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Abandono y arrepentimiento

Julieta García González | 01.10.2016
Abandono y arrepentimiento

“Los celos son, de todas las enfermedades del espíritu, aquella a la cual más cosas sirven de alimento y ninguna de remedio”, dijo Montaigne. De eso me enteré hasta que cumplí veintidós años. Estaba enamorada por primera vez y no podía pensar en ese hombre tan amado en otros brazos que no fueran los míos; me resultaba imposible aceptar que sus besos no hubieran sido dedicados siempre a mí. Su historia previa me parecía dolorosa sencillamente por no ser mía del todo. Eso incluía a una perra, Yasha.

Era pastor alemán, la raza que en esta casa se ha privilegiado por voluntad y casualidad. Dueña de un porte exquisito, con ojos que parecían delineados por kohl y el garbo de una princesa, Yasha había sido el obsequio de una exnovia. Fue un regalo de adolescencia, una muestra de afecto y el deseo de una consolidación que nunca llegó. El nombre venía del violinista Jascha Heifetz, recién fallecido cuando la perrita estaba a la espera de ser bautizada. El padre de la entonces novia —fascinado con la Unión Soviética que ese año de 1987, cuando la perra llegó, ya no era ni la sombra de su sueño: Gorbachov firmaba tratados de desarme al lado de Reagan— fue quien la nombró, sin importarle que fuera un nombre de varón y ruso (Heifetz nació en lo que ahora es Lituania pero que por entonces era parte de la URSS).

Cuando la conocí no pensé en sus orígenes ni en su condición de regalo afectivo. Por entonces no sabía lo que significaba recibir una mascota como prenda de amor ni había tenido jamás un perro. El animal me pareció amable, elegante, cariñoso. Yo no estaba acostumbrada a las narices húmedas, a los coletazos o a la estela de fina pelambre que se pegaba a mi ropa. Aun así, sentí que era posible una relación con ella y me preparé para la convivencia.

 

Mis películas favoritas, en la infancia, tenían que ver con animales y mi peluche predilecto era un dálmata. Como en casa no podía tener un oso, un mono, una pantera o un cerdo de mascota y las arañas no estaban muy bien vistas, anhelaba un perro como pocas cosas. En mi familia, ese deseo estaba lejos de ser una realidad. Konrad Lorenz lo dijo muy bien: “Yo tuve, desgraciadamente, una infancia huérfana de perros”.

Miraba a los chuchos en las calles con curiosidad auténtica y con ánimos hospitalarios. Ellos me miraban a mí. Me seguían como una sombra hasta la puerta de mi casa y se quedaban ahí horas, llenos con la esperanza de haber hecho cálculos atinados. Si acertaban, tendrían un hogar, comida segura, el afecto que les era indispensable. A escondidas les pasaba rebanadas de jamón o trozos de pan, algún salami y hasta fruta. Si la comida les displacía me lanzaban ojos entendidos, para ver si aprendía los rangos de su dieta. Cuando era hora de dormir y las luces se apagaban, los perros se volvían por donde habían venido. A veces regresaban a la puerta de la casa —uno, dos días. Luego, en vista de que no podían quedarse a vivir frente a la verja ni esperar a ver a qué hora llegaba una mano capacitada para alimentarlos, terminaban yéndose. Nada les divertía menos a mis padres que la idea de convertir su casa en un refugio canino y no sentían ninguna cercanía con los perros, los gatos o, en general, los animales. Íbamos al zoológico con regularidad porque mi padre admiraba —protegido por rejas, en la extraña lejanía que imponen esas cárceles— la majestuosidad de las grandes bestias: entendía su magnificencia y la respetaba. Pero no encontraba en las mascotas toleradas por entonces nada muy notable o tan siquiera destacable. Con los años todos en la familia cambiaríamos nuestra perspectiva sobre los animales domésticos, pero cuando yo conocí a Yasha aún tenía reticencias.

 

En la novela de Julian Barnes, Antes de conocernos, el personaje central, Graham Hendrick, desciende la larga escalera del tormento cuando siente celos retrospectivos. Su segunda mujer, Ann, por quien dejara a la madre de su hija, tuvo el atrevimiento de llevar una vida previa. Graham no siente celos de entrada e inicia con su nueva mujer —quien fuera actriz fugaz y sin talento— una vida normal, casi saludable; es hasta que va al cine a ver una película vieja y la mira en pantalla actuar al lado de su coestrella que algo se le activa dentro. Después de la película, en la intimidad de su hogar, le pregunta a su mujer si tuvo que ver con ese actor y Ann, sin tapujos, le dice que sí y le resta todo valor o protagonismo al tema.

Para él, un profesor universitario, la falta de interés de ella se vuelve un incordio más y pronto se encuentra obsesionado con el asunto: ve esa película de poca monta tres veces seguidas en una semana, deja de entender razones, se llena de ansiedad y odio por el hombre que alguna vez besó a quien ahora duerme a su lado. Barnes desposee a su personaje, poco a poco, de todo lo que alguna vez lo convirtió en el hombre que Ann pudo amar, en un padre sensato o en un hombre respetado. Los celos se apoderan de él de una manera total, inclusiva, abarcando con ellos el espectro entero de su vida de pareja y de su tranquilidad.

Yo no bajé a los infiernos como Graham, tal vez porque supe sentirme querida y apreciada, tal vez porque era muy joven. Sin embargo, sentí que había algo completamente fuera de mi alcance cuando conocí a quien sería después mi marido, algo que estaba más allá del mundo que podríamos construir juntos y que nunca sería de mí. El enamorado se siente en trozos y busca en el otro completud, navegando por el sentimiento como mejor puede, a veces tomando fragmentos del pasado para apoderarse de lo que le es inalcanzable. Jamás antes había sentido celos ni entendía el tipo de emociones que estaba viviendo. Todo era misterioso, nuevo y, de alguna manera, doloroso. La víctima en todo el asunto fue una perra que había sido dada con afecto y recibida con amor, que había vivido rodeada de cariño y atenciones, bajo una tutela juvenil, bienintencionada, no siempre disciplinaria.

 

La relación avanzó más rápido de lo que hubiéramos supuesto él y yo cuando nos vimos por primera vez. Decidimos compartir nuestra vida de una manera más o menos inusual y a la velocidad del rayo. En la boda nos paramos bajo el marco de una puerta por la que los invitados debían pasar y nos presentamos con familiares y amigos: yo soy la novia, yo soy el novio, mucho gusto. A nadie le cabía la menor duda de quiénes éramos, porque nuestra ropa y peinados nos delataban, sólo que era una cortesía que le debíamos a la mayoría de los asistentes, incluyendo hermanos, tíos, primos, abuelos: muy pocos conocían a las dos partes de la recién pareja.

Viviríamos en Baja California Sur por un tiempo indefinido, sin una dirección fija. Nos tocaba cargar lo nuestro, lo imprescindible. O a mí, porque él ya llevaba un año por allá cuando me conoció en la Ciudad de México. Así que yo llevé un coche muy usado que pagaría a plazos, libros, ropa, una almohada, algunos discos. Él aportó un colchón, su aparato de música, su ropa y, por encima de todo, su perra amada, con la que vivía, con la que compartiríamos habitación.

El amor es el camino de la elección. Y toda elección implica una renuncia. Yo renunciaría a la vida que conocía, me iría a vivir a 42º a la sombra, buscaría un trabajo de lo que fuera, me acoplaría a todo… salvo a una cosa: la perra no vendría con nosotros.

El arrepentimiento siempre llega trasnochado; es la razón posterior a la acción. Arrepentirse es reconocer un daño y una pérdida; es, según Oscar Wilde, el momento de la iniciación. Desde la cárcel de Reading, Wilde escribió una carta para Lord Alfred Douglas en donde anota: “No defiendo mi conducta. La explico”. El autor de El retrato de Dorian Gray hizo en su largo texto —ahora conocido como De profundis— una revisión personal que pasaba por meter distancia consigo mismo. Trató de leerse, como si fuera un libro abierto. Esta “explicación” que no requiere defensa suele llegarle a las personas con el paso de los años o cuando las circunstancias obligan. Las acciones que más pesan en la propia historia y que se convierten en un lastre conforme avanza la vida son las que tienen una carga moral. Si, con algún acto personal, dañamos a otro ser, vendrá el peso del arrepentimiento. A veces, entre el daño y la conciencia del mismo, pasan décadas.

Llegamos a nuestra vida en el mar por carretera y sin Yasha. El hermano de mi flamante marido se ofreció a hacerse cargo de ella: la adoptó. El espacio donde vivimos en un principio me hizo sentir una justificación para ese abandono. Era un cuarto pequeño, de servicio, en el que cabía una cama, un escritorio hecho con la puerta abandonada de un clóset que no teníamos y un baño mínimo, muy rústico. El techo era de asbesto y el suelo de cemento. Había días y noches en que parecía que la cuadra entera, con todas sus casitas de una planta, ardería en llamas: la canícula era insoportable. Si nosotros, lampiños y capaces de encender el ventilador de pie, la pasábamos mal, ¿cómo sufriría una pastor alemán forrada por capas y capas de pelambre densa y oscura, incapaz de sudar? Mi pensamiento se daba la vuelta por una forma extraña de la compasión: Yasha viviría mejor en la Ciudad de México, de clima bondadoso. No había experimentado en carne propia que un ser amado y admirado prefiriera a alguien más. Tampoco sabía lo que significaba para un perro elegir a una persona, quererla y ser separado de ella.

 

La vida nos presenta disyuntivas y queremos resolverlas de manera eficiente, sin demasiados costos energéticos. Tal vez nos inclinamos por esta forma de modificar nuestros asuntos porque así fue como evolucionamos, eliminando lo que resultaba más costoso para el organismo. Ahora sé que para mí era más difícil resolver emociones revueltas, celos casi infantiles, que dejarlo todo para llegar con las manos vacías a un lugar desconocido, sin una carrera terminada y sin otro propósito que el amor. El pasado del objeto de mi afecto era algo sin remedio, era así y listo. Yasha era una prueba irrefutable que podía eliminarse. No fue un acto violento. No puse un ultimátum de telenovela ni hice aspavientos excedidos. Fui firme en una negativa y nada más. Pensé en estar tomando el camino correcto, uno que resolvería los demasiados problemas con los que sentía enfrentarme. La disyuntiva era falsa y el camino era el más fácil.

Cuando la casualidad nos trajo a Venustiana y vislumbré la complejidad de sus emociones, sentí por primera vez la punzada del arrepentimiento. La otra perra, que vivía lejos de nosotros, ¿merecía esa distancia? Más aún, ¿se encontraba bien? De manera periódica preguntábamos por ella. Los reportes eran todos positivos: estaba de maravilla, se portaba como una reina y daba la impresión de ser feliz. La información reforzaba una idea con la que yo había crecido, muy extendida en el país: la idea de que los animales con los que convivimos no tienen una vida interior rica, que son tan sencillos como el árbol que, si acaso, cambia sus hojas con el paso de las estaciones.

 

A pesar de todo, la inquietud se sembró en mí. No sólo la perrita del basurero había alterado mi visión antropocentrista, sino la vida misma que llevaba en esa época. Vivía con un hombre que estudiaba y planeaba dedicarse a la biología marina. Durante esos años, La Paz no tenía una buena oferta de entretenimiento y nosotros, de cualquier manera, no teníamos el dinero para aprovechar lo poco que había. Así que tuvimos que hacer del entorno nuestro oasis. El desierto exigía sacrificios y rigor y el mar fue donde estuvimos sin importar nuestra pobreza. Las playas que visitábamos eran casi vírgenes, pasaban semanas y meses sin que nadie las pisara. En los meses de calor pasábamos ahí, metidos hasta la cintura, tardes enteras. Las temporadas del año se reflejaban en la vida submarina. Esnorqueleábamos, nadábamos, mirábamos la abundancia y extravagancia de los seres de esas aguas con conocimiento de causa —el mío muy de segunda mano. Convivimos con mamíferos marinos inmensos y juguetones, con los peces más grandes y con seres supuestamente temibles. En casi todos estos animales, variados y no siempre agradables, pude ver emociones y reacciones que no hubiera imaginado. Sentían miedo y gusto, buscaban la diversión o querían provocar, necesitaban protección o soledad. Si esto era evidente en los seres marinos, tan distantes a la gente de la urbe y con tan poco contacto humano, ¿por qué no revisar dos veces lo que había en los perros, más cercanos a nosotros?

Volvimos a la ciudad después de cinco años de sol, arena, huracanes, mar y desierto. El ajuste sería temporal, nos dijimos, porque seguiríamos el camino que la naturaleza nos ofrecía. Yo tendría que encontrar un acomodo o una forma eficiente de engrosar la piel, que se me ponía hecha una miseria con la radiación solar, el agua salada, los mosquitos, el polvo desértico y los accidentes que de forma cotidiana se dan a la intemperie. Había tan sólo que tomar un descanso en la gran urbe antes de lanzarnos a otro sitio tan salvaje o más que nuestro primer establecimiento.

No sabíamos cuánto se prolongaría el descanso, así que mantuvimos la relación con Yasha como estaba. Pero apenas pasados unos meses hicimos lo que pudimos por traerla de vuelta. Nos ayudó que el hogar que la cobijaba se preparaba para el nacimiento de un bebé. Perros y bebés son, para las abuelas, una mala combinación, tal como lo proponía La dama y el vagabundo varias décadas atrás. La madre de la próxima madre insistió en que la perra tenía que irse; así que, una vez más, fue despojada de su dueño y de su casa y pasó, como pasan los objetos, a la nuestra.

 

En la ciudad que parecíamos estrenar tuvimos un empleo, marido y mujer, en un diario recién inaugurado. Yo estaba en la sección de cultura, él en la de ciencia. Duré en ese trabajo apenas dos meses antes de que me corrieran —algo que casi agradecí, porque no tenía silla para hacer lo que me correspondía y me sentaba en una pila de periódicos que jamás se entregarían. Nuestro departamento era mínimo: tan sólo 49 m2 donde ahora vivíamos tres. Ahí fui a dar con mis huesos y mis ganas de hacer algo distinto al periodismo de pacotilla que me había tocado en suerte. Yo era una editora-pseudoreportera tal vez no muy ducha, pero el diario cabía en la declaración de Mark Twain sobre el Cincinnati Enquirer: “Creo que debe estar editado por niños”.

Pensaba que no tendría más que la soledad de mi pequeño departamento, con vista a un inmenso árbol, un liquidámbar que llenaba toda mi visión de verde. Pero tuve algo mejor: la compañía de Yasha. Echada a mis pies (y calentándolos, cosa indispensable para una persona con permanente hipotermia) la perra participaba de mis proyectos. Arranqué una novela que se publicaría muchísimo tiempo después, pero que fue escrita casi de un jalón. Una novela que se benefició más tarde de los comentarios de amigos y editores pero que fue impulsada, iniciada y terminada por la rutina confiable que establecimos Yasha y yo.

La peculiar compañía que ofrecen los animales con los que convivimos en la intimidad es difícil de explicar. Su presencia es notada pero sin los ajetreos o las anomalías que suelen darse cuando nos rodeamos de otros seres humanos. Tal vez porque no compartimos el lenguaje o, más bien, porque el lenguaje que compartimos es uno que no incluye las palabras que acostumbramos, el vínculo y la comunicación son muy particulares. El animal que proviene de lobos y chacales, de perros prehistóricos, ha logrado transformarse de tal manera que puede dar consuelo y otorgarle calidez y armonía a algo que sería, de lo contrario, árido, solitario en el sentido más estricto y emocional de la palabra.

Esto no quiere decir que los animales no tengan sus propias necesidades (que incluyen, a veces, un espacio propio) o que estén libres de exigencias, caprichos o una voluntad que puede sacar ronchas. Abundo en el tema tan sólo porque nuestro trato hacia ellos sigue teniendo un dejo atávico y los llevamos y traemos como si fueran cosas: una taza valiosa, un tapete usado, el talismán que apreciamos.

 Nos gusta referirnos a quien acompaña a un perro como su “amo” o “dueño”. Si bien es cierto que los perros funcionan bajo un esquema piramidal donde el líder de la manada lo puede todo y los demás van haciéndose un hueco a dentelladas, también es cierto que la relación que se entabla entre un perro y una persona exige algo más que la soberanía y la autoridad. Los etólogos, evolucionistas e investigadores de la interacción interespecies se abruman tratando de explicar esta relación, buscándole una forma que encaje en los moldes que la ciencia ha establecido y que sirven como un buen paradigma para comprender el mundo pero que fallan de forma recurrente cuando hay que explicar los afectos.

 

Un perro se entrega a una persona. Es más, muchas veces es el perro quien elige a su próximo dueño, portándose zalamero o cursi, rudo o tosco, porque según ve el sapo da la pedrada. Un animalito que estaba destinado a la niña de la casa termina siéndole fiel y entregado al padre de esa niña nada más porque sí, porque de todos en esa familia ese padre, para el gusto del perro, fue el mejor. O a la inversa: el padre adquiere un bruto pitbull para defender a la familia y darse ánimos cuando pasea por el parque y, sorpresa, el perro sólo atiende con arrobo a las palabras susurradas por una niñita que deambula por la casa en pantuflas y tutú.

No podemos aún contabilizar cuánto pesa en ellos la ausencia de su humano favorito si, por azares del destino, lo llegan a perder. Como nosotros cuando perdemos a un ser querido, pasan por un periodo de luto y más tarde se resignan a su nueva vida, sin el amor y la protección que su persona les daba. Casi nunca es un proceso sin consecuencias: se vuelven más tímidos o más agresivos, eligen comerse su alimento de una manera distinta, duermen con inquietud o patalean por las noches, se asustan con lo que antes no los hacía temer…

Nuestra Yasha cedió, pues, al miedo. Lo provocaban los truenos y los cohetes. No es un miedo poco común en los perros. Su espectro de audición abarca mucho más que el de las personas, con un alcance hasta cuatro veces superior. En sus finos oídos, los sonidos agudos —el chiflido, el estallido, la aspiración y las vibraciones— resultan casi insoportables. Los pastores alemanes tienen las orejas erguidas como receptáculos de sonidos, preparadas para atrapar una presa; son víctimas fáciles en los días de fiesta.

 

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JULIETA GARCÍA GONZÁLEZ es escritora y editora. Ha publicado la novela Vapor (Joaquín Mortiz, 2004), los libros de cuentos Las malas costumbres (FCE, 2005) y Pasajeros con destino (Cal y Arena, 2013), así como el libro infantil El pie que no quería bañarse (SM, 2012). En unos meses saldrá publicada su próxima novela bajo el sello Random Literatura.