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Escala obligada: Un polvorín para Donald Trump  

Mario Guillermo Huacuja | 01.01.2017
Escala obligada: Un polvorín para Donald Trump  

La zona más explosiva para el próximo presidente de Estados Unidos no es México. Está en Medio Oriente, especialmente en esa frontera convulsiva que se retuerce en el desierto, que ha sido tierra de nadie para los imperios, y que está delineada por los parajes más rupestres de Irak y Siria. Dos naciones crucificadas por las invasiones, las guerras, los éxodos y la miseria.

Irak ha sido un país flagelado por Estados Unidos desde que Sadam Husein tuvo la pésima ocurrencia de invadir Kuwait en 1990. A partir de entonces, el territorio de Irak sirvió de aposento para una de las intervenciones seriales más tramposas de la historia —la guerra del Golfo y, posteriormente, la de Irak—; su capital fue bárbaramente bombardeada, y el país se convirtió a la vez en botín y lastre de un imperio que no sabe cómo comportarse civilizadamente con el resto del mundo, en particular con el mundo árabe.

Después de la persecución, captura y muerte de Sadam Husein —embozada con la mentira de que tenía un arsenal de armas químicas—, la Casa Blanca apoyó a un gobierno de frágiles alianzas opositoras al dictador, y el resultado ha sido una nación fragmentada geográficamente, acosada por diversas facciones en la mayor parte de su territorio, y con su capital, Bagdad, convertida en uno de los blancos principales de los ataques terroristas.

Uno de los efectos más perniciosos de las invasiones imperiales y el derrocamiento de Husein ha sido la radicalización de un movimiento fanático en el seno del islam, desprendido del terrorismo de Al Qaeda y fortalecido política y militarmente, conocido mundialmente como el Estado Islámico. Se trata de una secta que aspira a revivir los tiempos heroicos de los califatos que siguieron al profeta Mahoma en el siglo VI. Como es sabido, su doctrina rechaza brutalmente a las otras sectas del islam y al resto de las demás religiones, sus métodos son intimidadores y sangrientos, cuenta con un equipo propagandístico para la difusión de videos escalofriantes con decapitaciones de periodistas occidentales, y sus seguidores han sido los responsables de los ataques terroristas en Estambul, Beirut, París, San Bernardino, Bruselas, Niza y Kabul.

En junio de 2014, el Estado Islámico tomó la ciudad de Mosul, al norte de Irak, y desde entonces ha fincado su poder territorialmente, extendiéndose hacia el norte de Siria y organizando grupos afines como Boko Haram en Nigeria.

Al contar con un sistema financiero basado en la recaudación fiscal de la población bajo su dominio y el control estratégico de los pozos petroleros de la región, el Estado Islámico ha encontrado un mecanismo muy eficaz para el financiamiento de sus armas y sus legiones. Y al apoderarse de Mosul, la segunda ciudad de mayor tamaño en Irak, la idea de un verdadero Estado cristalizó como una nueva —y terrorífica— entidad con territorio, población, una suerte de servicios sociales, una religión guerrera y, por supuesto, un ejército muy bien entrenado y organizado.

Todo eso sucedió hace dos años. Y en octubre del presente año se inició la recuperación de la ciudad por parte del Gobierno. Con una guerra de posiciones en cada barrio, Mosul se convirtió en un calvario agónico para sus habitantes. La ciudad fue sitiada paulatinamente. Un ejército muy heterogéneo, formado por tropas del Gobierno de Irak, soldados kurdos, milicias de la secta chiita del islam y tropas de apoyo norteamericanas, fue preparando el sitio. Los atacantes llevaron a cabo una operación estratégica de rescate, cuyo fin no se avizora todavía. El panorama es desolador. Al oriente del río Tigris, donde los historiadores señalan que se pusieron las primeras piedras para el inicio de la civilización, las tropas enemigas se enfrentan en escaramuzas carniceras, donde la población civil representa una delgada hebra de daños colaterales que a nadie le interesan. Las Naciones Unidas se han cansado de pedir auxilio humanitario a gritos. Del millón y medio de habitantes que aún permanecen en Mosul porque no tienen a dónde dirigirse, casi la mitad son niños que no tienen alimento ni agua potable.1

La otra ala territorial del Estado Islámico, Siria, se encuentra en una situación semejante. Desde la Primavera Árabe, ese país ha vivido una guerra cruel, incesante, con el uso de todo tipo de armas prohibidas, donde el presidente Bashar al-Ásad —un caudillo tiránico prototípico de la región— se ha mantenido en el poder gracias a una táctica de tierras arrasadas en los barrios citadinos, y ha podido contener a sus enemigos con la ayuda económica y militar del Kremlin, su amigo Vladímir Putin y los bombardeos de los aviones de caza rusos.

Los números de la guerra en Siria dicen mucho sobre la catástrofe social que se ha cernido sobre una nación de profecías bíblicas, que antaño rivalizaba con las culturas florecientes de Mesopotamia y Egipto. Después de un lustro de guerra, han quedado sobre el terreno más de 250 mil muertos. Cerca de 5 millones de habitantes han huido de sus casas y ciudades, que representan a la cuarta parte de la población. Los refugiados se encuentran en Turquía, Líbano, Jordania, Alemania, Italia, Grecia, España y, paradójicamente, también en Irak. En últimas fechas, después de la votación del Brexit en el Reino Unido y la paranoia que ha recorrido los países europeos sobre los supuestos vínculos entre el terrorismo y la migración, muchas naciones han cerrado sus puertas a los refugiados sirios. Sólo Canadá, del otro lado del mundo, sigue con su tradicional política de aceptación de los refugiados y mantiene su voluntad de integración en una sociedad abierta, dinámica y multicultural.

Al igual que Irak, Siria tiene también un epicentro de sus desgracias. La ciudad de Alepo, al norte del país, es el lugar en el que se lucha de manera encarnizada para tener el control de cada barrio, cada calle, cada plaza. Como en las guerras medievales, se lucha en cada esquina, cuerpo a cuerpo, pero también con bombas letales y armas de la más acabada tecnología. La oposición al Gobierno de Ásad, formada por una miríada de grupos de diferentes características —como los Hermanos Musulmanes, batallones de soldados kurdos y organizaciones suníes agrupadas en el Consejo Nacional Sirio—, constituyó un ejército entusiasmado por los logros de la Primavera Árabe a principios de la década. Todos ellos pensaron que la caída del dictador estaba próxima y se atrincheraron en Alepo, la segunda ciudad más grande de la nación, para desde ahí orquestar el fin de la dictadura de Ásad.

Pero eso estuvo lejos de suceder. En la actualidad, Alepo se encuentra fragmentada y destruida por los ejércitos, y los opositores pierden manzanas y terrenos día con día. Mientras la ciudad se divide a la mitad por el dominio de los bandos opuestos, más de 250 mil habitantes se encuentran atrapados a dos fuegos.

¿Qué hará Donald Trump como presidente de Estados Unidos en este contexto?

Para empezar, y con el fin de distinguirse claramente de su predecesor, cortará los lazos y el apoyo brindado a los aliados de la administración Obama, que están combatiendo en las batallas de Alepo y Mosul. Es probable que ordene la retirada de esas tropas estadounidenses.

Lo que sigue es difícil de predecir, pero a juzgar por sus declaraciones, el nuevo huésped de la Casa Blanca se alineará con la política de su amigo Vladímir Putin, y afianzará al tirano Bashar al-Ásad en el poder. Es decir, enfrentará también a la oposición heterogénea que combate en los suburbios de Alepo y, lo que es más importante, atacará al Estado Islámico en diferentes frentes, pero sobre todo en su capital, la ciudad de Mosul.

En su página de campaña,2 Trump afirmaba que el terrorismo islámico radical es un enemigo tan poderoso como los enemigos anteriores de Estados Unidos: el comunismo, el nazismo y el fascismo. En consecuencia, no es posible negociar con ellos. Es necesario combatirlos ideológicamente, neutralizar sus medios de propaganda, privarlos de sus apoyos financieros y destruirlos militarmente. Para lograr eso, piensa crear un organismo que difunda y satanice las creencias del islam, quitarle al Estado Islámico el acceso a internet, recuperar los pozos petroleros que le proporcionan recursos económicos y apoyar a sus enemigos militares, que van desde la aviación rusa hasta los ejércitos kurdos.

Una pieza importante del discurso de Trump se refiere a Irán, el país que considera el principal surtidor de terrorismo armado en el mundo árabe. El nuevo mandatario afirma con vehemencia que es preciso combatir al país de los ayatolas, que se debe romper el tratado de deshielo nuclear llevado a cabo por la administración de Obama, y que Estados Unidos debe destruir militarmente a sus engendros, desde Hamás y Hezbolá, hasta isis, el Estado Islámico.

De manera que el tablero de ajedrez en el desierto incandescente del mundo árabe sufrirá cambios sustanciales. Es muy probable que Estados Unidos, en alianza con Vladímir Putin y Bashar al-Ásad, organice una nueva cruzada para destruir al Estado Islámico. No parece una opción lejana, aunque resulta predecible que ese tipo de intervenciones lo único que logran es avivar el fuego de la venganza entre las huestes del yihadismo, la guerra santa del islam. A mediano y largo plazo, sobrevendrán nuevos ataques terroristas. Más sanguinarios, sin duda.

El corolario de todo esto no es nada optimista. Basta recordar que tanto Estados Unidos como Irán son dueños de arsenales atómicos.  EstePaís

 

NOTAS

1 “Battle for Mosul: The Story So Far”, BBC News, 7 de diciembre de 2016.  <http://www.bbc.com/news/world-middle-east-37702442>.

2 <https://assets.donaldjtrump.com/DJT_Radical_Islam_Speech.pdf>.

 

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MARIO GUILLERMO HUACUJA es autor de El viaje más largo y En el nombre del hijo, entre otras novelas. Ha sido profesor universitario, comentarista de radio, guionista de televisión y funcionario público.

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