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Ocios y letras: Materialidad de la cultura impresa entre 1642 y 1821

Miguel Ángel Castro | 01.07.2015

Me parece oportuno, para darle entrada a un comentario que saluda la publicación de la Historia de la imprenta y la tipografía colonial en Puebla de los Ángeles (1642-1821), de Marina Garone Gravier (UNAM / Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2014), que recordemos el ex libris de Joaquín García Icazbalceta, “Otium sine litteris mors est” (que además anima esta charla mensual), y referirnos a su artículo “Tipografía mexicana”, que cumple 160 años de haber aparecido en aquel fundamental Diccionario Universal de Historia y de Geografía dirigido por Manuel Orozco y Berra entre 1854 y 1856. Don Joaquín y don Manuel fueron eruditos historiadores amantes de los impresos cuyos empeños y trabajos debemos reconocer más ampliamente.

García Icazbalceta informaba sobre las imprentas establecidas en México y algunas de las obras que juzgaba más importantes de los siglos XVI a la primera mitad del siglo XIX. El historiador concluía que la tipografía mexicana no había alcanzado un desarrollo semejante al que ya tenía en otros países, en buena medida porque los útiles de las máquinas, los tipos y caracteres debían importarse y resultaban sumamente caros; además afectaba el alto costo del papel pues poco era el que se producía en el país. Asimismo, señalaba que la falta de lectores influía en la baja producción de copias o ejemplares y el problema de la introducción de obras extranjeras que competían con ventaja sobre las nuestras. Conocedor del ramo desaconsejaba que para mejorar la situación de la producción y circulación de impresos (mayores tirajes y bajos precios) se redujera el número de operarios y se disminuyera la paga por sus servicios, porque consideraba que con ello “el arte retrocede, pues nadie trabaja bien por mezquina paga. Muchos establecimientos economizan también el corrector de pruebas, y vemos los resultados en las incorrectas ediciones que producen”. No le faltaba razón.

Para confirmar y retomar estas preocupaciones de don Joaquín y de muchos otros historiadores del arte interesados por el libro, su aparición, manufactura y producción como Justino Fernández, Manuel Toussaint y Jorge Alberto Manrique, además de una larga lista de bibliófilos como Federico Gómez Orozco, Emilio Valton, Alexandre A.M. Stols, Agustín Millares Carlo, Julián Calvo, Edmundo O’Gorman, Jesús Yhmoff Cabrera y Ernesto de la Torre Villar, y un número creciente de investigadores entre los que figuran Elena Estrada de Gerlero, Isabel Grañén Porrúa, Rosa María Fernández de Zamora, Eduardo Báez, Judith Puente León y Silvia Salgado Ruelas, llegó a nuestro país Marina Garone Gravier, que con un empeño encomiable ha llevado a cabo estudios de posgrado en la UNAM: maestría en Diseño Industrial, en el área de teoría e historia, y doctorado en Historia del Arte. Además es especialista en tipografía y diseño editorial por la Escuela de Diseño de Basilea. Coordina actualmente el Seminario Interdisciplinario de Bibliología en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas.

Anteceden a la obra que comentamos otras publicaciones de Garone: una Breve introducción al estudio de la tipografía en el libro antiguo: Panorama histórico y nociones básicas para su reconocimiento (2009), la Historia en cubierta: El Fondo de Cultura Económica a través de sus portadas (2011), una Historia de la tipografía para lenguas indígenas (2015) y las ediciones de los libros colectivos Las otras letras, mujeres impresoras en la Biblioteca Palafoxiana: Memorias (2009) y Las muestras tipográficas y el estudio de la cultura impresa (2012).

Llama la atención el carácter didáctico de esta Historia, el cuidado que tuvo la autora por guiar nuestra lectura, tal es el caso que nos facilita resumir la organización de la obra pues la incluye en la introducción, en la cual también describe algunos aspectos de la cultura impresa colonial, presenta un panorama general del que llama estudio material del libro novohispano y explica la metodología que siguió para revisar la colección de impresos poblanos que resguarda la Biblioteca Nacional de México.

La Historia de la imprenta y tipografía colonial en Puebla contiene cuatro capítulos, conclusiones, un apartado de fuentes documentales y estudios comparados y cuatro apéndices. “El estudio de la imprenta y la tipografía antiguas” es el título del primer capítulo, en el cual Garone nos proporciona información necesaria para identificar las características, el funcionamiento y las profesiones de los antiguos talleres de imprenta. Se trata de “algunas definiciones esenciales que estarán presentes a lo largo del texto y se complementan con el glosario final. En estas definiciones se hablará de los trazos, módulos y elementos constitutivos de las letras, que nos permiten identificar las formas redondas, cursivas y las de los demás elementos de las familias tipográficas (versalitas, numerales y demás signos tipográficos). En la sección destinada a la tipometría se darán las denominaciones antiguas para describir los distintos tamaños de las letras y sus correlaciones con las medidas contemporáneas que hoy podemos obtener trabajando directamente con los ejemplares conservados…”. Aborda en seguida la tipografía europea para identificar las continuidades y rupturas que tuvieron lugar frente a otras tipografías y analizar la evolución de la tipografía poblana colonial.

En el segundo capítulo “La tipografía y la imprenta en Puebla durante el siglo XVII”, Garone analiza las fuentes que relatan la instauración de la imprenta en Puebla, desentraña la que llama “oscuridad de la historia colonial” y menciona a importantes personajes como Juan Blanco de Alcázar, Francisco Robledo, Diego Gutiérrez, Diego Fernández de León, Juan Villarreal y Sebastián de Guevara, además de algunas instituciones como el Colegio del Espíritu Santo y Colegio de San Luis.

“La tipografía y la imprenta durante el siglo XVIII” es el tercero y más extenso de los capítulos por el número de protagonistas que estudia; en el cuarto, “La imprenta y la tipografía en Puebla durante la primera veintena del siglo XIX”, continúa la exploración de los talleres en el contexto de la Independencia, se ocupa de las imprentas trigarantes y anuncia el descubrimiento del impresor José María Macías.

Para el interesado en verificar o ampliar los estudios, el libro contiene una lista de fuentes consultadas, tanto primarias como secundarias, así como referencias de las imágenes analizadas. Los cuatro apéndices constituyen una útil herramienta para la comprensión del tema pues ofrecen un compendio de documentos para la historia de la tipografía poblana, una bibliografía de los impresos poblanos consultados en la Biblioteca Nacional, un glosario y un catálogo de firmas de los tipógrafos e impresores coloniales del estado en cuestión.

Entre los términos o definiciones del mundo tipográfico que la obra recoge, con base en el Diccionario de tipografía y el libro (1995) de José Martínez de Souza, nos informa que tipografía es: 1) el arte de componer tipos (diseñar letras, escoger y seleccionar tipos), y 2) el procedimiento de impresión. La técnica tipográfica es un proceso de impresión en relieve, en contacto directo del molde con el papel, y que puede combinar tipos e imágenes. En este campo la voz carácter es un ‘signo de escritura o de imprenta’ y un ‘estilo o forma de los signos de la escritura o de los tipos de la imprenta’ y se emplea con mayor frecuencia en plural: conjuntos de caracteres, por ejemplo ‘caracteres en redondas’, ‘en cursivas’, ‘no alfabéticos’, ‘elzeverianos’, ‘romanos’, etcétera.

Las 764 páginas de esta Historia de la imprenta y la tipografía colonial en Puebla son francamente ilustrativas porque, además de conocer con detalle quiénes fueron los impresores poblanos y sus aportaciones, nos preparan para comprender la importancia de la tipografía, para introducirnos a los misterios del libro antiguo y compartir el sentimiento de todos aquellos que han amado a los libros y han apreciado el valor de la hoja impresa. 

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MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, es parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, publicó Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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