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Elogio de la brevedad

Vicente Quirarte | 01.10.2016
Elogio de la brevedad

A la memoria de Ignacio Padilla,

maestro de la mayúscula brevedad

 

“Seré breve” es una de las más temibles y terribles muletillas utilizadas por el mal servidor de las palabras. Esos dos puntos significan que el escucha habrá de soportar una larga arenga, casi siempre vacía de significado y llena de pasadizos retóricos. Nuestra exuberancia criolla tiende a la expansión, a mantenerse lo más fielmente posible en la agricultura de la zona tórrida cantada por Rafael Landívar. Sin embargo, ese carácter omnívoro de nuestra naturaleza, esa curiosidad es la que igualmente ha permitido que la aventura humana se resuma en el título de la obra central de Lucrecio, De la naturaleza de las cosas.

Por lo anterior, digna de alabanza y celebración es la Historia Mínima que en conjunto hoy presenta El Colegio de México con legítimo orgullo. En algún momento de nuestra vida, todos nos hemos formado en colecciones que aspiran a convertirse en mapas del conocimiento. Un mapa es testimonio gráfico de un fragmento del mundo transformado por voluntad del explorador, el guerrero, el utopista o el colono. Desde el tramado de cuerdas y semillas utilizado por los primeros navegantes para dar fe de su paso por las aguas hasta los grabados en metal que permitieron la emergencia de luces y de sombras, un mapa es la tierra domesticada, el planeta puesto ante los ojos experimentados del geógrafo o ante el asombro no menos auténtico del profano. El mapa es un tesoro más importante que el tesoro, como descubre paulatinamente el adolescente Jim Hawkins en La Isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, en rituales de paso que aceleradamente lo transforman en hombre. Más que promesa de aventura, el mapa es la aventura en sí: viaje de la imaginación. Conquista objetiva de la realidad. En el prólogo a su libro La lengua española, Luis Fernando Lara establece lo que puede aplicarse a toda la colección: se trata, dice, “de ofrecer al público en general y a los estudiantes de lingüística, literatura e historia, una historia breve, comparativamente con las anteriores, mínima, en que se relatan los acontecimientos y los fenómenos más importantes”.

Por ese motivo regresamos a esos libros que nos dan una idea completa, integral y objetiva de un tema o una etapa de la historia: los Breviarios del Fondo de Cultura Económica, con la benemérita colección Que sais-je?, o con esa verdadera enciclopedia mexicana integrada por los volúmenes de la Biblioteca del Estudiante Universitario, que incluye algunos prólogos que hoy resultan verdaderos clásicos. Me atrevo a decir que lo mismo sucederá con varios títulos de esta Historia Mínima. La transición democrática en México fue un hecho histórico excepcional, y en las breves y sustanciosas ciento cuarenta y siete páginas de su libro, José Woldenberg nos ilustra sobre ese proceso del que le ha correspondido ser autor y artífice.

A Alain Borer se deben estudios decisivos sobre la vida del otro Rimbaud, particularmente del comerciante de Abisinia. Él es quien afirma que conocer todo de un solo tema es como saberlo todo, y nuestro Alfonso Reyes, a quien siempre recordamos en este espacio, decía que todo lo sabemos entre todos.

La Historia Mínima es fiel a este principio y para su proyecto ha convocado a especialistas de las diversas disciplinas. En la imposibilidad —y mi incapacidad— de hablar de todos los libros, me centraré en los más cercanos al arma que manejo. Me complace, por ejemplo, encontrar a mi querido y admirado Jon Juaristi, poeta que hace la anatomía de su país vasco y lo ofrece tanto a iniciados como a profanos. Nuestro José Emilio Pacheco afirmaba que la poesía es la reducción entre lo pensado y lo expresado. Lo mismo debe decirse de todo pensamiento humano: lo mínimo es lo máximo si en verdad queremos ser fieles al pensamiento y las palabras en las cuales se vierte. Obligación de los centros de enseñanza es publicar obras especializadas, surgidas del pensamiento generado en el cubículo, del contacto con los estudiantes y con los colegas. Pero igualmente es su gozosa obligación elaborar libros para el público que no tiene acceso a las aulas. Para quienes preferimos el diálogo con la página en lugar de la educación en línea o la lectura en pantalla, los libros de esta máquina del tiempo y del espacio son la mejor garantía para hacer realidad unas palabras de Emily Dickinson:

 

No hay, como el libro, una fragata

para llevarnos lejos.

No hay transporte semejante

a una página

de furiosa poesía.

 

Semejante trayecto

puede hacerlo el más pobre

sin oprimir su bolsa.

Qué modesto el carruaje

que a un alma humana lleva.

 

La colección Historia Mínima aspira a abarcar la mayor parte de las áreas del conocimiento, pero es inevitable que cada autor establezca su propia poética y aplique su estilo personal de mirar el fenómeno que le corresponde. Unidad y diversidad, afirmaba José Luis Martínez, y ese principio se aplica aquí. Me complace por eso que la Historia Mínima de La literatura mexicana del siglo xx haya sido encomendada a José María Espinasa, poeta, lector agudo, editor cuidadoso que lo ha sido de El Colegio de México, y que hace incisiones en el cuerpo de nuestra moderna tradición con un estilo muy personal y objetivo, y con la prosa exacta que lo caracteriza. De tal manera, el siglo xx aparece analizado por él de la misma forma que un historiador como John Lukacs, partiendo de que fue un siglo muy breve, desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín.

En el año 1965 apareció la primera edición del libro Visión panorámica de la historia de México, de Martín Quirarte. Lo invoco en esta presentación porque en su principio se advierte: “El autor de este libro no ha hecho una historia de México, sólo aspira a presentar una visión panorámica de hechos esenciales, sin ninguna pretensión erudita. En el presente estudio no se ha incluido al final del mismo una bibliografía, pero en el curso de estas páginas se hace alusión a obras de capital importancia. Cuando determinados argumentos están en contra de las opiniones comúnmente aceptadas, se ha citado la correspondiente fuente de consulta”.

Lo mismo puede decirse de esta Historia Mínima, donde la palabra mínimo apuesta a la mayúscula. Cuesta más trabajo decir en pocas palabras un gran pensamiento. Pero nuestra obligación es hacer que las palabras digan todo de sí. En el sótano de una casa de la calle Garay, en la ciudad de Buenos Aires, Jorge Luis Borges descubrió “una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”, merced a la cual pudo ver al mismo tiempo todos los espacios. La Historia Mínima aspira a lo mismo: hacer cortes sincrónicos y diacrónicos en países y sus pobladores, en héroes nominales y en actores sociales anónimos, en grandes elevaciones y caídas de ésa que José Emilio Pacheco llamó “esa molécula de esplendor y miseria que llamamos la Tierra”.  ~

 

* Texto originalmente leído durante la presentación de la colección Historia Mínima en El Colegio de México, que se llevó a cabo el 24 de agosto.

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VICENTE QUIRARTE es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e investigador titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante del Colegio Nacional. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Universidad Nacional. Su libro más reciente es la novela histórica La isla tiene forma de ballena.

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