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OCIOS Y LETRAS: Centenario de El glosario de la vida vulgar

Miguel Ángel Castro | 01.07.2016

 

 

Volveré a la ciudad que yo más quiero

después de tanta desventura; pero

ya seré en mi ciudad un extranjero.

 

A la ciudad azul y cristalina

volveré; pero ya la golondrina

no encontrará su nido en la ruina.

 

Volveré tras un año y otro año

de miseria y dolor. Como un extraño

han de verme pasar, solo y huraño.

 

Estos versos de “La elegía del retorno” que Luis G. Urbina dedicó a Francisco A. de Icaza, forman parte de su quinto libro de poemas, que hace cien años fue publicado en Madrid con el título de El glosario de la vida vulgar. El vate confirmaba su inspiración adivinatoria porque, en efecto, no regresarían sus pasos cotidianos a nuestra capital, aunque, debo advertir, supo permanecer en este país dos décadas más por medio de la escritura, pues no dejó de colaborar en Revista de Revistas, El Universal y el Excélsior.

Para celebrar el primer siglo de ese importante poemario, conviene recordar que Urbina se vio obligado a salir del país por haber fungido como director de la Biblioteca Nacional de México durante el régimen de Victoriano Huerta. El escritor llegó a Cuba en compañía de los músicos Manuel M. Ponce y Pedro Valdés Fraga. En la isla, el trío de exiliados organizó conciertos en los que el poeta leía sus versos, y comenzaron a impartir clases particulares. Urbina consiguió que El Heraldo de Cuba le diera cabida a sus textos.

El 3 de mayo de 1916 se embarca Luis G. Urbina rumbo a España, adonde se dirige como corresponsal del diario cubano; hace una escala en Nueva York de dos días, y previa estancia de dos meses en Barcelona, llega a Madrid en pleno verano. Lo reciben en la Estación del Norte, Amado Nervo y Alfredo Gómez de la Vega. El poeta, que tiene entonces cincuenta y dos años, se da a la tarea de seleccionar algunos de sus escritos. Resultan dos libros que contienen las líneas que le dictó la amargura con la que vivió los primeros momentos del destierro: el que comentamos en esta ocasión y Bajo el sol y frente al mar, que apareció también el mismo año en la misma ciudad (y del cual nos ocuparemos en la siguiente entrega de estos “Ocios”).

Gerardo Saénz observa, en el estudio que le dedicó a la poesía de Urbina, que El glosario de la vida vulgar revela la desolación que el escritor sentía al verse fuera de su patria, y resume su contenido:

En este volumen incluye las treinta y cinco composiciones de su destierro en Cuba, diez de su viaje a través del Atlántico, camino de la península Ibérica, y cuatro más que escribió durante sus primeros días en España. Estas cuarenta y nueve poesías no están clasificadas como las que se hallan en las colecciones anteriores. El volumen empieza con una deliciosa suite de once sonetos que bautizó con el nombre de “El Poema del Mariel”. Después encontramos una miscelánea de veinticuatro composiciones sobre temas variados. Luego cierra este primer grupo de poemas del destierro con otra serie de diez poesías, la mayoría de ellas sonetos, titulados “La Vida a Bordo”. Y la colección termina con cuatro composiciones diversas —que incluyen una irregular, otra en tercetos y dos sonetos—, escritas después de que llegó el poeta a Madrid.

 

En principio no hay duda sobre la estética modernista que rige a la poesía, el cuento vivido y la crónica soñada de Urbina, como tampoco de sus diferencias y semejanzas frente a Manuel Gutiérrez Nájera y demás miembros de esa familia. Para Salvador Elizondo, Urbina, junto a Francisco A. de Icaza, representa el ala parnasiana del modernismo. “Ambos —señala— son poetas de exquisita perfección, maestros en la descripción del paisaje, cumplidos exponentes del gran precepto modernista que dice que el arte es la naturaleza vista a través de la sensibilidad”.

Según Julio Torri esa melancolía se ocultaba o disfrazaba con un optimismo y ansia de vida, de “esa misma alegría de vivir que informa toda nuestra literatura de pueblo joven, anhelante de lograr sus altos destinos”. En su opinión, fueron algunos de los colaboradores de la Revista Moderna los que tenían una visión más negra de la existencia, como los decadentistas Bernardo Couto y Julio Ruelas: “No es Urbina —afirma el cuentista— ciertamente el poeta de la desesperación, de las pasiones devastadoras ni del nihilismo enfermizo. Es la suya, ante todo, poesía del desengaño mitigado y de la remembranza”.

En efecto, el crepúsculo distingue la poesía de Urbina tanto como la nota dolorosa y melancólica, por lo que no le falta razón a Antonio Castro Leal cuando compara el lugar que tienen las múltiples “Vespertinas” en Urbina con el que tienen los “Nocturnos” en Chopin. En el comentario que hizo Xavier Villaurrutia a la edición de la poesía completa del Viejecito afirma que “Urbina es el más mexicano de los poetas mexicanos”, y señala la necesidad de formar una antología poética “ideal” que lo coloque en el marco de nuestra lírica como figura de primera magnitud, en el lugar que le corresponde y que otros, con menos mérito, le han usurpado. Esta revaloración de la obra poética de Urbina, iniciada y apuntada en la antología de contemporáneos, editada por Jorge Cuesta, la robustece ahora, en el excelente prólogo de Castro Leal, una confirmación clara y precisa: “¿Cuántos —si los hay todavía— ponen a Amado Nervo sobre Luis G. Urbina?’’.

José Luis Martínez coincide en la valoración y acude al consenso que concede a Urbina el nombramiento de último romántico, pero destaca que, por ello o a pesar de ello, es uno de los poetas más representativos de nuestra lírica. Recuerda que es llamado poeta del otoño y de la melancolía, de los crepúsculos y de las voces íntimas porque “describió los paisajes del mundo y los del alma con un arte cada vez más hondo y un don de lágrimas cada vez más sabio”. Menciona algunos de sus poemas más famosos, como “Vespertinas”, “Vieja lágrima” y “El poema del lago”, y que a él también le parecen “admirables por su factura poética, por su tristeza recatada y por la descripción emocionada del paisaje”: “En la dorada tarde, en un divino/ crepúsculo de agosto —que a las cosas—/ de un matiz nacarado y cristalino,/ cual si estallara el cielo vespertino/ en polvo de diamantes y de rosas,/ impenitente soñador camino./ Voy por las calles de Madrid. Me enredo/ en mi divagación hasta que, a un paso,/ miro cómo el incendio del ocaso/ se asoma por la puerta de Toledo” (“Vespertina en los barrios bajos”).

Resulta interesante la crítica de Luis Miguel Aguilar:

Solo el viaje le proporcionó a Urbina una patria sin viscosidades sentimentales y la opción de ejercer sin histerismos una nostalgia por el México anterior a la revolución, precisamente por sentir que al volver del extranjero sería un extranjero en su ciudad. En El glosario de la vida vulgar, uno de sus libros más movidos gracias a los viajes, Urbina intentó con la “Elegía del retorno” su “retorno maléfico”, con menor fortuna que López Velarde pero con una de las mayores eficacias que alcanzó en su obra: “Mis pasos sonarán en las baldosas/ Con graves resonancias misteriosas/ Y dulcemente me hablarán las cosas./ Desde el pretil del muro desconchado/ Los buenos días me dará el granado/ Y agregará: —¡Por Dios, cómo has cambiado!”.  

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, forma parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, publicó Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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