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Una maleta vacía  

Olivia Teroba | 01.04.2016

Quien viaja sabe que lo ideal es un equipaje ligero, que contemple un amplio espectro de posibilidades en el camino; y que además, no supere el peso máximo que el viajero pueda soportar, considerando que mientras se avanza la sensación de la carga aumenta. Hasta ahora, he vivido en once lugares distintos. Eso explica que sea imposible conocerme a través de lo que hay en mi estantería. Casi todos los ejemplares que tengo ahí me son ajenos.

Los libros que terminé y no me agradaron, los regalé, para deshacerme de ellos. Los que leí y me gustaron, también los regalé, para compartir. Algunos más los he prestado, y el resultado viene a ser el mismo: el estante se va vaciando. Otros tantos —más por cuestiones económicas que de ideología o practicidad— son archivos digitales, que se van acumulando en mi disco duro.

Así que lo que he leído tengo que recordarlo de memoria; registro inexacto y volátil.

 

Antes de dormir, leía para mi hermano Las mil y una noches, rescatado de la biblioteca de mi abuelo, que se había inundado hacía poco. Uno o dos cuentos por noche, a veces más, dependiendo del interés que despertara en él (casi leímos de corrido “Simbad el marino”) y de si a la mañana siguiente teníamos clases. Sin importar que a lo largo del día hubiéramos discutido, o que alguno de los dos estuviese atareado o triste, cumplimos ese ritual cada noche, hasta terminar el libro.

Fue un asidero. En aquel tiempo la casa se estaba remodelando después del divorcio de nuestros padres. Poco a poco, se iban llevando muebles, cajas con fotos, casetes y ropa. Lo que permaneció estaba en desorden, con marcas de polvo que denotaban nuevas ausencias. En ese libro nos encontrábamos cada noche. Las palabras eran tierra firme. Las historias, ilusiones tan vívidas que por un momento nos permitían olvidar lo demás.

Me gusta pensar que desde el primer libro que leí hasta el más reciente, no hay interrupción. Todo es una gran ficción que se va construyendo con palabras. Todo está unido de algún modo. Porque nosotros mismos recorremos una suerte de biblioteca. Los libros que nos van eligiendo llegan en el momento preciso. Como el amor, es una mezcla de azar y elección.

 

El divorcio coincidió con mi adolescencia. Buscando algún faro me encontré de frente con el espejismo de la autoayuda. Debí volverme muy fastidiosa y dogmática, tanto, que una amiga redirigió mis pasos hacia la antropología. Esos nuevos libros me permitieron reflexionar y ampliar dudas que traía desde hace tiempo, sobre la consciencia y la percepción.

Hablo de Aldous Huxley, Carlos Castaneda, Gustav Jung, Mircea Eliade, Joseph Campbell y Robert Graves. Más recientemente, de los diccionarios de símbolos. Sobre todo el de Cirlot, y el de Chevalier.

 

A veces no quería salir de mi habitación ni hablar con nadie. Me encerraba a leer. Viajaba por mundos fantásticos, a través de sagas heroicas. Me quise hacer lingüista por Tolkien. Escritora por La historia interminable y Alicia en el país de las maravillas.

 

Me quedaba con la familia de mi papá de vez en cuando. Entonces hacía pijamadas con mis primas. Siendo la mayor, elegía las actividades que nos ocuparían toda la noche. A veces las obligaba a oírme leer. Poemas de Benedetti, porque a todas nos gustaban. Cuentos de Quiroga o de Poe, porque yo me divertía asustándolas antes de dormir.

 

Mi abuelo cumplió muchas veces el papel de mi padre. Un día me recomendó su libro favorito. El que le había cambiado la vida. Así se templó el acero, de Nikolái Ostrovski. Lo leí, pero a mí no me cambió la vida. Eso sí, me ayudó a comprender mejor a mi abuelo, y porqué se desesperaba tanto con nosotros, niños ociosos absortos en sí mismos, alejados de la realidad del mundo.

 

La manía de hacer de todo una ficción. Buscarle un orden a historias que no lo tienen. Forzar desenlaces donde no los hay. Lo curioso es que en la vida real no existen estructuras. Dice Mircea Eliade que los mandalas, esos diagramas rituales que vienen de la India, deforman el mundo hasta hacerlo apto para expresar la idea del orden.

Recordar y narrar es deformar el mundo.

 

Con el pretexto de estudiar, me fui de casa. Me mudé a una ciudad más grande. Una noche, fui a la presentación de Tomás Segovia. Apenas lo conocía, pero había algo en su manera de escribir que me llamaba. Además, estaba ansiosa por adquirir más cultura, como si en verdad pudiera adquirirse, como un objeto con valor de cambio. La ciudad donde crecí estaba aislada de todo eso.

Mientras Segovia me firmaba su libro, me armé de valor y le pregunté lo mismo que todo aprendiz cuando conoce a un escritor de profesión: “¿Qué puedo hacer para escribir?”. Apenas enunciada la pregunta, me sentí estúpida. El presentador —no sé quién era— me miró con cara de circunstancias, con cara de cómo se te ocurre preguntar eso.

Pero el poeta, sonriendo, me respondió. Me contó de Rilke, que decía, “si crees que puedes vivir sin escribir, no escribas”. Ese fue su consejo: “Deja de escribir, y si puedes vivir así, hazlo. Pero si te das cuenta de que no puedes, entonces no necesitas nada más”.

Le pregunté de nuevo el nombre del libro. Cartas a un joven poeta. Nos despedimos con un abrazo; yo era la última de la pequeña fila que se había reunido. Mientras caminaba de regreso, repetía ese título para mis adentros.

No pude conseguirlo de inmediato; quizá no era el momento. Sería unos años después, del otro lado del mundo. Entonces, estaba a punto de viajar sola por primera vez. Una amiga me regaló, antes de salir, justo ese libro. Todavía lo tuve un rato en la mochila, esperando un momento de calma.

Llegó. Estaba sentada junto a uno de los lagos de Bariloche. Después de meses sin parar, tenía tiempo de sobra para estar tranquila; para que Rilke me hablara, y con tan pocas palabras, me explicara tantas cosas. El ocaso lo iluminaba todo y yo sentía que esas cartas estaban dirigidas solo a mí. Cada tanto, recordaba a Segovia, recordaba sus poemas, repletos de luz.

 

La literatura no es siempre un lugar plácido. Pero es un malestar que se disfruta. El de desenvolverse ante los otros, el de conocer lo que tal vez no querría conocerse. El arte no es un lugar cómodo, por eso es necesario.

Dice el dramaturgo Paco Bezerra que escribir debería ser siempre lo más parecido a desenterrar a un muerto, a sacarle de su tumba y mirarle la cara. Que hay que escribir sobre lo que da miedo y no se sabe. Sobre esa cara oculta que dentro de las palabras, se descubre.

 

Quisiera encontrar ese lugar que describe Ariosto, donde se guarda en frascos todo lo que se perdió en la Tierra. Los proyectos inútiles, las palabras no dichas, sobre todo las no escritas. Los libros que nunca leeré.

 

El estante se vacía, pero gradualmente, vuelve a llenarse. Conforme pasa el tiempo, se transforma.

Ahora mismo, contiene las evidencias de mi mayor afición, el cuento. Borges y Cortázar, la fluidez en la prosa y la estructura de la historia. Rulfo, Ibargüengoitia, Efrén Hernández, mucho más cercanos, el gusto por lo real y cotidiano. Alejandro Zambra, Félix Bruzzone y Rodrigo Hasbún, contemporáneos, una secreta intención de volver la mirada siempre, hacia el sur.

Creo que todo lo anterior conforma una búsqueda en la que apenas he avanzado unos pasos: los suficientes para adquirir la certeza de que lo que se explora es infinito.

Hubo un tiempo en que quería leerlo todo. Ya he comprendido que esta es una empresa imposible y absurda. Me atrevo a decir: una necedad. Los frascos que contienen lo que hemos perdido son de inicio imposibles, porque también lo que excluimos nos conforma. Cada lectura son muchas lecturas dejadas atrás. Lo que descartamos para el equipaje viene con nosotros en el camino, nos acompaña como una ausencia, a modo de vacío.  ~

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OLIVIA TEROBA estudió Comunicación y Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha organizado festivales literarios y durante algunos años coordinó una editorial independiente. Actualmente es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa.

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