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México frente al populismo autoritario de Donald Trump  

Transgresiones a la democracia

José Fernández Santillán | 01.01.2017
México frente al populismo autoritario de Donald Trump  

La noche del 8 de noviembre de 2016 será recordada como un momento especialmente difícil para México. Fue la victoria del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. Durante su campaña, Donald Trump insistió en que obligaría a nuestro Gobierno a levantar un muro fronterizo, anunció la deportación de 11 millones de indocumentados, entre sus prioridades puso la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y el bloqueo de las remesas que nuestros compatriotas mandan desde los Estados Unidos a sus familiares aquí en México. Razones suficientes para estar inquietos.

 

El sentimiento antimexicano

 Al agitar el sentimiento contra los mexicanos despertó el racismo que se encontraba presente de manera aletargada en ciertos sectores de la sociedad estadounidense. Ese odio lo canalizó hacia un propósito político que ha tenido éxito.

Nunca se había visto tal hostilidad contra México en un aspirante a la presidencia de Estados Unidos. Ni siquiera entre los más conservadores postulantes republicanos como Richard Nixon (1968) o Ronald Reagan (1980). Cuando esos políticos hicieron campaña eran los tiempos de la Guerra Fría y el punto de conflicto, en consecuencia, era con la Unión Soviética y el peligro de la expansión del comunismo. Por ese motivo los temas fueron otros: la guerra de Vietnam, en un caso; la defensa contra las armas nucleares, en el otro. Ni por asomo apareció nuestro país en las arengas proselitistas. Y vaya que ambos fueron derechistas furibundos. La agresividad de estos presidentes apuntó hacia otras latitudes, no hacia su frontera sur.

Conviene recordar que luego de la Segunda Guerra Mundial hubo buenas razones para afirmar que México y Estados Unidos habían superado los traumáticos y dolorosos acontecimientos registrados en el siglo XIX y en la primera parte del XX, como la invasión de 1847, la ocupación del Puerto de Veracruz de 1914 o la expedición punitiva de 1916 contra Pancho Villa. Las armas cedieron paso a la diplomacia.

Es preciso también señalar que México actuó durante décadas con autonomía en el plano internacional, cosa que le granjeó un gran prestigio. Gracias a ello ejercimos un auténtico liderazgo abanderando la causa de la paz internacional.

No obstante, debemos reconocer que, en estos menesteres, economía y política suelen estar íntimamente vinculadas. El modelo económico prevaleciente en los años sesenta y setenta fue el del crecimiento hacia adentro, el proteccionismo, la expansión del Estado con una orientación social, el financiamiento del desarrollo a partir del aumento del gasto público. En pocas palabras, fue el modelo instrumentado por el régimen de la Revolución, inspirado en el nacionalismo revolucionario, la búsqueda de la justicia social. Pero también debemos reconocer que con base en ese modelo proteccionista se pudieron crear muchas pequeñas, medianas y grandes empresas mexicanas. En el ámbito internacional el nacionalismo revolucionario se tradujo en la aplicación de la doctrina Estrada: “no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de los conflictos”.

La versión mexicana del Welfare State fracasó y, con ello, la política internacional tuvo que dar un giro.

Vinieron los años ochenta y la sustitución del modelo intervencionista por el modelo liberal (o modernizador). Eso significó: la disciplina fiscal, recortes al gasto público, la puesta en marcha de un amplio programa de privatizaciones y, en el plano internacional, el libre comercio, cuya máxima expresión fue el TLCAN firmado el 17 de diciembre de 1992. Ésa sería la vía para la recuperación económica. Así se aseguraría nuestra inserción en la globalización. El cálculo fue que ésta y el libre comercio caminarían de la mano por siempre.

También hay que decir, en honor a la verdad, que la apertura comercial y el propio modelo liberal, aplicado internamente, significaron la desaparición o bancarrota de muchas empresas mexicanas pequeñas, medianas e incluso algunas de gran tamaño.

De esta manera funcionaron las cosas hasta que se apareció Donald Trump. El conservadurismo enarbolado por este personaje ya no cree en el libre comercio, sino que ahora combina el proteccionismo en materia de comercio internacional con el liberalismo libertario (libertarianism) en economía interna.

El ciclo en el que prevaleció la buena vecindad y el libre comercio ha terminado. Para llevar a cabo su propósito, es decir, para hacer leva entre los ciudadanos estadounidenses, Trump utilizó una estrategia, al mismo tiempo, audaz y mañosa. Firmó un “Contrato con el elector estadounidense” (Contract with the American Voter). Allí fijó siete acciones para “proteger a los trabajadores estadounidenses”. El primer punto dice: “Anunciaré mi intención de renegociar el TLCAN y retirarme de él con base en el artículo 2205”. En la tercera parte, enumera cinco acciones para “restablecer la seguridad y la vigencia de la ley”. En el cuarto punto se lee: “Empezar a expulsar a los más de dos millones de migrantes criminales ilegales y cancelar las visas de aquellas naciones que no los quieran recibir”.1

La fórmula que vinculó la pérdida de puestos de trabajo para los estadounidenses de raza blanca con el TLCAN y el problema migratorio, aunque sea falsa, le funcionó: el grupo demográfico que más consistentemente votó por él fueron, precisamente, los hombres de raza blanca sin estudios universitarios, 72%, en contraste con el 23% que sufragó por Hillary Clinton; pero también las mujeres blancas sin estudios universitarios votaron, en su mayoría, por Trump a pesar del ataque sistemático que el magnate enderezó contra el género femenino (62%, en comparación con el 34% que votó por Hillary). Es más, el sector de mujeres de raza blanca con estudios universitarios registró un porcentaje sorprendente de votos en favor de Trump: casi la mitad de ellas votaron por el magnate, 45%; por la candidata demócrata, 51%.2

Digo que esa estrategia electoral fue, al mismo tiempo, audaz y mañosa porque ubicó a un enemigo —la población migrante— y vendió esa idea a la población blanca sin tener alguna evidencia de que realmente los indocumentados les están quitando los puestos de trabajo a “los verdaderos estadounidenses”. No se trataba de decir verdades sino de agitar emociones. Como dice Fareed Zakaria: “El genio político de Trump consistió en darse cuenta de que muchos electores republicanos no reaccionaban ante el trillado evangelio de su partido del libre mercado, los bajos impuestos, la desregulación y las reformas estructurales, sino que responderían mejor ante una convocatoria diferente basada en los miedos culturales y los sentimientos nacionalistas”.3

Por esta ruta, Trump recuperó una vena del populismo estadounidense que no había sido explotada desde hacía tiempo. Por lo menos desde la época de Ross Perot (1992-1996). Al respecto, Michael Kazin recuerda los dos tipos de populismos que han estado presentes en Estados Unidos: “Dos diferentes tradiciones populistas, con frecuencia en competencia entre sí, han tenido cabida en Estados Unidos. Los expertos hablan frecuentemente de populismos de ‘izquierda’ y de ‘derecha’”.4 El primer tipo de populismo, es decir, el de izquierda, ubica como blanco polémico a las élites adineradas. Se cuida de no enarbolar un discurso étnico; más bien habla del pueblo en general. Su lucha es en favor de la libertad y la igualdad. Enarbola el “nacionalismo cívico” y cree en el perfeccionamiento del gobierno representativo. Este tipo de populismo tiene su raíz en el People’s Party (1891-1919), que fue un partido político populista de origen agrario. Especialmente entre 1892 y 1896 desempeñó un papel importante en la política estadounidense. Posteriormente confluyó en el Partido Demócrata. Es a esta tradición populista a la que se adscribió la candidatura de Bernie Sanders.

El segundo tipo de populismo, es decir, el de derecha —al que, desde luego, pertenece Donald Trump— tiene un discurso antiestablishment, es decir, contra las élites, pero en este caso se lanza principalmente contra la clase política. Concibe al pueblo no en el sentido amplio en el que lo hace el populismo de izquierda, sino en un sentido restringido en términos étnicos. Esto significa que sólo los ciudadanos de origen europeo son los “verdaderos estadounidenses”. Es el tipo de identidad al que se conoce como “nativismo”. El patriotismo auténtico se encuentra en los estadounidenses de raza blanca. Su divisa es “el nacionalismo racial”.

 

El contraste en los debates

 Este “nacionalismo racial” se dejó ver en muchos momentos de la campaña de Trump. Tomemos, como hilo conductor, los debates entre los candidatos presidenciales. El contraste entre ellos nos servirá para enriquecer las conclusiones.

La pregunta fue: ¿por qué razón usted sería una mejor opción que su oponente para crear el tipo de empleos que pondrían más dinero en los bolsillos de los trabajadores estadounidenses? La exsecretaria de Estado respondió: “Ante todo, debemos construir una economía que funcione para todos y no solamente para los de arriba. ¿Cómo vamos a lograr esto? Vamos a lograrlo haciendo que los ricos paguen la parte que les corresponde y cerrando las lagunas corporativas”.

Donald Trump contestó: “Nuestros empleos están abandonando nuestro país y se están trasladando a México. Se están yendo a muchas otras naciones. Vean lo que está haciendo China: está sustituyendo nuestros productos […] Si vemos lo que pasa en México: un amigo mío que construye plantas dice que es la octava maravilla del mundo. Se están construyendo algunas de las plantas más grandes, algunas de las mejores y más sofisticadas del mundo, mientras que en Estados Unidos eso casi no se está haciendo”.

En materia de economía interna, Trump quiere reeditar lo hecho por los presidentes Ronald Reagan, George Bush (padre) y George W. Bush (hijo). Así lo expresó el propio magnate neoyorquino: la reducción de impuestos “creará tantos empleos como no se ha visto desde Ronald Reagan. Será una cosa hermosa”. O sea, exención de impuestos para los que tienen más con base en el supuesto de que esa riqueza goteará hacia abajo (trickle down). El asunto es que ya se vio desde la época de Reagan que eso no funciona. Tal estrategia produjo una desigualdad de la cual Estados Unidos todavía no se recupera.

“Recordemos”, fue la respuesta de Hillary, “dónde estábamos hace ocho años. Tuvimos la peor crisis financiera, la Gran Recesión, la peor desde 1930. Esto se debió en gran parte a la política impositiva que condonaba impuestos a los ricos. Esa política falló en invertir en la clase media, dejó sin control a Wall Street, y produjo la tormenta perfecta”. 

Clinton recriminó a Trump el no haber dado a conocer su declaración de impuestos. También le hizo pasar un mal momento cuando dijo al auditorio: “Éste es un hombre que ha llamado a las mujeres ‘cerdas’, ‘haraganas’, ‘perras’, y alguien que ha dicho que el embarazo es inconveniente para el trabajo, que las mujeres no merecen un pago igual a menos de que trabajen tanto como los hombres”.

 

Las mujeres y el trabajo como factor decisivo

 Y qué decir del segundo debate que se llevó a cabo en la Universidad Washington de San Luis, Misuri, el 9 de octubre de 2016. El encuentro estuvo determinado en buena medida por la grabación que dio a conocer el Washington Post dos días antes. Fue la entrevista que Billy Bush le hizo a Donald Trump en 2005. En ella, el magnate fanfarronea respecto de la manera en que trata a las mujeres: “Cuando eres una estrella las mujeres se dejan hacer lo que quieras. Me atrae automáticamente la belleza; empiezo a besarlas, es como un imán. Simplemente beso, ni siquiera espero. Y cuando tú empiezas, ellas se dejan. Puedes hacer lo que quieras. Agarrarlas del sexo, lo que quieras”. Una vulgaridad que muchos pensamos que había puesto, por fin, al empresario en la lona, y de la cual no se levantaría.

Quienes conocen los Estados Unidos habrán tenido la oportunidad de testificar la libertad con que se desenvuelven las mujeres en ese país. Ése es uno de los factores determinantes que han incidido a lo largo de la historia en que esa nación sobresalga entre otros países. Tal peculiaridad la captó desde muy temprano Alexis de Tocqueville, quien escribió en la primera edición de su libro La democracia en América (1835): “Los estadounidenses no encuentran nada más precioso que el honor de sus mujeres […] y si ahora que me aproximo al fin de este libro, en que he mostrado tantas cosas importantes hechas por los estadounidenses, me preguntan a qué se debe atribuir el progreso singular y la fuerza y prosperidad creciente de este pueblo, respondería sin vacilar que a la superioridad de sus mujeres”.5

Por eso resulta inexplicable cómo fue que Trump logró obtener tantos votos de las mujeres blancas. La única explicación (pero no justificación) es que, efectivamente, éstas fueron presa de los miedos culturales y los sentimientos nacionalistas despertados por el magnate.

Lo que sucedió en el tercer debate, llevado a cabo en la Universidad de Nevada, en Las Vegas, el 19 de octubre de 2016 no tiene desperdicio. Trump continuó con sus ataques a México repitiendo que construirá el muro para “asegurar la frontera sur de su país”, y que perseguirá a los traficantes de drogas, así como a las personas que entraron ilegalmente a Estados Unidos. “Tenemos aquí realmente a ‘hombres’ [dicho así en español] muy, muy malos a los que debemos echar”. Hillary, por el contrario, señaló que en Estados Unidos hay 11 millones de indocumentados que tienen hijos que son ciudadanos estadounidenses. Según lo que dice Trump, entonces, “tendríamos agentes de migración”, continuó Clinton, “yendo escuela por escuela, casa por casa, empresa por empresa, para perseguir a los indocumentados. He luchado durante años por tener una frontera segura pero también por tener un amplio plan de migración. Hay que poner los recursos públicos donde sirvan mejor”.

El conductor, Chris Wallace de Fox News, puso los términos de la discusión con claridad: “Usted, señor Trump, pugna por menos gobierno, menos impuestos; usted señora Clinton, lucha por más gobierno y por más impuestos”. Trump contestó que quería más empleos para los trabajadores estadounidenses al ver cómo había aumentado el desempleo en estados como Pensilvania y Ohio, lugares donde se desplazó la industria automotriz para establecerse, debido al TLCAN, en México. Hillary aclaró que le daría incentivos a la pequeña empresa, es decir, la que crea más empleos; procuraría la educación a bajo costo o gratuita. Recordó que el plan de Obama frente a la recesión había tenido éxito: redujo el déficit público en dos tercios. Y, hablando de pagar impuestos, recordó que los trabajadores indocumentados sí cubrían esa obligación, cosa que no había hecho Donald Trump.

Así las cosas, Hillary había salido airosa de los debates por la presidencia. Hasta allí, las predicciones apuntaban hacia un triunfo holgado para los demócratas. ¿Entonces, qué pasó? A finales de octubre, James Comney, director del fbi, envió al Congreso una carta en la que señalaba que había encontrado en la computadora del exlegislador Anthony Weiner correos electrónicos de Clinton cuando fue secretaria de Estado. La misiva indicaba que iba a investigar si esos documentos contenían información confidencial y un manejo inapropiado de ésta.

La intervención de Comney fue considerada como un hecho políticamente orientado, tanto así, que luego de su derrota, Hillary declaró: “Hay muchas razones por las que una elección como ésta no es exitosa, pero nuestro análisis es que las cartas de Jim Comney, generando dudas que no tenían fundamento, sin base, como resultó ser, detuvieron nuestro impulso”.6

Conviene recordar que el lema de campaña del magnate fue “Make America great again”. En un artículo publicado al día siguiente de las elecciones, titulado “¿Puede Donald Trump ser un buen presidente?”, Peter Feaver y Will Inboden escriben: “[Trump] tendrá que entender que Estados Unidos no puede ser tan grandioso como se necesita que lo sea si seguimos tan divididos como lo estamos ahora”.7

Y así seguirán estando si Trump no entiende que cuando tome posesión será el presidente de todos los estadounidenses y no el jefe de una facción radical.

 

Conclusiones

 Convengamos en que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca significa un cambio de gran calado en las relaciones entre México y Estados Unidos, no sólo en términos económicos sino también políticos. Está claro que el proteccionismo va a ser instrumentado, según lo dejó claramente establecido durante su campaña. De igual manera, va a endurecer las medidas antiinmigrantes. ¿Qué podemos hacer frente a este nuevo reto? Timothy Garton Ash dijo que con Trump se refuerza “la globalización de la antiglobalización”; es decir, el magnate viene a reforzar el frente de los populismos autoritarios al estilo del implantado por Vladímir Putin en Rusia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía y Viktor Orbán en Hungría.8 Es curioso y no carente de significado que en la reunión de la apec, es decir, el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico, se haya respondido a la cerrazón de Trump diciendo: “Si él se cierra, nosotros nos abrimos”.9 Allí está, pues, la respuesta: debemos buscar nuevos mercados y nuevas alianzas.

Una fórmula que combine eficiencia económica con responsabilidad social: impulso a las pequeñas, medianas y grandes empresas nacionales en el marco de la economía global, creación de empleos acordes con los avances tecnológicos, una carga fiscal más justa, fomento a la ciencia y a la tecnología.

Por último, pero no menos importante, ante el populismo autoritario que avanza a nivel global, es preciso defender la democracia liberal. Ésta significa división y equilibrio de poderes, protección de los derechos humanos, sistema de partidos, reconocimiento de los derechos políticos, debate público sobre temas de interés colectivo, rechazo a toda forma de discriminación. En esta defensa de la democracia liberal, afortunadamente no estamos solos: contamos con aliados en Estados Unidos y en muchas partes del mundo.

Con esta lucha en favor de la democracia, en el plano de la política internacional, podríamos recuperar nuestra independencia diplomática. El asunto es importante en la medida en que el “orden mundial” en realidad se ha convertido en un “desorden mundial”. EstePaís

 

NOTAS

1 Donald Trump’s “Contract with the American Voter”, Nationalreview.com.

2 <http://www.washingtonpost.com/graphis/politics/2016-election/exit-polls/>.

3 Fareed Zakaria, “Populism on the March”, Foreign Affairs, noviembre/diciembre de 2016, p. 14.

4 Michael Kazin, “Trump and American Populism”, Foreign Affairs, noviembre/diciembre de 2016, p.17.

5 Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México, 1978, p. 556.

6 <http://www.excelsior.com.mx/global/2016/11/12/1127857>.

7 Peter Feaver y Will Inboden, “Can Donald Trump Be a Good President”, FP, Shadow Government, 9 de noviembre de 2016 <http://www.foreignpolicy.com/2016/11/09/can-donald-trump-be-a-good-president>.

8 Timothy Garton Ash, “Populists Are Out to Divide Us. They Must Be Stopped”, The Guardian, 11 de noviembre de 2016.

9 Milenio, 19 de noviembre de 2016.

 

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JOSÉ FERNÁNDEZ SANTILLÁN es profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM). Discípulo y traductor del filósofo italiano Norberto Bobbio. Ha sido Fulbright-Scholar-in-Residence en la Universidad de Baltimore (2015); profesor visitante de la Universidad de Georgetown (2013), e investigador visitante en la Universidad de Harvard (2010). Entre sus libros se encuentra Política, gobierno y sociedad civil, Fontamara, 2013. Fue miembro del consejo editorial de la revista Este País. Es investigador nacional nivel III del SNI.

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