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Cinco lustros de amistad

Malena Mijares | 14.11.2016
Cinco lustros de amistad

¿Qué ocurre con los sueños

cuando dejan de estar en el lugar preciso,

y ya comienza el tiempo de olvidarlos?

 

Si el poema combate con la sombra

no habrá recurso alguno: será a muerte.

José Ramón Enríquez1

 

Con justicia, a José Ramón Enríquez se le reconoce hoy por su indiscutible trayectoria artística y escénica, principalmente por su trabajo como dramaturgo, poeta, actor y director de escena, pero José Ramón es un hombre versátil, polifacético, y si bien ha dedicado su vida a las letras y al teatro, ha sido también editor, periodista, libretista de ópera, crítico y militante del Partido Comunista. Es, además, un pedagogo notable: maestro de maestros.

Desde el primer día me han deslumbrado su verbalidad, su oficio poético, el ardor con el que defiende sus posiciones, y en más de un cuarto de siglo de entrañable amistad he podido constatar que es en la casa familiar donde se halla el origen de su vocación magisterial; donde se gesta su amor por la palabra y se aguza su oído.

Mucho me habría gustado conocer a don Isidoro Enríquez Calleja y a doña Bertha Alcázar de Enríquez, sus padres.

Don Isidoro, también conocido como el Profesor Calleja, fue maestro por antonomasia. Enseñó Lengua y Literaturas Hispánicas durante toda su vida profesional a ambos lados del Atlántico. Con vehemencia y dedicación, con pasión entusiasta, transmitió su sabiduría a muchas generaciones, y a nuestro festejado, un gusto literario de enorme sensibilidad. Le regaló, con generosidad de padre amoroso, la voz de la poesía.

Doña Bertha fue también profesora y también pasó años en las aulas. Mujer parca, de pausas y silencios, amante de la música, pianista espléndida ella misma, tuvo siempre un oído fino y educado. Su proverbial contención fue discreto contrapunto a la elocuencia hispana de su marido. Ella legó la música a sus otros dos hijos, a varios de sus nietos; a José Ramón, lo que le heredó fue la capacidad de escuchar la poesía.

Otro tesoro que procede de la casa paterna es su grandísima y cuidada biblioteca, tan vasta como inteligentemente armada, que lo ha acompañado durante varias décadas y ha viajado con él de Cuernavaca a la colonia Condesa, y luego a Mérida, Yucatán, donde José Ramón ha encontrado un espacio fructífero de creación y un remanso envidiable que le ha devuelto la salud, amenazada aquí por los penosos trajines de la ciudad y hoy recuperada a pesar de la sofocante temperatura de la península.

Para volver a la infancia de nuestro poeta, situémonos al fragor de las batallas cotidianas entre dos mundos distintos que se atraen, al calor de un hogar de contrastes —tan atractivamente señalados como armoniosamente resueltos—, donde se dibujan los territorios que delimitan su identidad, forjan su compromiso vital y su participación en política, y constituyen la geografía emocional de sus combates personales: España y México.

Que lo diga el poeta Pedro Garfias, quien viajó con don Isidoro en el Sinaia, en cuyo diario de abordo publicó, en el año 39, su conmovedor poema “Entre España y México”, donde escribió: “Qué hilo tan fino, qué delgado junco/ de acero fiel nos une y nos separa/ con España presente en el recuerdo/ con México presente en la esperanza”.

La juventud y la vida toda del maestro Enríquez han estado pautadas en estos versos, en estas dos claves complementarias: el exilio republicano español —con el desgarramiento que le supuso el corazón partido de tantos trasterrados que dejaron una vida del otro lado del mar— y el cobijo del catolicismo familiar que constituyó para él un resguardo y una certeza. La educación jesuítica en el Colegio Patria fue determinante para desarrollar la religiosidad de José Ramón, tan presente en su obra poética y dramática. De allí vienen los rituales que signan su producción literaria, su concepción del hecho escénico, sus conversaciones con Dios a través de su poesía.

Uno de los rasgos admirables de la personalidad de Enríquez es la congruencia, la capacidad de vivir en consonancia con sus creencias más profundas. En torno a ellas ha desarrollado su trabajo creativo y a su alrededor articula el pasmoso desasosiego de los tiempos que corren, el desencanto del temor al futuro que pueda suceder a este presente de violencia e injusticia imparables.

Como poeta, y lo es lo mismo al escribir poesía propiamente dicha que un teatro poético en el que el verso y la música son fundamentales, conoce la métrica y abreva de los Siglos de Oro. Es un deleite sentir la pulsión de sus versos, la cadencia y el ritmo de sus poemas; seguir los diálogos de sus personajes. José Ramón escribe en buena medida para dialogar con su Dios más personal, y en una oración de altos vuelos desnuda su alma y se coloca, supino rostro arriba, ante el Creador: “Hay un diálogo ahí/ encima de las nubes/ y por debajo de mi propia piel/ cuyo eco rebasa mi voz y mis compases”, dice en “Fracaso del testigo”, que es parte de Decenio, donde dice también, a modo de reclamo, en “Aullar en el calvario”: “Al confiar que mis manos/ expliquen con señales lo inasible/ estás perdiendo el tiempo mientras mueres”.

En las palabras de Enríquez citadas en el epígrafe está claro: el combate ha sido a muerte, ha pasado la vida en pie de guerra en defensa de sus convicciones con la palabra como arma única y eficaz, para quien quiere oírla.

Estas escasas muestras de la hondura del José Ramón poeta son un mero atisbo de una faceta de su trabajo digna de celebración, que vale por sí sola el homenaje que hoy le rinde el Instituto Nacional de Bellas Artes. Y son una invitación al estudio de su obra, acaso no suficientemente valorada. Por eso esta medalla resulta tan significativa y tan oportuna, entregada a sólo tres días de su cumpleaños 71.

Felicidades al jurado por su inobjetable decisión.

Enhorabuena, querido amigo.  ~

 

* Este texto se leyó en la ceremonia de entrega de la Medalla Bellas Artes 2016 a José Ramón Enríquez, que tuvo lugar en la Sala Manuel M. Ponce el pasado 25 de agosto.

 

1. “El combate”, en Decenio, su más reciente poemario, publicado por la UNAM y Ediciones Sin Nombre.

 

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MALENA MIJARES fue directora de Radio Universidad y se desempeñó como editora de Los Universitarios en su época más reciente (2000-2004). En 2005 fundó el suplemento cultural de la revista Este País, publicación que dirigió de 2011 a 2016. Ha sido jurado de premios literarios como el Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio Cervantes. Actualmente es coordinadora de Divulgación y Publicaciones de la Coordinación de Humanidades de la UNAM.