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Trump mira hacia México; Hillary no lo ve

Mario Guillermo Huacuja | 01.10.2016
Trump mira hacia México; Hillary no lo ve

La visita de Donald Trump a Los Pinos fue vista como uno de los episodios más lamentables de la historia de las relaciones entre México y Estados Unidos. Después de varias semanas de incredulidad y marasmo, el país del sur del Río Bravo despertó de la pesadilla con la sensación de que en las elecciones de noviembre para definir al próximo huésped de la Casa Blanca se jugará un destino histórico para México. Tal vez, si todos los pronósticos desfavorables se cumplen y el aprendiz de brujo saca los demonios de su chistera, podría sobrevenir una nueva invasión de los yanquis.

En el centro de la borrasca se encuentra el actual candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, un hombre del cual pocos creían que llegaría a la candidatura. Donald Trump es un advenedizo a la arena política. Se trata de un empresario que heredó un emporio de bienes raíces de su padre, y que se fue adentrando en el mundo de la televisión y la farándula con un olfato de sabueso. Es un magnate que no oculta su narcisismo, presume la belleza de su mujer y de su hija con declaraciones estrambóticas y ha puesto a brillar su nombre en el logotipo de sus empresas y las fachadas de sus edificios. Durante 12 años promovió un programa de concursos televisivos para burlarse de los aspirantes a millonarios, cuya audiencia llegó a calibrarse en 28 millones de televidentes en 2004.1 Amante de los reflectores, inmune a todas las críticas, Trump fue el propietario de los concursos de belleza Miss Universo y Miss Estados Unidos desde 1996 hasta 2015.

Como precandidato republicano a la Casa Blanca, el magnate puso estratégicamente a México en el centro de sus propuestas. Y lo hizo de una manera que no por estridente deja de tener raíces históricas universales. Al igual que las dinastías que se sucedieron en China desde el siglo V a. C., Donald Trump quiere poner una muralla a lo largo de la frontera para detener a las hordas enemigas. Así lo dijo desde que su campaña dio los primeros pasos. A su juicio, los mexicanos que cruzan la frontera son criminales, violadores y portadores de drogas. En consecuencia, al llegar al salón oval de la Casa Blanca moverá las piezas necesarias para deportar a todos los mexicanos que se encuentran ilegalmente en el país, que en la actualidad son más de 11 millones de habitantes que viven en la penumbra.

Aunque sus arranques nacionalistas y xenófobos incluyen también a todos los grupos árabes, su estrategia contra los mexicanos tiene una virulencia mucho mayor. En todos los eventos de su campaña, el candidato lanza a sus seguidores una pregunta a manera de desafío y consigna de identidad: ¿Quién pagará por el muro en nuestra frontera? Y la multitud enardecida responde de inmediato: ¡México!

El tema de quién pagará el muro ha cimentado la cavernaria idea de que hace falta una muralla para contener a las oleadas de migrantes, y ha desplazado el interés político hacia las fórmulas para financiarlo. Ése fue el tema central de la desventurada entrevista entre el candidato republicano y el presidente de México en Los Pinos. Y en este sentido, plasmadas oficialmente en el ideario republicano, las propuestas de Donald Trump son igualmente imprácticas y descabelladas.

Trump sostiene que para pagar la construcción del muro en la frontera es necesario modificar el sistema financiero de las transferencias bancarias a través de organismos como Western Union.2 Afirma que existe una sangría de recursos de Estados Unidos mediante las remesas que los trabajadores mexicanos envían anualmente a sus familias, y que ascienden a 24 mil millones de dólares anuales en promedio. Y eso, dice el candidato, debe llegar a su fin. No importa que se trastoquen las leyes primarias del capitalismo, como el salario devengado por un trabajo, la transferencia de recursos a través de los bancos y el sustento de las familias de los trabajadores.

En el nuevo catecismo del Partido Republicano, el villano y enemigo histórico de Estados Unidos es México. Para reforzar ese punto de vista, se dice que la afluencia de trabajadores ilegales que provienen del sur ha destruido los empleos y bajado los salarios, pulverizando los cimientos de la clase media estadounidense. Pero no sólo eso. Los trabajadores ilegales de México se asocian en numerosas bandas delictivas, que supuestamente cometieron delitos que desembocaron en más de 3 millones de arrestos únicamente en 2011. Por eso —continúa la nueva doctrina— es preciso deportar a todos los trabajadores ilegales (cometan o no faltas a la ley), y endurecer y encarecer la expedición de visas. Para ello, también es necesaria la creación de un nuevo cuerpo policiaco capaz de detener la invasión de los migrantes que provienen del sur.

Parece mentira, pero la política de los republicanos en el país más poderoso del mundo está siguiendo la pauta de los emperadores de la China antigua, que levantaron una larguísima muralla como la principal medida para contener a los bárbaros mongoles. Nada moderno, por cierto.

En el Partido Demócrata, por su parte, la candidata representa el universo más opuesto a la carrera y a las ocurrencias de Donald Trump. Hillary Clinton es el ejemplo mejor logrado de los esfuerzos de superación de las mujeres de la clase media de Estados Unidos. Una brillante abogada de Yale cuya carrera hace palidecer a la de todos los políticos de su país. Desde su época de acercamiento con Martin Luther King y su participación en el juicio de Watergate contra el presidente Nixon, su trayectoria ha estado marcada por su lucha a favor de un sistema universal de salud, la protección de los niños y la igualdad de género. Es además una escritora de talento y, a través de sus libros, ha dejado constancia de su paso por las aulas universitarias, sus años como esposa del gobernador de Arkansas, su experiencia como senadora de Nueva York, sus ocho años de vida al lado de Bill Clinton en la Casa Blanca, la campaña presidencial que perdió por una nariz con Barack Obama y su gestión como secretaria de Estado del primer presidente afroamericano de la nación.

La diferencia de currículum entre los candidatos demócrata y republicano no puede ser mayor: mientras Donald Trump se ha codeado con inversionistas menores en los países donde ha establecido negocios, Clinton conoce a profundidad las relaciones de su país con el mundo, y se ha entrevistado con estadistas de la talla de Nelson Mandela, Václav Havel y Borís Yeltsin.

El ideario y futuro plan de gobierno de Hillary Clinton es muy prolijo. Abarca temas como una reforma fiscal moderada, la ampliación del sistema de salud, la inyección de grandes inversiones en infraestructura y tecnología, el fortalecimiento del combate al cambio climático, la liberación de las deudas estudiantiles, una reforma al sistema de justicia, la limitación a la libre venta de armas y la lucha contra el terrorismo. Es una agenda tan amplia y detallada que incluye tópicos muy específicos, como la prevención y el fin del Alzheimer para el año 2025, la cura del VIH/Sida, los derechos de las personas con discapacidad, el combate frontal a las violaciones en las escuelas y la protección de los animales.3

¿Dónde está México en ese programa? En ninguna parte, salvo en el tema que se refiere a la reforma migratoria.

La visita de Donald Trump a Los Pinos tuvo también una consecuencia indeseada en la diplomacia internacional: después de eso, Hillary Clinton le dio la espalda al Gobierno de Enrique Peña Nieto. Y si llega a la presidencia, no correrá presurosa a estrecharle la mano. Lo más probable es que asuma una relación gélidamente respetuosa.

La candidata de los demócratas ofrece un trato humanitario para los emigrantes. Promete acabar con la legislación que castiga a los trabajadores que se pasan del tiempo reglamentario de estancia en Estados Unidos con la prohibición de regresar al país durante tres o diez años, poniéndolos contra la pared o en la alternativa de permanecer en la ilegalidad; llevará a sus últimas consecuencias el programa de Obama que permitía legalizar a más de 5 millones de emigrantes, y que fue echado abajo por el voto de los republicanos en la Suprema Corte; acabará con las detenciones masivas de las familias que llegan a Estados Unidos huyendo de la violencia y la pobreza; cerrará las cárceles privadas para migrantes, donde se pisotean los derechos de todos los infelices que son detenidos al cruzar la frontera; promoverá el acceso al seguro de salud para las familias que llegaron al país y facilitará la integración de los emigrantes a Estados Unidos a través del aprendizaje del inglés y la creación de una oficina especial para migrantes.

Aunque el tema de la migración forma parte esencial de la agenda de Clinton, sus prioridades son también otras. Los desafíos en el ámbito interno son enormes, y para hacerles frente va a necesitar el apoyo de la gente del Capitolio, que ha estado tradicionalmente en contra de los demócratas. La candidata enfrentará, de entrada, dos retos gigantescos: la violencia y el racismo. La libre venta de armas en el interior del país ha desembocado en una serie de matanzas aleatorias por parte de desequilibrados mentales y, más aún, de fundamentalistas islámicos. El racismo, por su parte, ha llenado las cárceles con afroamericanos que no merecen ese castigo. El 25% de la población mundial que está en prisión se encuentra en Estados Unidos, y la inmensa mayoría de los reclusos estadounidenses es afroamericana. Ni siquiera el primer presidente afroamericano de Estados Unidos pudo hacer algo por ellos.

No parece fácil. De llegar nuevamente a la Casa Blanca, la señora Clinton tendrá que batallar con enemigos que, juntos, la sobrepasan: la violencia y el racismo internos, la lucha por el poder imperial, el desgaste de la democracia dentro y fuera del mundo occidental, el terrorismo de varias cabezas y… su propia salud.

En ese contexto —y en este momento—, México no ocupa un papel preponderante en su agenda.

Para Donald Trump, en cambio, México es fundamental. Podría decirse que es la pieza más importante para definir su política. Es la palabra más repetida en sus discursos. Es el enemigo a repeler. De llegar a la presidencia, Trump se levantaría como el caudillo protector de la patria contra los bárbaros del sur.

Y no nos la vamos a acabar.

 

NOTAS

1. “The People Behind The Apprentice Owe America the Truth About Donald Trump”, The Atlantic, 19 de septiembre de 2016. http://www.theatlantic.com/politics/archive/2016/09/the-people-behind-the-apprentice-owe-americans-the-truth-about-donald-trump/500504/

2. https://www.donaldjtrump.com/positions/pay-for-the-wall

3. https://www.hillaryclinton.com/issues/

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Mario Guillermo Huacuja es autor de El viaje más largo y En el nombre del hijo, entre otras novelas. Ha sido profesor universitario, comentarista de radio, guionista de televisión y funcionario público.

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