youtube pinterest twitter facebook

Manual para zurdos: (miscelánea) julio de 2015

Claudio Isaac | 01.07.2015

Un poco de genealogía

De entre los géneros televisivos todavía imperantes hay algunos que sin duda tienen un origen radiofónico, como los programas de concurso, los noticiosos y, por supuesto, las telenovelas, que son sucedáneas de las tradicionalmente populares radionovelas.

En la radionovela habitualmente se recurría a un narrador para describir ciertos escenarios y acciones pero —tal vez para no sobrecargar el programa de narración— a los diálogos, además de destinarles una función informativa (“A usted, señor Ibáñez, que es un millonario recién llegado de España, este lujo no lo sorprenderá...”), se les asignaba la tarea de describir los sucesos en la escena (“Pero, Mario Alberto, ¿por qué me apunta usted ese revólver?”).

Lo curioso y bastante lamentable es que en la traslación del género radial al televisivo, con todo y que este contaría con los recursos de la información visual, se mantuvo el estilo acostumbrado del diálogo, que siguió encargándose de transmitir datos que bien podrían estarse viendo en el desarrollo de acciones. Así, en la telenovela es todavía usual que el diálogo repita lo que transcurre ante nuestros ojos, que describa la acción mientras sucede (“Ah, Alfonso, hijo mío, ya llegaste...”; “¿Por qué me muestras esa carta?”; “Ah, Teresita, ya te vas”). Es raro el caso de una telenovela que se despoje de estos vicios y decida apoyarse en el lenguaje visual que tiene a su disposición. Me atrevería a pensar que en ese retraso del producto televisivo se finca la costumbre que muchas amas de casa conservan de oír las telenovelas más que verlas, pues ello les permite ejecutar tareas domésticas durante su transmisión, como lo hacían antaño, cuando se acompañaban de la radio. Nadie podrá culparlas de autoindulgentes mientras se dicen a sí mismas: “Puedo tejer o pelar verduras y con solo escuchar la telenovela me entero de todo lo que hay que saber”.

En efecto, ellas saben que nada de importancia ocurre en el terreno de lo visual: la telenovela clásica es radiofónica en espíritu.

 

Parecida a nuestra dieta

Basada en una exitosa novela de S.J. Watson, la película británica Before I Go to Sleep (No confíes en nadie) narra la angustiosa cotidianidad de Christine (Nicole Kidman), una mujer que por padecer un particular tipo de amnesia olvida todo respecto a su vida durante el sueño de cada noche y todas las mañanas recibe una instrucción básica de sus datos generales gracias a su concubino (Colin Firth), luego complementada por las opiniones médicas de su analista (Mark Strong). No sé cómo funcione esta premisa en otras latitudes pero al menos para nosotros, habituados a la repetitividad del melodrama nos resulta demasiado cercano a la dieta de las telenovelas, donde la información se reitera hasta el hartazgo cada día, en cada capítulo, al grado de que uno puede dejar de seguir la emisión durante semanas o meses y con ver tres minutos de un nuevo episodio entenderá cabalmente los derroteros de la trama.

 

De melodramas a melodramas

Por supuesto, hay de melodramas a melodramas. He mencionado antes la brillantez y humor con los que Pedro Almodóvar construye tantas de sus cintas. Y en televisión existe el ejemplo de la serie Downton Abbey, que es melodrama quintaesencial y, sin embargo, haciendo un inteligente uso de la elipsis narrativa, continuamente evita la cansona repetición de los mismos parlamentos y acelera la trama de un modo más cinematográfico.

Ahora, claro, si de lo que se trata es de acompañarse con las voces de los actores mientras se remienda ropa, se plancha o se cocina un caldo de frijol quizá sea más adecuada la repetición de datos, de donde sin duda se extrae un primitivo goce morboso.

 

Epidemia de película

Aunque en definitiva su práctica denota atraso cultural, el doblaje de películas y series de televisión aún hoy causa polémica en diversos países y no solo tiene defensores exaltados sino incluso, dentro de estos, existen quienes se declaran a favor del doblaje por motivos de nostalgia: las voces en la versión local de tal o cual serie televisiva o saga cinematográfica les son cercanas al corazón por vía de la memoria afectiva, cosa que muchos tomarán como mera blandenguería y que se explica con mayor dificultad que la resistencia a la exhibición de las versiones originales de parte de los gremios y sindicatos relacionados a la industria del doblaje o a sectores semianalfabetos del público que temen no poder leer subtítulos.

Se entiende que en la labor técnica del doblaje lo fundamental es que se logre la sincronía labial (lo que en inglés se denomina lip-sync), es decir, que los diálogos en español coincidan con los movimientos de la boca del actor que los pronunciaba en el idioma original (en 90% de los casos, inglés). La tarea requiere una habilidad especial: para lograr que la voz del doblaje coincida con el movimiento de labios del personaje en pantalla es necesario echar mano de un sinnúmero de artimañas como alargar las vocales o arrastrar las consonantes, abrir pausas sin razón aparente, carraspear o suspirar. Todo un malabar. Y por más meritorio que este sea en términos circenses, como histrionismo neto o dramaturgia seria el resultado es de una artificialidad pasmosa, como si todo carácter en pantalla fuese un energúmeno o un excéntrico de marca. Lo terrible es que a tal grado nos hemos acostumbrado a la impostura del doblaje que dejamos de notarla. Y no solo eso. Como en una trama de ciencia ficción catastrofista, podemos hablar de una epidemia, pues desde generaciones atrás los profesionales del doblaje han salido de su hábitat inicial para incursionar en la actuación de televisión, cine y teatro (en ese orden). Ya sin necesidad de seguir los labios de un personaje que profería parlamentos en otro idioma, puesto que son ellos mismos quienes aparecen ahora en escena, los actores provenientes del doblaje hacen su entrada, alargan las vocales, carraspean o suspiran cada tres oraciones y abren pausas arbitrarias en el diálogo, lo cual transmite una sensación de duda profunda. Para colmo, suelen contagiar a los demás actores con su tono trucado, de tal manera que la mayoría de los intérpretes en escena termina modulando frases de manera anómala y proyectando a través de las pausas un temperamento dubitativo. Al final, lo que se nos presenta (aunque hayamos dejado de percibirlo conscientemente) son universos escénicos en los que ni el patriarca de patriarcas posee certezas, todo mundo parece dudar cuando en realidad solo sigue por inercia la mecánica que perseguía un lip-sync adecuado. Haga usted el experimento: por supuesto que encontrará toda telenovela preñada del sonsonete postizo del doblaje pero también constatará evidencias de su invasión posterior si hurga en casos de cine y teatro.

 

Frase del mes

“Desearía que el escenario fuese tan estrecho como una cuerda floja para que ningún incompetente se atreviera a subirse”.

Goethe

 

El verdadero mandamás

El ritmo industrial de la televisión le impone al menos dos condiciones perversamente desventajosas a la fabricación de telenovelas: primero, los actores suelen ignorar el guion completo, ya que este se va elaborando sobre la marcha. Así, adecuadamente para los sujetos de un melodrama, los personajes son arrastrados a un destino ignoto. Segundo, la falta de antelación en la entrega de los capítulos ya escritos propicia que los actores descarten memorizar las líneas y dependan abiertamente del apuntador, a quien escuchan con un aparato auricular y que les recita parlamentos atropelladamente. Como les habla mientras ya están grabando las escenas su entonación les queda impregnada y lo más viable es repetirla tal cual. Debido a ello, quien más acaba influyendo en la calidad interpretativa es el apuntador, de modo que ¿para qué se molestan en contratar a un director de escena? Uno se vería tentado a compadecer a los actores más que a condenarlos: en retahíla el apuntador dice los diálogos de los personajes, pero también entremezcla a media voz las indicaciones escénicas: “Gracias, abuelita... (Más a la derecha; ahora lloras, sacas el pañuelo y te suenas; abres la puerta y sales)”. En este medio no hay otro demiurgo que el apuntador: es el verdadero mandamás.

 

Encuéntrelo en el mapa

Al norte del Golfo de México, al oeste de Cuba, existe un territorio cuya publicación más representativa es la revista People en español y que bien podría tener a la cantante Paulina Rubio, la chica dorada, como líder de opinión. El lugar se llama Miami y es el paraíso de la televisión latina. De modo mancillado se cumple ahí el ideal de Bolívar: toda nuestra América tiene representación entre sus filas. Lo más cercano al esperanto se alcanza en el batidillo de hablas regionales y acentos que se espetan en la multitud de programas de los llamados talk-show y en las variopintas telenovelas, donde conviven sin conflicto el acento limeño con el de Caracas, y el portorriqueño con el cubano y un español mexicano diluido, casi irreconocible. En un noticiero típico de la producción latina en Miami me tocó ver hace semanas una nota necrológica en torno a María Elena Velasco, la actriz ampliamente conocida como La india María, a quien llamaron, con toda seriedad “una de las pioneras del cine mexicano”, no importando que nuestra cinematografía arrancó alrededor de 1898 y la señora Velasco debutó en 1968. Lo fascinante es que tal anacronismo embona con este lugar más escenográfico que real.

 

Fin

Acorde a la consistencia propositiva e inquietante de sus previas temporadas terminó la serie Mad Men. Aquí la red de sutilezas psicológicas y los matices de la trama invitan a ver cada capítulo varias veces. Mi único reparo es que mientras el penúltimo capítulo es complejo, abierto (pero con aire conclusivo) y basado en una dramaturgia que acierta en emular lo azaroso de la vida, el que le sigue representa un final innecesario, donde se resuelven los cabos sueltos de manera puntual, casi mecánica. Aún así estamos hablando de una obra mayor.

 

____________________________________

Escritor, artista plástico y cineasta, CLAUDIO ISAAC (1957) es autor de Alma húmeda; Otro enero; Luis Buñuel: A mediodía; Cenizas de mi padre, y Regreso al sueño. Su novela más reciente se titula El tercer deseo (Juan Pablos Editor, 2012).

Más de este autor