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Ocios y letras

Rubén Darío (1867-1916). Recuerdo para olvidar  

Miguel Ángel Castro | 01.04.2016
Ocios y letras

 

Tan claro, justo y preciso me parece el juicio de Octavio Paz sobre la importancia y significados del modernismo que, en este par de años de rememoración dariana que ha comenzado el pasado 6 de febrero, resulta oportuno, en este espacio que gusta de reflexionar sobre las palabras y los libros, citar el siguiente párrafo que aparece en su ensayo “El caracol y la sirena”, publicado en Cuadrivio (1965):

Reforma verbal, el modernismo fue una sintaxis, una prosodia, un vocabulario. Sus poetas enriquecieron el idioma con acarreos del francés y el inglés; abusaron de arcaísmos y neologismos; y fueron los primeros en emplear el lenguaje de la conversación. Por otra parte, se olvida con frecuencia que en los poemas modernistas aparece un gran número de americanismos e indigenismos. Su cosmopolitismo no excluía ni las conquistas de la novela naturalista francesa ni las formas lingüísticas americanas. Una parte del léxico modernista ha envejecido como han envejecido los muebles y objetos del art nouveau; el resto ha entrado en la corriente del habla… Fueron exagerados, no hinchados; muchas veces fueron cursis, nunca tiesos. A pesar de sus cisnes y góndolas, dieron al verso español una flexibilidad y una familiaridad que jamás fue vulgar y que habría de prestarse admirablemente a las dos tendencias de la poesía contemporánea: el amor por la imagen insólita y el prosaísmo poético.

El acucioso crítico Ernesto Mejía Sánchez (paisano de Darío que dejó eruditos estudios literarios en México como investigador de la Biblioteca Nacional de México y compartió sus amplios saberes en cursos de literatura hispanoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM) reunió varios artículos dedicados a la accidentada y breve visita del poeta a nuestro país en el libro Estudios sobre Rubén Darío, que publicó como uno de los resultados de las celebraciones del centenario de nacimiento del poeta con el apoyo de la Comunidad Latinoamericana de Escritores y el Fondo de Cultura Económica (1968). Entre los artículos que refieren el lamentable episodio de la visita dariana está el texto de Jaime Torres Bodet, que Mejía Sánchez tomó de la biografía que con tanto empeño escribió aquel y que sacó a la luz en 1966, con el título de Rubén Darío: abismo y cima (UNAM y FCE). Celebro y acudo a ese testimonio para resaltar la importancia que se le concedió a la vida y obra de Darío hace cincuenta años (que contrasta con el poco interés que me parece ha despertado el centenario de su muerte, y que confío que será compensado el próximo año con una revisión más amplia no nada más de la literatura de Darío sino del legado modernista).

La historia de aquella estancia semanal comenzó cuando Rubén Darío fue invitado por el Gobierno mexicano para asistir a las fiestas del Centenario de la Independencia en representación de Nicaragua. La agenda de la visita se llenó de entusiasmos, actos, reuniones y citas. Escribió el modernista a Federico Gamboa:

Me he venido a París. En Madrid, en verdad, no tenía que hacer nada. Esto se lo he escrito al Presidente Madriz, de quien soy muy amigo. Ahora bien, mi deseo es este: México. ¡Hace tanto tiempo que deseo ir allí! Aunque fuese solo por algún tiempo. Imagínese: Don Justo Sierra, usted, Urueta, a quienes conozco, y el señor Casasús, Luis Urbina, y otros que no conozco. ¿Necesitaría yo más para ser persona grata, siquiera fuese a las letras mexicanas? Pero como no se trata de letras sino de diplomacia, hay que emplear medios diplomáticos para la realización de mi deseo. Tengo que advertir que soy un fraternal amigo, desde la infancia, de Francisco Castro. Y que si el nuevo Gobierno nicaragüense estuviese dispuesto a mantenerlo en esa Legación, mi deseo ha concluido. Pero en caso de no servir esa Legación Castro, creo, sin falsa modestia, que ningún candidato, puesto que la Legación de México es indispensable, tendría allí, como sucedió en España, mejor acogida que yo. Esto dicho, ¿no podría Carbajal y Rojas insinuar oficiosamente algo por indicación suya? En tal caso, ojalá que mi afecto a México y a mis amigos mexicanos sea satisfecho.

Gamboa respondió afirmativamente y todo parecía seguir conforme a lo planeado pero, sigue Torres Bodet:

El 5 de septiembre, a las cuatro de la tarde, La Champagne llegó a su destino. “Los buques anclados en el puerto comenzaron las salvas de reglamento”. Pero ¿serían esas salvas en honor de Rubén Darío, o solamente en homenaje al Ministro belga y a los representantes cubanos que se habían embarcado en La Habana?... el poeta salió muy pronto de dudas. Un hermano de su íntimo amigo Amado Nervo, Rodolfo, enviado por la Secretaría de Relaciones Exteriores de Veracruz, le indicó francamente que, caído el gobierno del doctor Madriz, el del general Díaz no podría recibirlo como representante de Nicaragua, pero que lo declaraba “huésped de honor” de la nación.

Dos funcionarios mexicanos deben haber sufrido en aquellos días serias contrariedades: Justo Sierra, alma prócer y admirador cordial de Rubén, y Federico Gamboa, Subsecretario de Relaciones Exteriores y, en cierto modo, gestor del nombramiento de Rubén Darío para esa misión frustrada.

En México —he de repetirlo— gran parte de la opinión pública explica la actitud gubernamental por una presión norteamericana. Se sabe que la caída del Presidente Santos Zelaya obedeció a la voluntad de los Estados Unidos. Se afirma que la eliminación del Presidente Madriz tuvo análogo origen. Y, en Rubén Darío, se ve —sobre todo— al autor de A Roosevelt. Lo demás se deduce, si no se inventa. Prueba de ello es la “carta abierta” que Don Luis Cabrera publicó —el 7 de septiembre de 1910— en El Mexicano y en El Diario del Hogar.

De Jalapa, Rubén Darío va a Coatepec y a Teocelo. Al regresar a Jalapa, lo visitan Emilio Valenzuela —hijo del director de la Revista Moderna— y Álvaro Gamboa Ricalde. En nombre de los estudiantes de la Ciudad de México, ambos le ruegan que vaya a la capital, donde será objeto de homenajes singularísimos. Darío rehúsa la invitación, pero escribe a Valenzuela —el 8 de septiembre— estas líneas conmovedoras:

“Distinguido y buen amigo: Si no hubiera sido ya grandísimo mi deseo de ir a México, la vibrante misión que la joven intelectualidad mexicana confió a ustedes me hubiera infundido el más ardiente empeño por encontrarme en la capital de este noble y hospitalario país. La juventud es vida, entusiasmo, esperanza. Yo saludo por su digno medio a esa juventud que ama el ideal desde la belleza hasta el heroísmo. Díganlo, si no, los aiglons del águila mexicana que se llevó la Muerte a la Inmortalidad, desde el nido de piedra de Chapultepec. Las cariñosas y agradecidísimas instancias que usted y Don Álvaro Gamboa Ricalde me han hecho, en nombre de sus amigos de México, me empeñan a poner toda mi voluntad en complacerles. Pero, a pesar de mis deseos, las circunstancias me obligan a tener una actitud que no puedo alterar en nada. Este momento, sin embargo, pasará. Y yo, quizá en breve, podré tener el gran placer y el altísimo orgullo de saludar, con el afecto que por ella siento, a la noble, a la entusiasta, a la gentil juventud mexicana”.

El 12 de septiembre, Darío vuelve a embarcarse en La Champagne, y regresa a Cuba… Dos de los grandes diarios capitalinos (El País y El Imparcial) rompieron lanzas editoriales, uno contra otro, con motivo de la posición adoptada por el Gobierno del Presidente Díaz. El País la censuró con acritud y El Imparcial se esforzó por aplicarla y por defenderla. Pero el hecho es que tanto Rubén Darío como la Cancillería Mexicana se habían visto situados en condiciones verdaderamente infortunadas. Darío sintió aquel viaje incompleto como un descalabro terrible. Y, en el fondo, fue más bien, para él, un triunfo. De pocos embajadores se habló tanto, entonces, como de él.  ~

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, forma part e del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, publicó Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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