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Trump: la sinrazón al poder

Alejandro González Ramírez | 01.12.2016
Trump: la sinrazón al poder

La carrera política de Donald Trump no sólo desafía al sentido común, sino a cualquier tipo de conocimiento, teoría o metodología conocida hasta hoy. Incluso en el país de la Ivy League. Ningún marco teórico, ninguna corriente de pensamiento, ningún modelo matemático pudo prever que un individuo como él lograra obtener el cargo más importante de la democracia moderna más antigua del planeta. Cuando todo eso falla, nos queda recurrir a la historia. Pensamos: esto se parece mucho a lo que pasaba en la Europa de entreguerras, y concluimos: Trump está reviviendo el fascismo, ese monstruo que creíamos muerto.

Si bien es imposible saber si Trump acabará con la democracia de los Estados Unidos y se convertirá en su primer dictador, hay algunos rasgos de su llamado “movimiento” que con toda razón nos deben poner muy nerviosos y en guardia.

El triunfo de Trump me remite a un momento en la historia más cercana en tiempo y espacio a nosotros. Para mí tiene mucho en común con los inicios del chavismo. Antes de borrar cualquier atisbo democrático en Venezuela, Chávez ganó las elecciones en buena medida gracias al hartazgo de la población asqueada por la corrupción de sus élites. El país sudamericano parecía haberse consolidado como una democracia desde los años sesenta. Sin embargo, ese sistema democrático empezó a degradarse creando un divorcio entre las cúpulas políticas y el grueso de la población (algo muy semejante a nuestra partidocracia). El enojo acabó llevando al poder a un militar populista (en el buen y mal sentido de la palabra) que, si bien hizo mucho por encumbrar —aunque sea simbólicamente— a quienes menos tenían dándoles voz y peso político, también gobernó de forma autoritaria, irracional e ignorante.

¿Qué tan autoritaria, irracional e ignorante va a ser la forma de gobernar de Donald Trump? Por lo que hemos podido inferir de su discurso y comportamiento, probablemente mucho. Pero, verdad de Perogrullo, las instituciones de Estados Unidos no son tan frágiles como las de la Venezuela prechavista o como las del México de hoy (y de toda la vida). Se dice que el Gobierno de Trump se enfrentará a pocos contrapesos debido a que tendrá a las dos cámaras y a la Suprema Corte de su lado. Si creemos que el Partido Republicano (que en parte lo abandonó durante la campaña) lo apoyará como un bloque, el panorama no parece alentador. Más aún si se confirman los rumores de que individuos como Steve Bannon y Joe Arpaio formarán parte del gabinete.

Pero los contrapesos del Gobierno, en Estados Unidos, no provienen sólo de las instituciones del Estado. La sociedad civil estadounidense está fuertemente organizada, y el hecho de que Trump no haya ganado el voto popular no puede pasar desapercibido. La iniciativa privada también puede funcionar como contrapeso, sobre todo si algunas de las políticas económicas proteccionistas y antiliberales del presidente afectan sus intereses. La prensa más liberal ha sido y será, sin lugar a dudas, una fuerte oposición. No veo evidencia clara de que Trump pueda hacer con la democracia estadounidense lo que Hitler hizo con la joven democracia alemana de la década de los treinta del siglo XX.

Como quiera que sea, sin duda, los próximos cuatro años (esperemos que sólo sean cuatro) serán la prueba más dura a la que se someterán las instituciones democráticas de Estados Unidos. Cierto es, sin embargo, que la estigmatización del otro, principalmente de los hispanos y los musulmanes, se convertirá muy probablemente en un discurso legitimado por el Estado. Y las similitudes con el antisemitismo del Tercer Reich son evidentes.

Experimento estos días la desazón detrás de la idea de que el ser humano nunca ha cambiado, que sigue siendo el mismo animal desde que exterminó a los neandertales. El racismo, la xenofobia, el espíritu tribal, el miedo a lo diferente y la violencia como forma primordial de tratar con la otredad no son en absoluto fenómenos superados por la “civilización occidental”. Siguen tan vivos como siempre. Sólo los habíamos metido debajo de la alfombra. Trump, sin embargo, los está rescatando como una forma válida de adquirir y ejercer el poder.

No obstante, el ciego optimista que hay en mí acaba domando (o tal vez soslayando) cualquier motivo de preocupación. Por eso, si tuviera que apostar, lo haría por que la tradición democrática estadounidense y el peso de su sociedad civil organizada derrotarán al autoritarismo del energúmeno que a partir del 20 de enero será el presidente del país más poderoso del mundo.

Apostaría también a que en unos años, quienes hoy están emocionados por la derrota del statu quo se irán decepcionando al ver que el sistema no cambia como ellos esperaban por el simple voluntarismo de su caudillo. Que ni la entrada
de criminales y violadores ni el tráfico de drogas van a ser detenidos por un muro. Que el proteccionismo no va a crear millones de empleos para los obreros blancos, y sí acabará afectando directamente a los bolsillos de las clases baja y media. Que el discurso polarizante, defendido muchas veces por la izquierda, tiene efectos negativos en la vida de las sociedades. Que, en suma, las ideas simplistas pueden ganar elecciones, pero no sirven para explicar la complejidad de la realidad ni para crear una mejor.

Pero bueno, como muchos, también aposté por la victoria de Hillary Clinton, y así me fue. EstePaís

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