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Obra plástica de Irma Grizá

| 01.03.2016
Obra plástica de Irma Grizá

La obra de Irma Grizá es inestable. Sus pinturas, se diría, son provisionales. No porque estén, en sentido estricto, inconclusas. No: Irma ha terminado su trabajo. Lo son porque algo está cambiando en su interior. Algo fluye, se transforma y no termina de cobrar su forma. Ésta, la gestación o mejor aún la transición —no indeterminada, sino hacia un estado futuro que será, al fin, estable— es la sustancia de su obra.

¿Qué es lo que se convierte? La pintura misma o, para ser precisos, el estilo. El arte de Irma Grizá avanza, sin llegar nunca del todo, de la figuración a la abstracción. Vemos formas realistas, contornos, siluetas, edificaciones, pero sobre ellas cae, en torno a ellas se expanden, amorfas, ininteligibles, las tonalidades claras, que no son otra cosa que el arte abstracto imponiéndose, ganando terreno, levantándose para, un día, reinar.

Originaria de la Ciudad de México, Grizá estudió pintura y grabado en la Academia de San Carlos. Con casi sesenta años de trayectoria y una vastísima producción, su obra se ha presentado en numerosas exposiciones individuales y muestras colectivas, en galerías y museos de México, Estados Unidos y Francia. En 1990 obtuvo uno de los Premios París otorgados por el Grupo de los Dieciséis para exponer en esa ciudad.

Al comentar el trabajo de Grizá y referirse al arte abstracto, Hugo Hiriart señala que “la abstracción es una especie, no de arranque más o menos gratuito, sino de resultado”. Y eso es justamente lo que sucede con las pinturas que aquí presentamos, donde las combinaciones de color —en una fluidez y movilidad perfectas— crean espacios en los que se adivinan figuras y contornos.  ~

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