Carly Fiorina (la única mujer republicana contendiente), que “con esa cara nadie votaría por ella”, y de Ted Cruz, que es “un maricón”. Asimismo, ha expulsado de sus actos de campaña a reporteros que le hacen preguntas incómodas —como Jorge Ramos, de Univisión—, lo mismo que a integrantes del público en desacuerdo con sus propuestas. También ha declarado públicamente que está a favor de la tortura y asesinato de familiares de los combatientes del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), e incluso ha llamado “estúpidos” a los votantes del estado de Iowa. Además, ha insultado a las mujeres, a otros países —particularmente a China—, a los medios de comunicación, a la conductora del debate republicano Megyn Kelly, a los hispanos, a los asiáticos, a los políticos, al senador y candidato presidencial John McCain, al presidente Obama y a Hillary Clinton.

Por su parte, Ted Cruz ha manejado una línea anti-Washington, antiinmigrante y seguidora del movimiento conservador del Tea Party y la coalición evangelista. Y Marco Rubio, después de haber participado en el grupo bipartidista de ocho senadores que presentaron la iniciativa de reforma migratoria en 2011 —que buscaba regularizar la estancia legal de los inmigrantes sin documentos y les abría las puertas de la ciudadanía—, dio marcha atrás para estar en línea con las posiciones de la mayoría republicana.

Lo preocupante de este ambiente electoral en las filas republicanas no es solo la retórica infamatoria e incendiaria de los candidatos, sino que este discurso responde a los sentimientos e ideologías de un público numeroso que aplaude tales posiciones, lo que refleja una gran violencia moral de un sector importante de la sociedad de Estados Unidos.

Este ambiente político puede llegar a ser muy peligroso y conducir la vida democrática de Estados Unidos por caminos desconocidos, inciertos y sin precedentes. Cuando un pueblo se siente engañado por sus gobernantes, ve su ingreso disminuido y limitada su capacidad de ascenso, y considera que su país pierde estatura en el contexto mundial, mientras que, por otro lado, se ciernen sobre los ciudadanos las amenazas del terrorismo interno, es muy fácil ceder a las promesas de restaurar glorias pasadas y derrotar a los enemigos mediante el uso de la fuerza militar. Es por ello que, para fortalecer su posición política, el lema de campaña de Trump —“Hagamos a Estados Unidos grande otra vez”— apela a los sentimientos de frustración, enojo, miedo y orgullo nacional de amplios sectores de la población.

Esta psicología social aplicada en las campañas tiende a presentar situaciones catastróficas, soluciones simplistas y figuras culpables para canalizar la energía negativa de los votantes a la elección de caudillos populistas que ofrecen resolver todos los problemas de manera inmediata una vez en el poder. Lamentablemente, un electorado ignorante y abrumado por esa visión cataclísmica de las cosas es presa fácil de estos engañosos redentores dedicados a la venta de esperanza. Así, se culpa a los mexicanos, los chinos, los musulmanes, los inmigrantes y los opositores políticos de ideologías diferentes de todos los males que sufre el país, alentando el odio y la exclusión de los que piensan distinto y envenenando el alma del pueblo estadounidense.

Un caso semejante —toda proporción guardada— se dio en la Alemania de la República de Weimar después de la Primera Guerra Mundial en Europa, cuando una población humillada por la derrota y empobrecida por las onerosas reparaciones de guerra del Tratado de Versalles —que al mismo tiempo enriqueció a los especuladores, los banqueros y los comerciantes de bienes de consumo básico— respondió al llamado del nacionalsocialismo y elevó al poder a Adolf Hitler en 1933.

Habrá que tomar con reserva la posibilidad de que Trump u otro candidato republicano alcancen la presidencia de Estados Unidos —aunque resulta aventurado descartarlo por completo—, considerando el efecto que esto tendría en el ámbito nacional e internacional, particularmente en el caso de México. A la fecha, Trump se perfila a lograr la candidatura republicana, con una ventaja considerable sobre los demás contendientes de ese partido en las encuestas de opinión. No obstante, la dirigencia y la élite que sostiene al Partido Republicano no se sienten cómodas con las políticas heterodoxas del magnate, ajenas a la línea partidaria, ni con la forma vulgar y agresiva de sus actos de campaña. En el fondo desearían apoyar a un candidato más convencional, como Marco Rubio o Jeb Bush.

Estamos presenciando una campaña electoral sin precedentes y un ambiente político muy polarizado que se caracteriza por la rebelión en contra de las instituciones establecidas y del statu quo, tanto en la derecha como en el ala progresista. Esto se refleja en el surgimiento de figuras como Trump y Sanders, y aunque todo indica que Hillary Clinton pudiera ser la triunfadora en los comicios presidenciales de noviembre de 2016, en las condiciones actuales resulta difícil hacer una predicción certera. No solo debe preocupar el arribo a la presidencia de un personaje tan controversial como Trump, sino las condiciones políticas en Estados Unidos que habrían permitido su llegada. En el fondo, el problema estriba en la división tan profunda en el país y las visiones tan opuestas que se registran en la sociedad estadounidense, inéditas desde la Guerra de Secesión, y que impiden la gobernabilidad y la toma de decisiones.

Hemos observado cómo a lo largo de los últimos ocho años un candidato que despertó el entusiasmo y la esperanza de un cambio en la forma de hacer política y en el Gobierno de Estados Unidos, se vio saboteado y hostilizado desde un principio por el Partido Republicano, que ha obstaculizado todas sus iniciativas y declarado abiertamente que su propósito era hacerlo fracasar y hacerlo presidente de un solo término; y como no lo logró, se ha dedicado a bloquear su agenda en el segundo periodo, provocando una peligrosa parálisis en el Gobierno.

Nada indica que quien resulte electo presidente de Estados Unidos vaya a solucionar esto. La crisis de gobernabilidad reside en la resistencia al cambio de un importante sector de la población que quisiera regresar a un país que ya no es debido a las profundas transformaciones demográficas y culturales que se han dado naturalmente, por el influjo de personas del exterior y por los cambios en el contexto internacional con el surgimiento de otras potencias.

México deberá estar preparado. Se avizora un clima tormentoso en la conducción de la política internacional y al interior de Estados Unidos que necesariamente afectará la relación bilateral y a los mexicanos que radican allá. Cuando un candidato presidencial como Trump afirma que “puede matar a alguien en la Quinta Avenida y no perder un voto”, estamos frente a una mentalidad muy peligrosa. “La forma es fondo”, decía sabiamente don Jesús Reyes Heroles.

México cuenta con una notable tradición diplomática. Ha tenido embajadores ilustres a lo largo de su historia que han sorteado situaciones existenciales muy difíciles y que han permitido a nuestro país salir adelante. En el siglo XIX contó con diplomáticos insignes, como Bernardo Gutiérrez de Lara, Matías Romero y Melchor Ocampo, y en el XX con personajes como Isidro Fabela, Genaro Estrada, Luis Padilla Nervo, Alfonso García Robles (premio Nobel de la Paz 1982), Antonio Carrillo Flores, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, y Bernardo Sepúlveda Amor,1 quienes llevaron a la diplomacia mexicana a sus más altos niveles.

En estos tiempos difíciles, complicados e inéditos debemos volver la mirada a la diplomacia. La vamos a necesitar.

 

1 El autor es hermano del canciller Bernardo Sepúlveda Amor. La lista de cancilleres ilustres fue proporcionada por la Secretaría de Relaciones Exteriores.

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Fernando Sepúlveda Amor es director del Observatorio Ciudadano de la Migración México-Estados Unidos.

 

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