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¿Qué significó ese fenómeno llamado Fidel Castro?

Haroldo Dilla Alfonso | 01.01.2017
¿Qué significó ese fenómeno llamado Fidel Castro?

Ha muerto Fidel Castro, y con ello se desprendió del muro de la historia el último afiche de las grandes revoluciones del siglo XX.

Fue un siglo marcado por revoluciones y revolucionarios. De hecho nació acunado por tres. La primera, cronológicamente, la mexicana que abrió las puertas de América Latina a la modernidad e inscribió en su agenda temas claves del progreso social. La segunda, iniciada por Sun Yat-sen y continuada por Mao Tse-Tung en China, despertó al mundo asiático y comenzó a recolocar los cotos privilegiados del pulso mundial en las inmensidades del océano Pacífico. La tercera, dirigida por Lenin y Trotski, planteó a la humanidad la posibilidad de imaginarse a sí misma sin y contra el capital. Y en su transcurso fue surcada por insurrecciones consejistas y por briosas guerras anticoloniales y antidictatoriales que nos legaron esperanzas y frustraciones.

Fidel Castro fue un capítulo de esa historia. Locuaz y carismático, logró como nadie capturar la imaginación de la mayor parte de los cubanos. Encarnó la esperanza de casi todos en tiempos en que, decía Sartre, “el tercer mundo era el futuro”. La prensa de la época quiso ver en él a una figura capaz de disentir lo suficiente del capitalismo como para proclamarse redentor, pero amando tanto la libertad como para esquivar la acera comunista del frente. Se le dio en aquellos primeros años
—en que comandaba guerrilleros o inflamaba las esperanzas populares desde un difuso poder revolucionario— un título tan evocador como equí­­­­vo­co: humanista.

Creo francamente que lo fue a su manera. Y no es cierto que haya dejado de serlo porque se hizo marxista. Aunque sus panegiristas se esfuerzan en mostrarlo como un pensador del marxismo contemporáneo, en realidad nunca lo fue. El marxismo, un producto intelectual occidental, fue demasiado libertario para sus miras. Fue, eso sí, un ideólogo consumado y efectivo que usó al marxismo como pretexto. Pero entre sus fuentes nunca hubo algo más que algunas técnicas tomadas de su versión “oriental”: el leninismo. De aquí hurtó la idea del partido único, el llamado centralismo democrático y otros aderezos que le facilitaron una vinculación particularmente provechosa con el bloque soviético por más de dos décadas. De otros lugares tomó lo más importante: del caudillismo populista, la manipulación de masas; de sus maestros jesuitas, el arte de encantar a sus interlocutores; de sus años universitarios, los métodos gansteriles para lidiar con hostiles.

Fidel Castro fue, ante todo, un revolucionario social convencido de que la desigualdad era un mal imperdonable, y que, en consecuencia, debía ser erradicada a cualquier precio. De aquí uno de sus más notables legados prácticos. Tras medio siglo al frente del Estado cubano, su presencia se ha hecho inseparable de un proyecto justiciero que patrocinó una movilidad social inédita en el país. Mientras América Latina vivía de una frustración en otra, los cubanos comenzaron a gozar de servicios de salud, educación, empleos y seguridad social envidiables, lo que condujo al amasamiento de un “capital humano” que es garantía del despegue económico de la isla y del éxito de sus emigrados en las múltiples latitudes en las que se han refugiado. Aún hoy, cuando esa marca política que insiste en llamarse Revolución cubana —la verdadera revolución concluyó a mediados de los sesenta y fue sepultada con la constitución prosoviética de 1976— malvive entre sus escombros, Cuba sigue figurando como puntera en algunos rankings mundiales del “buen vivir”.

En términos económicos, su medio siglo fue un desastre. Castro nunca toleró al mercado —ni siquiera en los breves espacios de la cotidianeidad— porque le resultaba esquivo de su autoridad y pervertidor de lealtades. Y por ello prefirió verbalmente la planificación centralizada, en lo cual pareció alinearse con las propuestas guevaristas de los sesenta. Pero sólo apariencias, pues en realidad manejó la economía como un rosario de costosos caprichos que se iniciaron con aquella deshidratante zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar en 1970, y que se continuaron en toda su vida en el poder. Con irresponsabilidad mayor pronosticó que Cuba iba a ser una productora de primer orden a nivel mundial de cuanto ítem se le ocurría. En 1966 prometió mucha leche y mucha carne. “Habrá tanta leche”, dijo, “que se podrá llenar la bahía de La Habana con leche”, aunque en realidad sólo consiguió una masa ganadera famélica y desnutrida en continuo decrecimiento.

En cada delirio gastó millones. Y ni siquiera tomó sentido real del asunto cuando la economía nacional se desplomó un 40% a principios de los noventa, sumiendo a la población insular en una situación de miseria repartida, aún no superada. Durante los últimos años en el poder, se inventó una revolución energética que estuvo a punto de destruir el sistema eléctrico nacional. Y en sus días de reclusión crepuscular, ofreció al mundo la solución de sus problemas mediante la producción y consumo de moringa. Una “fuente inagotable de carne, huevo y leche”, escribió con alborozo de adolescente entre los aplausos de sus admiradores alelados.

Pero a su voluntarismo se debe un acierto: la entrada de Cuba a un club selecto de tecnología de punta en el área de la biotecnología y la farmacéutica. De manera que el mundo puede contemplar con asombro cómo un país incapaz de producir batatas con niveles aceptables de productividad, trata exitosamente contra flagelos mundiales, produce vacunas insospechables y cura lo que en ocasiones nadie puede curar.

 

La magia de la política mundial

La esfera internacional fue de donde Fidel Castro sacó sus mayores ventajas políticas, y lo que realmente le interesó. Fue otro de sus legados perdurables. Cuba era sólo un islote, muy pequeño para satisfacer sus ínfulas megalómanas. Y por eso convirtió a Estados Unidos en su blanco preferido, al mundo en su campo de batalla y a Cuba en una cabeza de playa desde donde abordarlo.

Lo hizo de muchas maneras. Unas veces mandando médicos y otras despachando tropas. En ocasiones hacía giras internacionales interminables, como aquella imprudencia política de pasarse tres semanas merodeando por el Chile de Allende. Se creyó a sí mismo como centro de una revolución mundial que intentó inicialmente en América Latina, donde sus guerrillas fueron aniquiladas. Y luego en África, donde consiguió su triunfo más resonante —haber contribuido decisivamente al desmantelamiento del apartheid—, pero también resultados imperdonables como el apoyo a satrapías corruptas y criminales, al costo de cuantiosos recursos económicos y del sacrificio de miles de vidas de jóvenes cubanos que fueron obligados a librar guerras de las que sabían muy poco.

Fidel Castro intentó liderazgos formales en la arena internacional. En los setenta se enroló de lleno en el Movimiento de Países No Alineados (MPNA), del que llegó a ser presidente, pero fue justo en el momento en que los soviéticos —sus sostenedores innegociables— comenzaron a ensayar su guerra perdida de Afganistán y le estropearon su puesta en escena. Por eso siempre fue una suerte de pieza suelta que supo ganar provecho con astucia inigualable de las querellas de las grandes potencias.

De los rusos obtuvo un subsidio monumental por dos décadas (1970-1990) que permitió tanto la expansión de los gastos sociales como sus aventuras militares y diplomáticas. Y le dio una autonomía absoluta respecto a su propia sociedad, en la medida en que su reproducción no dependía de factores internos, sino de la relación internacional que sólo el Comandante sabía y podía manejar. A cambio, la URSS contó con una base política y logística a sólo 180 kilómetros de los Estados Unidos, y un activista que se movía por el Tercer Mundo en campañas que los abotagados dirigentes soviéticos nunca hubieran podido hacer por su cuenta.

De los estadounidenses consiguió una hostilidad imperialista que mezclaba monroísmo y anticomunismo. La misma hostilidad que antes de él había derrocado gobiernos y mediatizado revoluciones. Pero él, y éste fue indudablemente su primer mérito histórico, no sólo supo sortearla, sino también utilizarla en su beneficio. Jugó hábilmente con los sentimientos jingoístas de lo peor de la clase política estadounidense. Y cuando algún presidente se salía del guión hostil —Carter en 1980, Clinton en 1996— se ocupaba de patearle la cara repetidas veces hasta hacerlo volver al redil de la confrontación. Intentó hacerlo en sus días postreros escribiendo diatribas contra Obama, pero sin más efecto que la curiosidad de sus menguados lectores. De esa confrontación sacó todo el apoyo económico y militar de los soviéticos, el reconocimiento del Tercer Mundo y, sobre todo, el consenso nacional en torno a la idea de que se vivía en una fortaleza sitiada donde cada disidente era un traidor. Sin la hostilidad, repito, no podía gobernar.

Aun asumiendo sus tremendos costos, no puede obviarse la relevancia de este legado. Su memoria es imprescindible para explicar la geopolítica mundial en la segunda mitad del siglo XX. En particular en nuestro hemisferio, la revolución que lideró obligó a Estados Unidos a mirar a América Latina como algo más que un traspatio, y a reformular el marco de sus relaciones hemisféricas. Lo cual, ciertamente, condujo a monstruosidades como la invasión a República Dominicana en 1965 o el Plan Cóndor, pero también a la Alianza para el Progreso y a algunos de los proyectos reformistas más avanzados, como fue la sintomáticamente denominada “revolución en libertad” de la democracia cristiana chilena. El surgimiento de proyectos alternativos de todo tipo —desde el nacionalismo militar hasta los llamados “socialismos del siglo XXI”— es inexplicable sin recurrir de alguna manera a la presencia de Fidel Castro en la política continental. Nuestro continente fue desde entonces más libre.

 

¿Qué muere y qué debe morir con Fidel Castro?

Muchos analistas del momento (muchos más de lo que el buen sentido reclama) han afirmado que con Fidel Castro ha muerto el último de los revolucionarios. No lo creo. No comparto el afán onírico de los conservadores de todos los tiempos —de Burke para acá— acerca del fin de las revoluciones. Éstas se seguirán produciendo mientras existan —recuerdo aquí a Brecht— esperanzas humanas ante callejones sin salida. Tampoco que deseche la violencia como camino, porque la violencia se ejerce todos los días —física o simbólica—, unas veces desde el mercado, otras desde el Estado, y otras desde una variedad infinita de dominaciones latentes en la cotidianeidad.

Sí creo que con Fidel Castro ha muerto uno de los últimos grandes revolucionarios de esa tradición jacobina y voluntarista tan propia del siglo pasado, cuyos logros siempre han sido cuestionados a la luz de sus inmensos costos humanos. Castro perteneció a una época en que los héroes revolucionarios cautivaban corazones cabalgando y armados hasta los dientes —Pancho Villa, Trotski, Mao, Giáp, Guevara, Amílcar Cabral—, y no a ésta otra en que los íconos —Mandela, Gandhi, Martin Luther King, Malala, Mujica— parecen más interesados en cambios modestos y graduales, pero menos exigentes en sacrificios humanos. Como si estuvieran optando por esas estrategias intersticiales y metamórficas que Erik Olin Wright y Edgard Morin se han empeñado en señalizar como caminos para el futuro. Como si, sabiéndolo o no, estuvieran desempolvando aquel adagio de Gramsci: la clase revolucionaria, antes de ser dominante, precisa ser dirigente.

Otra opinión afirma que con la muerte de Fidel Castro murió el castrismo. Un aserto menos ambicioso, pero igualmente errado.

Si hablamos del castrismo como proyecto político —un sistema totalitario e igualitarista que controla todos los aspectos de la vida y pide adhesión entusiasta a sus súbditos—, ha estado extinguiéndose desde hace años; incluso lo estaba haciendo con Fidel Castro al mando del Estado. Lo que hace su descolorido hermano Raúl es administrar la conversión burguesa de la élite posrevolucionaria, y en particular de los altos mandos militares y tecnócratas allegados, y del propio clan Castro, que deberá consolidarse como un grupo político en el futuro de la isla.

Hace tiempo que Fidel Castro era un anciano caprichoso e iracundo que explicaba cómo cocinar frijoles negros, que vociferaba contra Obama, que sugería la moringa como la salvación ambiental planetaria, que opinaba sobre las andanzas pretéritas de los neandertales, entre otras muchas divagaciones propias de su locuacidad senil. Desde su recogimiento convaleciente nunca renunció a hablar a un mundo que sólo él se imaginaba como oyente, pues los caudillos populistas, los auténticos, nunca se retiran.

En cambio, si se habla del castrismo como tradición política, poco se va con Fidel. El castrismo no originó la tradición autoritaria de la historia cubana, pues ésta existía antes —larvada o explícita— del asalto al cuartel Moncada en 1953. Y nada indica que no seguirá existiendo. Basta observar el comportamiento político de los cubanos —insulares y emigrados, derechistas e izquierdistas— para entender los déficits abismales de nuestra cultura política en términos de tolerancia y pluralismo. Fidel Castro fue solamente un gran momento de nuestra intransigencia.

Cuando le preguntaron a Zhou Enlai su opinión sobre la Revolución francesa, dijo que era un hecho demasiado reciente como para opinar sobre ello. Creo que hay más razones para hacerlo sobre Fidel Castro y la herencia de la revolución que acaudilló. Nada podrá eximirlo de las terribles responsabilidades con respecto a la falta de libertades y democracia en Cuba, a la división de la sociedad y la expropiación masiva de derechos a los que emigraron, la manera irresponsable como jugó con la hostilidad estadounidense y el desastre económico a que condujo a la isla. Todos los cubanos pagaron algo por su megalomanía, y al menos un par de generaciones afectaron sus existencias al calor de sus consignas, pagando precios demasiado altos para una vida. Pero ningún juicio podrá omitir un dato sencillo: cautivó la imaginación de generaciones enteras que fueron beneficiadas por una revolución que terminó hace mucho tiempo, pero que aún sobrevive como marca política. Le dio a los cubanos que compartieron con él sus mejores tiempos una razón para la autoestima. Y convirtió a Cuba en un actor internacional respetable y prominente.

Hay que dejar, decía el gran escritor cubano Lichi Diego, que el pasado pase. No olvidarlo, sino dejarlo pasar. No creo que Fidel Castro pueda ser olvidado. Y de cualquier manera no conviene olvidarlo. Lo reprimido, decía Freud, siempre retorna. Y olvidar (al estilo de Borges: como venganza o como perdón) es reprimir. Dejar pasar el pasado es superarlo, que es la mejor manera de recordar. Ojalá que la sociedad cubana logre hacerlo y avance hacia un futuro republicano y democrático. Tiene ante sí tareas inmensas en términos de construcción democrática; de instauración de un régimen de derechos sociales, cívicos y políticos; de reunificación a partir de la devolución de los derechos ciudadanos a todos los que les han sido expropiados, en particular a los emigrados; de escogimiento de un modelo económico inclusivo, dinámico y amistoso con el medio ambiente; de diseño de un posicionamiento internacional acorde con su realidad, etcétera.

Ojalá la sociedad cubana logre esa reconciliación de ella misma con su diversidad. Ojalá pueda seguir avanzando sin obviar la herencia histórica de un proceso intenso y contradictorio que ha marcado la historia nacional de una manera inevitable para quienes habitamos en este siglo que se hace —junto con nosotros— viejo. EstePaís

 

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HAROLDO DILLA ALFONSO es sociólogo e historiador. Nació en Cuba y actualmente reside en Chile.

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