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Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Dos tortugas

Pablo Gálvez | 01.07.2015

La Primera está a punto de eclosionar; la Segunda nada agónica hacia la playa. La Una, sin saber a lo que está naciendo, rompe el cascarón bajo la arena y, por instinto (o su equivalente menos ilógico), se lanza al mundo; impulsa sus vírgenes aletitas en pos de la superficie de una costa siniestra, donde se respira mortandad: las muertes sinnúmero de criaturitas como ella, a merced de los picos emplumados que vuelan sin tregua por doquier, y la muerte, además, del vetusto reptil acorazado que se aproxima lánguido a fenecer al mismo sitio a la orilla del mar, justo donde la Primera acaba de asomar la cabecita. Esta Segunda tortuga que sabe de sobra lo que significó nacer y soportar una monótona y muy larga vida, llevando a cuestas la tremenda lentitud de sus escamas óseas, que hacían las veces de refugio y lastre; esta que sobreentiende que el único paso que le resta es expirar, fuerza (desesperada, enferma de impotencia) los guiñapos cartilaginosos que un día fueron cuatro aletas de lo más espléndidas, para librar los escasos metros que la separan de su insensatamente anhelada tierra, lugar donde pretende tenderse a perecer en la paz más beata. La Primera, atávica, busca el mar. Y tú y yo aquí, contemplando el espectáculo como si de un documental silvestre se tratara.

Ambas están, diríase a simple vista, a distancias relativamente iguales, por lo que, diríase también, la Primera y la Segunda deberían toparse frente a frente dentro de un lapso breve, no más de un minuto, mientras la Una se zambulle y la Otra emerge, consiguiendo las dos su meta y beneplácito en vida y muerte, cada cual según su respecto. Pero, vamos: sabemos que las cosas no son así. Si promediamos la condición escuálida de un recién nacido enclenque y la de un vejestorio muriente —ya más cascajo que carne, tan liviana como una hoja en la marea—, ante la situación descrita; si tenemos una existencia acabada y chuchurrida que se enfila hacia un truculento campo de matanza, que hace las veces de cunero para muchas otras vidas que apenas amanecidas se apagan, se funden, se obitúan cayendo desde altas zarpas hasta escarpadas rocas (cubiertas de pequeños cadáveres, “técnicamente” fetos abortados en favor alimenticio de los bicharracos carroñeros); si tenemos otra lucecilla, ávida de no entiende qué, rozagante y con cien años de tardo e incierto futuro en su horizonte, la cual nunca ha usado sus ojos y por lo tanto son igual de inútiles que las extinguidas canicas que coronan esa cabeza ajada que ya emerge de entre las olas, y no ve al cuarteto de aletitas enarenadas que hacen reptar un blandengue caparazón del que apenas se asoma una imprecisa carnosidad, justo hacia su exacta posición, la de la cabeza a punto de rodar; y si ambas avanzan lerdas y torpes, yendo rumbo a su no planeado encuentro, ya a reducido trecho una de otra, y si entonces un avechucho…

Las dos tortugas y el pajarraco colisionarán sin remedio, en seguida; la Segunda es invidente, como se ha dicho, mas aún le queda tímpano como para percibir el graznido del vultúrido abominable que le está por caer encima: toda su longeva existencia pasa a través de su ceguera y se coagula en la mente; la sangre fría por excelencia que todo reptílido posee le anuncia que ha llegado la hora del último escalofrío, y así nomás rememora el primero que sintió, cuando la brisa marina le lamió su entonces lisa piel y tuvo que sortear la arena espinosa para burlar a los monstruos circundantes, hasta que besó la cristalina porosidad de la mar, su amada empedernida, lugar en que gozó de una serenidad entrecomillada, donde hizo su vida, tan insustancial y fatua (solo nadar de corriente en corriente y tragar con desmedida gula las escasas precariedades que nunca dejaron de hacerla tropezar bajo el agua, ni lo harán allá sobre el cielo), que ahora abandona para siempre porque será un banquete en las entrañas del rapaz espécimen que le aletea a medio metro; mientras la Primera marcha dificultosamente y logra rozar la cándida sal acuosa, prevalece su ignorancia de hallarse en peligro letal y por un segundo vislumbra (también sin ojos y no cómo exactamente pues no hay noción alguna en su cerebrito) un paradisiaco discurrir de sus muchos y ricos días en el fondo de lo que ahora le humecta la panza y se le antoja fabuloso, sin par, no lento, complicado y sin sentido como en verdad es; y las dos tortugas y el zopilote están a un ápice de ser uno, tan juntas, tan casi-amalgamadas como una tragedia y las lágrimas que se derraman por ella.

¡Pero qué…! Mira, qué buena pata: por el azar que el sino guste ajustarle a la casual fortuna, el plumífero ha hecho presa de la Segunda acorazada escuálida —seguro se le antojó como un bocado mayor, pese a que, a decir verdad, el tamaño de la anciana se quedó por debajo del promedio—, permitiendo que la Primera logre penetrar de lleno en el agua y nadar, con igual torpeza solo que un poco menos lenta, fuera del alcance del depredador (digo que fue una suerte porque, pues bueno, la Segunda iba ya a morirse de cualquier modo, y en cuanto a la Primera, en verdad se le veían ganas de navegar por este ruin peregrinaje vital; aunque también digo, “pobre de la tortuga en senectud, quería morir en completa paz”; en fin: de dos panoramas funestos, el menos lamentable). ¡Pero no…! Úchale… pobre, pobre de la Segunda, ¡y, ay, infeliz, penitente alma de la Primera!: la Una es elevada no pocos metros en dirección a la estratosfera y en el punto álgido, soltada por su aborrecible captor que apunta hacia las afiladas piedras los vestigios destartalados de la inocente tortuguilla, pero lo peor viene con el aire, pues un soplo fortuito y particularmente violento modifica el curso de la caída libre y manda al noble animalito varias brazas mar adentro, dejando al volador desgraciado sin tragazón y a la víctima sin descanso, quien choca aparatosamente contra la superficie embravecida de un océano picado y agreste que parece molesto, como novia en reconciliación forzada (sin cama de por medio, claro), al ser penetrado de nuevo por un ente que se había expulsado voluntariamente de él, de por vida. Y, ¡doble carajo!: el ejemplar recién nacido, habiendo nadado apenas, qué sé yo, media milla náutica, es acechado y prontamente cazado y devorado por un pez con feos dientes ganchudos (¿una barracuda, quizá?), el cual, sin darle tiempo de enterarse de nada, si acaso tal vez de una fugaz definición del dolor, sesga la virgen inconsciencia tortuguil de una flagrante dentellada, dejando las “ganas de vivir” en medio de un lienzo en blanco (despoblado de conceptos) que de pronto se torna rojo y se disipa en el azul inconmensurable que asemeja a una amante desdeñada que ahora se cobra con desprecio, y empuja, orilla, a su mal amado y viejo consorte, quien ya sin fuerzas, ánimos ni nada en realidad, reemprende su tortuoso aleteo justo para acá, hacia nosotros dos. 

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PABLO GÁLVEZ es becario en el área de narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas.