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El tiempo de Fidel Castro

Augusto Guerra | 01.01.2017
El tiempo de Fidel Castro

—¿Qué horas son?

—Las que usted dicte, Comandante.

 

Nadie sabía a qué horas iba a hablar Fidel Castro. A qué horas llegaría al encuentro internacional, a qué hora exacta iba a empezar su discurso, su aparición en la televisión, su presencia en el Comité. Ni siquiera Gabriel García Márquez podía saber a qué horas iba a ser visitado por su amigo Fidel Castro; sólo sabía que pasaría a verle tarde o temprano cuando el colombiano estaba en la isla.

Y si no se sabía a qué horas empezaba Fidel Castro, mucho menos se sabía a qué horas iba a terminar. Sus discursos, como el béisbol que tanto le gustaba (pero no tanto como sus propios discursos), podían durar horas y horas. Suyo es el récord Guinness del discurso más largo en la Asamblea General de las Naciones Unidas: 4 horas 29 minutos. (En ese tiempo se pueden leer en voz alta, pausadamente y en su totalidad, una después de la otra, las tragedias de Sófocles, Edipo rey y Edipo en Colono.1)

En el III Congreso del Partido Comunista, en 1986, el discurso de Fidel Castro rebasó las 7 horas y 10 minutos de duración. (Sólo para dimensionar: obras como la Odisea, Cumbres borrascosas, Lolita y Los viajes de Gulliver se leen en silencio, cada una, en menos de 7 horas. ¡Cuántas ideas distintas, reveladoras, profundas, bellas, no sabidas de antemano, se aprenden en estos libros! ¿Cuántas se aprendían en los discursos del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas?)

Fidel Castro fijaba su propio tiempo. Se había rebelado contra la tiranía del horario común fijado por el reloj, a la que todos los demás, con independencia de nuestra condición social, debemos someternos. Esa tiranía, como el régimen cubano, se percibió primero como una liberación: cuando los europeos instalaron relojes públicos, a la vista de todos los ciudadanos, la gente dejó atrás la incertidumbre del cielo y sus inconstantes amaneceres y atardeceres. Con el perfeccionamiento y la multiplicación de los relojes, que sin dejar las plazas públicas alcanzaron los bolsillos y las muñecas de innúmeras personas, se expandió el tiempo dividido según fracciones exactas y uniformes: un tiempo ya no solar sino verdaderamente humano y compartido por todos. Los relojes ofrecían algo más que la hora: la constatación de una regla común a la que todos debían supeditarse. A partir de entonces, las cosas dejaron de suceder cuando al sol o a los poderosos o a los berrinchudos les diera la gana, sino según horas fijadas de antemano, comunicables con precisión y comprendidas por todos.

La famosa puntualidad inglesa es un principio democrático: implica el respeto al tiempo de los demás, es decir, el respeto a los demás, pues estamos hechos de tiempo. Las 6:15 p.m. son las 6:15 p.m. para todos, al menos para quienes viven en la misma zona horaria. En las sociedades modernas algunas personas acumulan más riqueza y espacio material que otras, pero el tiempo es el mismo para todos: es, en verdad, no sólo democrático, sino igualitario.

El tiempo de Fidel Castro, sin embargo, era distinto: caprichoso en apariencia, pero fijado por él mismo, como lo habían hecho siglos atrás los faraones y los zares. Las cosas sucedían cuando a él le parecía bien que sucedieran. Y sus seguidores nunca le reclamaron que llegara a tiempo, o que no llegara a tiempo, porque reconocían que Fidel Castro podía fijar su propio tiempo, un tiempo cuyos secretos estaban vedados como el sanctasanctórum del Templo de Jerusalén para los fieles. Sabia virtud de ignorar su tiempo.

En algunas ocasiones sí se anunciaba su presencia a una cierta hora. Una pareja mexicana en La Habana fue invitada a escuchar un discurso de Fidel Castro a las 5 de la tarde. Dieron las 5, las 5 y media, las 6, las 6 y media. A las 7 ella dijo “me voy, ya estoy cansada”. A las 7 y cuarto apareció Fidel. Y habló largo y tendido, pero la ocasión no era muy especial y terminó en menos de dos horas. Como no escuchó una sola idea nueva o encomiable, el mexicano se abstuvo de aplaudir. No había pasado ni un minuto cuando dos agentes se presentaron ante él y le interpelaron con rudeza: “Oye, chico, ¿y tú por qué no aplaudiste a Fidel”. “Porque no me pareció que valiera la pena”. “¿Sabes lo que estás diciendo?”. “Sé que tengo pasaporte diplomático mexicano”. Desde ese momento, hasta que se subieron al avión, él y ella fueron escoltados permanentemente por agentes de seguridad cubanos, que les dejaron muy en claro que estaban siendo vigilados y que no eran de su agrado.

Si Fidel Castro dictaba su propio tiempo, no es de extrañarse que toda Cuba, también dictada por él mismo, viviera en otro tiempo. Los turistas decían que viajar a Cuba era como hacer un viaje en el tiempo. Pero no viajaban a la Cuba de 1959, que gozaba de un ingreso per cápita superior al de la España de aquel tiempo, sino a una Cuba congelada ¡en el trópico!, cuyo tiempo había sido expropiado por Fidel Castro. Porque para que el Comandante gozara de su propio tiempo, toda Cuba tenía que pagarle con la misma moneda.

En noviembre de 1975 murió Francisco Franco y Fidel Castro decretó luto nacional de tres días. Poca gente se enteró, porque aquel era el tiempo de Fidel Castro: sabia virtud de dictar su propio tiempo. Francisco Franco fue su modelo y su inspiración; sólo que el alumno “superó” al maestro en casi todo: en popularidad, en capacidad de seducción y de represión, en dogmatismo, en censura, en estrechez de miras, pero sobre todo, cómo no, en tiempo.

Castro siempre se distinguió por el manejo a la vez arbitrario y magistral de su propio tiempo: el de su identificación con las clases bajas, el de sus relaciones con jóvenes de las clases ricas, el de sus promesas de democracia, el de su conversión al comunismo, el de aparentar, el de amenazar, el de expropiar, el de provocar, el de exigir respeto a la soberanía de su nación, el de inmiscuirse en la de muchas otras, el de encumbrar a su país, el de empobrecerlo, aislarlo, endeudarlo, meterlo en las guerras de África. Vicente Fox quiso dictarle su tiempo y así le fue. Castro no tuvo empacho en apoyar a Díaz Ordaz, a Echeverría, a López Portillo, a Salinas de Gortari; pasó por alto el 68, el 71, el 88, el 94, pero no pudo soportar que el presidente democráticamente electo de un país que no era el suyo le quisiera dictar su tiempo.

Como los reyes, los emperadores, los tlatoanis, los papas y los césares, Fidel Castro decidía el tiempo de millones: cuándo sembrar y cuándo cosechar. Cuándo estudiar y cuándo trabajar. Cuándo callar y cuándo aplaudir. Cuándo ir a la zafra, cuándo salir a manifestarse, cuándo celebrar la Navidad. Cuándo guardar luto, cuándo pasará la guagua, cuándo se cumplirán sus promesas, cuándo cambiarán las cosas, cuándo, cuándo, cuándo. Ojalá que pronto, chico. EstePaís

 

Este artículo está dedicado a todos los seguidores de Fidel Castro que pudieron gozar de al menos un día festivo para celebrar su Navidad, como ningún cubano lo tuvo durante decenas de años por gracia de su Comandante en Jefe del Ejército, que podía más que Cristo.

 

 

1 El anciano ciego en Edipo en Colono dice que “de la vejez y de la muerte sólo los dioses se libran, pero todo lo demás es arrasado por el tiempo”.

 

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Augusto Guerra es poeta y ensayista. Nació en Guatemala y estudió en la Universidad de Oriente, en Yucatán. Ha publicado en diversos medios impresos bajo seudónimos.