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Donald vs. Trump    

Rainer Matos Franco | 17.08.2016
Donald vs. Trump    

 

 La causa de la incredulidad moderna

no es la libertad del pensamiento.

Sino la inmerecida confianza en sus cimientos.

Don Nicolás Gómez Dávila

 

 

El triángulo imposible

                                                                                                                                               

Para quienes somos fanáticos de lo deliberadamente ridículo, el éxito electoral de Donald John Trump es tan sorpresivo como para los demás. Y a la vez no. No hace falta más que voltear a la economía, la sociedad y la cultura estadunidenses, y al momento por el que pasa el planeta, para que la sorpresa se desvanezca. Incluso en las series gringas, vistas hoy por media humanidad, se advierte un malestar enorme producido por la creciente frustración de los estadunidenses blancos, cristianos y de clase media. El brillante ensayo de Emily Nussbaum en el New Yorker sobre la serie The middle y la forma en que sintetiza ese hartazgo clasemediero tras ocho años (y contando) de recesión internacional no tiene desperdicio. La consecuencia natural ha sido, como suele pasar en estos casos, echar mano de un poquito más de populismo en la siguiente elección, lo que le tocó a 2016. El destino de Bernie Sanders y su discurso en contra del 1% de los ricos es incierto; acaso cuando este artículo se publique ya habrá claudicado. Pero su contribución a ese hartazgo borroso, que nadie sabe muy bien contra qué es (“el 1%”, “México”, “los políticos de siempre”, “los musulmanes”), como el de Trump, es indeleble.

Más que ninguna otra, esta elección presidencial en Estados Unidos ha redefinido los bandos políticos. No importa en 2016 ser demócrata o republicano, burrito o elefantito: lo que está en juego son propuestas de modelos económicos que han desatado un corte transversal en los partidos. Ya no se trata de los “políticos de siempre”, del buen liberal (Hillary Clinton) contra el buen conservador (Marco Rubio, Ted Cruz), sino que en cada partido surgió algún personaje heterodoxo. Sin embargo, mientras Sanders es algo más que demócrata (rayando en “socialdemócrata” o “socialista”, como se autodefine), Trump no es demasiado republicano. De hecho, ni siquiera es republicano a pesar de estar afiliado al partido. Sus New York values lo traicionan —y al tiempo le ayudan—. El corte transversal que ha representado Trump en el Grand Old Party (GOP) es el de una heterodoxia que de republicana tiene una profunda admiración por Ronald Reagan —y nada más—. Si compite por el Partido Republicano es porque sabe que en el Demócrata, al cual también ha estado afiliado (antes de 1987 y entre 2001 y 2009), con el que se identifica más y al que ha donado dinero, no tendrá las de ganar mientras siga siendo un millonario neoyorquino.

Es por ello que esa redefinición de los bandos políticos puede llevar a Trump a la presidencia una vez que la opción Sanders se apague, pues el discurso, las propuestas y el electorado (nuevo, joven) de ambos tienen más en común mutuamente que los de Sanders y Clinton. Para el potencial votante frustrado, enojado, preocupado y resentido de Sanders que está en contra del “1%”, identificado como “independiente” y no como “demócrata”, es más llamativo el mensaje directo y radical de Trump —aunque, irónicamente, él sea parte de ese 1%— que la mesura pro-Obama de “político de siempre” que emplea la ex Secretaria de Estado. En un escenario de elección polarizada en noviembre, como pinta todo, al menos si un porcentaje pequeño de los expartidarios de Sanders se decanta por Trump, algo que es muy factible (en Virginia Occidental se registró en mayo que 4 de 10 partidarios de Sanders votarían por Trump llegado el caso), sería de gran ayuda para este último.

 

Cátedra de populismo

 

Es un axioma que Trump (lo pondré en cursivas, destacando al candidato hoy y no a la persona, Donald) reúne todas las características del populismo político, del más básico, al pie de la letra. Se ha presentado, primero que nada, como un señor muy enojado. La coherencia de sus posiciones políticas es escasa; su éxito proviene del mensaje contra todo y de tres frases bien armadas que repite por doquier con una recepción extraordinaria. Ensalza a la gente común por encima de la elite corrompida; incluso sube a personas de su audiencia al estrado para que se empoderen diciendo algo al micrófono y critica a los camarógrafos y a los medios por enfocarlo solo a él en vez de a los miles de simpatizantes en los mítines. Despide un nacionalismo poco acabado, más derrotista que triunfalista. Echa mano del viejo aislacionismo que culpa a actores extranjeros de los problemas de Estados Unidos. Menciona tres países (México, China, Japón, en ese orden) que resuenan entre la ignorancia del estadunidense promedio como provocadores de la miseria norteamericana. Acaso lo más notable en la campaña de Trump es la facilidad con la que, siendo parte integral del “sistema” —al menos del económico, que es a fin de cuentas contra el que más resentimiento hay—, se haya podido posicionar como una alternativa viable frente a aquél.

Sin embargo, lo que impresiona todavía más es la manera en la que su discurso se ha interpretado: de la manera más literal posible. Y eso ha reforzado su éxito. Esa interpretación temerosa de Trump, que lo ve como un “peligro”, tampoco ha quedado exenta de exageraciones, como en la supuesta “xenofobia” que existe más en la indignación de los presentadores de televisión y en los escritores de columnas que en las tres frases (ofensivas, sin duda, y de eso se trata) enarboladas por el personaje en sus discursos. Eso por no hablar de las demostraciones hiperbólicas de patrioterismo entre la “intelectualidad” mexicana la cual, en su alarde por oponerse en todo al virtual candidato republicano, termina actuando de forma aún más ridícula que aquél. Ni siquiera cabría decir que las comparaciones que se pretenden serias, no solo inútiles sino estúpidas, de Trump con Hitler por ejemplo, están de sobra y no merecen atención. Cuando uno usa a “Hitler” para hacer una comparación con un personaje actual, o cuando se llama “fascista” a alguien, es porque los recursos inteligentes se agotan —le pasó a Vladímir Putin, de la misma forma ridícula e innecesaria, cortesía de bribones como Paul Johnson—.

También se le ha llamado “loco”, “autoritario”. Se ha dicho que iniciaría guerras (de hecho lo dijo él mismo, contra México, pero luego reculó conforme alcanzaba la cima de las encuestas). Sin embargo, una cosa es hablar enojado y otra ponerse a gobernar. No se tiene registro de que el individuo padezca de sus facultades mentales. La imposibilidad de que Estados Unidos tenga un presidente “autoritario”, sobre todo con la división en su propio partido en caso de ganar —lo cual crearía un Congreso seguramente desfavorable para él, principal impedimento para gobernar verticalmente—, es gigantesca debido a la institucionalización tan enraizada en la sociedad desde hace más de doscientos años de un sistema político con pocas averías, respetado por todos sus actores —incluyendo a Trump. El aislacionismo tan marcado que el precandidato ha despedido una y otra vez sugiere una concentración en asuntos internos, económicos sobre todo, en caso de ser presidente. Incluso, ha dicho que hay que “dejar a Rusia” resolver la guerra en Siria, que la OTAN es una institución “obsoleta” que necesita erradicarse o reformarse, y que “Estados Unidos no puede permitirse ser el policía del mundo”. Es cierto: como todo lo que dice Trump, mañana puede decir otra cosa. Pero las constantes de fondo, y éstas son algunas de ellas, son más comunes en su discurso.

 

Donald y Trump

 

En todo esto hay una adversativa descomunal. El fenómeno Trump tiene una contraparte indeleble y evidente que, en la mente de los más pasionales y de los más ignorantes, está olvidada, opacada. Esa contraparte es Donald, la persona privada. La que no es ni racista, ni republicana, ni vive enojada con el planeta, ni se interesa por los más necesitados. Es el empresario neoyorquino que observa Central Park desde lo alto de su rascacielos; el de los New York values, lo cual siempre le achacaron sus rivales republicanos, tan liberal como la abrumadora mayoría de los habitantes de Manhattan; el muchacho rubio de Queens que era un desastre en la escuela y terminó en una academia militar; el de los orígenes inmigrantes (como cualquier estadunidense blanco) alemanes y escoceses; el “emprendedor” que escribe libros insustanciales para que le vaya bien a uno en la vida; la celebridad ridícula que se muestra en reality shows y “golpea” luchadores por la espalda en los programas de la World Wrestling Entertainment (WWE).

A Donald le ha ido muy bien en la vida. Es decir, es muy cuestionable que esté muy enojado con todo: con los “políticos de siempre”, grandes amigos suyos a quienes ha financiado, incluyendo a su hoy rival Hillary Clinton en 2008 y a una retahíla de candidatos demócratas —porque siempre ha sido más cercano a los demócratas. Es cuestionable que esté enojado con “México” y los inmigrantes de Hispanoamérica, a quienes él mismo ha ayudado a legalizar en el pasado para emplearlos como mano de obra barata en su conglomerado empresarial. Con “los musulmanes”, grandes socios de negocios. Con “China”, cuya lógica económica y comercial apenas entiende.

Es decir: Donald no tendría por qué arremeter contra todo. Pero Trump, ese Trump construido a modo desde la inteligencia política de personajes como Paul Manafort o Roger Stone, empoderado por sus opositores (republicanos, demócratas, “intelectuales” mexicanos y periodistas mediocres hispanoamericanos) como la hidra al querer cortarle las cabezas y convertido en profecía autocumplida, ese Trump sí arremete contra todo y apunta a un grupo de resentidos muy específico (blancos de clase trabajadora) con el fin de conseguir lo más elemental en una campaña democrática: ganar votos.

Valga un poco de historia. Donald (y no Trump) decidió buscar la candidatura a la presidencia de Estados Unidos por primera vez en 1987. Lo hizo por el Partido Republicano, al que se afilió en ese año, pues antes de esa fecha su registro como votante era por el Partido Demócrata. En ese tiempo no estaba enojado. Admiraba al presidente Reagan, el más business-friendly de los mandatarios estadunidenses en varias décadas y el actor —literalmente hablando— que dio inicio a esa mezcla de neoliberalismo, neoconservadurismo y nuevo nacionalismo que, como ha dicho Fernando Escalante en su Historia mínima del neoliberalismo (El Colegio de México, 2015), cimentaría la refundación del GOP hacia la posguerra fría. Sin embargo, Donald desistió de su intento por suceder a su ídolo —hoy presume sus fotos con él para demostrar su “conservadurismo”— porque lo suyo, lo suyo, era el negocio de bienes inmuebles. Su plataforma electoral era cercana a lo que Reagan representaba: que el Estado desregule, que se repliegue de la economía —la moda del momento, al igual que ahora. No iba mucho más allá. En ese entonces los malos eran “Arabia Saudita”, “Kuwait”, “Francia” y “Alemania”, pero no tuvo tiempo de añadir más a la lista, ni el arrastre suficiente (y, puede decirse, tampoco la ambición), por lo que suspendió su campaña antes de iniciada y declinó a favor del imbatible vicepresidente George H. W. Bush.

En 1999, Donald (y no Trump) se tomó más en serio la política y su candidatura presidencial. Todavía no estaba enojado; al contrario, sonreía bastante, como en la portada de su libro The America we deserve (“El Estados Unidos que merecemos”; 2000), su plataforma política. Sin embargo, aunque sonriente, abandonó el Partido Republicano pretextando que éste se había ido “muy locamente a la derecha” y buscó ser candidato por el Partido Reformista de Ross Perot, el industrial que se llevó 18.9% del voto popular en la elección presidencial de 1992 como independiente y 8.4% en 1996.

La campaña de Donald en 1999-2000 fue muy distinta a lo que se ve hoy. Propuso aumentar impuestos a los ricos para pagar la deuda externa, especialmente a quien ganase más de $10 millones de dólares. Literalmente, declaró: “Según mis cálculos, 1% de los estadunidenses, quienes controlan 90% de la riqueza en este país, se verían afectados por mi plan. El otro 99% de la gente obtendría reducciones considerables en sus impuestos federales sobre la renta”. Suena familiar. Donald también defendió entonces la asistencia sanitaria universal pagada por el Estado “Canadian-style”, el control de la venta de armas y el “derecho de una mujer a decidir” sobre su cuerpo, además de pronunciarse en favor de leyes que dieran derechos y protección legal a la comunidad homosexual, la revocación del “Don’t ask, don’t tell” e incluso enmendar la Ley de Derechos Civiles de 1964 para prohibir la discriminación por vía de la orientación sexual. Por donde se viera, estas propuestas “progresivas” sellaban de algún modo la ruptura de Donald con el Partido Republicano hacia el centro difuso que representaba el Reformista. De hecho, Donald decidió dejar la contienda en el seno de este partido por considerar que se había convertido en un recipiente de personajes que abanderaban todas las ideas políticas —y porque las encuestas no lo favorecieron. El partido de Perot se decantó por el ultraconservador Pat Buchanan como candidato, a quien Donald criticó por “amar a Hitler” (Buchanan declaró que la Alemania nazi no representaba amenaza militar para EEUU) y por “no querer” a los “negros” y los “gays” —dejando ver que él, Donald, no tenía problema con ellos, lo que para nada desentonaba con su origen neoyorquino, “progresista”. Nadie puso el grito en el cielo. Y Donald no estaba enojado aún. En la siguiente década, en su registro de votación, se identificó como afiliado al Partido Demócrata entre 2001 y 2009.

El 2015 ofreció la oportunidad ideal para las inconsistencias del personaje en un contexto de recesión económica prolongada, frustración clasemediera, el contagio europeo de culpabilizar a los inmigrantes por los problemas, el recrudecimiento del fundamentalismo islámico en Medio Oriente y en Europa con la presencia de ISIS y una política exterior de la administración Obama más pragmática y que dejó de mostrar músculo —porque recurre a otras tácticas, no menos efectivas. Fue así como Donald se convirtió en Trump, de la mano de asesores que vieron en el desastre y en los ánimos de cambio una oportunidad para obtener votos —y puestos, y dinero. Entonces sí: el hasta ese momento sonriente magnate Donald frunció el ceño, paró la trompa (¿Trumpa?) con el labio inferior un poco más salido y arqueado hacia abajo, se tiñó el cabello con un color más vistoso que antes y se despertó un buen día en lo alto de la Trump Tower muy enojado. Dijo que siempre había sido conservador, que siempre había sido republicano. Pero, más importante, prometió que iba a hacer renacer al país, que sufre por culpa de los injustos tratados comerciales con “China” y “Japón” y el trabajo que se roban “los mexicanos”.

Y con eso bastó. Las tres frases bien armadas dichas con enjundia y el rostro enojado pudieron más que el sincero conservadurismo religioso de Rubio y Cruz, más que la experiencia intachable y gran habilidad política del gobernador de Ohio John Kasich, que las intrigas del Tea Party y el discurso pro-inmigrante de Jeb Bush, cuestión que, por cierto, ha sido la más debatida desde hace diez años en el seno del Partido Republicano y que explica en mucho su principal problema en la última década —hasta ahora. Trump dio una cátedra de populismo que lo dejó solo en la punta, cuando antes las encuestas habían favorecido cada mes a un republicano distinto.

Ni siquiera tuvo que hacerse el republicano, porque la lógica ya no es esa. Durante los debates contra otras figuras del GOP, Trump no pudo ocultar el lado progresista de Donald. Una y otra vez fue criticado, conforme avanzaba en las encuestas, por sus “New York values” y por no ser un conservador férreo. Su progresismo quedó en evidencia cuando, al tratar de hacer concesiones al votante republicano promedio y decir —como todos sus contrincantes— que buscaría la manera de acabar con el Obamacare, añadió: “no dejaré morir a la gente en la calle”, dando pistas sobre su idea, muy personal, de ofrecer asistencia sanitaria pagada por el Estado a los más necesitados. Parte de esto quedó plasmado, por cierto, en su plan sanitario. El Donald proelección de la mujer ha dado pie al Trump pro-vida, el que ha sido pro-vida “por mucho tiempo” y que ahora incluso ha mencionado que debería haber “castigo” para la mujer que aborte excepto en casos de “violación, incesto o riesgo para la madre”. Pero también es un tema que prefiere endilgar a cada estado —para no meterse en problemas—, al igual que muchos otros temas que producirían una presidencia relativamente descentralizadora en vez de una que acumule poder —otra vez, para no meterse en problemas— porque esté “loco” o porque sea “autoritario”. Le ha pasado lo mismo con su actitud hacia la comunidad LGBT, que ha sido aún más vaga. Y no es coincidencia: le cuesta demasiado anteponer su creencia personal a las presiones del partido en el que milita en esta ocasión, sobre todo ahora que es el presunto nominado republicano. Incluso ha sido apoyado por asociaciones que defienden derechos iguales para los homosexuales, discurso que el precandidato intensificó tras la masacre de Orlando. A todas luces, difícilmente se trata de la mentalidad de un republicano típico. 

El propósito aquí no ha sido criticar a Donald Trump —cosa que no es difícil, pero tampoco merece un tratado filosófico ni tomárselo personal. Mucho menos defenderlo. Lo importante es cuestionar la construcción de su imagen, la de Trump a secas. Ni es racista, ni fascista, ni está loco, ni está enojado. Sí: cae mal, habla de su pene en los mítines, grita a los manifestantes que se larguen. A pesar de todo eso, que es otra cosa (parte del show, el cual ha matizado bastante desde que sus contrincantes declinaron), Donald Trump se ha distinguido en los últimos meses por ser un maestro del disfraz —como su admirado Reagan— que ha dado una cátedra soberbia de populismo, del más simple y llano. Lo sorprendente es que el mensaje que emite se interprete literalmente, como si el Big Bang se hubiese dado ayer, al grado de dejar en el olvido sus ideas anteriores a 2015 y su procedencia de la “elite”. Desde hace meses se le ha tomado como algo dado, invariable y monolítico, eterno e inmutable. Lo dijo Alejandro Kaufman recientemente: “es curioso cómo tantas personas tan lúcidas reaccionan a lo efímero como si fuera definitivo o hasta eterno cuando es contingente, incierto”. La frase no podría ser más aplicable a este caso.

No se trata de no tomar en serio al personaje, sobre todo como representante y canalización del malestar y enojo en un sector importante de la sociedad estadunidense. Lo que se necesita es separar lo relevante de lo irrelevante, dejar el patrioterismo inútil de lado, entender que el culpable de lo que se ve hoy no es Trump. Tampoco Donald. Es una manera de hacer las cosas, alrededor del mundo, que cada vez funciona menos. Una pista: comienza con neo, termina con ismo. Y en medio queda, literalmente, el modelo liberal (político, económico, social incluso), cuestionado ya desde todos los flancos.

 

 

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Rainer Matos Franco es licenciado en relaciones internacionales por El Colegio de México y maestro en estudios de Rusia y Eurasia en la Universidad Europea de San Petersburgo. Su publicación más reciente es Limbos rojizos. La nostalgia por el comunismo en Rusia y el mundo poscomunista (El Colegio de México, 2016). Ha colaborado en las revistas Nexos, Pauta, Revista de la Universidad de México (UNAM) e Istor (CIDE).

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