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Un mundo raro  

Continuidad y disrupción en la geopolítica  

Guillermo Máynez Gil | 01.04.2016
Un mundo raro  
Del fin de la Guerra Fría a la emergencia de nuevas potencias. Del triunfo capitalista al lento declive del imperio estadounidense. ¿Fin de la historia o choque de civilizaciones?

1991 y el nuevo (des)orden mundial

 

En su primer número, de abril de 1991, Este País presentaba una selección de la información recopilada en la Encuesta Mundial de Valores de 1990, de la Universidad de Michigan, enfocada en el recientemente comenzado proceso de integración económica de América del Norte. Incluía también un ensayo de Carlos Fuentes sobre el mismo tema, centrado en el concepto de nación y su posible significado en esta era de cambios globales.

Las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) llevaban apenas dos meses y la administración de Carlos Salinas estaba en su tercer año, uno muy diferente de aquel 1988 en el que el pri había estado cerca de perder las elecciones presidenciales. En los comicios de 1991 su partido recuperó una amplia mayoría, seguramente impulsada por las perspectivas de un sexenio que había sido muy efectivo en la generación de expectativas favorables gracias a un amplio paquete de iniciativas modernizadoras muy audaces: relaciones Iglesia-Estado, cambios al artículo 27 constitucional para relajar las reglas de la propiedad ejidal, combate a la inflación, autonomía del Banco de México, reprivatización de los bancos y otras que se presentaron alrededor de esas fechas.

Los cambios en México ocurrían en un contexto de aceleradas e impredecibles transformaciones en la geopolítica mundial. El precario equilibrio de la Guerra Fría estaba siendo reemplazado por una explosión de fuerzas largamente contenidas; mientras George Bush padre hablaba de “los dividendos de la paz” y el “nuevo orden mundial”, lo que se configuraba era más bien un desorden provocado por la desintegración, en curso en ese año, de uno de los dos pilares del orden anterior, la Unión Soviética.

Liberados de la bipolaridad, diversos actores comenzaron a probar las aguas: en agosto de 1990 Saddam Hussein había invadido Kuwait, de donde fue expulsado por una coalición internacional aprobada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la que, suele olvidarse, participaban países árabes. Seguidor de la doctrina de Clausewitz sobre el “punto culminante de la victoria”, Bush padre decidió no proseguir la lucha hasta el derrocamiento de Husein, con lo que consiguió devolver cierta estabilidad al Medio Oriente y, al mismo tiempo, sembrar las semillas de acontecimientos posteriores.

Boris Yeltsin ganó las primeras elecciones libres en la Federación Rusa pero, tras un intento de golpe de Estado, las repúblicas soviéticas no rusas declararon su independencia y para fines de ese año la urss había dejado de existir. Otro saldo de la Primera Guerra Mundial, Yugoslavia, se despedazaba en un proceso que transitó de la separación pacífica de Eslovenia a las masacres de Bosnia y Kosovo.

Mientras Lech Walesa era elegido presidente de Polonia y en Sudáfrica terminaba el Apartheid oficial, internet se hacía accesible comercialmente sin restricciones, el número de computadoras conectadas a la red alcanzaba el millón y se liberaba la primera versión del sistema operativo Linux.

Estados Unidos padecía una recesión con inflación relativamente alta (4.25%) y tasas de interés impensables hoy (la tasa de referencia de la Fed a final de año era de 6.50%), mientras la Alemania recientemente reunificada y el Japón del keiretsu y el just-in-time marcaban el rumbo El futuro ya no sería estadounidense, pues el país había comenzado el camino de la decadencia imperial, según historiadores como Paul Kennedy, sino nipón y germano. O eso parecía: así como muchas familias empujan hoy a sus hijos pequeños a aprender mandarín para que puedan aprovechar las inmensas oportunidades del nuevo hegemón, en ese entonces sus antecesores hacían lo mismo con el japonés y el Toyota way.

Desde una perspectiva histórica de largo plazo, parece obvio que estamos muy lejos de haber salido de la fase inaugurada ese año. Muchos cambios recientes nos parecen sorprendentes y acelerados, pero en realidad no son más que consecuencias de sucesos comenzados o potenciados en ese momento, disparadores de tendencias en las que seguimos inmersos y cuyo desarrollo ulterior es imposible predecir: si algo ha quedado claro desde esa época es la improcedencia de cualquier teoría determinista o enfoque teleológico de la historia.

En este punto, lo políticamente correcto sería hacer una alusión sardónica (una más) al artículo de Francis Fukuyama, “The End of History?” (así, con signo de interrogación), publicado en 1989 por la revista The National Interest, uno de los ensayos más citados (sobre todo por personas que no lo han leído) y malinterpretado. En esa pieza, cuyo sentido del humor ha sido ignorado, Fukuyama aplicaba una especie de técnica del yudo para, utilizando el marco de análisis del marxismo, y en particular del filósofo hegeliano Alexandre Kojève, argumentar que en la larga lucha ideológica el liberalismo democrático había resultado triunfador. Ahora bien, Fukuyama no dice nunca que el triunfo se vaya a manifestar en la práctica en ningún plazo previsible, y tampoco dice que sea completo o que vayan a dejar de ocurrir sucesos históricos.

En 1992, Samuel P. Huntington, antiguo profesor de Fukuyama, respondió con su propio ensayo-convertido-en-libro, “The Clash of Civilizations”. En él, desechaba la mera idea del “fin de la historia” y anunciaba un futuro de enfrentamientos culturales, más que ideológicos o económicos.

 

Internet, crisis financieras y terrorismo

 

Las profecías sobre la decadencia estadounidense resultaron fallidas: mientras Alemania se replegaba para atender los problemas derivados de la reunificación y Japón se sumía en la larga noche de una recesión intratable, en Estados Unidos la combinación de una presidencia empeñada en recomponer las finanzas públicas y el desarrollo de una tecnología casi imprevista pero con profundas consecuencias, internet, dio lugar a una expansión económica de 15 años no vista desde la década de 1950. La presidencia de Bill Clinton operó con superávit presupuestal sus tres últimos años (1998-2000), situación que se mantuvo durante el primer año de Bush hijo. La primera generación de la revolución tecnológica basada en la world wide web fue un factor fundamental en el incremento de la productividad: entre 1992 y 2000 hubo aumentos, a veces muy significativos, en 30 de 36 trimestres.1

Al mismo tiempo, en otras partes del mundo se gestaban crisis financieras (México, 1995; el sureste de Asia, 1997; Rusia, 1998, y Argentina, 1999) de las que surgieron profundos cambios que propiciaron otra fase de crecimiento global, tras la recesión de principios de los 2000 en Estados Unidos. Muchos países “emergentes” avanzaron hacia la libre flotación de sus monedas mientras que en Europa entraba en vigor la moneda única.

Entonces, en el tercer trimestre de un año particularmente carente de acontecimientos de gravedad global, vinieron los ataques terroristas del 11 de septiembre. Los siete años siguientes estuvieron marcados por dos grandes conjuntos de procesos: el primero fue la lucha de Occidente, encabezada por Estados Unidos (pero con reacciones violentas en Gran Bretaña y España), contra los grupos terroristas islámicos y la invasión de Iraq en 2003, basada en información falsa sobre supuestas armas de destrucción masiva en poder del régimen de Saddam Hussein; el segundo fue el surgimiento del efímero bloque BRIC, y en particular la espectacular racha de crecimiento acelerado y sostenido de China que, aunque disminuido, continúa.

 

Recesiones, decepciones y conflagraciones

 

Al tiempo que Estados Unidos aumentaba alarmantemente sus niveles de deuda y déficit,2 la Fed y otros bancos centrales provocaban una verdadera orgía de liquidez en los mercados financieros globales. La fiesta terminó en un frenazo abrupto y masivo a partir de septiembre de 2008 (aunque, con el beneficio de la retrospectiva, había señales claras desde 2007; su desatención ha hecho mucho por desacreditar a los “expertos” financieros), que se sintió sobre todo en los países desarrollados, pero también en otros como México. Los BRIC siguieron de moda unos años, al igual que ciertas economías emergentes que tomaron la bandera del crecimiento, sobre todo los exportadores de commodities (hidrocarburos, minerales y productos agropecuarios).

Una vez más, como en 1992-1993, proliferaron libros y artículos sentenciando el final del capitalismo, el comienzo (¡ahora sí!) de la decadencia estadounidense y la muerte de la vieja y esclerótica Europa, y anunciando la graduación de China como superpotencia para el resto de nuestras vidas y como modelo de organización del Estado y la economía.

Al igual que ocasiones anteriores, las cosas no son tan sencillas: el capitalismo estadounidense se recuperó rápidamente de la crisis global, alcanzando una tasa de desempleo muy baja en términos históricos (ver la Gráfica 1).

 

 

Ciertamente, la economía de Estados Unidos enfrenta desafíos muy serios, sobre todo la situación de sus finanzas públicas y el problema de la desigualdad, pero, aunque importantes, no son desafíos inusitados ni irresolubles.

Por otra parte, la Unión Europea y su periferia, atrapadas todavía en la resaca de las burbujas financieras, siguen siendo un imán para la población de países asiáticos y africanos. Será decadente, pero millones de personas siguen viendo a Europa como un refugio ante las violentas divisiones sectarias, ideológicas y atávicas de sus lugares de origen. Después de todo, quizá Fukuyama no estaba tan equivocado.

Del lado de los países emergentes, han empezado las decepciones. Al igual que décadas atrás, en el siglo XX, los años recientes han demostrado que las rachas de prosperidad basadas en la exportación de commodities suelen ser efímeras y peligrosas. Revisemos la situación actual de los BRIC.

 

Brasil. El espejismo duró poco. El país ha tenido crecimiento negativo en seis de los últimos ocho trimestres.4 Para sorpresa de los globalifóbicos, las economías proteccionistas que le apuestan demasiado a la inversión subsidiada y politizada y a la exportación de materias primas suelen tener fiestas breves. Si a eso añadimos la corrupción generalizada y el gigantismo de la burocracia (24 ministerios más 15 instituciones con rango ministerial), tenemos un retrato más completo del país. Aunque hubo avances innegables, sobre todo las reformas de Cardoso capitalizadas luego por Lula, el milagro económico reciente se ha ido a pique. Habla muy bien de las instituciones brasileñas la persecución independiente de casos de corrupción de alto impacto, que incluso amenaza con destituir a Dilma Rousseff y tocar al propio Lula. México tiene mucho que aprender de la independencia de la procuración de justicia de Brasil, pero el hecho es que el “modelo” no resultó ser tan deseable.

 

Rusia. El país se encuentra en una nueva fase de expansión imperialista, asentada en su estatus nuclear y la agresividad de su liderazgo, aunque la caída drástica de los precios de los hidrocarburos no facilitará las cosas. Cuatro trimestres consecutivos de bajas severas en el PIB5 reflejan la dependencia: 68% del valor de las exportaciones rusas proviene de hidrocarburos, y el 50% del presupuesto federal depende de gravámenes a las actividades extractivas (minería e hidrocarburos). El pacto entre las potencias occidentales e Irán, así como el frankenstein sirio, son amenazas geoestratégicas para el régimen de Putin, pero es poco probable que adopte una política más cautelosa, sobre todo ante la posibilidad de problemas políticos internos derivados de la situación económica: la recuperación del poder global ruso es el principal argumento que sostiene la popularidad en casa.

India. Su PIB mantiene un ritmo impresionante de crecimiento, pero el fenómeno es viejo, conocido, y debiera inspirar cautela en el largo plazo: países superpoblados o con crecimiento demográfico importante experimentan tasas de crecimiento acelerado durante un buen tiempo con base en volúmenes agregados de trabajo y capital, sobre todo cuando parten de una base muy baja, pero pronto alcanzan su estado de equilibrio, a falta de reformas profundas. El México de 1940-1970 es un caso de estudio. Si algo le falta a India, por lo pronto, es una mayor integración a los mercados globales.

 

China. Es un ejemplo de país grande cuyo crecimiento se acerca a un estado de equilibrio. Sigue siendo envidiable para casi cualquier país del mundo, pero hay señales muy preocupantes (ver la Gráfica 2).

 

 

Por una parte, el “modelo” muestra signos de agotamiento: años de sobreinversión apalancada en créditos dirigidos políticamente hacen peligrar las finanzas públicas; un tipo de cambio manipulado; estadísticas poco transparentes; estado obeso y corrupto; mercado interno poco dinámico (a pesar de lo que parezca a quienes visitan solo las grandes ciudades costeras). El presidente Xi Jinping ha desatado una cruzada anticorrupción que a veces parece purga de enemigos de facción, a la Stalin.

Muchos enemigos de la forma estadounidense de hacer política y llevar la economía han cantado durante años las virtudes del “capitalismo dirigido”, “socialismo de mercado” y demás eufemismos para referirse a otro capitalismo de cuates (por añadidura, con un récord espeluznante en respeto a los derechos humanos y medio ambiente), pero es probable que el milagro pierda lustre. Un dato de 2012 pinta de cuerpo entero al régimen chino: ese año, los 70 miembros más ricos de la Asamblea Popular de China añadieron a su riqueza más dinero que el patrimonio neto combinado de los 535 miembros del Congreso de Estados Unidos, el presidente, su gabinete y los nueve jueces de la Suprema Corte.6

 

Medio Oriente. En el plano político, sigue siendo un foco rojo, pero esta vez con una situación aún más complicada que la década anterior, al grado de que el conflicto palestino-israelí ha pasado a un segundo plano. Con la excepción parcial de Túnez, la “primavera árabe” de 2011 ha dado lugar a un baño de sangre que hace extrañar a los regímenes atacados. La razón es sencilla y triste: la democracia estilo occidental no prende en ausencia de condiciones sociales mínimas; los países árabes y musulmanes carecen por completo de ellas, a pesar de algunos grupos de jóvenes clasemedieros. Twitter resultó eficaz para tirar dictadores, pero incapaz de articular propuestas de reemplazo, y así seguirá mientras la mezcla de religión y política sea la característica esencial de los asuntos públicos en esas naciones (que a veces ni siquiera son nación, como lo demuestra la Libia posterior a Gadafi).

El peor de los casos, desde luego, es el de Siria, último aliado ruso en la región y presa de una situación de identidades centrífugas irreconciliables y de un régimen cuyos líderes y partidarios se juegan literalmente la vida: la minoría alauita gobernante sería muy probablemente exterminada, o casi, de ser derrotada por sectas suníes, y eso explica en buena medida la ferocidad de la reacción de Bashar al-Ásad.

 

Continuidades y disrupciones

 

2016 se parece mucho más a 1914 que a 1991:

1. Una potencia en declive relativo y renuente a intervenciones foráneas por malas experiencias recientes: Gran Bretaña en 1914 (Guerra de los Bóers) / Estados Unidos (Afganistán, Iraq);

2. Una Rusia resurgente y belicosa.

3. Nuevas potencias emergentes: Alemania y Japón (1914) / China (2016);

4. Un rincón de Levante en llamas: los Balcanes (1912-1918) / Siria (2016);

5. Instituciones internacionales inexistentes (1914) o debilitadas y paralizadas (ONU, OTAN 2016);

6. Una Europa aburguesada e indiferente a lo que ocurre en su periferia, hasta que se ve envuelta directamente en el conflicto;

7. Economía globalizada, altamente interconectada y vulnerable a contagios: en 1914 Gran Bretaña y Alemania eran socios comerciales principales, algo muy parecido a la relación entre Estados Unidos y China hoy: el comercio no necesariamente previene guerras;

8. Una serie reciente de crisis resueltas a última hora por la diplomacia (o no): Marruecos, 1905 y 1911; Bosnia, 1908; Balcanes, 1912 y 1913 / Torres gemelas y secuelas, 2001; Iraq, 2003; Irán nuclear, 2015; Siria, 2012; Ucrania, 2014.

 

Esto no quiere decir que esté a punto de estallar la Tercera Guerra Mundial, ni mucho menos, pero cuando se piensa en estos asuntos vale la pena tener en mente a Norman Angell y su bestseller de 1909-1910, The Great Illusion, en el que argumentaba persuasivamente sobre la imposibilidad de un conflicto en Europa dado el alto grado de interdependencia financiera y comercial.

En una perspectiva de muy largo plazo, la dinámica de enfrentamientos civilizacionales, que reivindican en buena medida las tesis de Huntington, prosigue. Hay una guerra global entre las dos grandes religiones/culturas imperialistas de la historia, el cristianismo occidental (secularizado) y el islam (radicalizado), que proviene del propio proceso expansionista musulmán del siglo vii en adelante, pero ciertamente la disrupción tecnológica y los avances en el entramado de instituciones internacionales agilizan la diplomacia y elevan los grados de conocimiento sobre las posibilidades de los rivales, disminuyendo (pero no eliminando) los riesgos por mala comunicación que fueron determinantes en el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, la disrupción más importante, tanto en relación con 1914 como con 1991, sea tal vez el cambio en el nivel de conciencia general sobre la dignidad humana y su entorno. Incluso si todavía muchas poblaciones son ajenas a los efectos de este cambio, la magnitud de su difusión e introyección es incomparable con cualquier otra época de la humanidad: el cambio climático y la urgencia de proteger la biodiversidad y las fuentes de la vida; la desaparición paulatina del concepto de raza; la equidad de género; la improcedencia de las clases sociales y castas; la necesidad de proteger los derechos fundamentales de asociación y expresión; el rechazo creciente a la apropiación de recursos públicos para fines privados, y muchos otros temas, constituyen el cambio más sensible respecto al pasado.

Estos cambios, desde luego, no son ni infalibles ni irreversibles. El éxito de la precandidatura de Donald Trump en Estados Unidos, la popularidad de Vladímir Putin, el éxito de dictadores arcaicos como Chávez y sus sucesores, los hermanos Castro, Robert Mugabe y otros, pero sobre todo el sentimiento de culpa de Occidente (por razones tanto justificadas como imaginarias) y la inseguridad subsecuente, y la capacidad de chantaje del islam y otras formas premodernas de organización social, obligan a una vigilancia permanente y a la necesidad de mantener la presión a favor del espíritu de la Ilustración y la modernidad filosófica basada en los derechos humanos. Al final de cuentas, cuando las cosas se ponen feas, la gente no huye a Cuba, ni a China, ni a Sudáfrica: corre a Norteamérica y Europa.

 

Atisbos del futuro, 2016-2041

 

Ya se sabe que es arriesgado hacer predicciones, especialmente acerca del futuro. Una lectura, así sea somera, de los medios de comunicación antes del estallido de la igm, debería inspirar desconfianza hacia los expertos y gurúes. No obstante, hay algunas tendencias de las que probablemente dependerá el futuro:

1. Evolución gradual de los valores. El Occidente secularizado ha sido exitoso en la adaptación al cambio social, por lo menos mucho más que las otras opciones culturales. Mucho depende de que sus habitantes estén conscientes de ello, lo asuman y busquen continuar con el cambio cultural pacífico. Es posible afirmar que una de las primeras causas del cataclismo de la primera mitad del siglo XX fue la pérdida de fe de Occidente en sus propias capacidades y posibilidades.

2. Balance de poder. A no ser que el siglo XXI reedite la Guerra Fría con disuasión nuclear, esta vez entre China y Estados Unidos, lo cual es poco probable por el momento demográfico en que le está llegando el poder a China, el mundo tendrá que buscar mecanismos institucionales que permitan un delicado balance de poder en las décadas siguientes, conteniendo a los jugadores más agresivos e irresponsables (Rusia, el Islam militante).

3. Cooperación en temas globales. Muchos de los temas mundiales rebasan por mucho al Estado-nación e incluso a las coaliciones regionales. Cambio climático, flujos financieros, crimen organizado y migración son asuntos de los que dependerá el mantenimiento de la paz.

4. Demografía y poder. A diferencia de la Gran Bretaña del imperio, los países dominantes tenderán a tener poblaciones grandes. El envejecimiento de ciertas poblaciones podrá ser paliado con flujos de inmigrantes, pero esto a su vez provocará severas perturbaciones políticas y transformaciones en los estilos de vida.

5. Tecnología y cambio laboral. Los avances tecnológicos provocarán alteraciones fundamentales en los patrones laborales: simplemente, la próxima desaparición de los automóviles operados por humanos dejará sin empleo a millones de personas. Muchos otros procesos de automatización harán lo mismo con otros oficios. Que esto sea catástrofe o avance dependerá de cómo reaccionen los sistemas educativos y, sobre todo, los consumidores: ¿se revalorarán los productos hechos artesanalmente y la atención personalizada en la provisión de servicios? De ser así, habrá un futuro para muchas personas en el mercado laboral.

6. Educación. Los sistemas de educación burocratizados, centralizados, rígidos y mecánicos parecen condenados a desaparecer.

7. Energía, tecnologías de información, biotecnología y nuevos materiales. Una gran parte de las oportunidades de creación de riqueza, empleo y bienestar dependerán de tener a más gente ocupándose de estos temas.

8. Actividades artísticas y lúdicas. En la medida en que el cambio laboral transite exitosamente, tendremos más y mejor oferta y demanda de este tipo de actividades.

 

Desde luego, todo puede pasar, desde una conflagración terminal hasta una era de prosperidad global con nuevos patrones de consumo y producción en un medio ambiente en proceso de recuperación, con respeto a los derechos básicos de todos los seres humanos.

Quizá lo más importante sea erradicar los determinismos ideológicos y recuperar la lección más importante del siglo XX: las acciones individuales, tanto de líderes como de las personas que no participan en los asuntos públicos, se agregan para definir el curso de la historia, y por eso la libertad, la conciencia y la responsabilidad individuales —incluso si son ficticios, como dice la neurofisiología— son los atributos que nos hacen humanos.

 

 

1 http://data.bls.gov/pdq/SurveyOutput Servlet

2 http://www.usgovernmentspending.com/debt_deficit_history

3 http://data.bls.gov/timeseries/LNS14 000000

4 http://www.tradingeconomics.com/brazil/gdp-growth

http://www.tradingeconomics.com/russia/gdp-growth-annual

6 http://www.bloomberg.com/news/articles/ 2012-02-26/china-s-billionaire-lawmakers-make-u-s-peers-look-like-paupers

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Guillermo Máynez Gil es maestro en Estudios Internacionales por la Universidad Johns Hopkins. Su carrera profesional ha transcurrido por el servicio público, la empresa privada, los organismos empresariales y la consultoría. Actualmente es director sénior de Asuntos Públicos en Llorente y Cuenca.

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