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#CuerposVigilados: Fuera del drama de servicio

Alex M. Azpiri | 16.01.2017
#CuerposVigilados: Fuera del drama de servicio

En mil novecientos noventa y tantos, podía fingir la voz de mi papá al levantar el auricular, aunque mi voz se parecía más a la de mi mamá. No sé por qué operación modular hacía pasar mis cuerdas vocales hacia esa simulación tan verosímil; sí en cambio las razones para forzar a esas cuerdas pre-adolescentes a sus niveles más invirilosímiles. Por un lado, a excepción de familiares o amigos cercanos, la voz telefonizada de mi papá no era del dominio público de la comunidad virtual que habitaba el teléfono y, seguramente, el imaginario compartido de la masculinidad “del padre” socorría al auxilio de mi monstruosa voz para hacer efectiva la mentira; no importa cómo hablara mi papá, hasta yo me la creería. Por otro lado, relajar mis cuerdas vocales hacia “la madre” (así se dividían las cuerdas vocales del niño-cyborg) me hubiera exiliado de la promesa de un día actualizar las voces virirtuales que habitaban mi sueño normalizador de devenir un “hombre total”.

 

Con el paso del tiempo, nunca devine un “hombre total” pero sí devine un genio mentiroso. Podía no sólo fingir que “Alex no estaba en casa” sino que podía seguir jugando, como todos los días desde que nací, a que “Alex era hombre”. En una misma acción lograba articular dos operaciones distintas en las que, a la vez que practicaba mi masculinidad mediante la tecnología de las cuerdas vocales; producía también una ingenua línea de fuga para “escapar” del dispositivo telefónico, mediante la mentira de mi ausencia. Alex quería se(gui)r (siendo) hombre y, al mismo tiempo, Alex quería liberarse de la lógica de atención telefónica que ya mediaba las relaciones de amistad. Por dos operaciones distintas, mi cuerpo podía, al mismo tiempo, habitar el cuerpo sonoro de hombre que el dispositivo me “exigía” (confundirme con una señora era masculinamente humillante), y a la vez construir una isla desierta (por medio de la mentira) en medio de una ciudad trazada por cables telefónicos y frecuencias de onda servicio-al-clientelizadas; para estar “solo”.

 

Hoy no puedo fingir la voz de mi papá porque no la he practicado. Hace mucho que sé fingir mi propia voz para ¡simularme a mí mismo! en los dispositivos tridimensionales de la amistad, la familia o el trabajo. Desde antes de imitar consiente y descaradamente a mi papá, ya llevaba años modulando el tono de mi voz por medio de inspecciones y vigilancias mutuas entre camaradas, primos, tíos, televisores, espacios de educación militar (llamada “física”), etc. Quizá practicar la voz de mi papá, y la mía, en el dispositivo telefónico fue, mientras duró, un ejercicio más de las prácticas de la masculinidad, de uno de los tantos dispositivos sonoros, audiovisuales o espaciales de vigilancia, de inspección o de construcción de género. Una tecnología de las cuerdas vocales y un performance operístico identitario que, con el tiempo, se volvió una práctica de desdobleces de melodías modulables en función de qué tan heteronormado, homonormado, queernormado o deconstuinormado fuera el panóptico sonoro al que estuviera adscrito mi voz.

 

Hoy casi no necesito mi voz para modular mi “identidad” en mis relaciones de amistad. Hace mucho que puse a circular en las redes hipervisuales (e “incorpóreas”) de inspección, vigilancia y control, a mis cuerpos-selfies: maquillados de filtros blanqueadores, juegos de sombras empoderadoras, poses hipermasculinizadas o deconstruídamente correctas; algoritmos emprendedores, autopromociones narcisistas, denuncias progresistas y transacciones de amistad. Tampoco necesito “jugar” a la voz de ningún padre para simular ausencias de asistencia telefónica. Hace mucho, no sólo que los umbrales domésticos del servicio telefónico se rompieron y que traigo tatuado un número telefónico (y miles de cifrados y fichas identitarias) en mi brazo electrónico, sino que mis relaciones amistosas pasaron (más o menos), de basarse en una lógica de asistencia telefónica, a basarse en una lógica de servicio de paquetería, rastreo incluido (desde su envío hasta su llegada, y ¡hasta su leído y consumido!).

 

No sólo construirse una isla desierta ha sido más complicado sino que mentir ha requerido de métodos más exhaustivos (¿Qué no ves que traes pegado tu brazo electrónico?) Antes un mensaje podía perderse y hoy un semáforo aduanal de tres indicadores (enviado, recibido y “leído”) modula la validez de mis afectos y mi entrega laboral y “amistosa” (indistintamente), bajo una lógica binaria de “visto” o “respondido”, subsumida en una ética (y hasta una erótica) de calidad de servicio; asumir el engorro de la multiplicidad o las islas desiertas siempre ha sido muy complicado; nada nuevo bajo el brillo de pantalla.

 

En mil novecientos noventa y tantos me sentía especial porque no quería depender de la lógica causalista de responder a ese ring cero nostálgico del dispositivo telefónico doméstico. En mil novecientos noventa y tantos los bancos ya hablaban los domingos en la mañana, ya habían extorsiones y secuestros y, aunque no hubiera identificador de llamadas, podías llamar a “las autoridades correspondientes” que, según, podían rastrear la llamada. Hoy no necesitamos autoridades correspondientes para rastrear a casi nadie; podemos hacerlo nosotros mismos porque “democratizamos” algunos medios y comercializamos algunas técnicas de espionaje para administrarnos y controlarnos mejor. Hoy no me siento especial de querer construirme una isla en medio de una ciudad trazada por las ondas modulares de la comunicación instantánea ni por querer deshacer mi género en donde no me dé el brillo de pantalla. Porque tampoco conozco otro modo de monitorear, a mi vez, el servicio afectivo de mis amigos y familiares, ni de construirme una identidad genérica más o menos respetable y comercializable, bajo mi imperiosa presunción neurótica de ofrecernos seguridad, libertad de asociación, libertad de expresión, pero sobre todo, libertad de control, vigilancia e inspección.

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