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¿Con quién es el enojo?

Federico Reyes Heroles | 01.12.2016
¿Con quién es el enojo?
Los últimos años han estado llenos de malas noticias. Pero por mucho que éstas acaparen la atención pública también es necesario acudir a otros datos objetivos, que nos ofrecen una imagen más compleja, matizada y equilibrada de nuestro país.

Un mexicano es un problema siempre,

para otro mexicano y para sí mismo.

Octavio Paz

 

I. Ahogados en el presente

 

El malestar es generalizado y tiene varios orígenes. Sería monstruoso que habiendo perdido en la última década cientos de miles de vidas, México viviera tranquilo. La herida de la Guerra de Vietnam sigue abierta tanto en ese país como en Estados Unidos. Alrededor de 60 mil estadounidenses murieron allí. En México llevamos alrededor de 150 mil. Vaya herida. Cada muerto es un dolor permanente. Las cifras —cientos de miles— nos hablan de una masa. Elías Canetti incursionó en ese extraño diálogo entre la masa de los vivos y la de los muertos. Hace unos días, en las calles de nuestro país desfilaron sonrientes las festivas calaveras tradicionales del Día de Muertos, comimos panes y dulces especiales, cada quien su calavera. Fue otra edición de ese extraño encuentro entre los de aquí y los de allá, que tanto orgullo nos provoca y tanto espanto y asombro genera a los ajenos.

Me pregunto, sin embargo, si esa fiesta incluyó a los muertos de la guerra contra el narco. Nada de festivo hay en el asunto. En el horizonte no se mira la posguerra. Quizá la única luz de esperanza sea, paradójicamente, el avance en Estados Unidos de la legalización de la mariguana, ratificado en la elección del 8 de noviembre. ¿Cómo exigir a los efectivos de las Fuerzas Armadas dejar la vida por la absurda persecución de una sustancia legal en el país de nuestros vecinos del norte? Pero, ¿y las otras drogas? Contradicción: México sigue siendo uno de los tres países más satisfechos con la vida; declaramos ser felices, pero un enojo muy denso, irrespirable, nos asfixia. ¿Por fin?

El desasosiego, esa bellísima palabra que Pessoa llenara de contenido y matices, simplemente por los muertos recientes, sería natural. No hemos tenido guerras formales desde la de 1945, pero esta muy “informal” confrontación entre mexicanos, que permanece, que pareciera no tener fin, podría ser clasificada como una guerra civil: mexicanos contra mexicanos, un país dividido en bandos que se matan mutuamente todos los días. Tenemos muy buenos motivos para estar molestos, enojados, alterados, tristes. Los muertos son nuestros, las ganancias de ellos. ¿Cuál es la solución, cuándo terminará esta pesadilla? Pero no es del todo claro que el malestar que se respira tenga como origen principal esa guerra. Entonces, ¿qué lo provoca?

Podría ser la inseguridad. En un corte reciente, alrededor del 70% de la población se siente insegura. La percepción cambia por regiones y por ciudades, pero incluso en las ciudades seguras o muy seguras como Mérida, la inquietud está allí. Quizá la respuesta a esta paradoja se esconde en el uso irresponsable que los medios hacen de las noticias. Por supuesto deben dar cuenta de todos y cada uno de los enfrentamientos, matanzas, enjuiciamientos, ejecuciones y otras variantes del horror. Pero, como se discutió en la elaboración del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia de 2011, hay protocolos y formas profesionales de transmitir ese tipo de información sin que ésta se convierta en el mejor incentivo para los violentos que quieren ser famosos. Y vaya que se ha promocionado su forma de vida en las pantallas, telenovelas, películas con mujeres sexis y varones fornidos rodeados de lujos superlativos que no tienen fin. Ojalá y no se convierta en algo aspiracional. Los protocolos también sirven para evitar un narcoterrorismo como el que ya vivimos y que ha desquiciado y destemplado la vida nacional. Pero por lo que miramos en las pantallas todos los días, primero van los negocios, después un mínimo de cohesión social, para utilizar el término de Durkheim, quien creía que las guerras la fomentaban.

Y qué decir de la corrupción y la impunidad. Hace dos décadas, la corrupción era vista por muchos como un asunto anecdótico, había incluso un porcentaje significativo de los mexicanos que consideraba a la corrupción como algo ¡benéfico para la economía! Las expresiones populares delataban la complicidad, “el que no tranza no avanza”, etcétera. Pero desde hace ya algunos años la exigencia ciudadana se ha extendido y hoy se sitúa en uno de los primeros sitiales de los reclamos populares.1 Es un gran avance, un cambio cultural de fondo. El problema es que llevamos tres lustros con la cantaleta del combate a la corrupción y con avances institucionales muy importantes —IFAI, INAI, Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) con fiscalía especializada—, pero el desfile de corruptelas no cesa. A quién creerle, a las transformaciones institucionales, con toda la lejanía que ellas implican para los ciudadanos, o a las escenas de gobernadores cínicos que desvían y acaparan miles de millones. ¿Enojo? Por supuesto.

Cuando Vicente Fox llegó a la presidencia fue sensible al tema. “¿Y qué es eso del acceso a la información pública?”, “Follow the money”, le expliqué. “Oyes, está muy interesante”. La sociedad civil se involucró con seriedad. Apareció el Grupo Oaxaca y otros. Nunca imaginé que dos años después estaría lista la modificación constitucional y el mandato para la creación de los institutos locales que se convirtieron en botín de muchos gobernadores. Hubo un gran avance institucional, aunque la visión mesiánica también estaba invitada a la discusión: llegaron los Ángeles Azules a desplazar a los Demonios Tricolores. Esa lectura perjudicó a la gestión y nos hizo perder tiempo.

Tres lustros después, México cuenta con un complejo SNA, pero la esperanza popular de que por fin arrinconaremos a ese flagelo, está por los suelos. Y es entendible cuando, muy poco tiempo después de la aprobación del SNA, continuó el desfile de los grandes pillos que ocupaban gubernaturas. Fox creía, de buena ley, que la alternancia era la solución. Hoy los mexicanos sabemos que la corrupción burla a la alternancia y sigue instalada en todos los partidos políticos. Cuando más, es un antídoto y no muy poderoso. Si a eso le agregamos el affair Casa Blanca, pues la desesperanza está bien fundada. Qué decir de la impunidad: alrededor del 97% de los actos ilícitos no tiene consecuencia jurídica.

Claro que los mexicanos están (estamos) molestos, enojados, hartos. Las explicaciones así vistas son muy concretas. La masa de muertos, la inseguridad, la corrupción, la desfachatez, el cinismo, la impunidad y una economía que —en los últimos tres sexenios— ha crecido a un ritmo estable, pero desesperantemente bajo. Todos son buenos motivos para el enojo colectivo. Y, sin embargo, el desasosiego pudiera tener otras explicaciones menos obvias, pero igual de potentes. Hay viejos anclajes en la interpretación de México que pueden brindar pistas.

 

 

II. Destinos naturales

 

“Es rasgo característico de la psicología del mexicano inventar destinos artificiales...”, la expresión de Samuel Ramos retumba. ¿Todavía podemos hablar de psicología mexicana? ¿Puede haber destinos artificiales? Sí, y con ellos viene el fracaso, la frustración, el enojo de nuevo. Un ejemplo: México, en comparación con otros países, tiene una proporción relativamente reducida de tierra cultivable con vocación agrícola, alrededor del 14%. De allí, sólo una tercera parte tiene vocación para cereales, más bien, característica de los países septentrionales (Canadá, Estados Unidos, Rusia, Ucrania y la Unión Europea copan el 75% de la producción). Argentina y ahora China se suman al grupo.

Sin embargo, en el siglo XX, México apostó a ser un país con un amplio campesinado dedicado a un solo cereal: el maíz. La importancia del maíz, no sólo como alimento sino como fuente de identidad, no está en duda. Pero no deja de ser un destino artificial. Cada año millones de mexicanos dedicados a ese cultivo son traicionados por los cielos, por las sequías, las lluvias adelantadas, atrasadas o escasas que languidecen las mazorcas. Resultado: muchas cosechas raquíticas que provocan dolor, frustración, coraje. ¿Con quién pelearse? Es por eso que la mayoría de los ejidatarios y comuneros ya no viven de sus cosechas, se abocan a actividades en el sector secundario o terciario de la economía. El marco normativo le pone todos los obstáculos imaginables. La frustración acumulada por décadas está allí, en la vida cotidiana de millones de mexicanos, que vieron a sus abuelos y padres sufrir la misma condena a cultivar tierras sin vocación agrícola. Es una forma de esclavitud disfrazada de revolución. El enojo también es rural, aunque hablemos poco de él.

El problema con los destinos artificiales es que, en paralelo, perdemos en la neblina a nuestros destinos naturales. Dos ejemplos, México tiene una clara vocación silvícola, alrededor de un 23% del territorio nacional, aproximadamente 500 mil kilómetros cuadrados. Esto es el equivalente a seis veces el territorio de la República Checa o diez veces Costa Rica. Singapur tiene 720 kilómetros cuadrados de extensión. Esas tierras, por la humedad que las abraza, por las temperaturas que allí se imponen, encierran una riqueza fantástica. Hay variedades de árboles que crecen hasta cinco veces más rápido que en países como Suecia, cuyos bosques están perfectamente cuidados a pesar de la delgada capa vegetal y de los inviernos muy crudos. Pero claro, el país agrícola parido por decreto ha sacrificado grandes extensiones que podrían ser el hogar de espléndidos bosques, todo para abrir tierras al cultivo en laderas y cerros, tierras hoy condenadas a deslavarse y dejar que el humus se vaya a los riachuelos, ríos y finalmente al mar. Es incuantificable la masa de humus que perdemos cada temporada de lluvias. No sólo eso, nos damos el lujo de talar alrededor de medio millón de hectáreas cada año. Por si fuera poco, como lo ha señalado José Sarukhán, las maderas preciosas de nuestras zonas tropicales podrían ser una fuente generalizada de excelentes recursos renovables para poblaciones que hoy, dedicadas a la agricultura, son muy pobres. Los ejidatarios y comuneros prósperos por cultivar maíz son muy escasos. El imaginario colectivo de la Revolución provocó familias pobres por cosechas pésimas, jornadas de trabajo que no sirven para nada, familias rotas por la migración a las ciudades; bosques mutilados, cercenados, conducidos a la muerte por una acción humana colectiva. Todo por la necedad institucionalizada.

El segundo ejemplo. Don Carlos Bosch, ese brillante historiador de origen catalán, ese gran ser humano, siempre insistía en el tema: México le ha dado la espalda a sus mares. Puertos de gran alcance, marina mercante, tráfico de un océano a otro. Simplemente imaginemos lo que hemos dejado ir, un destino natural, todo por perseguir entelequias. Además, nos damos el lujo de mermar nuestras pescaderías sin que la autoridad pueda contener la destrucción, como con los bosques. Razones para la frustración profunda hay y muchas.

Pero la realidad es muy terca y tal parece que lentamente nuestros destinos naturales nos han ido alcanzando. Si el presente de violencia, corrupción y muerte nos ahoga, recuperar nuestro pasado y otear al futuro, alienta. Si la vida es un viaje, el bagaje de nuestros recuerdos y el peso de nuestras ilusiones o ambiciones sustentadas deben ser parte de él. Pero en el enojo y la frustración simplemente no creemos en nada, dudamos de todo y negamos realidades. Así de grave puede ser el enojo, como una enfermedad.

 

 

III. Asumirnos

 

Asumir a los otros puede ser un reto. Sobre la negación de los otros hay mucha literatura. Pero la negación de uno mismo puede ser igual o más grave. Pareciera que eso nos ocurre como país. Somos grandes en territorio, el catorceavo de 193. No está nada mal. Somos el onceavo en población. En 1910 teníamos poco más de 15 millones de habitantes. Hoy tenemos alrededor de 125. Prosperar sin crecimiento poblacional sin duda es más fácil. Pero el peso de un país también radica en su población. Las condiciones de la misma son el rasero. Hay países con territorios enormes, como Argentina —una de las diez primeras potencias a principios del siglo XX— con bajo crecimiento demográfico que no son ejemplo de progreso social y económico, sino de lo contrario. En 1910, el 71% de la población mexicana era rural. En 1990, ya se había invertido la proporción: minoría rural, mayoría urbana. Hoy rondamos el 80%. Facilitar el bienestar es mucho más fácil en las ciudades que en las zonas rurales.

Electrificar a un país tan extenso como México es un gran reto. Ya no hablamos de él. El 98% de los hogares tiene energía eléctrica. En el censo del 2010, el 82% de los hogares tenía refrigerador, y ni hablar de los televisores, casi el 100%. Es otro país. Los datos —voy a ellos con frecuencia— mejoran todos los días, aunque no los sigamos, aunque estemos enojados. La multiplicación de pobres como producto de la medición multifactorial —otro motivo de desilusión— no corresponde a las mediciones censales de condiciones de vida. Por supuesto que el PIB per cápita no ha aumentado a la velocidad deseada, pero las condiciones de vida de los mexicanos han mejorado sustancialmente. El surgimiento explosivo de clases medias y los notables cambios en el consumo no son tema. El enojo puede cegar. Nutrición, sanidad, agua, cambio en el patrón de enfermedades; con todas las deficiencias, los niveles educativos son hoy mucho mejores. En 1910 el analfabetismo era dueño de las mentes del 72% de la población, hoy por desgracia todavía limita las vidas de 5.5%. Pero hay una enorme distancia.

En 1910, la esperanza de vida rondaba los 27 años. Hoy el promedio de edad de los mexicanos anda por allí y la esperanza de vida alcanza los 75 años, promedio propio de país desarrollado. Pido disculpas por el bombardeo de cifras, pero ahí están, olvidadas. En 20 años quintuplicamos nuestras exportaciones que hoy rozan los 800 mil mdd. Jamás soñamos con ser uno de los principales productores de automóviles del mundo e incluso incorporarnos a la industria aeronáutica. Es sólo el principio, la vocación natural de México, por su colocación geográfica, por nuestro vecino del norte, por los océanos que nos rodean, porque podemos comerciar hacia los cuatro puntos cardinales, hoy se ha impuesto. Por más que sigamos persiguiendo fantasmas revolucionarios, las ventajas comparativas de México se han ido imponiendo. Don Edmundo O’Gorman insistía en dejar atrás las revoluciones y mejor observar la evolución de los asuntos. Geografía es destino y ni el energúmeno de Trump podrá cambiar eso.

Por supuesto que la voluntad y el esfuerzo de millones de mexicanos está atrás, mexicanos que saben lo que quieren. Sólo así se explican todos esos logros. Pero si uno escucha las conversaciones de sobremesa o lee periódicos o mira los noticiarios cotidianos, pareciera que el país está al borde de un abismo sin fin. Por cierto, los productos alimenticios —ojo, no cereales, legumbres, frutas y una gran variedad de novedades— están en segundo lugar de nuestras exportaciones después de las manufacturas y por arriba del sector petrolero. No hace mucho éramos un país con un aplastante predominio de exportaciones petroleras; ya no lo somos. La expresión despectiva “país petrolero” ya no se aplica a México. Se cayeron la producción y el precio, es cierto, pero también lo es que llevamos más de dos décadas con un crecimiento de las exportaciones de otros bienes. Nos hemos industrializado más y más rápido que el promedio mundial, que es alto. Somos el décimo país más visitado del orbe, ello a pesar de la violencia y los terribles casos como el de Ayotzinapa que ocuparon la prensa mundial por semanas. Pero instalados en el enojo y la irritación, hablar de logros es provocar. Y ahora, ¿cómo salimos de la trampa?, porque el estado de ánimo en que estamos puede inducir acciones equívocas y que dañen al país, las llamadas profecías autocumplidas.

 

 

IV. ¿Quiénes somos?

 

Entonces, ¿quiénes somos? La nación de los escándalos de corrupción, sin duda. Pero también el único país de América Latina —junto con Costa Rica, que merece trato especial— sin un golpe de Estado en más de 100 años. El país del narco sin control, sí, por supuesto. Pero también el que lentamente logró democratizar sus instituciones y crear pilares sólidos, los organismos de seguridad social, con todas sus deficiencias, atienden a decenas de millones de mexicanos, miles de centros de salud, clínicas, hospitales de todos los niveles, también son parte de la realidad. El Banco de México, que viene desde 1925, hoy es autónomo y se ha convertido en un importantísimo anclaje de la vida institucional de México. El INE, con todas sus deformaciones, es visto como un referente internacional. La CNDH, los órganos reguladores y muchos más son parte de nuestro patrimonio. La lista es larga.

Somos el país del desorden en los cuerpos policiacos, nadie lo cuestiona, y el que respeta a sus Fuerzas Armadas. Todo
a la vez. Pero también el que logró salir del estatismo y abrir su economía, siendo el vecino de la nación más poderosa del mundo. Lo que enoja a Trump es nuestro superávit con Es­tados Unidos que ronda los 60 mil mdd, que representan menos del 1% del PIB de ese país. El señor Trump no se ha enterado del boquete de 300 mil mdd de su déficit con China, ése sí es un dolor de cabeza. Lo que tampoco ha entendido Trump es que somos una región integrada y que hay productos que cruzan la frontera de un lado al otro hasta siete veces, creando empleos aquí y allá. Por cierto, 60% de los mexicanos opina que el comercio mundial es bueno. Allá sólo es un tercio de la población, y 40% no sabe qué opinar. Allí está el problema, el territorio fértil para bichos como Donald Trump.

Somos uno y el mismo, con muchos problemas de todo tipo y muchos logros históricos. Por eso los mismos países que nos critican por las violaciones a los derechos humanos o la todavía deficiente igualdad de género, o la debilidad de nuestra educación superior y el Estado de derecho, invierten en México. En el primer lugar de la lista: los Estados Unidos. Y por si fuera poco, en los últimos 36 años —presidencias priistas y panistas—, nuestro país ha sido consistente en apertura comercial. No ha sido así en toda América Latina, ni en el mundo. Pensemos en Turquía, en Rusia, en Italia o en Brasil y Argentina.

 

 

V. Subversión

 

Quizá deberíamos invertir el problema, subvertir nuestra conciencia, cuestionar esa contundencia con la que afirmamos ser un país con una gran identidad. Quizá no sabemos quiénes somos, no dimensionamos nuestra posición en el mundo, no somos justos con los otros porque no sabemos ser justos con nosotros mismos. Pasamos, como dijera de nuevo don Edmundo O’Gorman, de un complejo de inferioridad a un aire soberbio. Nada más penoso que ver a algunos mexicanos viajando por el mundo, despilfarrando el dinero, tratando de comprar (o sobornar) todo, actuando siempre como si los otros fueran inferiores, unos... Porque como México no hay dos. El mexicano que canta “yo soy el rey” pero regresa y al llegar al aeropuerto despotrica porque el país le queda chico, porque él se merece algo mejor.

Indignados porque la discriminación no cesa, porque uno de cada dos homicidios de mujeres es cometido por la pareja. El país de los ricos que no quisieron ver los horrores del padre Maciel (y lo de padre es literal), y le daban dinero a raudales, por eso el Vaticano cerraba un ojo al despotismo de la jerarquía católica en México. Pueblo pobre, curas ricos. Que hable Schulemburg y su colección de coches lujosos. Hasta el propio Francisco los vino a regañar. El enojo es acumulado, porque ser guadalupano unifica, pero avalar al arzobispo primado de México está muy difícil. Los señores no pagan impuestos y las finanzas de la Basílica de Guadalupe son un botín.

Qué vergüenza por la jerarquía católica y por los “mirreyes”, por los abusadillos de todos los días que violentan la fila, ese monumento de la democracia basado en un antiquísimo principio, “primero en tiempo, primero en derecho”. Y qué decir de los guardaespaldas que se pasan la luz roja, emblema de la civilidad, y le arrojan a cualquiera un vehículo de un par de toneladas de peso, no exactamente con el ánimo de dialogar. Allí también está un foco de putrefacción nacional, de enojo. De qué sirve que las exportaciones crezcan y admiren al mundo, si el país está invadido de patanes. Cómo tener grandes esperanzas en el futuro, si vemos la reproducción de lo ordinario, de la vulgaridad. De dónde sacar orgullo nacional si nos damos pena.

¿Con quién es el enojo o, mejor, los enojos? Lo primero es distinguir en el enjambre. Son muchos y variados. El enojo es con el presidente, Enrique Peña Nieto, sí. No importa demasiado, ha ocurrido con otros presidentes y el país ha seguido adelante. ¿El enojo es con el pri o con todos los partidos políticos? Las cifras demuestran lo segundo. Irrita el desfile sin fin de desfiguros de los que debieran ser “dirigentes sociales”. El enojo es también con nuestros “representantes” electos por voto, sus despilfarros, sus incongruencias sublevan. El enojo es entonces con la clase política, como la describiera Gaetano Mosca: gobierno, partidos, empresarios, Iglesia, alta burocracia. Pues sí. Los mexicanos estamos disgustados con los mexicanos. De qué sirve fortalecer el principal mecanismo de movilidad social ascendente —la educación, en especial la pública— si ella se puede ver obstaculizada por un racismo basado en el color de la piel o en el origen indígena. De qué sirven los muy significativos avances normativos en materia de derechos humanos, si somos incapaces de garantizarle al ciudadano, al mexicano, que un uniforme signifique garantías para él. El enojo está también en la vida cotidiana, porque soportarnos a nosotros mismos en ocasiones se vuelve insufrible.

¿Queremos más México de esa calidad? La cúpula dirigente le quedó chica al país. Exportamos automóviles, los Volkswagen Beetle que circulan en Europa están hechos en Puebla, y las Suburbans del mundo, en el Bajío. Y qué decir de las pantallas o nuestros servicios turísticos que son la envidia de muchos, la banca está bien capitalizada, somos referencia gastronómica del mundo, nuestra cultura brilla, somos campeones en aguacate y berries. Pero el país que nos hemos dado a nosotros mismos no nos agrada, nos molesta.

Y esa molestia no surge de los paisajes o de nuestras tradiciones, ni de nuestros monumentos coloniales o nuestras plazas o de nuestra música. Homenajeamos a Juan Gabriel, pero seguimos enojados con nosotros mismos. Nos pudre imaginar que diputados, senadores, gobernadores, secretarios o presidentes no pueden estar en la presunción de inocencia, sino justo al revés, que prueben que son honestos. De entrada, no les creemos nada. Son y serán lo mismo de siempre.

Sí, estamos enojados, muy enojados, enojados con personajes, instituciones, comportamientos, estamos muy enojados con nosotros mismos. Qué razón tiene Octavio Paz en pleno siglo XXI: “Un mexicano es un problema siempre, para otro mexicano y para sí mismo”. EstePaís 

 

1    Ver Encuesta Nacional sobre Valores (ENVUD) elaborada por Banamex y Fundación Este País. <http://bdsocial.inmujeres.gob.mx/index.php/envud-292>. 

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FEDERICO REYES HEROLES es director fundador de la revista Este País y fue presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana. Su más reciente libro es Orfandad (2015). Es columnista del periódico Excélsior.

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