youtube pinterest twitter facebook

Miami, después de las pasarelas  

Haroldo Dilla Alfonso | 01.05.2016
Miami, después de las pasarelas  
Miami es un lugar fronterizo en más de un sentido. En él colindan y se mezclan la cultura anglosajona y la caribeña, las economías de Norteamérica y Sudamérica, la opulencia y la pobreza. A continuación, un sugerente retrato de esa ciudad bisagra.

Carl Fisher es, sin lugar a dudas, un dato imprescindible de la historia de Miami. Nació en 1874 en Indiana, donde tuvo una infancia miserable agravada por un astigmatismo tan feroz que le impidió asistir a la escuela. Tenía, sin embargo, el talento y la falta de escrúpulos de los pioneros y encontró en los páramos cenagosos del sur de la Florida un lugar para hacer fortunas, que luego gastaba en proyectos insólitos y en lo que constituía una distracción enfermiza: las carreras de autos. Fue el gran promotor de Miami Beach, y uno de los hombres más ricos de la península hasta que la crisis del 29 lo arruinó sin remedio. Fue en una cabaña de la isleta donde anegó sus últimos años con alcohol barato, hasta morir de una hemorragia estomacal incontenible.

De Fisher queda un recuerdo. Si usted se coloca sobre la costa del South Points Park, en Miami Beach, y mira al sur, es posible ver —casi diría tocar— la controversial Island Fisher. Es un auténtico refugio, sin comunicación terrestre con ningún otro lugar, y en el que habitan unas 150 personas pertenecientes al top de una élite blanca y cosmopolita cuyos ingresos líquidos declarados sobrepasan los 10 millones de dólares anuales por adulto. Ha sido considerado el lugar de mayores ingresos per cápita de la Unión Americana, lo que es mucho decir, y es notorio por ello y porque sus acaudalados parroquianos se han visto envueltos en más de un conflicto fiscal con el Gobierno de Miami-Dade.

La historia de Carl Fisher no es única. Muchos de los promotores históricos de la ciudad terminaron sus vidas hundidos en deudas y frustraciones. Y muchos de los “emprendedores” actuales conocen en carne propia que las fantasías del desayuno se tornan realidades en el almuerzo y fracasos devastadores a la hora de la cena. A su dinamismo se debe su sobrenombre más conocido, la Ciudad Mágica, pero Jan Nisman prefirió denominarla la Amante de América. Alejandro Portes y Alex Stepick, por su parte, la llamaron algo así como “el perfecto compendio de los puntos débiles de la sociedad americana”.

 

De paraje inhóspito a ciudad global

 

Sin lugar a dudas, Miami ha devenido una ciudad global, es decir, una ciudad que asume roles de coordinación económica de espacios transnacionales. Y en su caso, ha asumido funciones vitales de coordinación y provisión de servicios complejos en la cuenca del Caribe, y en general de intermediación entre las economías latinoamericanas y norteamericana. Es uno de esos pivotes urbanos que viabilizan el funcionamiento de la economía global. Y al hacerlo, por la naturaleza de su entorno, Miami deviene una suerte de ciudad fronteriza.

Los datos son concluyentes. La ciudad metropolitana (es decir los condados de Dade, Palm Beach y Broward) suma cerca de seis millones de habitantes, para constituirse en una de las manchas urbanas más pobladas de Norteamérica. En el ámbito económico es la segunda concentración urbana de bancos extranjeros más grande de Estados Unidos y sirve de asiento a cerca de un millar y medio de corporaciones transnacionales, algunas de las cuales han establecido aquí sus cuarteles generales. Por Miami pasa el 25% del comercio entre Sudamérica y Norteamérica, el 40% del comercio entre esta última y el Caribe, y el 50% con Centroamérica. En consecuencia, la ciudad posee el primer aeropuerto de carga del país y el segundo en número de pasajeros, así como los dos principales puertos de cruceros —Miami y Fort Lauderdale— retados de manera consistente por otra ciudad que ya ha devenido una urbanización periférica del sur de Florida: Tampa.

Pero Miami es también, para una buena parte de la población de la cuenca del Caribe, la ciudad del deseo. Sea por su dinamismo económico, por la existencia en ella de un fuerte capital social constituido por comunidades inmigrantes consolidadas, por su peculiar multiculturalismo que obliga a los tenderos a advertir que en sus establecimientos también se habla inglés o simplemente por ese efecto de despojo relativo que nos permite diluir nuestras miserias en las lentejuelas de los más afortunados, Miami es para los caribeños una meta existencial.

Para llegar a ese punto, Miami no ha conocido más epopeyas heroicas que las que se traman en los mercados. En 1896 el empresario Henry Flagler trajo el ferrocarril y a duras penas pudo conseguir unos 300 firmantes para recabar el estatus municipal. En 1940 la ciudad metropolitana tenía 172 mil habitantes, un crecimiento espectacular pero que aún denunciaba una ciudad pequeña que vivía del turismo, de las manufacturas textiles y de una hinterland citrícola beneficiada por los calores de la corriente del Golfo. En 1960, cuando Fidel Castro inauguraba su largo Gobierno y los cubanos comenzaban a arribar de mil maneras, la zona metropolitana contaba con 1.5 millones de habitantes.

Desde ese momento, Miami comienza a cambiar su faz de ciudad provinciana. En este resultado incidieron varios factores. Dos de ellos me parecen vitales. El primero fue su ubicación en los setenta como centro mayorista de cocaína para Norteamérica, así como de lavado de dinero sucio en negocios inmobiliarios, algunos de los cuales aún permanecen a medio hacer como testimonio de una orgía especulativa. Se calcula que durante más de una década el valor del comercio de estupefacientes fue cuatro veces mayor que el comercio regular de mercancías. Al baño de lodo y sangre que caracteriza toda acumulación originaria, Miami agregó una alucinante rociada de polvo blanco.

La imposición de medidas más severas de control a fines de los ochenta limitó esta francachela financiera, pero ya la ciudad había logrado un rol de centralidad y de acumulación que la élite urbana supo aprovechar. Agrupada en el llamado Non-Group y en la Cámara de Comercio de Miami, la élite wasp de la ciudad pudo hacer un lobby muy efectivo para la construcción del marco legal que facilitaría la expansión de las actividades financieras y de intermediación. Y lo que no es menos importante, dar pasos para ampliar su propia base cooptando a personas de otros orígenes en lo que ya comenzaba a perfilarse como una ciudad multicultural.

La recomposición económica de la ciudad coincidió con el arribo de cientos de miles de cubanos con niveles altos de educación y entrenamiento técnico y empresarial. Entre ellos se encontraban tanto las clases altas y medias que huían del radicalismo revolucionario, como sectores populares que se habían beneficiado con los programas educativos de la joven revolución y no encontraban en ella oportunidades de realización.

Por esta razón —y porque gozaron de beneficios adicionales de inserción en el marco del diferendo Cuba-Estados Unidos—, los cubanos pudieron cosechar éxitos mayores en la economía, donde poseen récords entre las minorías por el número de empresas y el volumen de sus ingresos; incluso ostentan a 50 nacionales entre los 100 hispanos más ricos de Estados Unidos, a pesar de que los cubanos solo son el cuatro por ciento de los hispanos. No menos significativos son sus avances en la educación —los cubanos de segunda generación son más educados que los anglos— y en política, donde han logrado conformar un lobby conservador muy influyente, principalmente en los medios republicanos, cuyos exponentes actuales más visibles son las intratables figuras de Ted Cruz y Marco Rubio.

En lo que al despegue global de Miami concierne, la existencia del enclave cubano fue esencial como colchón del nuevo proyecto. Los cubanos no solo engrosaron la ola migratoria más educada que haya recibido ciudad alguna, sino también la más beneficiada por créditos y oportunidades educativas y financieras que haya habido en toda la historia del país. Ello les permitió insertarse muy ventajosamente en las tendencias económicas de reconversión de la ciudad, actuando como una suerte de colchón técnico/empresarial bilingüe.

Los cubanos, armados de una ideología anticomunista a toda prueba, se constituyeron no solo como un enclave social y económico, sino también como una “comunidad moral” derechista, vinculada orgánicamente al Partido Republicano. Aunque es exagerado afirmar que constituyeron una cohorte de conservadurismo —en muchos temas sociales han sido profundamente liberales—, sí es cierto que sus valores no eran congruentes con los de los movimientos minoritarios, y la propia creencia en el éxito particular no era el mejor ingrediente para el desarrollo de solidaridades más allá del enclave.

 

La ciudad fragmentada

 

Cada ciudad posee un vecindario elegante que simboliza lo que toda la ciudad quisiera ser. En La Habana lo es El Vedado, en la Ciudad de México pudiera mencionarse La Condesa, Gazcue en Santo Domingo, Palermo en Buenos Aires y Lastarria en Santiago de Chile. Coral Gables lo es para Miami.

Fue imaginada como una mítica “ciudad jardín” llamada a congeniar utilidad y belleza, como un compendio romántico de estilos peninsulares europeos. Los clubes sociales del “gran jardín” no permitían judíos, ni negros. Y el precio del suelo se ocupaba de fijar un tamiz clasista muy definido. Aún hoy, a pesar de todos los avatares de su historia, Coral Gables sigue siendo un lugar predilecto de clase alta, fundamentalmente blanca, quizás el único lugar de la ciudad donde existe una regulación urbanística efectiva con una zonificación estricta.

A un lado de Coral Gables se encuentra Coconut Grove, un poblado histórico que albergó al primer contingente de pobladores caribeños: un grupo de bahamenses negros que llegó a principios del siglo pasado. Por un lado, tiene un vecindario pobre que conserva la huella arquitectónica de las Indias Occidentales —casas de madera de colores fuertes, de uno o dos pisos y portales frontales amplios— y por el que los automovilistas pasan tan rápido como pueden entre grupos de jóvenes negros “peligrosos” que se aglomeran en las esquinas. Por otro, un downtown perfectamente “urbanalizado” —en algún momento refugio de hippies y soñadores— con exquisitos restaurantes, cafés, galerías de arte, tiendas especializadas y lugares lúdicos diversos y vigilados, siempre con predominio de blancos. Entre un mundo y otro no hay separación material alguna, pero sí una valla simbólica que muy pocos traspasan, excepto en los días de los coloridos (y disciplinados) festivales culturales que han devenido partes del paisaje barrial.

Al otro lado de la Biscayne Bay se encuentra otro lugar emblemático de la ciudad: Miami Beach. Conforme la bahía se pobló de buques mercantes, fue necesario buscar los balnearios en otro lugar, y no hubo mejor locación que la isla que de hecho conformaba el lado este de la bahía. Inicialmente fue un lugar de veraneo y baños al que se llegaba mediante ferris. Pero hacia la segunda década del xx la isla comenzó a ser lotificada y vendida para fines residenciales, y en 1913 se construyó el primer cruce terrestre: una estructura de madera de cuatro kilómetros que resultó el puente de su tipo más largo del mundo.

A partir de ese momento, la isleta comenzó a poblarse de hoteles y restaurantes que la convirtieron en una playa de ocio adornada por un art déco simpático pero discreto, cuyo atractivo no se basa tanto en las fachadas individuales (salvo excepciones, son fachadas poco relevantes) como en la aglomeración de ellas a lo largo de varias cuadras de cafetines y palmeras. Por ellas, Brian de Palma puso a su Cara cortada a mostrar su peor estilo de matón habanero, y en la actualidad es posible no solo tomarse ahí los daiquirís más caros del mundo, sino también contabilizar la densidad de autos Lamborghini más alta de toda la Unión Americana.

Pero si bien es casi imposible visitar Miami sin andar por Ocean Drive, pasar por Coral Gables o tomar un café en torno a las galerías de Coconut Grove, es posible vivir mucho tiempo en ella sin conocer sus inmensos barrios degradados, donde se aglomera tanto la población afroamericana como los inmigrantes menos favorecidos.

Liberty City —escenario de violentas protestas sociales— o Little Haití son ejemplos de esta marginación socioeconómica y visual, auténticos contenedores de esa otra realidad urbana que casi nadie visita —por achacosa, recóndita y peligrosa— y que a veces estalla en las caras de los visitantes.

Miami esconde, tras sus pasarelas, cifras tercermundistas. En Miami-Dade, según los datos del censo 2010, 17% de la población vivía en condiciones de pobreza, y en la ciudad completa la cifra subía a 27%, lo que la ubicaba en el quinto lugar de las ciudades grandes más pobres de Estados Unidos. El ingreso anual por hogar anual era de 43 mil 605 dólares, significativamente más bajo que en Florida, y mucho más baja que la media nacional, superior a los 51 mil dólares. Era la segunda ciudad con ingresos más polarizados de los Estados Unidos continentales, solo superada por otra ciudad sureña: Nueva Orleans.

Obviamente, la pobreza de Miami se renueva con la entrada de migrantes depauperados que van a engrosar los guetos invisibles de la ciudad. Pero ello no basta para explicar una situación tan compleja, pues la población afroamericana de Miami es la principal contribuyente a esa franja depauperada. Como cualquier otra ciudad global, junto a distritos urbanos fuertemente conectados a la dinámica global coexisten otros que han pasado a ser considerados como cargas sociales sin remedio. Aquí colisionan Liberty City y Fisher Island. Los homeless que pasan sus noches acurrucados junto a los muros penumbrosos del downtown son partes tan inseparables de la vida de esta ciudad como la soberbia de Brickell. Aludiendo a todo esto, y a sus altos niveles de criminalidad —es la capital de los fraudes inmobiliarios y de salud—, Forbes la calificó como la ciudad más miserable de Estados Unidos.

 

El multiculturalismo centrífugo

 

El indudable éxito económico de la ciudad la ha dotado de una dinámica demográfica vertiginosa. De hecho, es la ciudad americana más destacada por el ir y venir de personas, de manera que una parte muy significativa de su población se compone de transeúntes más que de migrantes en sentido estricto. Entre 1995 y 2000 la mancha metropolitana de Miami recibió 338 mil migrantes domésticos, y expelió hacia otros lugares de la Unión a 423 mil habitantes. El déficit migratorio se cubrió con la recepción de 230 mil personas de otros países, principalmente América Latina.

Este ir y venir de personas —muchas de ellas de América Latina y el Caribe— ha producido un ambiente multicultural con pocos símiles en el mundo. El 65% de los habitantes de Miami-Dade —un conglomerado de 2.5 millones de habitantes— era de origen hispano y solo el 16% era blanco no latino. El 72% hablaba en casa una lengua diferente al inglés. De las 403 mil firmas comerciales reportadas, el 61% pertenecía a hispanos. Un auténtico entrepôt cultural típicamente fronterizo donde ocurre una suerte de “aculturación en reversa”.

Una forma de imaginar Miami es viéndola como agregación de comunidades que desarrollan fuertes identidades y comparten solidaridades dentro de sus límites, en ocasiones de manera antitética frente a otras vecinas o frente al mismo concepto de ciudad. En consecuencia, lo que se denomina “capital social” es un bien escaso en la sociedad como un todo, pero abundante dentro de ciertos enclaves sociales más pequeños, de modo que a la fragmentación socioeconómica se agrega una fuerte balcanización cultural.

Mirar a Miami nunca es una oportunidad para los juicios fáciles. Ni las condenas, ni las alabanzas, son suficientes para caracterizarla. Un escritor cubano-americano, Gustavo Pérez Firmat, lo reflejó en un poema al que tituló sencillamente En Miami. Miami, escribió, “[…] es un cohete cargado de futuro / [...] es un arcabuz cargado de pasado / […] es nido, es laberinto / […] es agobio, es ansiedad, es alegría, es arrebato / […] Miami: mi patria, mi paraíso, mi podredumbre” [...]. 

___________

HAROLDO DILLA ALFONSO es sociólogo e historiador. Nació en Cuba y actualmente reside en Chile.

Más de este autor