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Cuaderno de notas: Silencio  

Gregorio Ortega Molina | 01.03.2016
Cuaderno de notas: Silencio  

A Jaime Aljure, José Luis García Mercado,

Elena y Jorge Mariné, Abelardo Martín Miranda,

Enrique Mendoza y Roberto Ricardez

 

Me pregunto si las condiciones atmosféricas de la Tierra previas al Génesis facilitaban el sonido. De lo aprendido durante mis años escolares deduzco que no. Entonces el movimiento del caos antes de iniciarse la creación fue mudo.

No hay posibilidad de equivocarse. El relato bíblico es puntual… “La Tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”.

Sin temor a la posibilidad de caer en blasfemia, creo que el silencio implica la presencia de la divinidad. Hay narraciones bíblicas que así lo indican, y también la meditación de algunos místicos. El silencio en su característica de origen divino no es equiparable y además se convierte en inalcanzable, de allí el movimiento inagotable de la naturaleza y la incapacidad del ser humano para permanecer con la boca cerrada: es boquiflojo de nacimiento.

Es necesario subrayar la diferencia de imágenes: el caos es percibido y racionalizado solo por los humanos. En su perfección, Dios habita en un caos que no lo es para Él. En ese contexto se decide, desde la sabiduría divina, la creación.

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brillaba en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”, consigna San Juan en el Evangelio a él transmitido.

Supongo, en mi ingenuidad teológica, que Dios concibe y dispone de la palabra para dar inicio a la creación, y a su obra cumbre la bendice con el don divino de la comunicación, la posibilidad de tener voz y articular ideas y expresarlas con palabras, pero también en silencio, porque no abrir la boca es lo que confiere al hombre la luz del discernimiento, la posibilidad de la reflexión y alcanzar, así, la sabiduría en términos bíblicos. De otra manera el aspirante a sabio se queda convertido en charlatán, demagogo, líder sin escrúpulos o, peor, en traidor.

Si la palabra es luz, el silencio equivale a la fuerza que lleva a quienes lo observan más allá de la condición humana, los coloca en el umbral de la creatividad (elegir el término creación habría sido pretencioso) y los eleva a la condición de artistas y artesanos, de cómplices —en el mejor de los sentidos, porque el matrimonio, por ejemplo, es una complicidad—, de sacerdotes, de hombres de Estado pero, sobre todo, los lleva a la inimaginable altura que exige la amistad, porque es precisamente con el silencio con el que se sella la observancia de ese acuerdo entre dos seres humanos que deciden amigarse.

Carezco de estudios sobre música y de la paciencia para escucharla, salvo cortos periodos en los que algunas óperas o los cuartetos para cuerdas o las sonatas me dan la posibilidad de gozar del silencio infinitamente breve entre uno y otro compás, que permitió al compositor armonizar sonidos que únicamente pudo expresar a través del genio que le otorgó la divinidad. Beethoven produjo buena parte de su música desde el silencio más profundo debido a la sordera que lo aquejó.

Aunque muy pocos lo observen, los seres humanos decidieron incorporar el silencio como ejercicio o parte fundamental de sus vidas. Atención, no me refiero a la secrecía de mala leche, al ocultamiento, a la falta de transparencia, a la complicidad entre delincuentes o a la imposición de cerrar la boca por amenaza porque abrirla significaría la muerte.

Ramón Xirau, en un ensayo sobre San Juan de la Cruz, indica: “Por negación de cuanto pertenece al mundo, el alma alcanza la sabiduría divina que es también Divinum Silentium, divino silencio, silencio por eterno, silencio por infinito, silencio porque, en su salto de vida, el alma recupera mediante la gracia su condición sobrenatural […]”.

Este es el tamaño de la importancia del silencio en la vida cotidiana. Es decir, en nuestra actividad doméstica y en nuestro quehacer profesional. No es un ardid, es una disciplina que permite, facilita y al mismo tiempo dificulta, diseñar y construir lo que es un legado. En este el dinero u otros bienes son sustituidos por la honorabilidad, el cumplimiento cabal de los compromisos contraídos, la posibilidad de honrar la herencia moral y ética que recibimos de nuestros ancestros.

Allí está consagrada la confidencialidad entre paciente y médico, entre defendido o representado y su abogado, entre confesor y penitente, entre marido y mujer, entre los integrantes de un equipo que busca, de buena o mala manera, conquistar el poder. Los que lo hacen para servir, guardarán silencio, los que lo obtuvieron para medrar, impondrán el silencio a los opositores, los súbditos y los correligionarios.

Pero, ¿qué significa el silencio en las labores del periodista? ¿Morderse uno y la mitad del otro? ¡Claro que no! El buen periodismo, la excelente comunicación, también puede construirse sobre el silencio de ciertos temas o hechos, porque no sea momento adecuado para la exposición pública, porque hacerla no beneficiará a la sociedad pero sí a un grupo o a una persona sobre el descrédito innecesario de otra o de otras; sin embargo, ahora todos o casi todos se inclinan por obtener notoriedad, quince minutos de gloria y fama, sin importar a quién se lleven entre las patas, porque eso parecen, animales.

¿En qué categoría clasificar al silencio como parte del ejercicio profesional? ¿Es distinto al motivado por la amistad? ¿Son simbióticos?

Cuando me desempeñé como jefe de información de noticieros de TV Azteca, cayó en manos de la prensa el caso de Ángel Maturino Reséndiz, “el asesino de las vías”. Durante los meses de julio y agosto del año 2000 recibí, casi a diario, a Virginia Reséndiz Ramírez, la madre de Maturino, quien durante horas se adueñaba de mi oficina, y por momentos debí escuchar su monólogo referente a la vida doméstica de su hijo: la manera en que este llegaba a su casa y le masajeaba los pies, cómo estaba atento a que ella saliera del baño para desenredarle el cabello, peinarla y después dedicarse a preparar la cena para ambos.

¿Debí convencerla de que contara eso a cuadro? ¿Debí avisarle al reportero para forzarla a una entrevista? ¿Debí haberla presionado?

Comprendí, de inmediato, que lo suyo no era indiscreción, tampoco búsqueda de simpatía o simple desahogo, sino solo la necesidad de verbalizar para facilitarle comprender el por qué un hijo tan bueno —afirmó siempre ella— puede convertirse en un homicida cruel, despiadado, “el asesino de las vías” que acabó siendo ejecutado.

Lo único cierto, verdadero, es que la vida profesional del periodista, del auténtico comunicador, también o fundamentalmente está construida sobre silencios, todos ajenos a la complicidad, basados en el bien mayor, porque sé de casos, mismos que exhibí públicamente en mis textos, que al desbocarse sobre una filtración produjeron más males que bienes para la sociedad e incluso para el medio.

Un párrafo de El invierno del lobo, de John Connolly, puede dar al lector la verdadera medida del trabajo que cuesta guardar silencio: “Ser indigente es un trabajo a jornada completa. Ser pobre es un trabajo a jornada completa. Eso es lo que no entienden quienes echan en cara a las personas desfavorecidas que no salgan al mundo y busquen un empleo. Ya tienen un empleo, y ese empleo es la supervivencia…”.

El silencio es igual, de jornada completa y más, porque no hay descanso ni tiempo libre, ya que cerrar la boca exige responsabilidad y compromiso, la posibilidad de discernir que callar es más un bien que un daño, que toda palabra no dicha se convierte en una suma y no en una sustracción, puesto que al no traicionar, al no delatar, al observar el compromiso de la amistad, el acto de hacerlo se convierte, por él mismo, en la confrontación constante con un juez severo similar el pintado por Francisco de Goya en Saturno devorando a un hijo, porque hay una parte de la sociedad, complementada por el poder político, que quiere, necesita saberlo todo para distorsionarlo todo, y tampoco se trata de destruir verdades heredadas ni prestigios ni mitos fundacionales para dar gusto a la gradería, a los proles, al México bueno. El silencio puede ser sinónimo de sinceridad.

Lo más grave acontece cuando, a pesar de haberse asumido el compromiso de observar el silencio, aparece el reclamo del amigo que te convierte en un periodista de izquierda en un país donde esa ideología no existió nunca, sin importar que te hayas mordido uno y la mitad del otro.  ~

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Escritor y periodista, GREGORIO ORTEGA MOLINA (Ciudad de México, 1948) ha sabido conciliar las exigencias de su trabajo como comunicador en ámbitos públicos y privados —en 1996 recibió el Premio José Pagés Llergo en el área de reportaje— con un gusto decantado por las letras, en particular las francesas, que en su momento lo llevó a estudiarlas en la Universidad de París. Entre sus obras publicadas se cuentan las novelas La maga y Crímenes de familia. También es autor de ensayos como ¿El fin de la Revolución mexicana? y Las muertas de Ciudad Juárez.

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