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La heroína y otras drogras en el mercado estadounidense

Patrick Corcoran | 03.11.2016
La heroína y otras drogras en el mercado estadounidense

Se ha repetido tanto que ya es un cliché: la demanda estadounidense es el motor del tráfico de drogas en México, y por lo tanto de la inseguridad mexicana. No es una observación muy original en el 2016. Sin embargo, los altibajos del mercado de heroína ofrecen una ilustración detallada de cómo ha funcionado esta dinámica en el mundo real, y cómo las fuerzas ajenas al crimen organizado pueden fomentarlo.

Hace unas semanas, The Washington Post reportó sobre el caso de Hussein Awada, un doctor que se declaró culpable de encabezar un llamado pill mill, o centro de distribución fraudulenta de medicamentos legales. En apenas dos años, Awada dio recetas para 80 mil dosis de pastillas analgésicas a pacientes que no las necesitaban. Los pacientes fueron reclutados por un cómplice de Awada, con el trato de que ellos regresarían los medicamentos al cómplice, quien luego se encargaba de venderlos a una red de narcomenudistas en Michigan.

El caso de Awada no es muy bien conocido, ni mucho menos muy novedoso. Los pill mills han poblado una gran parte del territorio estadounidense durante la década pasada, sobre todo en zonas rurales donde predomina la pobreza.

Su crecimiento es producto de una revolución médica que tiene sus orígenes en los años 1980, que fijaba el tratamiento del dolor como uno de los objetivos principales de la vocación médica. Gracias a este movimiento, los doctores incrementaron sobre todo dramáticamente sus recetas para los medicamentos opioides.

Como la heroína, la base de los opioides es la amapola. Y aunque los doctores y las empresas farmacéuticas se querían convencer que no, los opioides legalmente recetados no son menos adictivos. Resultó que, con su afán de tratar el dolor como nunca antes, ellos en efecto crearon una generación de adictos.

Este movimiento tuvo a su favor al gobierno estadounidense. Los gigantes farmacéuticos tienen muchísima influencia política, y sus aliados resistieron los intentos de regular los opioides o cuestionar la lógica de usar heroína para tratar, por ejemplo, el dolor de espalda o el túnel carpiano. Además, los programas más importantes de salud pública reembolsan las recetas de opioides costosos. Por lo tanto, siempre hay una clase de gente con acceso fácil a pastillas con un valor altísimo en la calle, lo cual da oxígeno a los pill mills.

Los pills mills nacieron para satisfacer una demanda que los doctores legítimos no quisieron tocar, pero poco a poco los adictos que empezaron con opioides recetados optaban por un producto más barato y más eficiente en proporcionar la euforia: la heroína mexicana.

Las estadísticas cuentan una historia alarmante. El número de decesos en todo Estados Unidos a causa de una sobredosis de heroína alcanzó 11 mil personas en 2014, una cifra que triplicó desde 2010. Una encuesta gubernamental reciente sobre el uso de drogas estima que hay 435,000 consumidores regulares de heroína actualmente.

No casualmente, la producción de la heroína ha disparado dentro de México. Según la DEA, entre 2013 y 2014, el territorio dedicado al cultivo de la amapola creció por un factor de 62 por ciento. La nueva producción está concentrada en Guerrero y en el Triángulo Dorado, es decir la zona montañosa de Chihuahua, Sinaloa, y Durango. No casualmente, estos estados han sido entre los más violentos durante los últimos cinco años. El mercado de heroína ahora genera ganancias millonarias para las pandillas que lo controlan, así que ha surgido un nuevo incentivo para pelear las plazas relevantes.

Uno no tiene que ser muy imaginativo para ver el hilo que conecta el Doctor Awada con el auge de violencia en Guerrero y otras zonas sanguinarias. Es decir, lo que empezó hace unos 30 años como una nueva forma de lidiar con pacientes adoloridos finalmente acabó como una epidemia de adicción gabacha e inseguridad mexicana. Y cabe mencionar de nuevo que este proceso contó con el apoyo de órganos importantes del gobierno estadounidense. 

Eso es la responsabilidad que lleva el gobierno estadounidense, y no parece que esté consciente de ello.

 

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