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Bienvenidos al futuro trumpista

Patrick Corcoran | 01.12.2016
Bienvenidos al futuro trumpista

Con la elección de Donald Trump, el último mes, ha ocurrido una revolución histórica en la vida política estadounidense. Faltan años, si no décadas, de reflexión para llegar a comprender cómo un país de la estatura de Estados Unidos ha llegado a elegir a un narcisista ignorante como su máximo ejecutivo. Pero la tarea de prepararnos para la realidad de la presidencia trumpista ya está aquí, y nos toca a todos considerar la mejor forma de vivir con Trump.

Con eso en mente, tres preguntas sobresalen como las más relevantes.

Primero, ¿cómo sucedió su elección? O más visceralmente, ¿a quién podemos culpar por la abominación de Trump pisando los mismos pasillos que gigantes como Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt?

 Por supuesto, hubo varios factores que contribuyeron: una candidata demócrata débil, la intromisión de Rusia y WikiLeaks, los medios sesgados, la falta de control del partido republicano, y la carta engañosa del jefe del FBI sobre una posible investigación a Clinton, días antes de la elección. Todo esto tuvo un impacto importante.

 Sin embargo, para su bloguero, los dos principales factores fueron el colegio electoral, un anacronismo antidemocrático que tiene sus orígenes en el siglo XVIII, y que otorgó la victoria a un hombre que recibió 2.6 millones de votos menos que su contrincante, y, sobre todo, un electorado descuidado e ignorante. Se puede decir lo que quiera de las demás razones, pero a final de cuentas tuvimos un montón de pruebas de que Trump es ignorante de los asuntos más importantes, que tiene el temperamento de un niño malcriado, que es narcisista hasta los huesos, que explota los peores impulsos del electorado, que es un mentiroso incorregible, y, lo peor de todo, que simplemente no le interesa crecer para estar a la altura de este puesto. A pesar de eso y de muchos defectos demás, 60 millones de personas optaron por él.

Segundo, Trump ha prometido un montón de cosas, desde romper con la OTAN, hasta alentar a Japón y Corea del Sur a conseguir armas nucleares. Muchas de estas promesas, desde luego, serían muy peligrosas. Pero finalmente, ¿qué hará Trump ahora que está por entrar a la Casa Blanca?

Es imposible pronosticar con mucha precisión lo que hará un personaje tan impulsivo, pero su personalidad ofrece unas pistas. Es un hombre caprichoso y poco determinado. Las cosas que requieren un esfuerzo constante del mismo presidente, o las cosas que implican un gran costo político, finalmente no se harán.

 Es una buena noticia para México, ya que renegociar el TLCAN sería una tarea enorme y provocaría una oposición feroz de exportadores y de empresas multinacionales. Por más que haya declarado (incorrectamente) contra México y el impacto negativo del TLCAN, lo más probable es que concrete unos cuantos acuerdos particulares, que tienen escaso impacto macroeconómico, para que le permitan festejarse como el defensor de empleos gringos. Esta estrategia ya se ha visto en los pactos que ya ha finalizado con Carrier y Ford.

 Sin embargo, si bien va a batallar para sacar adelante reformas muy radicales, cualquier presidente estadounidense tiene el poder de modificar al país y al mundo. Generalmente, el ejecutivo pisa donde quiera en las relaciones extranjeras, sin un contrapeso eficaz del Congreso. No requeriría gran cosa de Trump, por ejemplo, para romper el tratado que Obama concretó sobre el programa nuclear de Irán, o el acuerdo de París sobre el cambio climático. Asimismo, es fácil imaginar que haga concesiones importantes a los intereses de Rusia en Europa Oriental y en el Medio Oriente.

 Y tercero, ¿cuál es la actitud responsable de un opositor a Trump? La idea de una oposición que aparente lealtad no es complicada, gracias al temperamento explosivo de Trump, su falta de compromisos ideológicos y su gran capacidad de implementar políticas desastrosas.

 Trump tiene fama de ser muy necesitado de halagos, y por lo mismo es muy susceptible a los que elogian su inteligencia y habilidad. Las críticas desatan un lado alocado de Trump. Además, no tiene ideas muy fijas y se deja influir por el argumento más novedoso; por eso, un día odia el matrimonio homosexual y al día siguiente, dice que ya no hay que cambiar las leyes relevantes al respecto. Se notó la misma tendencia en su primera reunión con Obama; después de ocho años en que lo ha criticado duramente, lo ha acusado de no ser ciudadano estadounidense, lo ha acusado de ganar la presidencia a través del fraude y de buscar debilitar a su propio país, ahora Trump ya se convirtió en un admirador del presidente.

 Por supuesto, esta falta de consistencia es una pésima característica en un líder. Pero un hombre tan maleable puede ser manipulado para bien. Si en lugar de criticar sus errores los demócratas y los medios alientan los aciertos —si utilizan siempre la zanahoria en lugar del palo— puede que se eviten algunos errores muy graves.

 Al mismo tiempo, la idea de ignorar las múltiples ofensas de Trump puede ser profundamente desagradable. Trabajar con él, en lugar de oponerse a todas sus iniciativas, implica darle legitimidad, lo cual implica aceptar tácitamente las muchas ofensas que lo anteceden. Más aún, la gente a su alrededor también lo busca manipular para fines menos loables. Será imposible convertirlo en un liberal responsable en lugar del autoritario inmaduro que es en el fondo, y la estrategia de arriba solamente funcionaría para unos cuantos asuntos, no para definir la agenda de su administración.

 Honestamente, no tengo una respuesta a este dilema, y da tristeza tener que considerarlo, como si estuviéramos hablando de un niño travieso y no del presidente estadounidense. Bienvenidos al futuro trumpista.

 

 

 

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