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La integridad del debate democrático: tres dilemas

Leonardo Curzio | 01.12.2016
La integridad del debate democrático: tres dilemas

Me siento profundamente emocionado por recibir hoy este prestigioso premio junto con tan distinguidas personalidades e instituciones. Inicio recordando a Avilés Fabila, excelso polemista y extraordinario escritor que hace unos días nos dejó y a quien hoy, con emoción, evocamos todos. Me resulta también muy emotivo constatar que se reconoce la lealtad a México en el general Cienfuegos, quien encarna el liderazgo de una institución que en este país se valora por su profesionalismo, entrega y, por supuesto, lealtad. Valoro no solamente a quienes han muerto en el cumplimiento de su deber, sino también a aquellos que, todos los días, se forman con disciplina y dedicación para servir a su patria. Reconozco también al secretario de Cultura, un hombre con una sensibilidad tan fina como sorprendente, quien, con igual soltura, puede improvisar sobre la obra de Anish Kapoor, hablar de Albert Cohen e incluso, si se tercia, hasta de Bob Dylan, el más heterodoxo de cuantos premios de literatura se hayan concedido. Me parece injusto, aunque no sé bien por qué, que la Academia sueca no encuentre en nuestra lengua tantos méritos como en otras, pero hoy me alegro que se reconozca a nuestra Academia de la Lengua y también al muy distinguido periodista Luis María Anson, miembro de número de la Real Academia Española.

Me complace que el eje de estos premios sea los derechos del hombre y se reconozca a personalidades tan admiradas como Federico Reyes Heroles, quien brega, en mil frentes, porque México funcione mejor. Mónica Aspe, la doctora Mercedes Juan, por supuesto, Julia Carabias, denodada defensora de nuestros recursos naturales. A mi admirado y querido maestro Carlos Miguel Prieto, quien brilla con singularidad con su batuta y honra la larga tradición familiar de nobleza de su familia, porque la nobleza consiste en ser virtuoso.

Permítanme, en este punto, decir que los medios vivimos hoy nuestro momento más desafiante. Y no lo digo por el cambio de modelo de negocio que ha supuesto la revolución digital, pues en el fondo llevamos lo que va del siglo discutiendo el tema y lidiando con una realidad que es cada vez más compleja. Lo digo porque aquellos que creemos en un periodismo riguroso y de excelencia hoy enfrentamos tres desafíos colosales que enumero de manera telegráfica:

 

I.  Audiencias interesadas pero desatentas. Una franja importante de la sociedad muestra algún interés por el Brexit, la paz en Colombia o por el desempeño electoral de Trump, pero pocos, muy pocos, se dan el tiempo necesario para conocer los elementos esenciales de información que asuntos tan complejos conllevan, y son menos aún quienes se preocupan por contextualizar, con elementos históricos o de otro tipo, el torrente informativo y están dispuestos a decantar. Es una selecta minoría aquellos que se interesan por proyectar la información en una perspectiva más amplia que trascienda el ruido del momento. Nuestras audiencias y lectores tienen una relación superficial con nosotros, una suerte de coqueteo ocasional, una especie de operación “guiño de ojo” que no trasciende el contacto más trivial. Por eso nos conformamos ahora con los “me gusta” o los “compartir” sin que necesariamente esto implique una relación de comunicación más sólida. Y eso tiene un creciente impacto en la firma en que presentamos los contenidos. Como en los regalos de utilería, puede ocurrir que la caja y el modo de envolverla sean más importantes que el contenido. Sucede, con indeseable frecuencia, que portales agregadores de información (los cuales son muy hábiles para cabecear) consigan llegar a audiencias más amplias que se informan superficialmente en esos sitios a los que se agrega acidez, desenfado y humor. Ocurre entonces que estamos informados de muchas cosas y entendemos muy pocas.

 

II. El segundo punto que quiero abordar proviene del sistema político y toca la integridad misma del debate democrático y el derecho a la información. En muchos países del mundo, la presión de ciertas tendencias demagógicas y populistas ha conseguido una preeminencia en el espacio público y ser una fuerza política competitiva. Parte de su estrategia electoral consiste en poner a los medios como blanco de sus críticas (en algunos casos es entendible debido al abuso mediático de las décadas anteriores). No sólo acosan y acechan a los medios con sus descomunales mentiras y sus cada vez más agresivos prejuicios, sino que se presentan, primero, como víctimas de una suerte de cerco y, después, como el objeto de una estrategia concertada para descarrilarlos. En este contexto, y en nombre de la equidad informativa, pretenden tener una cobertura neutra como si se tratara de una opinión perfectamente respetable. El desafío no es menor, porque la retórica de la intransigencia pide que se le trate con cortesía informativa y que se le evalúe con la máxima asepsia posible. El debate es muy amplio y por supuesto nos interpela a todos: ¿qué pasa cuando un individuo vocifera que los mexicanos somos violadores o que el tlcan es un diseño diabólico para extraer la riqueza de los Estados Unidos, y clama que se le dé un trato de persona sensata que dialoga con las reglas de una conversación erudita? ¿Se puede tratar al majadero con las reglas de la urbanidad periodística, del equilibrio de las opiniones? ¿O se debe denunciar su impostura y su lenguaje soez y, además, salaz? No es casual que Trump, cada vez que puede, se lance contra los medios tradicionales con inusual ferocidad.

 

III. El tercer punto es la proclividad al info-entretenimiento que no sólo incorpora al trabajo periodístico clásico recursos que no formaban parte del abanico tradicional de éste, cosa ya habitual en los programas de televisión, tales como la comicidad y algunos otros elementos que hacen más ligeros los programas periodísticos. Hablo de ese modelo informativo estilo Fox News en el cual no se busca la verdad, sino endulzar los oídos de audiencias prejuiciadas que quieren una conformidad acústica. La búsqueda de la verdad pasa a un segundo o tercer plano. La función básica de un medio, proveer información para alentar una deliberación pública saludable, se diluye en favor de una propuesta que confirma, por ejemplo, que Obama no nació en los Estados Unidos y que la de México es una frontera tan peligrosa como Pakistán. Mienten en nombre del entretenimiento, y eso se ha convertido al parecer en un buen negocio.

 

Éstos son, en suma, los tres grandes desafíos que hoy afectan al quehacer cotidiano de los medios, y, aunque por norma, los medios no seamos noticia, en algún momento se debe discutir abiertamente nuestra realidad y nuestros dilemas.

Permítanme, por último, reconocer al diputado Suárez del Real, al Grupo Milenio, a Nexos, a la muy distinguida Adela Micha, a Saúl Sánchez Lemus, Alejandro Hermenegildo, Román Valencia y Héctor de Mauleón, porque, con todo merecimiento, hoy reciben este premio. EstePaís

 

* Discurso pronunciado en la entrega del Premio Nacional de Comunicación José Pagés Llergo 2016.

 

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Leonardo Curzio es investigador del cisan-unam y conductor de la primera emisión de Enfoque Noticias en nrm Comunicaciones.

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