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Éramos dos héroes derrotados de la noche occidental

Humberto Guzmán | 01.07.2015
El autor de esta reseña retoma uno de los hitos que marcaron una generación completa: En el camino, de Jack Kerouac.

A mitad del siglo pasado se desarrollaron algunas interesantes manifestaciones de contracultura en Estados Unidos que habrían de influir en otras partes del orbe. Una muy importante fue la llamada beat generation, de la que fue parte el novelista Jack Kerouac. Aquellos jóvenes que no se identificaban mucho con “el sueño americano”. El jazz, la marihuana, la cerveza y el whisky, las juergas interminables, la práctica del sexo sin compromiso, lo heredarían sus descendientes, los hippies de los años sesenta. Estos cambiaron el jazz por el rock, conservaron el blues, y lo demás continuaba igual. La novela En el camino, de Jack Kerouac, fue una lectura de culto entre estos rebeldes del American Way of Life. Aunque se sabe que fue escrita en los años 1948 y 1949, se publicó hasta 1957. Curioso, no hace mención de la hecatombe de la gran Guerra Mundial finalizada en 1945.

On the Road, tal vez hubiera sido más justo traducir En la carretera, no por la literalidad, sino por el sentido que se sostiene en toda la novela, que es el de escapar, correr la aventura, vivir en la carretera. Cruzar Estados Unidos de Nueva York a California en carro, o de Nueva York bajar a Texas y de ahí a la Ciudad de México. Viajar en carro, un leitmotiv estadounidense y de la vida moderna en todas partes, que va más allá de lo filosófico y de los antiguos viajeros que iban al “lejano Oeste” en busca de mejores horizontes. Tiene relación con otros rasgos comunes de la idiosincrasia de esa nación. No es extraño que desde hace algún tiempo haya sido asimilada por el establishment literario de ese país; ya no es tan contracultural.

En el camino, de Kerouac, se desarrolla en el seguimiento de un personaje, Dean Moriarty (en la vida real, Neal Cassady), narrado por Sal Paradise, el propio Kerouac. Con visos autobiográficos, Kerouac no oculta su admiración por el gran cuate Dean. Existe una foto de estos personajes abrazados. Dean, un fornicador y hablador formidable, siempre dispuesto a salir a la carretera, a dejar todo atrás, a ligarse o liarse con mujeres, porque no era raro que pensara que con determinada mujer recién conocida debía casarse, y tener hijos a los que debía abandonar, ya porque lo corrieran de la casa o él se fuera hacia otro rumbo, en otra ciudad de Estados Unidos y aun de México.

Es interesante cómo México es parte de esta especie de mitología estadounidense; ni bien ni mal, simplemente es parte de su cosmografía. Sin embargo, en esta novela de la que escribo, se demuestra una vez más que los estadounidenses no conocen México, a pesar de la cercanía. Casi al final, el narrador y su personaje recuerdan que Texas fue territorio mexicano e incluso mencionan la guerra con México (como se ve, no omiten algunas huellas denigrantes de la gran obra nacional, no son panegiristas del “destino manifiesto” estadounidense), pero piensan que la Ciudad de México es la única en todo el país, cuando hay varias dignas de ese nombre.

A veces parece una crónica de viaje, pero es solo un instrumento para continuar por la carretera, que es otra protagonista. No es una historia cronológica, más bien cuenta lo que se va viviendo sin plan aparente. Dean, que fue un niño abandonado por la madre, busca a su padre, un borrachín que vaga por ciertas ciudades. Cuenta Dean que, a los ocho años de edad, con frecuencia iba a la comisaría a pedir que lo liberaran, porque no tenía madre y era la única persona con la que contaba. Lo busca, en la novela, como quien busca a Godot, como una razón de ser, más que como algo que hay que hacer. Lleva un libro de Proust casi siempre. Citan a Hemingway varias veces. Pero se percibe la influencia de ese escritor francés sui generis, Louis-Ferdinand Céline, y su gran novela Viaje hacia el fin de la noche. No solo Kerouac admiraba a Céline, varios de esta generación beat lo tenían como su maestro. Al grado de que una vez algunos de ellos fueron a buscarlo a París. Céline, agredido y marginado por su sociedad después de la Segunda Guerra Mundial, vivía retirado de la fama de escritor, en un barrio pobre —sus libros fueron prohibidos—, y no les dio mucha importancia. Qué pena. Creo que al menos Keroauc sí le debía cierto sentido narrativo, aunque no llegó a la profundidad y fuerza de la obra del francés.

La presencia cinematográfica es más notoria que la literaria. Sal siempre tiene una cita de alguna película estadounidense. Hablan de cantantes y músicos de jazz: Billie Holiday y Charlie Parker, por ejemplo.

“Era un conjunto de circunstancias sin sentido lo que había hecho venir a Dean”, narra Sal, “y yo me fui con él también sin motivo alguno”. Porque el relato de En el camino, como la vida de un hipster —como lo eran Dean y Sal—, no tiene ningún sentido desde un punto de vista convencional y progresivo. La vida seguía como la carretera se extendía por delante. Eso era todo.

No obstante, la personalidad de estos hipsters (opuestos a los squares), de estos beats, fumadores de mota y bebedores de cerveza, era contradictoria —como debía ser— para sobrevivir a la catástrofe que significaba enfrentarse al mundo reconocido. Hay alguna religiosidad en el fondo, y hasta una esperanza de llegar a ser como los demás; por eso Dean quiere casarse con las mujeres que le gustan, tener hijos y un empleo. Así como el padre de Dean nunca aparece, tampoco aquella estabilidad; tarde o temprano tiene que regresar a la carretera. “Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”.

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HUMBERTO GUZMÁN, con más de cuarenta años de trayectoria literaria, es autor de La caricia del mal (1998) y La congregación de los muertos o El enigma de Emerenciano Guzmán (Universidad Autónoma de Querétaro, 2013), entre otras obras, incluyendo varios libros de cuentos. Periodista y profesor de cuento y novela, publicó Aprendiz de novelista. Apuntes sobre la escritura de novela (2006).

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