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La bestia impía

Agustín Fest | 01.12.2016
La bestia impía

Me gusta creer que los primeros biógrafos y críticos de Shakespeare, o al menos los más famosos (Dryden, Rowe), se frustraban con él: era un hombre que salió del campo, creció en los barrios y por caprichos del rey de las hadas (o peor aún, de Puck), terminó en un grupo teatral, a un lado de borrachos y vagabundos. Nunca adoptó con seriedad el papel de actor pero se adueñó del de escritor, y ya desde entonces, muy joven, los biógrafos sugieren que sus primeras obras no eran menos que un milagro.

En palabras de Samuel H. Monk:

 

Para Dryden, Shakespeare era el más grande de los genios primigenios, quien, autodidacta, sentó las bases del teatro Inglés; era un poeta de imaginación arrojada, y parecía tener un talento en lo mágico o lo sobrenatural; el poeta de la naturaleza, el cuál podía dispensar del arte; el poeta de las pasiones, de los muchos personajes y humores; el poeta de un alma enorme y comprensiva […] Sin embargo, tampoco tenía miedo en admitir que Shakespeare no usaba correctamente la gramática, solía hundirse en lo plano o se lanzaba a lo rimbombante; su ingenio podía ser ordinario, vulgar y dependiente de las bromitas; que la estructura de su trama se tambaleaba e ignoraba el sentido de orden y de arreglo que los nuevos valores apreciaban.

 

Entonces uno se da cuenta de que los mismos estudiantes de Shakespeare dudan de Shakespeare, y cuando lo confrontan, a pesar de su origen humilde y su vida, quizá, un tanto simplona, deben admitir que no era cualquier hombre; también era una bestia, el avatar de la lengua. Si uno lee las biografías de Shakespeare, descubrirá que no hay nada espectacular y que algunas son muy aburridas (acabo de leer una que cuenta, más o menos, cómo eran los lugares donde vivió y cuánto dinero tenía según unas viejas bitácoras). Tampoco será fácil encontrar alguna pista tajante o algo menor a una especulación que nos diga cómo aquel hombre logró la creación y la perfección de ciertos arquetipos que aún hoy se usan en el teatro, el cine y la literatura.

Estamos tan acostumbrados a los escritores célebres, los dramaturgos peculiares, las biografías con tintes aspiracionales y los personajes aderezados de entrevistas y mercadología, que Shakespeare es irreal, antitético. Y aun así, después de cuatrocientos años, su lenguaje, sus bromas y sus actores sobreviven. No puede pasar mucho tiempo sin que haya otra reinterpretación de Shakespeare. Al parecer no hay un momento definitivo en su vida que lo haya convertido en Shakespeare, sino que aparentemente uno tiene que “vivir” un centenar de vidas, decepciones, rutinas y los desaires de una vida común (claro, en la Inglaterra isabelina) para “desarrollar una voz literaria”. Algunos tendrán miedo de lo que voy a decir, pero el siguiente Shakespeare puede ser un contador mirando las nubes desde la torre que lo tiene capturado en Santa Fe.

Pero es divertido leer a los biógrafos porque al parecer todos concuerdan con dos cosas: Shakespeare, gracias a su desarrollo en la provincia, tenía el vocabulario de la naturaleza. Podía nombrar cientos de pájaros, árboles, animales y sus sonidos particulares. Si se lee con atención, por ejemplo, A Midsummer Night’s Dream, veremos cómo el lenguaje adquiere un tenor orgánico, y no sólo el aspecto onírico, la sexualidad velada, tímida; también escucharemos el crepitar de las hojas al pisar un bosque oculto o veremos la estela que abandonan los fuegos fatuos. El segundo aspecto, que también podemos encontrar en la misma obra, es que Shakespeare tenía un oído sobrenatural y había capturado ya un centenar de caprichos lingüísticos que después incorporó con elocuencia y sin temor dentro de sus obras. No importaba si la misma reina de Inglaterra estaba presenciando la obra; ella escucharía hablar a los albañiles, claro, en versos bien medidos, pero también en su lenguaje vulgar, corriente. Los actores de A Midsummer son el mejor ejemplo: personajes de barrio con el albur en la punta de la lengua, y también, por qué no, el humor, la ingenuidad, la violencia.

Era un hombre común con un excelente oído, pero era común. Paseaba en los barrios, sí, a un lado de los criminales y los enfermos, pero eso también lo hace cualquiera que tome el metro para ir a trabajar. William Shakespeare trabajó toda su vida como escritor dramático, después se hizo de una que otra casita, de uno que otro teatro, y también fue, digamos, productor de algunas de sus propias obras. Él mismo se reconocía como un tipo con suerte. Se le ha descrito como un hombre amable y discreto. Si uno iba a la taberna con él, dicen, no era aburrido. Su vida sentimental fue tormentosa y un misterio; sólo se sabe que no se llevaba bien con su esposa, Anne Hathaway. Falta chisme (y sobran los rumores), pero dicen que eso lo empujó al teatro: sus ganas de ser otro, tomar otros cuerpos y otras vidas. Por eso, a su modo, a lo largo de cuatrocientos años, Shakespeare se ha convertido en un hombre para todos los hombres, y sus personajes en las aristas de la emoción humana. Pero eso no lo exime a él de ser un personaje: podemos verlo como el prototipo de galán en Shakespeare in Love. O podemos verlo como un instigador revolucionario en algún episodio de Doctor Who. Dicen que Shakespeare no actuaba; sin embargo, en una de las raras veces que quiso actuar, hizo la voz del fantasma que habla con Hamlet.

 

Shakespeare es un animal binario

¿Por qué las obras de Shakespeare han sobrevivido mejor que, digamos, las de Jonson o las de cualquier otro dramaturgo de la época? O mejor aún, ¿por qué un productor contemporáneo prefiere montar a Shakespeare antes que a Ibsen o a Bernard Shaw? ¿Por qué incluso en México, donde la lengua de Shakespeare es vista con cierta cautela o con una etiqueta de “todo incluido”, es posible encontrar una que otra compañía teatral que reproduce Romeo y Julieta, La Tempestad o Titus Andronicus? Sí, todos sabemos que es universal, vaya, todo lo universal se seguirá reproduciendo hasta que el universo mismo se termine, pero una de las virtudes de Shakespeare es su economía y es una de las características principales que le han permitido sobrevivir durante cuatrocientos años. Shakespeare, a diferencia del universo, es baratísimo.

Supongamos, por un momento, que Shakespeare no nació con un oído maravilloso sino que tuvo que educarlo. Esta educación no era para salvar a sus obras del olvido, pero era vital para pagarse sus comidas, el sustento. No podía permitirse que su teatro fuera omitido o despreciado, y no sólo por la realeza, por sus mecenas, sino también por la gente común que se acercaba a ver sus obras en las calles. Mientras Shakespeare viajaba con su grupo teatral, tenía que trabajar los diálogos de tal manera que fueran placenteros para el oído, y también para disminuir el doloroso proceso de no tener un teatro dónde montar sus obras, ni presupuesto para los vestuarios o el maquillaje de los hombres que interpretaban a mujeres.

Rowe menciona a Shakespeare como uno de los dramaturgos más versátiles y económicos. Con buenos actores y un parque es posible representar cualquiera de sus obras para el deleite de quien quiera escucharlo. En Shakespeare no sólo hay declaraciones de amor e ingenio de aristócratas, sino también pedorreos y procacidades. La suma de todo en un balance preciso para arrastrar a la gente y mantenerla atenta e interesada en los intercambios entre personajes, los cuales terminan siendo ejemplos proverbiales de ritmo y de desarrollo. Shakespeare no sólo es el poeta, el bardo; también es el merolico perfecto.

Entonces, poco a poco, Shakespeare se convierte en una especie de aforista, o como dice la chaviza de hoy en día… un meme, y se incrusta en el cerebro de sus oyentes. Aún el día de hoy podemos escuchar cómo Shakespeare se replica en sus diálogos, y mientras estamos platicando con otros, quizá podemos adoptar el espíritu shakespeariano y asumir sus palabras con nuestra voz. Es una suerte de invocación, como cuando Caedmon inventó el primer poema, el primer himno: “Ser o no ser. Ésa es la pregunta”; “Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar”; “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”, o “El que muere paga todas sus deudas”.

En estos tiempos es muy fácil adquirir a Shakespeare y leerlo si se tiene paciencia y algo de dominio del inglés. Recitarlo en voz alta es una obligación no sólo para entenderlo, sino también para soltar la lengua y para invocar a uno de sus múltiples personajes. Shakespeare está en la Biblioteca Gutenberg de libros digitales (es gratis).

También puede descargarse como una aplicación para virtualmente cualquier teléfono celular y, además, la misma tiene la sabrosísima característica de ofrecerte un insulto shakespeariano del día. Por ejemplo, el día de hoy: “We leak in your chimney”, que significa: “orinamos en tu chimenea” (Henry IV, Parte I). Shakespeare sigue haciendo ruido en el mundo, sigue replicándose en las islas binarias y para el lector, para el imaginador voraz, sus obras deberían ser suficientes para apropiarse de un centenar de experiencias y posibilidades, de mundos alternos y necesarios.

Todavía recuerdo a los pequeños actores interpretando el papel de Shylock o de Ricardo III. Los escuchaba hablar entre ellos, niños apenas, hurgar dentro de sus mundos interiores para buscar las inflexiones adecuadas, las sensaciones precisas para dar una entonación propia, nueva, pero respetable del personaje. Después de muchos años, y luego de trabajar con muchos artistas, todavía recordando a esos niños, descubrí que el método de muchos actores residía en dar una parte de su vida al Bardo, cual si fuera un dios, y entonces transformaban a sus personajes en estructuras, en sensaciones, emociones que podían pedir prestadas en cualquier circunstancia. Por ejemplo: un actor pedía su café con la arrogancia de Otelo, alguna actriz no cedía en una negociación por su aprendizaje con Catalina. Y no podía olvidar a aquellos niños y sus búsquedas, una búsqueda que también fue mía, un tiempo muy breve, pero que me llevó a otra parte. También me cambió. Me quedé un tiempo en ese grupo teatral porque me emocionaba vivir para aprender y luego aprender para pretender que soy otro. Shakespeare es una puerta para intercambiar nuestras vidas por otras, y con él, la bestia impía, no hay garantía de regresar intactos.  ~

 

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AGUSTÍN FEST es columnista de La Jornada Aguascalientes. En 2012 ganó el Concurso Nacional de Cuento José Agustín por “Lotófago” y en 2013 obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo por Dile a tu mamá que se calle (Ficticia, 2013). Sus trabajos más recientes son Panteón de plumas negras (Pearson, 2016) y el libro de cuentos digital Aquí no es el cielo (3 demonios) que se publicará a finales de 2016.