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Lo propio del hombre

Vicente Quirarte | 01.01.2017
Lo propio del hombre

Una escena inolvidable de la película Águila o Sol tiene lugar cuando Cantinflas y Medel rinden homenaje a la pareja de carpa en la cual debutaron. En el teatro de variedades donde trabajan, comienzan una de sus rutinas. La discusión da inicio por un motivo intrascendente: localizar la llave para abrir una puerta. Surge entonces el duelo verbal, los reproches de uno hacia el otro. Manuel Medel dice a Mario Moreno, Carmelo y Polito en sus respectivos personajes: “Describa usted la palabra amo”. Polito responde: “Palabra aguda terminada en consonante y acentuada en donde sea”. En este triple atropello y transgresión a la gramática, Cantinflas ilustra la manera en que se apropia del lenguaje. Sus respuestas rápidas y su verbo envolvente son armas que tiene para vencer a su adversario, sea éste el patiño con el cual dialoga, la mujer a la que pretende conquistar o el juez a quien tiene que convencer de que le permita salir abceso —en lugar de absuelto— por haberse apropiado de una pluma Estilo de África. Carmelo, más adelante, lo acusa de no ser un amigo síncero ni un apíce.

Tras esa escena notable, Cantinflas y Medel vuelven a armar otra de sus actuaciones decisivas: en la cantina del gallego establecen un diálogo que sólo en apariencia lo es, pues cada uno de los dos, encendidos por la lumbre transparente del tequila, dice lo que en ese momento lo obsesiona: diálogo de sordos, metáfora de la mexicana incomunicación, pero también tributo a la vehemencia con que intentamos establecer una comunión con el otro a través de la palabra.

Lo que Cantinflas lleva a cabo es la realización del habla gramaticalmente aceptada pero que en él ha pasado a través del tamiz del ingenio y la necesidad, elementos que permiten al pícaro la diaria supervivencia. Dotado de su peculiar armamento lingüístico, Cantinflas jamás dirá “No sé”. Por eso es tan niño. Por eso quienes crecimos con sus películas lo sentíamos tan próximo y tan nuestro. Como los niños, acudirá a circunloquios, rodeos y retrasos antes de llegar al punto central de su argumento. La mayor parte de las veces no lo logra. Por el contexto de la situación que describe podemos adivinar lo que dice, o, lo que es más estimulante e histriónico, lo que quiso decir. Aquí reside una de las aproximaciones más reales y comprobables del cantinflismo aplicado a nuestra vida política: “Lo que el presidente quiso decir” es una frase tan célebre en los anales mexicanos como lo es “Ahí está el detalle”.

Una de las grandes enseñanzas de Mario Moreno es que los mexicanos hablamos mucho y decimos poco. Cuando el futuro Cantinflas tenía seis años de edad, se firmó la Constitución de 1917, que estaba integrada por 22 mil palabras. La que nos rige actualmente, nos hace saber el gran constitucionalista Diego Valadés, tiene 55 mil. Podría argumentarse que el país ha crecido y se ha vuelto más complejo. Sin embargo, como advierte el doctor Valadés, las constituciones con demasiadas palabras “son reflejo de sistemas democráticos incipientes”. Con su arte del rodeo y la hipérbole, Cantinflas hizo una sátira impecable a nuestro modo peculiar de expresarnos.

Mario Moreno vino al mundo el 12 de agosto de 1911, es decir, cuando la Revolución se hallaba en uno de sus momentos álgidos e iniciales. En el mundo, era el año del rearme generalizado, carrera armamentista naval entre Alemania e Inglaterra, tensiones en los Balcanes, oposición entre Francia y Alemania en Marruecos y Alsacia, anexiones italianas en el norte de África dirigidas contra el Imperio otomano: durante este año, las grandes potencias prosiguen su camino hacia la Primera Guerra Mundial. Entre los acontecimientos civiles de ese año es digna de ser resaltada la llegada del noruego Roald Amundsen al Polo Sur.

 

 

El niño Mario tuvo el privilegio de nacer en Santa María la Redonda, barrio bullanguero y generoso, permanentemente acompañado de los mariachis y carpas de la plaza Garibaldi, así como de los sonidos del tren en la vecina estación de Buenavista. El bravo barrio de Tepito se encargaría de completar la educación sentimental y lingüística de ese niño. Un proceso semejante vivió el gran Guillermo Prieto, que en muchos sentidos fue un digno antecesor de Mario Moreno. Como él, rescató las voces de la calle, les dio cuerpo y las incorporó a su discurso. Encontró que todo es digno de convertirse en caricatura y que no existe la verdadera libertad si no sabemos reírnos de nosotros mismos.

El nacimiento de Mario Moreno es el renacimiento de ese personaje colectivo llamado pueblo, a quien él supo otorgar categoría e identidad. En cuanto se convierte en Cantinflas, hace un gran homenaje al pelado, al tipo urbano que debe su nombre a la circunstancia de que bajo la única prenda que lo viste, se halla en cueros, pelado de ropa interior, pelado de dinero, pelado de prestigio socialmente aceptado, pero dueño de la calle, señor de su tiempo, monarca de sí mismo. Cíclicamente surgen esas figuras que vuelven a subrayar la gesta heroica de los de a pie, la resistencia del ingenio popular, del instinto de supervivencia ante los embates del brutal e inequitativo crecimiento económico. Cuando Salvador Novo escribe Nueva grandeza mexicana y redescubre una capital que se encamina hacia el progreso material luego de la violencia revolucionaria, Mario Moreno, encarado en Cantinflas, rinde homenaje a su condición de desposeído desde el nombre, que hace su entrada en el diccionario de la Real Academia Española en su edición vigésima primera, de 1992. En su primera acepción, cantinflear significa ‘hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada’. La edición más reciente del Diccionario de americanismos, añade: ‘Persona ocurrente, con habilidad para el chiste improvisado’.

En un poema escrito para definir a la Indefinible, Fayad Jamís hace un inventario de las maravillas del mundo y escribe: “¿Qué es para usted la poesía además de las sorpresas del lenguaje, ese océano sin fin totalmente creado por el hombre?”. Bajo esta metáfora aparentemente sencilla palpitan verdades rotundas y complejas. No hay organismo más lleno de vida que el océano. El lenguaje es ente en perpetuo dinamismo a través del cual nos comunicamos, por medio del cual amamos, escribimos y soñamos. Y mediante el cual es posible, igualmente, odiar, destruir o prohibir. Conformado por un número limitado de signos, el lenguaje no tiene fin. Por lo tanto, su metáfora más adecuada es el Universo. No hay una última palabra y siempre habrá nuevas y distintas formas para designar a las realidades que cambian de la misma forma en que lo hacen las lenguas que las designan.

“Recogió directamente la sabiduría de la corriente popular de los antiguos dialectos, refranes, proverbios y farsas estudiantiles, de la boca de la gente común y los bufones”. Con esas palabras, Michelet definió a Rabelais, quien acuñó la frase “la risa es lo propio del hombre”, es decir, aquello que nos distingue de nuestros hermanos animales. Hay muchas cosas por las cuales podemos dar gracias. A Mario Moreno hay que agradecerle su gran filantropía, su enorme generosidad que siempre lo hizo estar del lado de los desposeídos, de los cuales procedía. Tenemos que agradecer la forma en que usó las palabras, las volteó de cabeza, las hizo ascender y descender a través de sus personales serpientes y escaleras. Que un personaje logre que su creación se convierta en emblema lingüístico y de identidad es digno de homenaje. Pero más, mucho más todavía, que esa actitud provoque en la especie humana, de manera espontánea, la risa liberadora y generosa, la risa que siempre triunfará, como el amor, sobre sus pasajeros enemigos. ~

 

 

 

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VICENTE QUIRARTE es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e investigador titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante del Colegio Nacional. Su obra incluye libros de poesía, narrativa, teatro, crítica literaria y ensayo histórico. Ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Universidad Nacional. Su libro más reciente es la novela histórica La isla tiene forma de ballena.

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