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Metáforas  

Pablo Boullosa | 01.03.2016
Metáforas  
Al hablar de comparaciones que nos sirven para acercarnos al conocimiento y que son algo que se traslada de su significado habitual hacia otro campo para ayudarnos a comprender mejor, nos adentramos en el terreno de la metáfora, para la que la imaginación —necesaria para ampliar nuestro entendimiento— es imprescindible. El autor se da a la tarea de explicar todo lo que tiene que ver con esta traslación de sentido, de dónde surge, cómo funciona y las muchas maneras en que puede ser utilizada, entre otras cosas. Asimismo, el texto se encuentra salpicado de metáforas: el año pasado, a lo largo de su decimotercera temporada, La dichosa palabra convocó a un desafío de metáforas. Aquí presentamos algunas de las mejores, a criterio de los conductores del programa, así como la ganadora del año 2015.

Si se impulsa la novedad

del lenguaje y la metáfora suficientemente lejos, se puede acabar creando una nueva forma de ver las cosas. Y una nueva forma de ver las cosas, como acabo de argumentar, puede por derecho propio hacer una contribución original a la ciencia. El propio Einstein no estuvo considerado como un divulgador y yo he sospechado con frecuencia que sus vivas metáforas hacen más que ayudarnos al resto de nosotros. ¿No alimentarían también su genio creativo?

Richard Dawkins, El gen egoísta

 

1.

En 1888 Oscar Wilde publicaba su primera colección de cuentos para niños, El Príncipe Feliz y otros cuentos. Así comienza el que da título al libro:

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de hojas de oro fino; sus ojos eran dos centelleantes zafiros, y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual, era muy admirada.

—Verdaderamente parece un ángel —decían los niños del hospicio al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas. —¿Y ustedes cómo van a saber, si nunca han visto a un ángel? —replicaba el profesor de matemáticas.

—¡Oh! Los hemos visto en sueños  —respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

 

En una pincelada, Oscar Wilde retrató lo que para él era un maestro de matemáticas: alguien que no aprobaba que sus alumnos tuviesen sueños e imaginación. Por supuesto, la inmensa mayoría de los maestros somos diferentes. Sabemos bien que la imaginación es necesaria para la creatividad, y que solo soñando podemos encontrar mejores soluciones que las actuales para enfrentar los muchos problemas que nos aquejan.

Pero la imaginación es más necesaria de lo que, en general, nos damos cuenta. No solo sirve en las profesiones creativas y para el cambio social, sino que además suele ser indispensable para una de las operaciones mentales más importantes: la comprensión.

 

La espina es la venganza póstuma del pescado.

ROBERTO CAMPA MADA

(Metáfora ganadora del desafío)

 

Por eso, si yo me topara con alguien tan corto de miras como el profesor de matemáticas del cuento de Wilde, lo que me gustaría decirle sería esto: “Sin imaginación no entenderíamos muchas cosas importantes. Una vida mental activa y fértil, que es lo que deberíamos promover en los salones de clase, requiere de una gran imaginación. Y sí: la estatua del Príncipe Feliz podría haberse parecido a un ángel; lo digo porque me imagino tanto a la estatua como a los ángeles”.

 

2.

El mínimo corazón humano, que mide lo que un puño y pesa menos de 300 gramos, posee una capacidad de bombeo asombrosa. En un solo día su músculo empuja más de 7 mil litros de sangre; con lo que bombea en un año podría llenarse una alberca olímpica reglamentaria, y todavía nos sobrarían decenas de miles de litros. Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, ignorábamos por completo que el corazón humano se encargase de bombear sangre.

En la Ilíada se emplean una y otra vez diversas palabras que traducimos como “corazón”, como sede de los deseos, la valentía, las emociones, las intuiciones y hasta los pensamientos. En el primer canto, hablando de Aquiles dice Homero:

[…] tomó el pesar al Pelida, y el corazón

en su pecho velludo ondeó para él en dos rumbos:

o si él, la espada aguda habiendo retirado del muslo,

los haría a un lado y mataría él al Atrida,

o su ira templaría y reprimiría su alma.

 

Pero cuando los soldados caían muertos (y la Ilíada describe al menos doscientos cincuenta homicidios con precisión, mencionando el nombre de la víctima y de su agresor, y describiendo la herida y sus consecuencias), Homero no señala jamás que su corazón dejase de latir. Puede decir que las tinieblas velaban sus ojos, que el aliento se les escapaba por la boca y marchaba al Hades, etcétera, pero nunca alude a lo que hoy nos parece el signo de muerte más característico: un corazón que ya no late.

Los médicos hipocráticos, como puede leerse en el tratado Sobre el corazón, sabían que el corazón tenía “válvulas”, pero, como solo habían examinado corazones de personas muertas y la sangre deja de fluir por las arterias después de la muerte, supusieron que las arterias transportaban aire a través del cuerpo. Por supuesto, sabían que las heridas sangraban, pero creían que el aire de las arterias era sustituido por sangre que pasaba de las venas a través de pequeños poros o vasos que las comunicaban.

 

La neblina es el vaho de Dios.

ARANZA SÁNCHEZ TREJO

(Metáfora finalista del desafío)

 

Hubo que esperar hasta el siglo XVII para que los trabajos de René Descartes, Giovanni Alfonso Borelli, Marcellus Malpighi y, sobre todo, William Harvey, aclararan el fenómeno de la circulación de la sangre (su paso de las aurículas a los ventrículos y de las venas a las arterias) y la función mecánica del corazón humano.

Ahora bien: no seré el primero en sugerir que esta función no habría podido descubrirse sin la invención previa de la bomba hidráulica de engranajes a principios del siglo XVII. Algunos atribuyen este invento al ingenio de Nicolas Grollier de Servière, un curioso personaje que también fabricó artefactos tales como odómetros, máquinas para trazar paisajes, sillas de rueda, relojes regulados por la caída de pelotas metálicas en planos inclinados, tornillos de Arquímedes, y una versión mejorada de la Rueda de libros de Agostino Ramelli (antecedente remoto del libro electrónico). Algunos autores afirman que la bomba de engranajes no fue su invento, y se lo atribuyen mejor a Pappenheim, a Leurechon e incluso a Kepler, el astrónomo.

En todo caso, es muy probable que los conocimientos de la mecánica pudieron trasladarse a la fisiología. No sería nada extraño: este tipo de traslaciones se intentaban con frecuencia en aquella época. Thomas Hobbes, en la primera página de su introducción al Leviatán, publicado en 1651, se preguntaba: “¿Qué es en realidad el corazón, sino un resorte; y los nervios qué son, sino diversas fibras; y las articulaciones sino varias ruedas que dan movimiento al cuerpo entero, tal como el Artífice se lo propuso?”.

Hobbes define al Estado como “un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural, para cuya protección y defensa fue instituido”. Al hacerlo, nos invita a trasladar nuestros conocimientos previos y firmes sobre lo que es una persona, a nuestro nuevo conocimiento de lo que es un Estado.

El propio William Harvey, a quien, como ya mencionamos, se atribuye el mayor mérito por su breve tratado De motu cordis (Sobre el movimiento del corazón), al ocuparse del cerebro en otra de sus obras, Ejercicios sobre la procreación de los animales (Exercitationes de generatione animalium), se preguntaba lo siguiente:

¿Es acaso el cerebro como el general de un ejército? Los nervios que transmiten las órdenes: coronel. La médula espinal: capitán. Las ramas de los nervios que dan las señales a los músculos: sargentos. Los músculos: soldados.

¿O es el cerebro el líder del Senado, que decide qué cosas útiles hay que hacer? Los nervios: los magistrados. Las ramas de los nervios: los oficiales. Los músculos: los ciudadanos, el pueblo.

¿O, de nuevo, es el cerebro el director de escena? Los nervios que marcan el ritmo: los asistentes y apuntadores. Los músculos: los actores, cantantes, bailarines.

 

Las analogías sugeridas por Harvey (entre el cerebro y la milicia, la nación y el teatro) iban a ser desplazadas en los años venideros por una mucho más contundente, como resultado de un avance tecnológico solo en apariencia modesto: el minutero.

El tiempo siempre había fluido como un río: no hacía “tic-tac”. Platón, en el Timeo, dice que el tiempo es una imagen en movimiento de la eternidad, que progresa de acuerdo con las leyes de los números. Pero, aunque había números para los años y sus días, no había números que midieran el tiempo al interior del día. En el siglo IV a.C., cuando no dominaban ni siquiera sobre el centro y el sur de Italia, y batallaban constantemente contra los etruscos, los romanos todavía dividían las horas del día en solo dos partes: ante meridiem y post meridiem: antes y después del mediodía. Aunque los relojes de sol se conocían desde tres mil años atrás, el primer reloj de sol adecuado a la orientación de Roma lo instaló el censor Q. Marcio Filipo apenas en el siglo ii a.C. Junto a este colocaron un reloj de agua (horologium ex aqua) para marcar las horas en días nublados y durante la noche. También conocían los relojes de arena. Pero todos dejaban mucho que desear; Séneca observó que era tan fácil que los filósofos de Roma se pusieran de acuerdo como que lo hicieran sus relojes. Y eso que solo medían las horas, no los minutos. Ni soñar en los segundos.

 

Calvicie: publicidad del cráneo.

FERNANDO S. SWAIN

 

En la Edad Media, los monjes dividieron el día en siete horas canónicas, que eran los momentos fijados para la oración por la Iglesia. A partir del siglo vi, por influencia de San Benito, se acordó que estas horas fueran siete: maitines o laúdes, Hora Prima, Hora Tertia, Hora Sexta o Meridies, Hora Nona, vísperas u Hora Vesperalis, y completas o Completorium. Se anunciaban con 4, 3, 2, 1, 2. 3 y 4 toques de campana. Por eso es que los primeros relojes europeos, del siglo XIII o XIV (mucho más tardíos que los chinos), ni siquiera tenían carátula, ya no digamos manecillas; daban la hora haciendo sonar una campana. Funcionaban como despertadores o timbres escolares. (La palabra inglesa para los primeros relojes, clock, derivó del alemán Glocke, que también quiere decir ‘campana’).

Los primeros relojes con carátula ya intentaban medir un tiempo uniforme, de veinticuatro horas diarias, que no cambiaba con la duración de la luz del sol a lo largo del año, pero eran todavía tan inexactos que solo contaban con una manecilla que marcaba las horas. En los últimos años del siglo XVII, los relojes se perfeccionaron con la incorporación del péndulo y del resorte, y muy pronto empezaron a fabricarse con dos manecillas. A partir de entonces los europeos se apasionaron por la exactitud y por la medición del tiempo. Con el minutero, el tiempo comenzó a vivirse de otra manera: ya no como el río que fluye sin medida, ni como el ritmo natural de amaneceres y anocheceres cambiantes día tras día y a lo largo del año, sino como el tiempo humano, regular, estandarizado, compartido y fijado racionalmente. Esta nueva experiencia del tiempo se vivió como una liberación, aunque quizá hoy pueda parecernos lo contrario.

Desde entonces el reloj no solo ocupó un lugar preponderante en la vida cotidiana, sino que comenzó a servir para explicar muchísimas cosas. Kepler escribió en una carta a su protector Herwart von Hohenburg: “Mi propósito es mostrar que la máquina celestial debe compararse no con un organismo divino, sino con un aparato de relojería… ya que casi todos los múltiples movimientos que se llevan a cabo en ella son consecuencia de una única y simple fuerza magnética, de la misma manera en que en un aparato de relojería todos los movimientos son provocados tan solo por el peso”.

La mayoría de los científicos y filósofos de los ciento cincuenta años siguientes vieron al universo como una maquinaria de asombrosa exactitud. No solo al mundo físico: también los organismos comenzaron a verse como maquinarias, incluido desde luego el cuerpo humano. Según René Descartes en Las pasiones del alma (Les passions de l’âme), tratado filosófico con nombre de telenovela, la maquinaria del cuerpo humano se unía a un alma racional a través de la glándula pineal.

Esta comparación del universo con un reloj fue inmensamente popular, quizá porque conciliaba la racionalidad de las mediciones del tiempo y del movimiento de los cuerpos, con la idea de un gran relojero: de un Dios que en primera y última instancia había diseñado el reloj. Así la Europa cristiana salvaba la cara ante la Europa cada vez más científica. En la Teología natural de William Paley, de enorme influencia en el siglo xviii, se leía que, si uno encontraba una roca tirada en el campo, podía pensar que la roca estaba allí desde siempre; pero que si uno encontraba un reloj, podía preguntarse quién lo había fabricado, cómo lo había hecho y con qué objeto:

Debe haber existido en algún momento y en algún lugar, un artífice que haya construido la maquinaria del reloj… un artífice que comprendía su manufactura y lo había diseñado con algún propósito. Toda señal de artificio, toda manifestación de diseño que existiría en dicho reloj, existe en realidad en las obras de la Naturaleza; con la diferencia de que la Naturaleza es mucho más grande en un grado que excede todos nuestros cálculos.

Las estrellas son ventanas desde donde nos observa el día siguiente.

DAVID ARMANDO MEJÍA SIERRA

 

En los últimos años los relojes ya no nos llaman tanto la atención ni nos parecen maquinarias muy sofisticadas. De ahí que su papel como fuente privilegiada de comparaciones haya cedido su lugar a las nuevas tecnologías. ¿Quién no ha escuchado, dicho o escrito, que, hasta cierto punto, el cerebro es una computadora y la vista un escáner? Podemos pronosticar que cada vez veremos más comparaciones con la “nube”. Por ejemplo: ¿dónde está la lengua española? No en los diccionarios, desde luego, ni en ti ni en mí, sino en la “nube”: no le pertenece a nadie, pero todos podemos “bajarla” para hacer uso de ella y escribir y entender estas palabras. Y al hacerlo la modificamos o la retroalimentamos siquiera un poco (lo que no ocurre con los diccionarios, o no al menos en forma inmediata: los diccionarios ofrecen una imagen estática de lo que es un ser vivo en movimiento).

Ahora bien: por supuesto, el corazón no es una bomba de engranes, ni el universo un reloj, ni el cerebro es el general de un ejército, ni el capitán de un barco, ni una computadora, ni los diccionarios ofrecen imágenes ni las lenguas son seres vivos. Pero estas comparaciones han servido, bien que mal, para aproximarnos al conocimiento de lo que nos ha parecido importante. Las nociones previas de la bomba de engranes, del general del ejército, del reloj, de la computadora, de la cámara, del ser vivo, se han trasladado de su significado habitual hacia otro campo para ayudarnos a comprender mejor el funcionamiento de nuestro corazón, nuestro universo, nuestro cuerpo, nuestro cerebro, los diccionarios, la lengua.

A esta traslación la llamamos metáfora.

 

3.

Las metáforas2 nos parecen, por lo general, pequeños trucos poéticos de los que podemos prescindir sin mayores problemas. Solemos dejar las metáforas para los poetas y los que se empeñan en decir cosas lindas, y no encontramos buenas razones para entrenarnos en su uso. Craso error.

La palabra metáfora la heredamos del latín metaphora y del griego ????????, con el sentido de “trasladar” o “transferir”. El prefijo ???? (meta-) significa ‘detrás, más allá, cambiado, entre’; el verbo ???? (phér?, que deriva de la raíz indoeuropea bher-, ‘llevar’) significa ‘yo llevo’, pero también ‘cargo’, ‘soporto’. Aristóteles escribió en su Poética que la metáfora “consiste en dar a una cosa un nombre que pertenece a otra”, es decir, en una transferencia y en una desviación del sentido literal.

El diccionario de María Moliner, favorito de muchos escritores, afirma que la metáfora “consiste en usar las palabras con sentido distinto al que tienen propiamente, pero que guarda con este una relación descubierta por la imaginación”. Esta definición nos dice algo muy importante: la metáfora es una relación que necesita ser descubierta por la imaginación. Sin imaginación, no hay metáforas; y sin metáforas, la imaginación sería muy pobre.

Ya que tenemos la imagen del diccionario en la mente, vamos a usarla para describir con más detalle qué es lo que suelen hacer las metáforas. Los diccionarios se componen básicamente de dos elementos: las entradas, que suelen ponerse en negritas, y que son las palabras que han de ser definidas, por un lado, y las definiciones propiamente dichas, por otro. Es decir, en el diccionario hay palabras que son definidas y palabras que definen, si bien el diccionario de la RAE (22a edición) no cree limitarse a definir palabras, sino a explicarlas.

Diccionario. Libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada.

Ahora comparemos lo que hacen los diccionarios con lo que hacen las metáforas. Podemos decir (metafóricamente, claro) que en ellas también existen entradas y definiciones que aquí vamos a llamar metafóricas. Para dejarlo claro pongamos como ejemplo este antiguo verso del gran poema erótico de la Biblia, el Cantar de los Cantares: “Tu nombre es un ungüento precioso”.

 

Sollozo: bocado de tristeza atragantado.

LUISA GABAYET

 

“Tu nombre” es la entrada metafórica y “es un ungüento precioso” es la definición metafórica. Las metáforas, como los diccionarios, explican entradas metafóricas que no conocemos o que no aquilatamos bien, mediante definiciones metafóricas que conocemos bastante mejor. Solo que en un diccionario la definición es técnica, o sobria, o lingüística, mientras que en la metáfora es imaginativa.

Es importante dejar bien claro que conocemos, entendemos o aquilatamos mejor la entrada metafórica gracias a que la definición metafórica nos resulta más familiar. No conocemos el nombre al que se refiere el poeta, pero sabemos bien qué es un ungüento y cómo, por sus cualidades (aroma, suavidad, brillo, exclusividad, etcétera), puede resultar precioso.

Pongamos un ejemplo más del mismo Cantar de los Cantares: “Tu amor embriaga más que el vino”.

La entrada metafórica es “tu amor” y “embriaga más que el vino” es la definición metafórica. No conocemos el amor al que hace referencia el poeta, pero nos lo podemos imaginar como dulce e intensamente embriagante. El autor del poema asume que el lector no conoce o no aprecia lo suficiente el amor al que se refiere, así que recurre a una experiencia más conocida por sus lectores: la embriaguez del vino. En este caso, la embriaguez es superior a la del vino, por lo que nos podemos imaginar un amor superlativo. La explicación o la definición del poeta no es sobria, como la de un diccionario, sino embriagante, como la del vino que desinhibe, alegra y turba momentáneamente las potencias.

No me resisto a añadir dos ejemplos modernos. El primero es de la eternamente joven Marina Tsvetáieva:3“Tu nombre, hondo suspiro, / Cae en el hondo abismo que carece de nombre”. El segundo es de un muchacho que se llamaba Octavio Paz:4 “Paloma brava tu nombre, / tímida sobre mi hombro”.

Podemos aplicar las mismas nociones de entrada y definición metafórica, a pesar de que en el caso de Octavio Paz podríamos especular acerca del nombre “real” al que se refiere, y en el caso de Tsvetáieva sabemos que alude al nombre de otra poeta rusa víctima del estalinismo llamada Anna Ajmátova (pero decir “hondo suspiro” nos abre a sensuales y amplísimas interpretaciones).

Desde luego, las metáforas pueden ser bastante más complejas porque su único límite es la imaginación, no solo de quien las elabora sino de quien las reelabora como lector o como oyente. Pero dejemos atrás la poesía, pues nos proponemos mostrar la utilidad de las metáforas más allá de su ámbito dichoso.

 

La n es una ñ que se depila las cejas.

El coco es un fruto del orden de los paquidermos.

ROBERTO CAMPA MADA

 

Comencemos, ambiciosamente, por un fenómeno tan importante que ni siquiera alguien tan corto de miras como el profesor del cuento de Wilde podría pasar por alto. Pensemos en el momento mismo en el que comprendemos algo que antes no comprendíamos. Para referirnos a ese momento decisivo, solemos decir que algo hace “clic” en nuestra cabeza (aunque evidentemente no escuchemos ningún sonido y “clic” sea una onomatopeya, parecida al ruido que hace un minutero, pero probablemente derivada del gatillo de las armas de fuego). En México usamos otra expresión metafórica: cuando alguien por fin comprende algo, “le cae el veinte”: “Por fin me cayó el veinte de que los intereses que paga un bono son mayores en la medida en la que cae su valor principal”. La expresión deriva de que los antiguos teléfonos públicos funcionaban con una moneda de cobre de veinte centavos, que al momento de completarse la llamada caía en el interior del armatoste.

Con independencia de cómo nos refiramos a él, y de que por lo general lo hagamos con alguna metáfora, el acto de comprender está entre los más importantes que realiza nuestra mente; se presenta con menor frecuencia de la que deseamos, no solo en la escuela sino en la vida, y no solo en cabeza ajena sino en la propia. Aquellos que creen que lo entienden todo, aunque su comportamiento y la realidad suelan desmentirlos, en el mejor de los casos no se han aplicado a resolver problemas suficientemente difíciles; los demás seguimos aspirando a que nos “caigan muchos veintes”. Pese a su cortísima duración, ese instante en el que comprendemos algo puede ser más valioso que muchas horas de estudio, estériles cuando nos perdemos de esa operación fundamental, luminosa e instantánea: comprender.

Pues bien, ocurre que muchas veces comprendemos algo solo cuando encontramos su semejanza con otra cosa que ya comprendíamos antes. Es decir: para entender lo que no entendemos, podemos apoyarnos en lo que ya entendíamos. Y esto se parece mucho a lo que habíamos dicho sobre las metáforas. Lo que conocemos y entendemos bien suele ayudarnos a describir, explicar, apreciar y comprender mejor lo que no nos resulta fácil de entender.

Por el contrario, “está en chino” comprender algo absolutamente nuevo que no se parezca en nada a otra cosa que hayamos previamente entendido. La metáfora “está en chino” nos ayuda a dimensionar el problema porque la mayoría de nosotros no comprendemos en absoluto la lengua china y cualquier cosa que nos digan “en chino” nos resultará incomprensible. Si queremos aprender, por poner un ejemplo, las reacciones de sustitución de la química orgánica, tendremos que conocer previamente qué es un nucleófilo y qué un electrófilo, qué son los electrones, qué es una molécula, cómo pueden pasar los electrones de una a otra, etcétera. Para llegar a comprender tales reacciones, necesitamos ir levantando un muro de conocimientos donde podamos apoyarnos. Y esto lo hacemos poco a poco, aprovechando lo familiar para pasar a lo no familiar, y entrenándonos en esto último para lograr que también se nos vuelva familiar.

Cuando hemos comprendido algo, cuando “nos ha caído el veinte”, suele ser debido a que hemos encontrado una metáfora adecuada. Y las metáforas, no lo olvidemos, son relaciones descubiertas por la imaginación, entre algo que no nos resulta muy conocido y algo que nos resulta más familiar. Luego entonces, la imaginación nos sirve para explicarnos mejor el mundo y no solo para definir vagamente el amor de equis poeta o los besos de cierta persona inspiradora. Así, por proceso de aproximación familiar e imaginativa, hablamos del código genético, de las defensas de nuestro organismo, de los genes egoístas, de los agujeros negros, de la sublimación del hielo seco, etcétera.

La ciencia recurre constantemente a las metáforas; hasta sus términos fundamentales suelen serlo. En física, por ejemplo, se habla de “masa” (la palabra viene de las manos que usamos para “amasar”), de “resistencia” eléctrica, de “fuerza” (que viene de una raíz indoeuropea que significaba “alto”, porque las personas altas suelen poseer más fuerza que las bajitas). Inercia viene del sustantivo inertia, a su vez derivado del adjetivo iners, de in-ars: sin arte, sin técnica, sin capacidad. Inertia significaba, por lo mismo, incapacidad, ignorancia, pereza. En física de partículas se habla de “decaimiento”, de “sabor”, de “encanto” y, con notable sinceridad, de “extrañeza”.

Las brillantes páginas del libro de Dawkins del que tomé el epígrafe de este ensayo, El gen egoísta, están pobladas de metáforas, comenzando por el título mismo, pues desde luego los genes carecen de ego. Pero mis ejemplos favoritos de metáforas concebidas por científicos se deben al físico Richard Feynman y al entomólogo estadounidense Justin O. Schmidt. Feynman dice lo siguiente:

¿Qué entendemos por “comprender” algo? Imaginemos que esta serie complicada de objetos en movimiento que constituyen “el mundo” es algo parecido a una gran partida de ajedrez jugada por los dioses, y que nosotros somos observadores del juego. Nosotros no sabemos cuáles son las reglas del juego; todo lo que se nos permite hacer es observar las jugadas. Por supuesto, si observamos durante el tiempo suficiente podríamos llegar a captar finalmente algunas de las reglas. Las reglas del juego son lo que entendemos por física fundamental. No obstante, quizá ni siquiera conociendo todas las reglas seríamos capaces de entender por qué se ha hecho un movimiento particular en el juego, por la sencilla razón de que es demasiado complicado y nuestras mentes son limitadas. Si ustedes juegan al ajedrez sabrán que es fácil aprender todas las reglas y, pese a todo, es a menudo muy difícil seleccionar el mejor movimiento o entender por qué un jugador ha hecho la jugada que ha hecho. Así sucede en la naturaleza, solo que mucho más; pero al menos podemos ser capaces de encontrar todas las reglas. Realmente no tenemos ahora todas las reglas. (De tanto en tanto sucede algo, como un enroque, que aún no entendemos). Aparte de no conocer todas las reglas, lo que realmente podemos explicar en términos de dichas reglas es muy limitado, porque casi todas las situaciones son tan enormemente complicadas que no podemos seguir las jugadas utilizando las reglas, y mucho menos decir lo que va a suceder a continuación. Debemos, por lo tanto, limitarnos a la cuestión más básica de las reglas del juego. Si conocemos las reglas, consideramos que “entendemos” el mundo. ¿Cómo podemos decir que las reglas del juego que “conjeturamos” son realmente correctas si no podemos analizar muy bien el juego? Hablando en términos generales, hay tres maneras de hacerlo. Primero, puede haber situaciones donde la naturaleza se las ha arreglado, o nosotros hemos arreglado a la naturaleza, para ser simple y tener tan pocas partes que podamos predecir exactamente lo que va a suceder, y en consecuencia podamos comprobar cómo trabajan nuestras reglas. (En una esquina del tablero puede haber solo algunas piezas de ajedrez en acción, y eso lo podemos entender exactamente).

 

Fugaz estrella  /  En su pequeña noche  /  Es la luciérnaga.

EUGENIO SÁNCHEZ-ALDANA RESÉNDIZ

 

Una buena segunda manera de comprobar las reglas es hacerlo a partir de reglas menos específicas derivadas de las primeras. Por ejemplo, la regla del movimiento de un alfil en un tablero de ajedrez consiste en que se mueve solo en diagonal. Uno puede deducir, independientemente de cuántos movimientos puedan hacerse, que un alfil determinado estará siempre en una casilla blanca. De este modo, aun sin ser capaces de seguir todos los detalles, siempre podemos comprobar nuestra idea sobre el movimiento del alfil mirando si está siempre en una casilla blanca. Por supuesto, lo estará durante mucho tiempo, hasta que de repente encontramos que está en una casilla negra (lo que sucedió, por supuesto, es que mientras tanto el alfil fue capturado, y además un peón coronó y se convirtió en alfil en una casilla negra). Eso mismo pasa en física. Durante mucho tiempo tendremos una regla que trabaja de forma excelente en general, incluso si no podemos seguir los detalles, y luego podemos descubrir en algún momento una nueva regla. Desde el punto de vista de la física básica, los fenómenos más interesantes están por supuesto en los nuevos lugares, los lugares donde las reglas no funcionan, ¡no los lugares donde sí funcionan! Así es como descubrimos nuevas reglas.

La tercera manera de decir si nuestras ideas son correctas es relativamente burda pero probablemente es la más poderosa de todas ellas: por aproximación. Aunque quizá no seamos capaces de decir por qué Alekhine mueve esta pieza concreta, quizá podamos comprender en un sentido muy amplio que él está reuniendo sus piezas alrededor del rey para protegerlo, más o menos, puesto que es lo más razonable que se puede hacer en las circunstancias dadas. De la misma forma, a veces podemos entender la naturaleza, más o menos, sin ser capaces de ver qué está haciendo cada pieza menor, en términos de nuestra comprensión del juego.5

 

Schmidt ha estudiado los mecanismos de defensa de los himenópteros, llamados así por sus “alas membranosas” (hymen en griego quería decir ‘membrana’, y pteros ‘ala’). Entre las más de 200 mil especies que se conocen de himenópteros están las abejas, las hormigas y muchos otros insectos que pican. En un paper de 1983, escrito después de haber sufrido más de mil ataques de bichos variopintos, Schmidt propuso una “Escala del dolor por picadura”, cuyas descripciones no es exagerado calificar como poéticas:

1.0 – Abeja del sudor o Lipotriches: Ligero, efímero, casi afrutado. Un minúsculo chispazo ha chamuscado un único pelo de tu antebrazo.

1.2 – Hormiga de fuego o Solenopsis: Cortante, repentino, un poco alarmante. Como caminar sobre una alfombra vieja y tratar de alcanzar el apagador de la luz.

2.0 – Avispón cariblanco o Dolichovespula maculata: Rico, generoso, ligeramente crujiente. Como machucarte la mano en una puerta giratoria.

2.0 – Abeja o Apis mellifera: Como si la cabeza de un cerillo encendido penetrara en tu piel.

3.0 – Hormiga roja cosechadora o Pogonomyrmex barbatus: Audaz e implacable. Tienes una uña del pie encajada y alguien está utilizando un taladro para alcanzarla.

4.0 – Avispa caza tarántulas, también llamada mata caballos, o Pepsis formosa: Cegador, feroz, espantosamente eléctrico. Como si te estuvieras dando un baño de burbujas en la tina y de pronto te electrocutaran dejando caer una secadora para pelo.

4.0+ – Hormiga bala o Paraponera clavata: Dolor puro, vehemente, brillante. Como caminar sobre brasas ardientes con un clavo oxidado de siete centímetros clavado en tu talón.

 

Hay que advertir que, desde luego, las metáforas no validan los conocimientos ni mucho menos. La historia de la superstición y de la pseudociencia está plagada de metáforas acaso eficaces como tales pero absolutamente erróneas. Los egipcios creían que la carne de los dioses estaba hecha de oro y los alquimistas asociaron a este metal con los rayos del sol, por su semejante brillantez y color. Por analogía el oro se asoció con los poderes de la vida y fue llamado “el rey de los metales”. No faltaron los chiflados que, entre todas estas cosas y por ser uno de los elementos químicos menos reactivos (lo que hace que su conservación sea notable), creyeran que el oro encerraba la clave para evitar el envejecimiento y la corrupción de la carne. En nuestro territorio, los mexicas asociaban al oro con el maíz tierno y con la nueva piel de la tierra. Xipe Tótec, “nuestro señor el desollado”, era el dios de los orfebres y de la renovación de la primavera; sus sacerdotes se cubrían con la piel de los desollados, a la que pintaban de amarillo a imitación de la hoja de oro. Las metáforas terribles entre corazón, las tunas y la fuente de la que manaba la existencia, también provocaron horrores inimaginables. Toda la magia simpática se basa en asociaciones metafóricas.

 

Los árboles son los pensamientos de las semillas.

AGUSTÍN ÁLVAREZ

 

La imaginación es necesaria para ampliar nuestros conocimientos, lo que no significa que todos nuestros conocimientos sean pura imaginación, o que toda imaginación sea conocimiento.

 

 

4.

Giambattista Vico, en la primera mitad del siglo XVIII, fue quizás el primer europeo moderno en percatarse de que existió una “lógica poética”, metafórica, propia de los pueblos orales, muy anterior y muy distinta al racionalismo, pero también muy valiosa. Vico se percató de que la mayor fuente generadora de palabras, en cualquier lengua, es la experiencia somática; no existe nada más conocido que la propia experiencia de vivir en un cuerpo humano y, por lo tanto, nada más sólido para empezar a tejer el entramado de metáforas de cualquier lengua. Cito de su Ciencia nueva de 1744:

(237) […] el principio universal de la etimología de todas las lenguas, en que los vocablos son trasladados de los cuerpos y de las propiedades de los cuerpos a significar las cosas de la mente y del ánimo.

 

(405) Es digno de observarse que en todas las lenguas la mayor parte de las expresiones en torno a cosas inanimadas están hechas a base de transposiciones del cuerpo humano y de sus partes, así como de los sentimientos y las pasiones humanas: como “cabeza” por cima y principio, “frente” y “espaldas” como delante o atrás […].6

 

Esto se vuelve palpable cuando se ve con detenimiento. La cabeza, por ejemplo, nos sirve como metáfora de muchísimas cosas, aparte de lo ya mencionado por Vico: cabeza de familia, cabeza de biela, cabeza arriba o cabeza abajo, echarse de cabeza, tener la cabeza en otro lado, sentar cabeza, esconder la cabeza, cabecera de la cama, cabezal de descarga, encabezamiento de un escrito, jugarse la cabeza, calentarle a alguien la cabeza, encabezar un movimiento, descabezar el maíz cacahuacintle, etcétera. Y todavía faltaría la familia de la palabra capital, que viene del latín caput, que significaba ‘cabeza’: capital como sinónimo de acumulación de dinero o bienes, como sede del poder ejecutivo, como gravedad de un acierto, un error o un pecado; letra capital, capítulo, capitolio, capataz, capitán, capaz, etcétera.

Listas semejantes pueden hacerse con la vista, el tacto, el olfato, el oído, la cara, los ojos, las manos, los pies, el corazón, las narices, los hombros, los dedos (no olvidemos que la revolución digital es la revolución que ha puesto tanto al alcance de nuestros dedos).

Pensamientos: abejas enfurecidas.

MARGARITA ESPINOZA

Aun los términos más abstractos suelen tener un origen somático metafórico. La palabra idea significaba en griego ‘apariencia’ o ‘forma visible’, y venía del verbo ????: ‘yo vi’. Tener una idea es una manera de ver algo, si bien se trata de algo que no es posible ver con los ojos. La primera acepción de comprender es la de ‘ceñir, abrazar, rodear algo por todas partes’. Pensar viene de pensare, que a su vez deriva de pendere, ‘colgar pesos en una balanza’. Pensar bien en algo implica so-pesarlo. (Cabe aquí recordar que la lista de cinco sentidos siempre ha estado incompleta: tenemos otros sentidos que nos ayudan a percibir el peso, la tensión muscular, la orientación en el espacio, la temperatura, el hambre, la sed, el equilibrio, el dolor, el tiempo. Y seguramente otros que son más difíciles de identificar). La raíz indoeuropea temp-, de donde viene nuestra palabra tiempo, tenía el sentido de ‘estirar’; en latín, las sienes, cubiertas por la piel donde al tiempo le gusta dejar su huella, se llamaban tempora (en inglés, a la fecha, sien se dice temple). Los huesos temporales ocupan las partes laterales inferiores del cráneo.

Muchas de nuestras capacidades intelectuales se explican mediante metáforas sensibles: saber y sabor poseen un mismo origen etimológico, y alguien “con buen gusto” posee una capacidad intelectual que va más allá del gusto para comer. Una persona que “tiene tacto” es una persona que sabe cómo y cuándo hay que hablar y actuar. Una persona con “buen olfato” sabe dónde hay oportunidades y puede prever mejor el futuro. Prever, poseer perspectiva, tener visión, amplitud de miras, etcétera, son facultades intelectuales o morales que explicamos metafóricamente a partir del sentido de la vista. Nuestra palabra historia deriva del griego ?????, que significaba ‘sabio’ o ‘juez’, y estaba relacionada con el mismo verbo ????, que ya mencionamos. El origen de estas palabras griegas, y de nuestro verbo ver, es la raíz indoeuropea weid-, que significaba, precisamente, ‘ver’.

Incluso un término tan abstracto como nada se acuñó mediante una metáfora de una experiencia humana fundamental. Viene de la expresión latina res nata, que significaba literalmente ‘cosa nacida’. En francés, nada se dice rien (perdió el nata y modificó la res). En español perdió la res y quedó solamente nacida. Lo mismo ocurrió con nadie, que deriva del latín nati, ‘nacido’. Por eso hasta la fecha decimos “no es nada”, en lugar de “es nada”, y “no es nadie” en lugar de “es nadie”. “No es nada” o “no es nadie” significa ‘no es nacido’, por lo tanto, no existe. Solo existe, metafóricamente, lo que ha nacido.

 

El sentido del humor es el paracaídas de la realidad.

MARCELA PEREDO

 

Julian Jaynes, en su fascinante libro The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, nos dice que hablamos de nuestra conciencia como si se tratase de un espacio físico que desde luego no es. Ese “espacio mental” abstracto está construido a imagen y semejanza del espacio que perciben cotidianamente nuestros sentidos. Nuestra mente puede estar “ocupada”, puede “apartarse de un pensamiento”, “guardar algo en la memoria”, “encerrar alguna intención”, “abrirse a nuevas ideas” o “cerrarse” a ellas. Hay cosas que no nos “caben” en la cabeza, pese a que podemos pensar en la Tierra, en clusters de galaxias e incluso en universos infinitos. Decimos que hay personas que tienen “llena la cabeza” de ciertas ideas, o que un solo pensamiento obsesivo puede desplazar a todos los demás de la mente “estrecha” de una persona. “Buscamos” en nuestra mente la solución a un problema, o el nombre de una persona a la que ya nos habían presentado antes, o un verso que alguna vez nos supimos de memoria y que sabemos que todavía debe estar por ahí, en algún “rincón” de nuestra mente. Las emociones pueden “ofuscarnos”, aunque no interfieran con nuestro sentido de la vista (que es lo que significa el verbo ofuscar), sino con nuestra capacidad para pensar en nuestros asuntos “con claridad”.

Otro aspecto desconcertante de nuestra conciencia es que, al recordarnos haciendo una acción, podemos vernos mentalmente como si nos viéramos “objetivamente”, a cierta distancia, desde un punto de vista fuera de nuestro cuerpo, como lo hacemos también desde los sueños. Sin imaginación no podríamos ni tener el tipo de recuerdos “objetivos” que caracterizan incluso la memoria de las personas más severas, como el profesor de matemáticas del cuento de Wilde.  ~

 

1 Cito de la versión de Rubén Bonifaz Nuño publicada por la UNAM. La palabra griega ???? es traducida como “corazón” por la mayoría de los traductores. Solo Alfonso Reyes, para lograr que sus versos alejandrinos rimen, evita la palabra corazón: “Al oírlo el Pelida, de gran congoja presa / dentro del velludo pecho dos términos sopesa”. Homero emplea varias palabras distintas que en las lenguas modernas traducimos como “corazón”.

2 Emplearemos aquí el término metáfora en un sentido muy amplio, que incluye no solo lo que en rigor recibe este nombre, sino también lo que suele llamarse símil, comparación o analogía. En sus Instituciones oratorias (Institutio Oratoria), Quintiliano dice: “La metáfora es un símil más breve. Se diferencia porque aquel se compara con la cosa que queremos describir; esta se dice en vez de la cosa misma. Una comparación es cuando digo que un hombre actuó ‘como un león’; una traslación cuando digo acerca del hombre que ‘es un león’”. En su Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria, A. Marchese y J. Forradellas dicen que “La metáfora ha sido considerada tradicionalmente como una comparación abreviada […] Cuando decimos ‘cabellos de oro’, queremos expresar ‘cabellos rubios como el oro’”.

3 De un poema dedicado a Anna Ajmátova, cuyo título es precisamente “Ajmátova”. Poemas de ambas poetas se encuentran en la antología El canto y la ceniza, publicada por Galaxia Gutenberg. Versión de Monika Zgustová.

4 Del poema “Tu nombre”, que Paz escribió cuando todavía no cumplía los veintidós años, y con el que abre Libertad bajo palabra.

5 The Feynman Lectures on Physics. La traducción al español es de Javier García Sanz y se encuentra en Seis piezas fáciles, Crítica, Barcelona, 2014.

6 Ciencia nueva, traducción de Rocío de la Villa.

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PABLO BOULLOSA es escritor, conductor de televisión y promotor de la educación. Desde hace 12 años escribe y conduce para Canal 22 La dichosa palabra. Entre sus libros está el tomo izquierdo de Dilemas clásicos para mexicanos y otros supervivientes.

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