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OCIOS Y LETRAS: Cuba en la pluma de Luis G. Urbina  

Miguel Ángel Castro | 01.08.2016

 

 

Evocaré los seres y las cosas,

y cantarán, con voces milagrosas,

las almas pensativas de las rosas.

Luis G. Urbina,

“La elegía del retorno”


Recién llegado a Barcelona, el 31 de mayo de 1916, Luis G. Urbina le escribió un “Envío al poeta Amado Nervo”, en el que le solicitaba con humildes versos un texto para presentar las “piedrecillas ásperas” de ese mosaico poético que, le decía, reproduciría “un instante de mi vida vulgar”. Nervo atendió la solicitud con unas cuantas líneas que llevan el título de “Un gran poeta” (fechadas en la capital española el 25 de junio de aquel año); en ellas advierte al lector español que uno de los más grandes poetas de América ha llegado a su país como “armonioso huésped espiritual”, y pide que lo acojan porque

Necesita el calor de tu España legendaria y cordial, por él y por mí tan amada; necesita de tu sol, mientras el destino le conduce de nuevo al vasto nido del Águila Azteca; mientras le es dado tornar al suelo bendito donde sus grandes y pensativos ojos, hoy cargados de tristeza, se asomaron por vez primera al panorama de la vida; mientras puede llevar a su Patria el oro maravilloso de su otoño lírico, de su sabiduría tan humana y de su voluntad tan eficaz para toda blanca y pura empresa.

 

El tono apesadumbrado del poemario es definido en la infaltable dedicatoria a Justo Sierra que Urbina acostumbraba estampar en sus obras, y en la cual expresa que lo siente como un compañero de su expatriación que le aconseja tres cordiales palabras de sabiduría: “Ama. Sufre. Perdona”.

Esos poemas dictados por la nostalgia y otras emociones desesperadas a Luis G. Urbina, reunidos en el Glosario de la vida vulgar, encontraron compañía en veinticuatro prosas que dieron forma a otro libro centenario suyo: Bajo el sol y frente al mar, publicado igualmente en Madrid en 1916. Ambas obras son importantes y deben celebrarse porque contienen el testimonio literario de un escritor que, como personaje público, vive, padece y se resigna a la Revolución; viaja a Cuba y se exilia en España cuando la guerra se ha extendido en el viejo continente.

El proceso productivo de Urbina: libro de poesía, anuncio de libro de prosas o viceversa. No podía ser de otra manera, el poeta seguía el oficio que había aprendido desde muy joven y que para entonces dominaba como pocos. El cronista experimentado de El Mundo Ilustrado encontró cabida en El Heraldo de Cuba. Recordemos que Urbina había salido del país en marzo de 1915 y tenía ya cerca de tres meses en Cuba pasando dificultades, malos y buenos ratos, pues, si bien no tenía un ingreso fijo, había recibido atenciones y reconocimientos de colegas y conocidos, cuando fue invitado a colaborar en el diario en junio de 1915. Su crónica era fiel a su criterio de actualidad, salía con el título de “La semana” y daba cuenta de los acontecimientos que Urbina consideraba dignos de atención. Cuidaba el mexicano el tono y la línea de sus observaciones para satisfacer a los lectores y evitarse fricciones con los periodistas locales. Prueba de que lo consiguió es el prólogo del cubano Víctor Muñoz:

Vile ascender a las cumbres del pensamiento, o bajar al arroyo, para llegar a los más nimios sucesos, y examinar, encontrándoles aspectos nuevos, los menos importantes, para hacer de ellos graciosas y discretas inferencias, y mostrar una lección que, adornada por la magia de su léxico opulento y grácil, e iluminada por el foco de su cultura, pudiera ir a formar parte de un código de moral. De igual manera, ante una huelga, una fiesta religiosa, la muerte de un brujo popular, y en los otros infinitesimales actos que constituyen la existencia cotidiana de una ciudad provincialmente apacible, como la capital de Cuba, fue mostrando que no hay asunto pequeño para los grandes del pensamiento.

 

Muñoz resalta el aspecto confidencial de las crónicas de Urbina que, al referir los asuntos de la semana, transmiten la nostalgia que siente su autor:

Siguiéndole de continuo en sus crónicas, he observado en ellas cómo el caudal de sus amarguras de desterrado corría bajo las flores e irisaciones que a su fantasía arrancaba la actualidad de lo que le rodeaba, es decir, la actualidad cubana. Y le he visto descubrir las horas alegres de nuestro pueblo, las luminosidades de nuestro sol, la hermosura de nuestras campiñas, la poesía de nuestro mar, la belleza de nuestras puestas de sol, el encanto de nuestras mujeres; mientras pensaba en las alegrías pretéritas convertidas hogaño en hondas tristezas, en la atmósfera brillante de su Méjico, en la gracia de sus garridas paisanas, en la bella altivez de las montañas de su país, en la delicia de su paradisiaco Chapultepec, en las bellezas panorámicas de su hermosa tierra mejicana.

 

Bajo el sol y frente al mar está dividido en cinco apartados, el primero, “La tristeza de los débiles”, está formado por seis crónicas en las que el cronista reflexiona sobre dramas infantiles, en la línea de aquellos que aparecerán en Psiquis enferma; destaca “El niño del Guayabal”, que exhibe la inexplicable conducta de una madre que abandona a su recién nacido:

El chiquitín no está condenado a muerte, sino a vida. ¿Cómo recibirá la condena en esta “noche oscura del alma”, lo recibió, le recompensará esta desgracia de tener madre y ser, a la vez, el más desventurado de los huérfanos? ¿El dolor y la desgracia seguirán hincando en él sus garras implacables? Heredero de morbosos atavismos, ¿echará a andar por los quebrados caminos de la santidad, del heroísmo, del apostolado, del martirio; o por los vericuetos y encrucijadas del vicio, de la maldad, de la destrucción y de la infamia? ¿Será una rosa de amor o un cardo de odio esta semilla arrojada con desprecio en el surco negro del crimen?

 

En “Los niños mutilados” denuncia la crueldad de quienes por la guerra mutilaron las manos de un par de niños belgas que llegaron a refugiarse a Cuba. “Las frondas de los jardines y las miserias de los habitantes” nos permite conocer a los vagabundos o homeless de aquella Cuba, que eran llamados “habitantes” —en una de las contradicciones que le eran tan caras al poeta—; admira la belleza y los beneficios de los árboles bajo los cuales buscan abrigo aquellos “habitantes” y la policía no se los permite.

En la segunda parte, que se titula “Sombras chinescas”, Urbina describe a tres extraños personajes que conoció en La Habana o en el viaje. En “La señora de los perros” narra su encuentro con una mujer a bordo del “Morro Castle”, quien incomodaba a los pasajeros con la compañía de dos perros corrientes que “fueron recogidos, al fin de trashumantes miserias, por la piedad extravagante de la miss”. Debía su amor por los canes a la vileza de los hombres, pues unos soldados zapatistas habían matado a su familia: “Desde que me maltrataron los hombres, amé a los perros”. Las otras dos historias de este apartado versan sobre dos personajes populares en la capital cubana: “El rey de los brujos” y “Viendo pasar a Pildain. La psicología del cómico viejo”.

En Acuarelas tropicales encontramos siete paisajes isleños. “Las tardes del Malecón” muestra los matices en que el poeta era experto, sobre todo al atardecer, que transforma el cielo, el mar y a los visitantes. “La noche de San Juan”, “La Habana en claro obscuro”, “El invierno tropical” y “Nuestro padre el árbol” son un elogio a la fertilidad y abundancia del suelo cubano, así como a las fiestas y tradiciones de la población.

Las Filosofías callejeras son seis crónicas que sirven de pretexto para reflexionar sobre el amor, los celos, la educación, el clima, y todo en una suerte de combustión humana: “Los delitos del amor”, “El mendigo a la española y el socorro inmoral”, “El manantial rojo y la gota de sangre”, “Las mujeres que votan”, “El heroísmo y la frivolidad” y “El cine y el delito”. En esta última, Urbina advierte que la mayor parte de los criminales niños aprenden en el seno de su casa las malas costumbres y considera que las escenas pasionales y policiacas, que comenzaba a recrear el cinematógrafo, podían ser mala influencia para los niños y jóvenes.

Impresiones literarias, la última parte del libro, presenta dos artículos sobre dos glorias de las letras cubanas: Juan Clemente Zenea y José Martí. El primero se titula “Una flor sobre una lápida”, el segundo, “El día de los héroes cubanos”. Estos héroes son Martí y Antonio Maceo. Emocionado por la participación y el entusiasmo de la patriótica celebración, Urbina recuerda los días de aprendizaje al lado de su maestro Justo Sierra y sus amigos, así como la impresión que le causó Martí en 1894: “Y desde entonces supe lo que era un gran poeta, un gran tribuno, un gran apóstol, un gran patriota, un gran hombre de bien de la tierra cubana”.

Las experiencias habaneras de aquel apacible explorador sorprenden por su vigencia y llaman nuestra atención sobre la Cuba de hace un siglo. Asimismo, como considera Víctor Muñoz, en estas crónicas habaneras “hay mucho del alegre pesimismo que parece ser síntesis de la personalidad de Urbina”.  ~

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